13 de noviembre 2018    /   DIGITAL
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China planea crear una luna artificial que ilumine el país por las noches

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En 2020, China lanzará un satélite artificial que reflejará la luz solar, como hace la luna, para iluminar algunas zonas del territorio de Chengdu.

Situada al sudoeste de China, en la provincia de Sichuan, la ciudad de Chengdu es conocida por varios sobrenombres. La hermosura de sus brocados confeccionados en el siglo III la otorgaron el apelativo de «Ciudad de los brocados». La plantación de flores de hibiscus alrededor de su muralla en el siglo XI hizo que fuera denominada «Ciudad de los hibiscus». Finalmente, el hecho de que su plano tenga forma de caparazón de tortuga, hizo que fuera conocida también como la «Ciudad de la tortuga».

A todos esos apelativos podría sumarse en 2020 el del «Ciudad de las dos lunas», si se hace realidad el proyecto del Instituto de Investigación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de Chengdu presentado hace unas semanas en China: poner en órbita un satélite artificial que iluminará la zona por la noche como si del satélite terrestre se tratase.

Gracias a un revestimiento reflectante y unos paneles desplegables regulables desde la Tierra, este dispositivo reflejará los rayos de sol con una intensidad ocho veces superior a la Luna. El objetivo es que, sumando la luminosidad de ambos satélites, natural y artificial, se pueda iluminar una superficie de entre 10 a 80 kilómetros de diámetro, que permitirá prescindir de farolas y otros sistemas lumínicos existentes ahora en Chengdu.

Este hecho, más propio de la ciencia ficción que de la realidad, ha provocado la alarma de algunos ciudadanos, que han considerado que esa mayor luminosidad podría alterar los ciclos vitales de plantas y animales, incluidos humanos.

También se ha manifestado en contra parte de la comunidad científica, que afirma que una luz constante de mayor intensidad que la de la Luna podría provocar interferencias en la observación astronómica.

Según explicó Kang Weimin, director de la Escuela de Tecnología Aerospacial del Instituto Harbin, aunque es cierto que el satélite podrá ser observado por los astrónomos desde cualquier lugar de la Tierra, esos temores son infundados. Ni el satélite afectará a la vida en el planeta ni generará tanta contaminación lumínica que pueda interferir en la investigación astronómica.

A pesar de lo novedoso que pueda resultar este proyecto, lo cierto es que ya habido intentos de lanzar al espacio satélites que, reflejando la luz del sol gracias a una serie de espejos, iluminasen determinadas zonas de la Tierra.

El más conocido fue Znamya, satélite lanzado en 1999 por científicos rusos, cuyo objetivo principal era aprovechar la luz solar que se pierde en el espacio y redirigirla a la Tierra, al tiempo que pretendía ser una fuente de energía solar que pudiera ser aprovechada para impulsar naves espaciales y otros satélites.

El problema del Znamya y su sucesor, el Znamya 2.5 fue, además de su alto coste, una serie de accidentes, el último de los cuales le hizo colisionar con una de las antenas de la estación espacial MIR. Este fracaso provocó que un Znamya 3 no fuera producido y que proyectos semejantes fueran abandonados, al menos hasta tener la certeza de que existía una tecnología fiable que garantizase el éxito en la misión.

Casi tres décadas después del intento ruso, los científicos chinos afirman que ya pueden cumplir con eficacia ese objetivo para el 2020, sin embargo, ni el coste final del satélite ni su fecha exacta de lanzamiento han sido revelados.

En todo caso, las autoridades de Chengdu apuestan firmemente por el proyecto de la segunda luna, no solo por el ahorro en energía eléctrica que podría suponer para la zona, sino por el atractivo turístico que supondría para esa localidad.

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A todos esos apelativos podría sumarse en 2020 el del «Ciudad de las dos lunas», si se hace realidad el proyecto del Instituto de Investigación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de Chengdu presentado hace unas semanas en China: poner en órbita un satélite artificial que iluminará la zona por la noche como si del satélite terrestre se tratase.

Gracias a un revestimiento reflectante y unos paneles desplegables regulables desde la Tierra, este dispositivo reflejará los rayos de sol con una intensidad ocho veces superior a la Luna. El objetivo es que, sumando la luminosidad de ambos satélites, natural y artificial, se pueda iluminar una superficie de entre 10 a 80 kilómetros de diámetro, que permitirá prescindir de farolas y otros sistemas lumínicos existentes ahora en Chengdu.

Este hecho, más propio de la ciencia ficción que de la realidad, ha provocado la alarma de algunos ciudadanos, que han considerado que esa mayor luminosidad podría alterar los ciclos vitales de plantas y animales, incluidos humanos.

También se ha manifestado en contra parte de la comunidad científica, que afirma que una luz constante de mayor intensidad que la de la Luna podría provocar interferencias en la observación astronómica.

Según explicó Kang Weimin, director de la Escuela de Tecnología Aerospacial del Instituto Harbin, aunque es cierto que el satélite podrá ser observado por los astrónomos desde cualquier lugar de la Tierra, esos temores son infundados. Ni el satélite afectará a la vida en el planeta ni generará tanta contaminación lumínica que pueda interferir en la investigación astronómica.

A pesar de lo novedoso que pueda resultar este proyecto, lo cierto es que ya habido intentos de lanzar al espacio satélites que, reflejando la luz del sol gracias a una serie de espejos, iluminasen determinadas zonas de la Tierra.

El más conocido fue Znamya, satélite lanzado en 1999 por científicos rusos, cuyo objetivo principal era aprovechar la luz solar que se pierde en el espacio y redirigirla a la Tierra, al tiempo que pretendía ser una fuente de energía solar que pudiera ser aprovechada para impulsar naves espaciales y otros satélites.

El problema del Znamya y su sucesor, el Znamya 2.5 fue, además de su alto coste, una serie de accidentes, el último de los cuales le hizo colisionar con una de las antenas de la estación espacial MIR. Este fracaso provocó que un Znamya 3 no fuera producido y que proyectos semejantes fueran abandonados, al menos hasta tener la certeza de que existía una tecnología fiable que garantizase el éxito en la misión.

Casi tres décadas después del intento ruso, los científicos chinos afirman que ya pueden cumplir con eficacia ese objetivo para el 2020, sin embargo, ni el coste final del satélite ni su fecha exacta de lanzamiento han sido revelados.

En todo caso, las autoridades de Chengdu apuestan firmemente por el proyecto de la segunda luna, no solo por el ahorro en energía eléctrica que podría suponer para la zona, sino por el atractivo turístico que supondría para esa localidad.

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