13 de noviembre 2017    /   CINE/TV
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Acoso sexual, machismo y misoginia en la industria audiovisual española

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—Quiero algo que me la ponga dura —dijo un ejecutivo de una productora de televisión que había dicho un directivo de una televisión autonómica—. Con la última telemuvi tuvimos audiencia y premios, pero no me la puso dura.

La reunión llevaba cinco minutos. Dudé si era una broma de pésimo gusto o si las palabras de aquel directivo de la televisión autonómica eran ciertas. En cualquier caso, fue chocante. Teníamos que hablar de un proyecto que tenía como trasfondo la dignidad de la mujer. No estaba concebido para provocar erecciones.

Más tarde descubrí que aquella reunión marcaría la pauta de los futuros encuentros llenos de lenguaje agresivo, misógino y de intentos de desvirtuar el guion. Aprendí una lección: si la primera reunión con un productor huele mal, huye.

Aquel productor acabaría sugiriendo tres violaciones para que la película tuviera chicha. Sus sugerencias fueron rechazadas.

Aquel personaje es un ejemplo de un contrasentido en la industria del cine español: películas que denuncian injusticias sociales —incluso enarbolan la bandera del feminismo— producidas por directivos que crean un clima clasista y misógino. Quizá mi pensamiento parezca ingenuo. Sé que a la industria le interesa más el dinero que el mensaje.

Para algunos hombres de la industria, la mujer es mero objeto de deseo u objeto mercantil. Según el puesto que el hombre ocupe y el poder que acumule. Los que cuentan con menos poder, como los técnicos, aún pueden emplear un lenguaje cargado de alusiones sexuales que para algunas mujeres es ofensivo.

En este mundillo está el director de cine jactancioso:

—Hice la película para ver en pelotas/follarme a…

El tono no es confidencial. Es propio del cazador que presume haber abatido un gran número de piezas en una mañana.

Cierto productor comentó a una decena de personas, yo entre ellas, en una comida informal, su cena de negocios con un reputado actor extranjero. Era la estrella de una coproducción. Había modelos en aquella cena.

—¿Estas dos están incluidas en el trato? —dijo el productor que dijo aquel actor—. No, dije yo. Son mías.

La anécdota puede ser cierta o no, pero creíble. Al menos, la primera parte. Como esta otra:

Un productor nos contó a un puñado de guionistas, todos hombres, cómo su productora había puesto «dinero para comidas y putas» para convencer a un grupo de empresarios que patrocinara un proyecto. El objetivo se consiguió.

No faltan anécdotas que podrían haber derivado en drama.

Como la historia que me contó una joven, aspirante a actriz, que consigue trabajar como figurante en una producción nacional. Un productor ejecutivo la convence para que asista al preestreno en Madrid: «Para que vayas conociendo gente. Tú no te preocupes que yo me encargo de todo».

La ilusión nubla la razón. Los depredadores lo saben. La joven no se plantea en ningún momento el por qué su inexistente carrera interesa a un productor con el que solo ha charlado comiendo bocadillos y café en el rodaje.

La historia continúa así:

—Estando en la habitación me dice que sube a verme y a mí me dio miedo. Yo me encerré. Al otro lado estaba dando golpes hasta que se fue. Al día siguiente llamé a una amiga que tengo en Madrid y me fui a su piso.

Tras la historia llegan los miedos:

—¿Y si no quería nada malo? ¿Y si me cierra las puertas y no vuelvo a trabajar?
—Mejor pensar mal que lamentar —dije.

No sería la primera vez que una historia así me llegaba de primera o segunda mano. Otra vez fue una directora de cine. Otra vez, una guionista. Por suerte, sin peores consecuencias para las mujeres. Quizás si hubieran sido violadas no lo hubieran contado. Incluso sin consecuencias más graves que el susto, hay un sentimiento de culpa. De vergüenza. De miedo. No solo a que el depredador acabe con la carrera artística. Miedo al daño físico.

Al miedo contribuyen leyendas escabrosas sobre algunos hombres que controlan la industria. Siempre hombres. De un conocido productor de cine y empresario se dice que tiene sicarios. Ante tales miedos infundados, que los propios miembros del mundillo esparcen, no extraña que las víctimas de acoso sexual callen, tanto los hombres como las mujeres.

Los artistas, hombres y mujeres, somos paranoicos. Los artistas jóvenes, más. 

La actriz Leticia Dolera ha sido valiente al confesar los episodios de abuso sexual sufridos. Por otro lado, su trabajo demuestra que la industria no está podrida. Hay hombres que quieren contar historias y respetan a las compañeras de trabajo.

Fotografía: Donald Tong from Pexels.

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—Quiero algo que me la ponga dura —dijo un ejecutivo de una productora de televisión que había dicho un directivo de una televisión autonómica—. Con la última telemuvi tuvimos audiencia y premios, pero no me la puso dura.

La reunión llevaba cinco minutos. Dudé si era una broma de pésimo gusto o si las palabras de aquel directivo de la televisión autonómica eran ciertas. En cualquier caso, fue chocante. Teníamos que hablar de un proyecto que tenía como trasfondo la dignidad de la mujer. No estaba concebido para provocar erecciones.

Más tarde descubrí que aquella reunión marcaría la pauta de los futuros encuentros llenos de lenguaje agresivo, misógino y de intentos de desvirtuar el guion. Aprendí una lección: si la primera reunión con un productor huele mal, huye.

Aquel productor acabaría sugiriendo tres violaciones para que la película tuviera chicha. Sus sugerencias fueron rechazadas.

Aquel personaje es un ejemplo de un contrasentido en la industria del cine español: películas que denuncian injusticias sociales —incluso enarbolan la bandera del feminismo— producidas por directivos que crean un clima clasista y misógino. Quizá mi pensamiento parezca ingenuo. Sé que a la industria le interesa más el dinero que el mensaje.

Para algunos hombres de la industria, la mujer es mero objeto de deseo u objeto mercantil. Según el puesto que el hombre ocupe y el poder que acumule. Los que cuentan con menos poder, como los técnicos, aún pueden emplear un lenguaje cargado de alusiones sexuales que para algunas mujeres es ofensivo.

En este mundillo está el director de cine jactancioso:

—Hice la película para ver en pelotas/follarme a…

El tono no es confidencial. Es propio del cazador que presume haber abatido un gran número de piezas en una mañana.

Cierto productor comentó a una decena de personas, yo entre ellas, en una comida informal, su cena de negocios con un reputado actor extranjero. Era la estrella de una coproducción. Había modelos en aquella cena.

—¿Estas dos están incluidas en el trato? —dijo el productor que dijo aquel actor—. No, dije yo. Son mías.

La anécdota puede ser cierta o no, pero creíble. Al menos, la primera parte. Como esta otra:

Un productor nos contó a un puñado de guionistas, todos hombres, cómo su productora había puesto «dinero para comidas y putas» para convencer a un grupo de empresarios que patrocinara un proyecto. El objetivo se consiguió.

No faltan anécdotas que podrían haber derivado en drama.

Como la historia que me contó una joven, aspirante a actriz, que consigue trabajar como figurante en una producción nacional. Un productor ejecutivo la convence para que asista al preestreno en Madrid: «Para que vayas conociendo gente. Tú no te preocupes que yo me encargo de todo».

La ilusión nubla la razón. Los depredadores lo saben. La joven no se plantea en ningún momento el por qué su inexistente carrera interesa a un productor con el que solo ha charlado comiendo bocadillos y café en el rodaje.

La historia continúa así:

—Estando en la habitación me dice que sube a verme y a mí me dio miedo. Yo me encerré. Al otro lado estaba dando golpes hasta que se fue. Al día siguiente llamé a una amiga que tengo en Madrid y me fui a su piso.

Tras la historia llegan los miedos:

—¿Y si no quería nada malo? ¿Y si me cierra las puertas y no vuelvo a trabajar?
—Mejor pensar mal que lamentar —dije.

No sería la primera vez que una historia así me llegaba de primera o segunda mano. Otra vez fue una directora de cine. Otra vez, una guionista. Por suerte, sin peores consecuencias para las mujeres. Quizás si hubieran sido violadas no lo hubieran contado. Incluso sin consecuencias más graves que el susto, hay un sentimiento de culpa. De vergüenza. De miedo. No solo a que el depredador acabe con la carrera artística. Miedo al daño físico.

Al miedo contribuyen leyendas escabrosas sobre algunos hombres que controlan la industria. Siempre hombres. De un conocido productor de cine y empresario se dice que tiene sicarios. Ante tales miedos infundados, que los propios miembros del mundillo esparcen, no extraña que las víctimas de acoso sexual callen, tanto los hombres como las mujeres.

Los artistas, hombres y mujeres, somos paranoicos. Los artistas jóvenes, más. 

La actriz Leticia Dolera ha sido valiente al confesar los episodios de abuso sexual sufridos. Por otro lado, su trabajo demuestra que la industria no está podrida. Hay hombres que quieren contar historias y respetan a las compañeras de trabajo.

Fotografía: Donald Tong from Pexels.

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