5 de diciembre 2017    /   IDEAS
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Madame de Staël: cómo escandalizar a la Europa ilustrada y, de paso, acabar con Napoleón

5 de diciembre 2017    /   IDEAS     por          
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Durante del verano de 1792, en plena masacre en París de todo lo relacionado con la monarquía y la aristocracia, la policía de la Comuna insurreccional que controlaba el gobierno llamó a la puerta de la residencia del embajador de Suecia. Les abrió una mujer de 26 años embarazada de seis meses, quien les advirtió visiblemente enfadada de que estaban creando un grave conflicto internacional al intentar buscar a disidentes allí.

Al ver que parecían gente poco instruida, dio más peso a su argumento convenciéndoles de que Suecia podría invadir Francia en cualquier momento, ya que, aseguró, ambos países eran fronterizos. La policía se marchó acobardada y la mujer que había abierto, madame de Staël, esposa del embajador, respiró aliviada. Tenía escondidos en casa a dos perseguidos; uno de ellos era Narbonne, ex ministro de Guerra y padre de sus dos primeros hijos.

Si los policías hubiesen estado algo más al día de los cotilleos de la corte y la vida política, habrían reconocido a la persona que les abrió la puerta: Germaine de Staël era ya una de las personas más famosas e influyentes de Francia. Hija de Jacques Necker, que llegó a ser ministro de Finanzas de Luis XVI y era tan rico que hizo un préstamo de unos millones al Tesoro del Estado, su infancia fue la definición de privilegio (si obviamos el pequeño detalle de ser mujer en el siglo XVIII): sus padres siempre buscaron para ella la mejor educación, se codeaba desde pequeña con los intelectuales de la época y su inteligencia y poco respeto por las convenciones sociales que situaban a la mujer en un segundo plano llamaron la atención desde que era muy joven. Ambos rasgos la definieron durante toda su vida.

Madame de Stäel, Vladimir Borovikovsky
Madame de Stäel, Vladimir Borovikovsky

Se casó con el barón de Staël-Holstein tras varios años de negociaciones entre los padres de ella y el rey de Suecia, que prometió hacer embajador de Suecia en Francia a Staël. Nadie dudó nunca que era él quien salía ganando con ese matrimonio, al igual que a nadie se le pasó por la cabeza que fuese a ser capaz de controlar a su mujer. De hecho, todo el mundo daba por hecho que sus escritos, propuestas políticas y discursos los escribía ella en realidad.

Madame de Staël era, al fin y al cabo, la mujer más famosa de Europa, con permiso de María Antonieta. De su madre heredó la pasión por la vida social, a la que daba rienda suelta en sus salones; de su padre, la pasión por la política y los valores ilustrados. Ella aportó una inteligencia fuera de lo común que demostraba cada vez que hablaba y daba su opinión; algo que, según los testimonios de la época, hacía todo el rato.

El tercer gran poder de Europa

Es fácil quedarse en las anécdotas porque hay muchas. Quedarse en cómo arrasaba con todo a su paso —fuerte y extravagante—, en cómo atraía a las mentes de la época (Rousseau y Voltaire la conocieron de pequeña; Goëthe y Schiller la admiraban; Lord Byron, al principio, se sentía algo abrumado y horrorizado por su falta de feminidad, pero acabó admitiendo todo su genio). Dejar que su profunda enemistad con Napoleón, que le provocó diez años de exilio, la definan.

Y habría que definirlo más a él por su odio visceral: en plena campaña de guerras y conquistas, siempre encontraba un hueco para enviar alguna carta a sus oficiales y asegurarse de que madame de Staël, que no tenía ningún problema en llamarlo tirano con todas sus letras, seguía bien lejos de París. Extendió su odio a los amigos de ella (todos gente de las altas esferas) y a sus hijos. Lo que más le fastidiaba a Napoleón de todo esto, se deja entrever en sus cartas, es que le importase tanto lo que hiciese o dejase de hacer una simple mujer.

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Su importancia histórica va más allá de su posición privilegiada y sus problemas con Bonaparte. Entre salón y salón, entre amante y amante (se dice que no era tradicionalmente guapa, pero su inteligencia era irresistible), madame de Staël escribía. Dos de sus novelas, Delphine y Corinne o Italia, fueron best-sellers de la época; su libro La literatura y su relación con la sociedad básicamente inventó la literatura comparada; gracias al éxito de Alemania —cuya primera edición, por cierto, Napoleón destruyó provocando la ruina de la editorial que lo había publicado—, hizo que el movimiento y el término romanticismo saliesen del país germano y se extendiesen primero por Francia y luego ya por Europa.

Muy apropiado, ya que, aunque su educación e ideas eran básicamente ilustradas y liberales, su carácter y espíritu eran sin duda románticos: como su archienemigo Bonaparte y el que fue el amor de su vida, Benjamin Constant (quien una vez fingió haberse envenenado para que ella admitiese por fin que lo amaba), Germaine era dada al drama y la teatralidad.

En el exilio, fuera de su amado París, sufrió, pero en realidad le vino muy bien. El propio Napoleón llegó a admitir, ya derrotado y menos preocupado por ella, que habría sido menos peligrosa en París que fuera de Francia. En sus viajes durante el exilio, de corte en corte y organizando sus famosos salones literarios y políticos, sirvió también de enlace y autora intelectual para la organización de una oposición europea a Bonaparte. No en vano allá por 1815 se diría que en Europa había tres grandes poderes: Rusia, Gran Bretaña y madame de Staël.

Durante del verano de 1792, en plena masacre en París de todo lo relacionado con la monarquía y la aristocracia, la policía de la Comuna insurreccional que controlaba el gobierno llamó a la puerta de la residencia del embajador de Suecia. Les abrió una mujer de 26 años embarazada de seis meses, quien les advirtió visiblemente enfadada de que estaban creando un grave conflicto internacional al intentar buscar a disidentes allí.

Al ver que parecían gente poco instruida, dio más peso a su argumento convenciéndoles de que Suecia podría invadir Francia en cualquier momento, ya que, aseguró, ambos países eran fronterizos. La policía se marchó acobardada y la mujer que había abierto, madame de Staël, esposa del embajador, respiró aliviada. Tenía escondidos en casa a dos perseguidos; uno de ellos era Narbonne, ex ministro de Guerra y padre de sus dos primeros hijos.

Si los policías hubiesen estado algo más al día de los cotilleos de la corte y la vida política, habrían reconocido a la persona que les abrió la puerta: Germaine de Staël era ya una de las personas más famosas e influyentes de Francia. Hija de Jacques Necker, que llegó a ser ministro de Finanzas de Luis XVI y era tan rico que hizo un préstamo de unos millones al Tesoro del Estado, su infancia fue la definición de privilegio (si obviamos el pequeño detalle de ser mujer en el siglo XVIII): sus padres siempre buscaron para ella la mejor educación, se codeaba desde pequeña con los intelectuales de la época y su inteligencia y poco respeto por las convenciones sociales que situaban a la mujer en un segundo plano llamaron la atención desde que era muy joven. Ambos rasgos la definieron durante toda su vida.

Madame de Stäel, Vladimir Borovikovsky
Madame de Stäel, Vladimir Borovikovsky

Se casó con el barón de Staël-Holstein tras varios años de negociaciones entre los padres de ella y el rey de Suecia, que prometió hacer embajador de Suecia en Francia a Staël. Nadie dudó nunca que era él quien salía ganando con ese matrimonio, al igual que a nadie se le pasó por la cabeza que fuese a ser capaz de controlar a su mujer. De hecho, todo el mundo daba por hecho que sus escritos, propuestas políticas y discursos los escribía ella en realidad.

Madame de Staël era, al fin y al cabo, la mujer más famosa de Europa, con permiso de María Antonieta. De su madre heredó la pasión por la vida social, a la que daba rienda suelta en sus salones; de su padre, la pasión por la política y los valores ilustrados. Ella aportó una inteligencia fuera de lo común que demostraba cada vez que hablaba y daba su opinión; algo que, según los testimonios de la época, hacía todo el rato.

El tercer gran poder de Europa

Es fácil quedarse en las anécdotas porque hay muchas. Quedarse en cómo arrasaba con todo a su paso —fuerte y extravagante—, en cómo atraía a las mentes de la época (Rousseau y Voltaire la conocieron de pequeña; Goëthe y Schiller la admiraban; Lord Byron, al principio, se sentía algo abrumado y horrorizado por su falta de feminidad, pero acabó admitiendo todo su genio). Dejar que su profunda enemistad con Napoleón, que le provocó diez años de exilio, la definan.

Y habría que definirlo más a él por su odio visceral: en plena campaña de guerras y conquistas, siempre encontraba un hueco para enviar alguna carta a sus oficiales y asegurarse de que madame de Staël, que no tenía ningún problema en llamarlo tirano con todas sus letras, seguía bien lejos de París. Extendió su odio a los amigos de ella (todos gente de las altas esferas) y a sus hijos. Lo que más le fastidiaba a Napoleón de todo esto, se deja entrever en sus cartas, es que le importase tanto lo que hiciese o dejase de hacer una simple mujer.

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Su importancia histórica va más allá de su posición privilegiada y sus problemas con Bonaparte. Entre salón y salón, entre amante y amante (se dice que no era tradicionalmente guapa, pero su inteligencia era irresistible), madame de Staël escribía. Dos de sus novelas, Delphine y Corinne o Italia, fueron best-sellers de la época; su libro La literatura y su relación con la sociedad básicamente inventó la literatura comparada; gracias al éxito de Alemania —cuya primera edición, por cierto, Napoleón destruyó provocando la ruina de la editorial que lo había publicado—, hizo que el movimiento y el término romanticismo saliesen del país germano y se extendiesen primero por Francia y luego ya por Europa.

Muy apropiado, ya que, aunque su educación e ideas eran básicamente ilustradas y liberales, su carácter y espíritu eran sin duda románticos: como su archienemigo Bonaparte y el que fue el amor de su vida, Benjamin Constant (quien una vez fingió haberse envenenado para que ella admitiese por fin que lo amaba), Germaine era dada al drama y la teatralidad.

En el exilio, fuera de su amado París, sufrió, pero en realidad le vino muy bien. El propio Napoleón llegó a admitir, ya derrotado y menos preocupado por ella, que habría sido menos peligrosa en París que fuera de Francia. En sus viajes durante el exilio, de corte en corte y organizando sus famosos salones literarios y políticos, sirvió también de enlace y autora intelectual para la organización de una oposición europea a Bonaparte. No en vano allá por 1815 se diría que en Europa había tres grandes poderes: Rusia, Gran Bretaña y madame de Staël.

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Opiniones 1
  • El pintor Vladimir podría haber sido un poco menos criminal con el rostro.
    Solo faltaba que le hubiera pintado algo de barba y bigotes. El resto era piel tersa.

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