2 de septiembre 2017    /   IDEAS
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El dilema de ser madre subrogada o alquilar un vientre

2 de septiembre 2017    /   IDEAS     por          
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El 3 de julio, María Mallo entró al paritorio y se colocó delante de una cama en la que Aliona, una joven ucraniana, daba a luz en silencio, esforzándose pero sin soltar un grito de dolor. «No te pones a un lado, sino de frente, ves la escena de cómo nace el niño», cuenta Mallo, entusiasmada. La criatura salió a la intemperie. Desde ese momento, Mallo no se separó de la pequeña. «La llevaron arriba a un cuarto conmigo: es brutal porque nace el bebé y ya estás con él». Aliona, madre gestante o vientre de alquiler (según quien lo nombre), permaneció en otra sala.

Mallo invitó a Aliona a subir a ver a Martina (así se llama la recién nacida). La visitaron también la madre y el hermano de la gestante: les hacía ilusión.

—¿Cómo se tomó Aliona separarse de Martina?—, preguntamos a Mallo.

—Ella no mostró ningún síntoma de tener un vínculo más allá. En ningún momento ella pensaba que Martina fuera su hija.

Cuando Aliona acudió a la sala, Mallo le preguntó si quería coger a la niña: «Ella dijo que no, que era muy pequeña». Según cuenta, horas antes, en el paritorio, cuando colocaron a la niña al costado de Aliona para limpiarla, esta la había mirado diciendo qué bonita era y qué grande.

«Yo le preguntaba cómo se sentía respecto a Martina y ella decía que llevaba tiempo haciéndose a la idea», recuerda Mallo, que se esforzó en mantener una comunicación fluida con la gestante durante el proceso mediante correos electrónicos y en persona durante la última semana de embarazo. Ella y Nacho, su marido, no quieren ocultarle nada a la niña: «Queremos hacer un álbum y que aparezca Aliona. Hacerlo con muchos dibujos o incluso que aparezca la chica que donó el óvulo. Queremos que lo sepa desde el minuto cero, con fotos. Nos gustaría volver a Ucrania. Que sepa que hay una tía ucraniana de la que siempre le hemos hablado y diga: pues esta es la chica que me llevaba en la barriga», explican.

Para María Mallo, recurrir a la gestación subrogada fue la última opción. Ella nació con el síndrome de Rokitansky. «Es un fallo en el desarrollo que provoca la ausencia de útero y vagina funcionales», cuenta ella misma en un extenso artículo sobre la travesía que le ha llevó a iniciar este proceso.

Su primera exploración fue en el terreno de la adopción. Asegura que es «imposible» conseguirlo. Las listas permanecen bloqueadas durante tiempo y la media de espera para adopciones nacionales se sitúa en torno a los 5 o 7 años. Cuando nos inscribimos ya éramos el número 779 de la lista, y nosotros tenemos 36 años. Es desesperante», cuenta Mallo.

En el caso de las internacionales, «el problema», relata Nacho, «es que no hay niños adoptables de menos de dos o tres años, a menos que estén enfermos. Con esa edad tienen el cerebro totalmente formado, es una persona que es muy difícil que puedas… es un asunto complicado». Continúa: «En una charla a la que acudimos contaban que cuando se da a un niño en adopción primero intentan que lo acoja la familia cercana, si no, en su propia comunidad, o en su barrio o en su país, y así va avanzando hasta llegar a internacional: o el niño tiene una enfermedad grave y necesita un país en que lo asistan o ya ha sido rechazado en muchas ocasiones y viene con un bagaje mental complicado. Yo quiero tener un hijo y si un hijo normal me asustaba, acoger a un niño con esos problemas a mí me sobrepasaba».

Según El Correo, si las preferencias de los padres se ampliaran a hermanos o niños algo mayores o con necesidad especial, el tiempo de espera se reduciría considerablemente. Ascensión Iglesias, presidenta de Unaf, una asociación que forma parte de la Red Española contra el Alquiler de Vientres, cree que se debería facilitar un proceso de adopción más fácil, que ahí está la asignatura pendiente. «Hay un gran número de niños que necesitan que los protejan, están ahí, existen, ya han nacido, no tenemos que ir a ningún sitio para que nazcan. Es más fácil adoptar a un niño que tenga algún problema físico», opina Iglesias.

La gestación subrogada es un tema polémico: quienes se posicionan en contra, lo califican como una violación de los Derechos Humanos y quienes la apoyan hablan de solidaridad y de una necesidad que hay que regular. No coinciden ni en el léxico: unos califican la práctica como vientre de alquiler y creen que gestación subrogada es un eufemismo que dulcifica la crudeza de la situación, y los otros lamentan que el término alquiler o compra o mercantilización puede acabar repercutiendo sobre los niños.

Altruismo o necesidades económicas

Aliona, en total, según la estimación de los padres de intención, ha recibido unos 17.000 euros por ceder su útero. María Mallo argumenta que jamás debe aceptarse que esto se haga por necesidad económica. «Aliona no tiene necesidad para comer, o sea, ella lo que está haciendo es darle un futuro a su hija, o pagarle la universidad… Ella trabaja en una cafetería y decía que estaba pensando, con ese dinero, abrir su propio negocio. Eso no es una necesidad de estar muriéndose de hambre; eso es mejorar su vida, es algo legítimo», reflexiona. Aliona está separada, divorciada, tiene una hija y vive con su padre.

¿Es esto una necesidad económica? ¿Dónde se coloca el baremo?

Mallo explica que, desde el inicio, quisieron respetar la ética, que se respetaran los derechos de todas las partes y que la parte económica conformara un motivo secundario para la gestante, es decir, que primara su voluntad de ayudar.

Paco López, de la asociación prosubrogación Son Nuestros Hijos, aboga por procesos «garantistas». En su opinión, países como Estados Unidos o Canadá ofrecen garantías para todas las partes. La gestante debe probar una situación económica estable que deje claro que «no lo hace por dinero o que el dinero no es la motivación principal». No es el caso de Ucrania, el país más pobre de Europa. «Ucrania tiene una legislación más abierta, no regula el tema de la compensación económica. La legislación no lo aborda y sí es posible que se presente como gestante una mujer sin la economía saneada». Desde la asociación, asegura López que aconsejan escoger a mujeres libres económicamente. Con esa idea funcionaron, María y Nacho. La ley no ampara: depende de filosofía de los padres de intención.

Desde Son Nuestros Hijos apuestan por regular la maternidad subrogada para evitar situaciones «inaceptables». El altruismo sería la clave: habría que bloquear cualquier compensación económica que vaya más allá de gastos médicos y cobertura de bajas. Y quien se salte las normas, que se le aplique la ley. «No tener regulación es contraproducente». Si en esas condiciones, «no hay suficientes personas que se ofrezcan para ayudar a otras, pues no hay: a veces en la vida los deseos no se hacen realidad», señala.

El debate sobre si detrás de esta práctica se esconde el altruismo o la necesidad económica es vaporoso: al tratarse de voluntades íntimas cuesta determinar la motivación real. Pero hay un país que ofrece hechos y deja ver la realidad de fondo. En Reino Unido es legal la gestación subrogada, pero solo en casos estrictos de altruismo y manteniendo hasta el final el derecho y la libertad de la gestante sobre su cuerpo y el niño. En otros países se prohíbe a la gestante abortar (es decir, a ejercitar un derecho) en caso de que se arrepienta e incluso a mantener relaciones sexuales durante el embarazo. ¿El resultado en Reino Unido?

Lo explica Ascensión Iglesias: «Apenas nadie se presta a gestar un hijo». ¿Las razones? «En estos procesos no se alquila el vientre de la mujer, sino la mujer al completo con sus emociones, cambios físicos, riesgos… Se tiene que estar en una situación de necesidad para ofrecerse», desarrolla.

Iglesias se sitúa en el otro extremo de Paco López. Para ella, la única forma de legislar sería prohibiendo la utilización de vientres «vengan de donde vengan». «Y si uno comete una ilegalidad fuera del país, no puede tratar de legalizarlo cuando llega alegando que si no, los niños quedan en el limbo».

El apoyo social a los vientres de alquiler nace de argumentos emocionales: el deseo a la maternidad y paternidad de personas que no pueden acceder a ella y que desean cuidar a una criatura y darle una vida feliz. Muchas personas empatizan con historias como la de Nacho y María, y no dudan de su entrega y sus buenas intenciones.

Sin embargo, para Iglesias, guiarse por la empatía en este tema puede cegarnos ante las vulneraciones de derechos que se producen. «Defendemos el derecho, no podemos permitir que el cuerpo sea usado para cumplir un deseo, eso es lo mismo que ocurre en la prostitución. En ninguna parte de la Constitución aparece un derecho a ser padre o madre», recuerda Iglesias. Algunas imágenes, para ella, hablan por sí mismas y desvelan el carácter mercantil y comercial que cimienta esta actividad. «Hay ferias de alquiler de maternidad subrogada. Hablan de comprar y vender. La propia feria implica la acción de comprar». Y se pregunta si alguna vez se han visto ferias para algún otro derecho humano.

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El 3 de julio, María Mallo entró al paritorio y se colocó delante de una cama en la que Aliona, una joven ucraniana, daba a luz en silencio, esforzándose pero sin soltar un grito de dolor. «No te pones a un lado, sino de frente, ves la escena de cómo nace el niño», cuenta Mallo, entusiasmada. La criatura salió a la intemperie. Desde ese momento, Mallo no se separó de la pequeña. «La llevaron arriba a un cuarto conmigo: es brutal porque nace el bebé y ya estás con él». Aliona, madre gestante o vientre de alquiler (según quien lo nombre), permaneció en otra sala.

Mallo invitó a Aliona a subir a ver a Martina (así se llama la recién nacida). La visitaron también la madre y el hermano de la gestante: les hacía ilusión.

—¿Cómo se tomó Aliona separarse de Martina?—, preguntamos a Mallo.

—Ella no mostró ningún síntoma de tener un vínculo más allá. En ningún momento ella pensaba que Martina fuera su hija.

Cuando Aliona acudió a la sala, Mallo le preguntó si quería coger a la niña: «Ella dijo que no, que era muy pequeña». Según cuenta, horas antes, en el paritorio, cuando colocaron a la niña al costado de Aliona para limpiarla, esta la había mirado diciendo qué bonita era y qué grande.

«Yo le preguntaba cómo se sentía respecto a Martina y ella decía que llevaba tiempo haciéndose a la idea», recuerda Mallo, que se esforzó en mantener una comunicación fluida con la gestante durante el proceso mediante correos electrónicos y en persona durante la última semana de embarazo. Ella y Nacho, su marido, no quieren ocultarle nada a la niña: «Queremos hacer un álbum y que aparezca Aliona. Hacerlo con muchos dibujos o incluso que aparezca la chica que donó el óvulo. Queremos que lo sepa desde el minuto cero, con fotos. Nos gustaría volver a Ucrania. Que sepa que hay una tía ucraniana de la que siempre le hemos hablado y diga: pues esta es la chica que me llevaba en la barriga», explican.

Para María Mallo, recurrir a la gestación subrogada fue la última opción. Ella nació con el síndrome de Rokitansky. «Es un fallo en el desarrollo que provoca la ausencia de útero y vagina funcionales», cuenta ella misma en un extenso artículo sobre la travesía que le ha llevó a iniciar este proceso.

Su primera exploración fue en el terreno de la adopción. Asegura que es «imposible» conseguirlo. Las listas permanecen bloqueadas durante tiempo y la media de espera para adopciones nacionales se sitúa en torno a los 5 o 7 años. Cuando nos inscribimos ya éramos el número 779 de la lista, y nosotros tenemos 36 años. Es desesperante», cuenta Mallo.

En el caso de las internacionales, «el problema», relata Nacho, «es que no hay niños adoptables de menos de dos o tres años, a menos que estén enfermos. Con esa edad tienen el cerebro totalmente formado, es una persona que es muy difícil que puedas… es un asunto complicado». Continúa: «En una charla a la que acudimos contaban que cuando se da a un niño en adopción primero intentan que lo acoja la familia cercana, si no, en su propia comunidad, o en su barrio o en su país, y así va avanzando hasta llegar a internacional: o el niño tiene una enfermedad grave y necesita un país en que lo asistan o ya ha sido rechazado en muchas ocasiones y viene con un bagaje mental complicado. Yo quiero tener un hijo y si un hijo normal me asustaba, acoger a un niño con esos problemas a mí me sobrepasaba».

Según El Correo, si las preferencias de los padres se ampliaran a hermanos o niños algo mayores o con necesidad especial, el tiempo de espera se reduciría considerablemente. Ascensión Iglesias, presidenta de Unaf, una asociación que forma parte de la Red Española contra el Alquiler de Vientres, cree que se debería facilitar un proceso de adopción más fácil, que ahí está la asignatura pendiente. «Hay un gran número de niños que necesitan que los protejan, están ahí, existen, ya han nacido, no tenemos que ir a ningún sitio para que nazcan. Es más fácil adoptar a un niño que tenga algún problema físico», opina Iglesias.

La gestación subrogada es un tema polémico: quienes se posicionan en contra, lo califican como una violación de los Derechos Humanos y quienes la apoyan hablan de solidaridad y de una necesidad que hay que regular. No coinciden ni en el léxico: unos califican la práctica como vientre de alquiler y creen que gestación subrogada es un eufemismo que dulcifica la crudeza de la situación, y los otros lamentan que el término alquiler o compra o mercantilización puede acabar repercutiendo sobre los niños.

Altruismo o necesidades económicas

Aliona, en total, según la estimación de los padres de intención, ha recibido unos 17.000 euros por ceder su útero. María Mallo argumenta que jamás debe aceptarse que esto se haga por necesidad económica. «Aliona no tiene necesidad para comer, o sea, ella lo que está haciendo es darle un futuro a su hija, o pagarle la universidad… Ella trabaja en una cafetería y decía que estaba pensando, con ese dinero, abrir su propio negocio. Eso no es una necesidad de estar muriéndose de hambre; eso es mejorar su vida, es algo legítimo», reflexiona. Aliona está separada, divorciada, tiene una hija y vive con su padre.

¿Es esto una necesidad económica? ¿Dónde se coloca el baremo?

Mallo explica que, desde el inicio, quisieron respetar la ética, que se respetaran los derechos de todas las partes y que la parte económica conformara un motivo secundario para la gestante, es decir, que primara su voluntad de ayudar.

Paco López, de la asociación prosubrogación Son Nuestros Hijos, aboga por procesos «garantistas». En su opinión, países como Estados Unidos o Canadá ofrecen garantías para todas las partes. La gestante debe probar una situación económica estable que deje claro que «no lo hace por dinero o que el dinero no es la motivación principal». No es el caso de Ucrania, el país más pobre de Europa. «Ucrania tiene una legislación más abierta, no regula el tema de la compensación económica. La legislación no lo aborda y sí es posible que se presente como gestante una mujer sin la economía saneada». Desde la asociación, asegura López que aconsejan escoger a mujeres libres económicamente. Con esa idea funcionaron, María y Nacho. La ley no ampara: depende de filosofía de los padres de intención.

Desde Son Nuestros Hijos apuestan por regular la maternidad subrogada para evitar situaciones «inaceptables». El altruismo sería la clave: habría que bloquear cualquier compensación económica que vaya más allá de gastos médicos y cobertura de bajas. Y quien se salte las normas, que se le aplique la ley. «No tener regulación es contraproducente». Si en esas condiciones, «no hay suficientes personas que se ofrezcan para ayudar a otras, pues no hay: a veces en la vida los deseos no se hacen realidad», señala.

El debate sobre si detrás de esta práctica se esconde el altruismo o la necesidad económica es vaporoso: al tratarse de voluntades íntimas cuesta determinar la motivación real. Pero hay un país que ofrece hechos y deja ver la realidad de fondo. En Reino Unido es legal la gestación subrogada, pero solo en casos estrictos de altruismo y manteniendo hasta el final el derecho y la libertad de la gestante sobre su cuerpo y el niño. En otros países se prohíbe a la gestante abortar (es decir, a ejercitar un derecho) en caso de que se arrepienta e incluso a mantener relaciones sexuales durante el embarazo. ¿El resultado en Reino Unido?

Lo explica Ascensión Iglesias: «Apenas nadie se presta a gestar un hijo». ¿Las razones? «En estos procesos no se alquila el vientre de la mujer, sino la mujer al completo con sus emociones, cambios físicos, riesgos… Se tiene que estar en una situación de necesidad para ofrecerse», desarrolla.

Iglesias se sitúa en el otro extremo de Paco López. Para ella, la única forma de legislar sería prohibiendo la utilización de vientres «vengan de donde vengan». «Y si uno comete una ilegalidad fuera del país, no puede tratar de legalizarlo cuando llega alegando que si no, los niños quedan en el limbo».

El apoyo social a los vientres de alquiler nace de argumentos emocionales: el deseo a la maternidad y paternidad de personas que no pueden acceder a ella y que desean cuidar a una criatura y darle una vida feliz. Muchas personas empatizan con historias como la de Nacho y María, y no dudan de su entrega y sus buenas intenciones.

Sin embargo, para Iglesias, guiarse por la empatía en este tema puede cegarnos ante las vulneraciones de derechos que se producen. «Defendemos el derecho, no podemos permitir que el cuerpo sea usado para cumplir un deseo, eso es lo mismo que ocurre en la prostitución. En ninguna parte de la Constitución aparece un derecho a ser padre o madre», recuerda Iglesias. Algunas imágenes, para ella, hablan por sí mismas y desvelan el carácter mercantil y comercial que cimienta esta actividad. «Hay ferias de alquiler de maternidad subrogada. Hablan de comprar y vender. La propia feria implica la acción de comprar». Y se pregunta si alguna vez se han visto ferias para algún otro derecho humano.

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Opiniones 1
  • Voy a procurar ser amable. Este cuento de hadas debe ocurrir en algún mundo de una galaxia paralela. Y posiblemente ha sido relatado por alguien especializado en literatura fantástica.
    Muy bonito, pues, pero ajeno a la realidad.
    Deseo seguir siendo amable y procuro no pensar que es un acto de propaganda casi obsceno, pero no se me ocurre que otra cosa pueda ser.
    Termino pensando que la lucha de clases existe y va perdiendo la misma de siempre. Solo que ahora todo se ve vestido de colores.

  • Comentarios cerrados.

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