6 de abril 2018    /   IDEAS
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Cómo termina una pandilla de rusas en un garito de Roquetas

6 de abril 2018    /   IDEAS     por          
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Si eres una joven rusa con dificultades que sueña con emprender una nueva vida en un ambiente cálido y lejos de tu país, digamos que Almería, donde dicen que «el sol pasa el invierno», puede ser una opción. Pero, aun así, es raro que una niña siberiana se sienta atraída por el poniente almeriense sin haber salido nunca de Rusia. ¿Cómo acaba entonces una pandilla de soviéticas en un garito de Roquetas?

En 2008, la policía española desarticuló la mayor red de tráfico de mujeres rusas, cuya explotación sexual tenía lugar tanto en España como en otros países de la Unión Europea. Así, la operación Zarpa, que comenzó dos años antes, terminó con la detención de 76 personas relacionadas con prostitución, agresiones sexuales y blanqueo de dinero en las provincias de Girona, Lérida, Granada y Almería.

En la misma investigación, 60 mujeres fueron detenidas por infracción de la Ley de Extranjería en distintos clubes de El Ejido y Roquetas de Mar. En junio de ese mismo año finalizó Zarpa II, activada tras el destape de nuevas ramificaciones de la organización en la provincia almeriense, donde existían clubes nocturnos en los que las mujeres eran explotadas.

El crimen durante el zarismo

En su obra Breve historia de Rusia, el historiador bolchevique Mijaíl Pokrovski afirmaba que a principios del siglo XVII se contabilizaban más de 30.000 delincuentes solo en Moscú. Entonces, esta categoría se reservaba para gamberros de a pie, tratantes de caballerías o campesinos huidos de la explotación de terratenientes.

A mediados del siglo XVIII, estos delincuentes comenzaron a organizarse, se empezaron a estructurar, a utilizar una jerga llamada fenia y una simbología propia, todo ello bien compiladito en el vorovskoy zakon o «código de conducta de los ladrones». También surgieron dichos, canciones carceleras, la especialización de los cacos en tareas concretas y la figura del «jefe».

La corrupción andaba por Rusia como Pedro por su casa desde los tiempos del zarismo. De hecho, en Historia del Imperio de Rusia bajo Pedro el Grande, biografía que con cariño y devoción escribió Voltaire al zar Pedro I, comentaba a este respecto la ejecución de un gobernador de Siberia o el indulto del ministro Alexander Menshikov.

Stalin: tarde de atraco y colegas

La situación, teniendo en cuenta los sucesos que sacudieron al Imperio ruso a principios del siglo XX, no mejoró mucho. Quién no iba a delinquir en aquellos tiempos en los que Lenin y Stalin planeaban atracos a mano armada. Con 25 años, Stalin regresaba a Georgia de su exilio en Siberia, a finales de 1903. Un año después, se desató la guerra ruso-japonesa (1904-1905) donde ganaron los nipones. En Mafias del mundo, el político francés Thierry Cretin cuenta cómo Stalin, alias «Koba» durante su juventud, dirigió un grupo de delincuentes en Georgia.

Perder una guerra sale caro. La inestabilidad del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), fragmentado por los enfrentamientos entre bolcheviques y mencheviques liderados por Vladímir Lenin y Yuli Mártov respectivamente, tampoco benefició. Esto, sumado a la escasez de productos básicos, propició que el 26 de junio de 1907 «Koba» llevase a cabo con sus colegas la expropiación de la plaza de Ereván, que consistió en un atraco a mano armada del banco de Tiflis, capital georgiana. Este golpe contaba con el beneplácito de Lenin, que encarnaba la facción radical del POSDR.

Que Lenin aprobara este tipo de iniciativas motivó a muchos a salir de sus casas para delinquir, excusándose en que había que terminar con la «dichosa» propiedad privada. A esos criminales que realmente actuaban en beneficio propio, llevando a cabo «expropiaciones» personales que decían que eran en pro del bolchevismo, fueron llamados vory v zakone (vor en singular) o «ladrones en ley». Este título no solo era un mote. Gracias a él, los delincuentes tenían la garantía de que, una vez capturados, serían más que respetados no solo por el resto de prisioneros, sino también por los mismos funcionarios penitenciarios.

En este clima de caos y motines en los que el crimen se respiraba como síntoma del capitalismo, la Revolución Bolchevique de 1917 se lo puso a huevo a los vory. Con el desmadre de la posterior Guerra Civil (1917-1922), las purgas, los gulags (campos de trabajo forzado), etc., muchos jóvenes terminaron idealizando a esos que en las prisiones, orgullosos, despreciaban la política e incluso el patriotismo; y, claro, persuadidos, muchos de los que regresaban lo hacían dispuestos a formar parte de esa realidad que cada vez se hacía más incipiente: el «mundo de los ladrones» (vorovskói mir).

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La Unión Soviética de ladrones y «perras»

En la Segunda Guerra Mundial, Stalin ofreció una amnistía a los presos que se alistaran al ejército. Muchos aprovecharon el chollo, aceptaron de buen grado y violaron con ello el código que prohíbe estrictamente colaborar con el gobierno o cualquier institución administrativa si no hay un soborno de por medio. Pero el georgiano se la jugó, no mantuvo su palabra y tras el fin de la guerra, estos criminales volvieron a prisión o fueron enviados a gulags durante la conocida como Guerra a los traidores. Aquellos, tan ladrones como desleales, fueron llamados despectivamente sukis («perras»).

En el devenir de la economía soviética, el vory se hizo dueño del mercado negro con ayuda del funcionariado corrupto, que actuaba en paralelo al sistema administrativo soviético. No solo se trataba de hacer la vista gorda con delitos escandalosos; en esa época era suficiente con mirar para un lado cuando se colaba en el austero mercado soviético algún producto electrónico, unos simples pantalones vaqueros o alimentos extra, porque hubo tiempos en los que las cartillas de racionamiento no bastaban.

Tras la muerte de Stalin, su sucesor, Nikita Kruchev, concedió en 1953 una amnistía a más de un millón de presos, lo que permitió a aquellos regresados entablar relaciones directas con los que ya habían tenido tiempo de amasar su fortuna en el mercado negro.

Delinquir con Breznev fue pan comido. Durante su gobierno, según el doctor en Derecho Penal y criminología Julián López Muñoz, el crimen organizado se institucionalizó de lleno alcanzando por primera vez a las clases más altas del Partido Comunista, e incluso salpicando a la familia de Breznev. La hija de este, Galina Brezneva Churbanova, y su esposo Yuri Churbanov, fueron detenidos por tráfico ilegal de joyas y piedras preciosas que ponían en circulación gracias a las tournées del circo ruso. A partir de entonces, la palabra corruptsiya comenzó a usarse para definir ese poder compartido entre políticos y criminales.

Un ‘vor’ no es un ‘quinqui’ de barrio

Pero el vor no es un quinqui de barrio. Este también lleva la vida tatuada en la piel, pero además debe ser fiel a un código que establece 18 puntos cuyo incumplimiento supone una muerte casi segura. Algunos preceptos suenan contundentes, como «no abandonar a la familia»; pero también los hay mas light, como no pasarse con el vodka para «no perder la capacidad de pensar con claridad debido al alcohol».

Los grupúsculos que se acogen a este código están cortados por el mismo patrón: actúan siempre en grupo, su estructura orgánica se mantiene y se va adaptando en el caso de que existan bajas. La jerarquía se materializa en la coacción, pero no deja de tener una estructura muy similar a la de cualquier empresa. Existe una cúpula superior formada por las figuras del cobrador (Obshchak), el jefe (Pakhan) y el consejero (Sovetnik); después se encuentra un intermediario y tras este, los guerreros, distribuidos en distintas células criminales especializadas.

Aunque el vor fue adquiriendo forma durante el periodo soviético, la Mafiya u Organizatsja rusa no apareció como tal en documentos clasificados hasta el final del socialismo ruso.

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Cuando el caviar ruso se hizo internacional

En 1981 se destapó el «escándalo del caviar», una red mafiosa que exportaba este alimento al extranjero camuflado en latas de arenques a precios irrisorios. Cuando estos cargamentos pasaban la frontera, el envase y el etiquetado se cambiaba y las ganancias por la diferencia del precio iban a una cuenta en Suiza.

Durante el gobierno de Gorbachov, una vez más la escasez favoreció el desarrollo de organizaciones criminales y de una economía paralela sin la cual parte de la población tenía dificultades para subsistir.

La transición hacia el capitalismo también se lo puso fácil a la corrupción, que continuó haciéndose sistémica en el entorno político y dio pie a la proliferación de más Bratvas (hermandades) que ya no solo se conformaban con delinquir en Rusia. Así, cuenta López Muñoz, grupos criminales de todo el antiguo Imperio se reunieron en una dacha (casa de campo rusa) cerca de Moscú para repartirse el pastel, acordar una distribución territorial y la especialización de cada una de las bandas.

Rusia, «gran potencia mafiosa»

En los 90, cuando el entonces presidente de Rusia Boris Yeltsin gritó eso de «¡ya se tilda a nuestro país de gran potencia mafiosa!», el departamento de control de crimen organizado del Ministerio del Interior de la Federación reportó la existencia de más de 8.000 grupos criminales rusos, y entre 750 y 800 euroasiáticos.

Con el inicio de las privatizaciones, las grandes empresas pasaron a ser controladas por la nomenklatura comunista, que pugnó por los negocios al mismo nivel que las mafias, las cuales terminaron haciéndose con gran parte de la economía. De hecho, ese mismo año, el Centro Ruso de Análisis para las Políticas Sociales y Económicas presentó a Yelstin un informe en el que se estimaba que un 80% de bancos y empresas internacionales de grandes ciudades rusas pagaban entre un 10 y un 20% de sus ingresos a la mafia.

La apertura internacional tras la caída del régimen soviético y la internacionalización de la economía del país propiciaron el acercamiento a organizaciones criminales de otros países. Así, la mafia rusa comenzó a tejer alianzas con las Triadas en Macao, Hong Kong y Malasia gracias al puerto de Vladivostock, que funcionaba como base de operaciones rusas, y con la Cosa Nostra siciliana.

En 1995, Naciones Unidas establecía un total de 18 tipos de delitos transnacionales que iban desde el lavado de dinero hasta crímenes ambientales, pasando por el ya conocido tráfico de órganos y de armas, la trata de personas o el soborno de funcionarios, entre otros. En 2001, entre 200 y 300 de los grupos mencionados anteriormente ya operaban transnacionalmente en EEUU, América Latina y el Caribe. Considerada una de las más jóvenes mafias internacionales de la actualidad, la rusa se había convertido en la red criminal más extendida con filiales por todo el mundo.

El ruso casi «andalú»

Hace poco menos de un año, la Guardia Civil informaba de la desarticulación de la filial española del clan ruso Tambovskaya, liderado por Semion Mogilevich, una de las 10 personas más buscadas por el FBI e Interpol. Un total de 11 personas de nacionalidad rusa fueron arrestadas y se encontraron grandes cantidades de dinero en efectivo, documentación, material informático, Ferraris, Porsches, Bentleys (hasta 23) y armas de fuego.

La operación, denominada Oligarkh, logró también la desarticulación de las filiales en España de las organizaciones Solntsevskaya e Izmailovskaya, que se dedicaban al blanqueo de dinero a través del Marbella FC, la empresa Agua Sierras de Mijas y el club Dama de Noche de Marbella.

Pero ¿cómo demonios termina la mafia rusa en un equipo de Segunda B? Según explicaba El Confidencial, Alexander Grinberg se vanagloriaba de ser «el primer ruso que ha comprado un club de fútbo». El magnate, al que sus trabajadores definieron como «el casi andalú», era empresario de inmuebles y negocios de restauración de la Costa del Sol, y se convirtió en dueño y presidente del Marbella Club de Fútbol. En septiembre del año pasado, también fue detenido en el marco de la operación Oligarkh.

El pasado mes de febrero, el «casi andalú» salió de prisión y regresó a la que él llama «su» Marbella, donde continúa en libertad provisional después de que su familia soltara 750.000 euros de fianza a tocateja.

Grinberg vivía en una mansión de lujo en Marbella a la que llamó Casa Moscú. Durante los partidos, sufría en el palco como el más forofo y no tenía problema en gritar a los cuatro vientos su devoción por España: «Me encanta España, y en especial Andalucía, una tierra donde la gastronomía tiene un altísimo nivel y el carácter de sus gentes, tan amable, alegre y vitalista, les hace ser muy parecidos a nosotros».

El millonario afincado en Marbella, que asegura haber cumplido la ley y que demostrará su inocencia, sigue soñando con lo mismo que antes: que su equipo gane al FC Barcelona. Tras descubrirse relaciones entre Grimberg y Arnold Spivakovsky, uno de los jefes de la organización Solntsevskaya en Rusia y detenido meses antes, así como otros contactos que lo relacionan también con la mafia, el «casi andalú» se defendió públicamente afirmando: «ser ruso no puede ser indicio de delito».

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Si eres una joven rusa con dificultades que sueña con emprender una nueva vida en un ambiente cálido y lejos de tu país, digamos que Almería, donde dicen que «el sol pasa el invierno», puede ser una opción. Pero, aun así, es raro que una niña siberiana se sienta atraída por el poniente almeriense sin haber salido nunca de Rusia. ¿Cómo acaba entonces una pandilla de soviéticas en un garito de Roquetas?

En 2008, la policía española desarticuló la mayor red de tráfico de mujeres rusas, cuya explotación sexual tenía lugar tanto en España como en otros países de la Unión Europea. Así, la operación Zarpa, que comenzó dos años antes, terminó con la detención de 76 personas relacionadas con prostitución, agresiones sexuales y blanqueo de dinero en las provincias de Girona, Lérida, Granada y Almería.

En la misma investigación, 60 mujeres fueron detenidas por infracción de la Ley de Extranjería en distintos clubes de El Ejido y Roquetas de Mar. En junio de ese mismo año finalizó Zarpa II, activada tras el destape de nuevas ramificaciones de la organización en la provincia almeriense, donde existían clubes nocturnos en los que las mujeres eran explotadas.

El crimen durante el zarismo

En su obra Breve historia de Rusia, el historiador bolchevique Mijaíl Pokrovski afirmaba que a principios del siglo XVII se contabilizaban más de 30.000 delincuentes solo en Moscú. Entonces, esta categoría se reservaba para gamberros de a pie, tratantes de caballerías o campesinos huidos de la explotación de terratenientes.

A mediados del siglo XVIII, estos delincuentes comenzaron a organizarse, se empezaron a estructurar, a utilizar una jerga llamada fenia y una simbología propia, todo ello bien compiladito en el vorovskoy zakon o «código de conducta de los ladrones». También surgieron dichos, canciones carceleras, la especialización de los cacos en tareas concretas y la figura del «jefe».

La corrupción andaba por Rusia como Pedro por su casa desde los tiempos del zarismo. De hecho, en Historia del Imperio de Rusia bajo Pedro el Grande, biografía que con cariño y devoción escribió Voltaire al zar Pedro I, comentaba a este respecto la ejecución de un gobernador de Siberia o el indulto del ministro Alexander Menshikov.

Stalin: tarde de atraco y colegas

La situación, teniendo en cuenta los sucesos que sacudieron al Imperio ruso a principios del siglo XX, no mejoró mucho. Quién no iba a delinquir en aquellos tiempos en los que Lenin y Stalin planeaban atracos a mano armada. Con 25 años, Stalin regresaba a Georgia de su exilio en Siberia, a finales de 1903. Un año después, se desató la guerra ruso-japonesa (1904-1905) donde ganaron los nipones. En Mafias del mundo, el político francés Thierry Cretin cuenta cómo Stalin, alias «Koba» durante su juventud, dirigió un grupo de delincuentes en Georgia.

Perder una guerra sale caro. La inestabilidad del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), fragmentado por los enfrentamientos entre bolcheviques y mencheviques liderados por Vladímir Lenin y Yuli Mártov respectivamente, tampoco benefició. Esto, sumado a la escasez de productos básicos, propició que el 26 de junio de 1907 «Koba» llevase a cabo con sus colegas la expropiación de la plaza de Ereván, que consistió en un atraco a mano armada del banco de Tiflis, capital georgiana. Este golpe contaba con el beneplácito de Lenin, que encarnaba la facción radical del POSDR.

Que Lenin aprobara este tipo de iniciativas motivó a muchos a salir de sus casas para delinquir, excusándose en que había que terminar con la «dichosa» propiedad privada. A esos criminales que realmente actuaban en beneficio propio, llevando a cabo «expropiaciones» personales que decían que eran en pro del bolchevismo, fueron llamados vory v zakone (vor en singular) o «ladrones en ley». Este título no solo era un mote. Gracias a él, los delincuentes tenían la garantía de que, una vez capturados, serían más que respetados no solo por el resto de prisioneros, sino también por los mismos funcionarios penitenciarios.

En este clima de caos y motines en los que el crimen se respiraba como síntoma del capitalismo, la Revolución Bolchevique de 1917 se lo puso a huevo a los vory. Con el desmadre de la posterior Guerra Civil (1917-1922), las purgas, los gulags (campos de trabajo forzado), etc., muchos jóvenes terminaron idealizando a esos que en las prisiones, orgullosos, despreciaban la política e incluso el patriotismo; y, claro, persuadidos, muchos de los que regresaban lo hacían dispuestos a formar parte de esa realidad que cada vez se hacía más incipiente: el «mundo de los ladrones» (vorovskói mir).

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La Unión Soviética de ladrones y «perras»

En la Segunda Guerra Mundial, Stalin ofreció una amnistía a los presos que se alistaran al ejército. Muchos aprovecharon el chollo, aceptaron de buen grado y violaron con ello el código que prohíbe estrictamente colaborar con el gobierno o cualquier institución administrativa si no hay un soborno de por medio. Pero el georgiano se la jugó, no mantuvo su palabra y tras el fin de la guerra, estos criminales volvieron a prisión o fueron enviados a gulags durante la conocida como Guerra a los traidores. Aquellos, tan ladrones como desleales, fueron llamados despectivamente sukis («perras»).

En el devenir de la economía soviética, el vory se hizo dueño del mercado negro con ayuda del funcionariado corrupto, que actuaba en paralelo al sistema administrativo soviético. No solo se trataba de hacer la vista gorda con delitos escandalosos; en esa época era suficiente con mirar para un lado cuando se colaba en el austero mercado soviético algún producto electrónico, unos simples pantalones vaqueros o alimentos extra, porque hubo tiempos en los que las cartillas de racionamiento no bastaban.

Tras la muerte de Stalin, su sucesor, Nikita Kruchev, concedió en 1953 una amnistía a más de un millón de presos, lo que permitió a aquellos regresados entablar relaciones directas con los que ya habían tenido tiempo de amasar su fortuna en el mercado negro.

Delinquir con Breznev fue pan comido. Durante su gobierno, según el doctor en Derecho Penal y criminología Julián López Muñoz, el crimen organizado se institucionalizó de lleno alcanzando por primera vez a las clases más altas del Partido Comunista, e incluso salpicando a la familia de Breznev. La hija de este, Galina Brezneva Churbanova, y su esposo Yuri Churbanov, fueron detenidos por tráfico ilegal de joyas y piedras preciosas que ponían en circulación gracias a las tournées del circo ruso. A partir de entonces, la palabra corruptsiya comenzó a usarse para definir ese poder compartido entre políticos y criminales.

Un ‘vor’ no es un ‘quinqui’ de barrio

Pero el vor no es un quinqui de barrio. Este también lleva la vida tatuada en la piel, pero además debe ser fiel a un código que establece 18 puntos cuyo incumplimiento supone una muerte casi segura. Algunos preceptos suenan contundentes, como «no abandonar a la familia»; pero también los hay mas light, como no pasarse con el vodka para «no perder la capacidad de pensar con claridad debido al alcohol».

Los grupúsculos que se acogen a este código están cortados por el mismo patrón: actúan siempre en grupo, su estructura orgánica se mantiene y se va adaptando en el caso de que existan bajas. La jerarquía se materializa en la coacción, pero no deja de tener una estructura muy similar a la de cualquier empresa. Existe una cúpula superior formada por las figuras del cobrador (Obshchak), el jefe (Pakhan) y el consejero (Sovetnik); después se encuentra un intermediario y tras este, los guerreros, distribuidos en distintas células criminales especializadas.

Aunque el vor fue adquiriendo forma durante el periodo soviético, la Mafiya u Organizatsja rusa no apareció como tal en documentos clasificados hasta el final del socialismo ruso.

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Cuando el caviar ruso se hizo internacional

En 1981 se destapó el «escándalo del caviar», una red mafiosa que exportaba este alimento al extranjero camuflado en latas de arenques a precios irrisorios. Cuando estos cargamentos pasaban la frontera, el envase y el etiquetado se cambiaba y las ganancias por la diferencia del precio iban a una cuenta en Suiza.

Durante el gobierno de Gorbachov, una vez más la escasez favoreció el desarrollo de organizaciones criminales y de una economía paralela sin la cual parte de la población tenía dificultades para subsistir.

La transición hacia el capitalismo también se lo puso fácil a la corrupción, que continuó haciéndose sistémica en el entorno político y dio pie a la proliferación de más Bratvas (hermandades) que ya no solo se conformaban con delinquir en Rusia. Así, cuenta López Muñoz, grupos criminales de todo el antiguo Imperio se reunieron en una dacha (casa de campo rusa) cerca de Moscú para repartirse el pastel, acordar una distribución territorial y la especialización de cada una de las bandas.

Rusia, «gran potencia mafiosa»

En los 90, cuando el entonces presidente de Rusia Boris Yeltsin gritó eso de «¡ya se tilda a nuestro país de gran potencia mafiosa!», el departamento de control de crimen organizado del Ministerio del Interior de la Federación reportó la existencia de más de 8.000 grupos criminales rusos, y entre 750 y 800 euroasiáticos.

Con el inicio de las privatizaciones, las grandes empresas pasaron a ser controladas por la nomenklatura comunista, que pugnó por los negocios al mismo nivel que las mafias, las cuales terminaron haciéndose con gran parte de la economía. De hecho, ese mismo año, el Centro Ruso de Análisis para las Políticas Sociales y Económicas presentó a Yelstin un informe en el que se estimaba que un 80% de bancos y empresas internacionales de grandes ciudades rusas pagaban entre un 10 y un 20% de sus ingresos a la mafia.

La apertura internacional tras la caída del régimen soviético y la internacionalización de la economía del país propiciaron el acercamiento a organizaciones criminales de otros países. Así, la mafia rusa comenzó a tejer alianzas con las Triadas en Macao, Hong Kong y Malasia gracias al puerto de Vladivostock, que funcionaba como base de operaciones rusas, y con la Cosa Nostra siciliana.

En 1995, Naciones Unidas establecía un total de 18 tipos de delitos transnacionales que iban desde el lavado de dinero hasta crímenes ambientales, pasando por el ya conocido tráfico de órganos y de armas, la trata de personas o el soborno de funcionarios, entre otros. En 2001, entre 200 y 300 de los grupos mencionados anteriormente ya operaban transnacionalmente en EEUU, América Latina y el Caribe. Considerada una de las más jóvenes mafias internacionales de la actualidad, la rusa se había convertido en la red criminal más extendida con filiales por todo el mundo.

El ruso casi «andalú»

Hace poco menos de un año, la Guardia Civil informaba de la desarticulación de la filial española del clan ruso Tambovskaya, liderado por Semion Mogilevich, una de las 10 personas más buscadas por el FBI e Interpol. Un total de 11 personas de nacionalidad rusa fueron arrestadas y se encontraron grandes cantidades de dinero en efectivo, documentación, material informático, Ferraris, Porsches, Bentleys (hasta 23) y armas de fuego.

La operación, denominada Oligarkh, logró también la desarticulación de las filiales en España de las organizaciones Solntsevskaya e Izmailovskaya, que se dedicaban al blanqueo de dinero a través del Marbella FC, la empresa Agua Sierras de Mijas y el club Dama de Noche de Marbella.

Pero ¿cómo demonios termina la mafia rusa en un equipo de Segunda B? Según explicaba El Confidencial, Alexander Grinberg se vanagloriaba de ser «el primer ruso que ha comprado un club de fútbo». El magnate, al que sus trabajadores definieron como «el casi andalú», era empresario de inmuebles y negocios de restauración de la Costa del Sol, y se convirtió en dueño y presidente del Marbella Club de Fútbol. En septiembre del año pasado, también fue detenido en el marco de la operación Oligarkh.

El pasado mes de febrero, el «casi andalú» salió de prisión y regresó a la que él llama «su» Marbella, donde continúa en libertad provisional después de que su familia soltara 750.000 euros de fianza a tocateja.

Grinberg vivía en una mansión de lujo en Marbella a la que llamó Casa Moscú. Durante los partidos, sufría en el palco como el más forofo y no tenía problema en gritar a los cuatro vientos su devoción por España: «Me encanta España, y en especial Andalucía, una tierra donde la gastronomía tiene un altísimo nivel y el carácter de sus gentes, tan amable, alegre y vitalista, les hace ser muy parecidos a nosotros».

El millonario afincado en Marbella, que asegura haber cumplido la ley y que demostrará su inocencia, sigue soñando con lo mismo que antes: que su equipo gane al FC Barcelona. Tras descubrirse relaciones entre Grimberg y Arnold Spivakovsky, uno de los jefes de la organización Solntsevskaya en Rusia y detenido meses antes, así como otros contactos que lo relacionan también con la mafia, el «casi andalú» se defendió públicamente afirmando: «ser ruso no puede ser indicio de delito».

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