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1 de diciembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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La mujer que quiso ir a la cárcel y al manicomio para contarlo

1 de diciembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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No le interesaban las entrevistas ni las visitas. Necesitaba mucho más porque el periodismo de ir, ver y contar, con ella adquiría otros matices, otras fases. Su verdad solo podía entrar por todos los sentidos a la vez y, para eso, es necesario ir, mentir y quedarse antes de contarlo.
Carmen Eva Nelken nació en 1898 en el seno de una familia judía. De padre alemán y madre francesa, creció eclipsada por su hermana mayor, Margarita Nelken, quien se convertiría en una de las primeras diputadas españolas. Para que nadie relacionase sus logros con su apellido, Carmen decidió que firmaría como Magda Donato, el seudónimo con el que es todavía (des)conocida.
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Dos pasiones regían la vida de Magda Donato: el teatro y el periodismo. Todo cuanto hizo a lo largo de su vida fue aunarlas. Cambiando de identidad para llegar a donde quería, acudiendo a comedores sociales como viuda hambrienta o ingresando en la cárcel como modista violenta, consiguió hacer periodismo sin renunciar a la interpretación.
Así empezó a escribir lo que ella llamaba ‘reportajes vividos’, unos textos que, voluntariamente o no, bebían del trabajo de Nellie Bly, la periodista que a finales del siglo XIX retó al personaje imaginario de Jules Verne y recorrió el mundo en 72 días, además de vivir en un manicomio para escribir un reportaje.
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No. El periodismo gonzo no lo inventaron ni Günter Wallraff ni Hunter S. Thompson. Aunque no lo expliquen en la facultad, el periodismo de inmersión nació de los pies y los ojos de mujeres como Nellie Bly y Magda Donato, las primeras que adoptaron otras personalidades para escribir sus reportajes en primera persona.
Para Magda Donato, además, las cualidades de las mujeres las predisponía al buen periodismo. Así lo explicó en La mujer y el periodismo: «En cuanto el ambiente se haya despejado por completo de su estrechez y de su mezquindad molestas, las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo que sólo ellas pueden hacer llegar a su pleno desarrollo. Sólo las mujeres tienen bastante corazón para poner en el periodismo las dosis de humanitarismo desinteresado del cual es susceptible».
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Magda Donato quería cambiar el mundo con su trabajo y se alejó del encorsetamiento del periodismo de la época para enriquecer sus textos con recursos literarios. Tanto ella como Nellie Bly remozaron el periodismo, no solo por la obsesión de meterse en líos y disfrazarse para trabajar, sino por un estilo muy peculiar que ambas compartían y con el que consiguieron que, al leerlas hoy, una se pregunte si aquello realmente pudo haberse escrito hace un siglo y no ayer. El humor, la ironía, la sencillez y la introducción de descripciones y diálogos convierten la obra de ambas en reportajes atemporales que parecen más propios del posterior Nuevo Periodismo.
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Aprovechando su conocimiento de varios idiomas (por sus orígenes también hablaba perfectamente francés y alemán) y sus dotes interpretativas, Magdad Donato consiguió ser quien quiso y sus ‘reportajes vividos’ fueron apareciendo, con gran éxito, en el diario Ahora entre 1932 y 1936. Los recopiló Margherita Bernard para la editorial Renacimiento con el título Reportajes.

Las otras vidas de Magda Donato

Magda Donato necesitaba un médico que certificase su locura porque se empecinó en contar la vida de las internas en un sanatorio. No le bastaba con mirar o escuchar lo que le quisieran decir: tenía que vivir con ellas, ser una más. No es la idea más novedosa, ya que décadas antes, Nellie Bly se hizo internar en un manicomio con el mismo fin para escribir el libro Diez días en un manicomio. Ambos textos se complementan: mientras Bly incide en el trato vejatorio que reciben las pacientes, Donato se centra en sus compañeras, sus manías, su día a día y sus anhelos. Todas quedan retratadas desde el respeto y el cariño en el reportaje Un mes entre las locas.
En el manicomio, Donato llega a entender a las internas: «¿Que pierden la razón? Lo que hacen es cambiarla por otra que les oculta, es cierto, las tristezas que existen, pero que les inventa, en cambio, otras tan atroces que la realidad quizá no las sabría crear».
Una mujer que caza guisantes con una horquilla que se extrae del pelo, otra que regurgita por culpa de la risa, otra a la que el gobierno manda aviones para espiarla incluso cuando lleva flores a la tumba de su difunto esposo, son algunas de sus compañeras.

Sigo creyendo que la verdadera enfermedad de Doña Pascuala consiste en…ser española y no tener fortuna


Si difícil era entrar en un manicomio diciendo la verdad (y nada era más fácil que considerar loca a una mujer hace un siglo), previsible era el final: Magda se había deshecho de su carnet de periodista para que nadie pudiese descubrir su identidad. Intentar convencer al médico de su cordura en base a argumentos tales como que no estaba loca, que en realidad era periodista y que había ido allí para escribir, fue algo que podría haber contado cualquier otra interna y nadie la habría tomado en serio.
Si hay algo que la periodista no desestimaba, además del humor, era la lógica más pura y la comprensión, en un mundo que ante ella se presentaba más simple que ante los médicos o ante los que, desesperados, acudían a los adivinos.
Cuando el director de Asistencia Social le facilitó los datos estadísticos en relación con comedores y dormitorios a los que recurrían los que no tenían nada, le ofreció «darse una vueltecita». Donato fue tajante: «No, muchas gracias, no me interesa». Claro que le interesaba, pero algo tan superficial era insuficiente para una mujer que necesitaba mendigar para sentir el hambre. En realidad, ya lo había hecho.
Antes de aquella entrevista había pasado una semana comiendo entre mendigos con un nombre falso grabado en la tarjeta. A veces poco importaba el tiempo que esperase, le tocaba conformarse con el segundo o tercer turno. Del último huía la mayoría como de la peste. Y claro que tendrían hambre, pero Donato también lo entiende: «Yo creo que el rehuir así del último turno es una cuestión de amor propio; se puede ser pobre y no quererse contentar con las sobras de los demás, ¿no es verdad?»
Cuando preparaba el reportaje En la cola de los hambrientos, la periodista se sintió en la selva, rodeada de animales, indefensa, inferior, torpe. Pero no perdió el sentido del humor. En la cola solo había una conversación posible: la comida. Una chica asegura que el año anterior dejó de ir al comedor porque encontró una patata envuelta en pelo. Alguien le aclara: «ahora ya no son patatas, son judías». Magda Donato se queda pensando: «Respiro tranquilizada, como si existieran menos probabilidades capilares en las judías que en las patatas».
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Magda Donato se hizo pasar por una joven francesa perfectamente preparada para atender las llamadas en la consulta de un supuesto adivino indio. Como mademoiselle Marie consiguió el trabajo y descubrió que el adivino, que la empujaba a rechazar clientes para aparentar que estaba más solicitado, ni siquiera era indio, sino de Guadalajara.
Parece que le gustó la experiencia, porque también se coló en la consulta de otra adivina. Cuando Xantina ‘consigue’ alejar a la mujer del amado de su clienta, se jacta de haber logrado que estén «juntos para siempre». A lo que Donato apostilla: «¿Juntos para siempre? Eso será, sin duda, si en América no topan con otra Xantina, ¿no?»
Con una amiga, Magda Donato tramó una falsa denuncia. Su amiga tuvo que acusarla de una pelea callejera por cuya multa Magda Donato se negó a pagar para forzar su ingreso en la cárcel, donde pasó hambre y donde aprendió cómo se hace una cama de verdad.
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La literatura infantil era su otra pasión. Dio con la horma de su zapato cuando conoció al dibujante Salvador Bartolozzi, el mismo año que empezó a colaborar en prensa. Ambos hicieron explotar su imaginación compartiendo sus vidas y trabajando juntos: ella escribiendo cuentos y él ilustrándolos. Consiguieron renovar la literatura infantil en España. En 1929 fundaron el Teatro Pinocho, donde daban vida a los personajes de sus cuentos.
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Después de la Guerra Civil Española se exiliaron a Francia. Llegaron a París cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y tuvieron que recurrir, sin llegar a asentarse, a un segundo exilio. En México, Magda Donato alcanzó un enorme éxito como actriz de teatro y series. En 1960 vivió su momento de gloria al interpretar el personaje de la vieja en Las Sillas de Ionesco, obra que dirigía Alejandro Jodorowski y que ella había traducido del francés. Aquella interpretación le valió el premio a mejor actriz de la Agrupación de Crítucos de Teatro. Pero Salvador ya no estaba para celebrarlo con ella: había muerto diez años antes.
Se centró en el teatro y también escribió algunas piezas. A su muerte (1966), en México se otorgó el Premio Magda Donato a la mejor obra teatral hasta 1973. Aunque Avilés (Asturias), Miguelturra (Ciudad Real) y Zaragoza tienen calles en su honor, Magda Donato sigue siendo una gran desconocida.

No le interesaban las entrevistas ni las visitas. Necesitaba mucho más porque el periodismo de ir, ver y contar, con ella adquiría otros matices, otras fases. Su verdad solo podía entrar por todos los sentidos a la vez y, para eso, es necesario ir, mentir y quedarse antes de contarlo.
Carmen Eva Nelken nació en 1898 en el seno de una familia judía. De padre alemán y madre francesa, creció eclipsada por su hermana mayor, Margarita Nelken, quien se convertiría en una de las primeras diputadas españolas. Para que nadie relacionase sus logros con su apellido, Carmen decidió que firmaría como Magda Donato, el seudónimo con el que es todavía (des)conocida.
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Dos pasiones regían la vida de Magda Donato: el teatro y el periodismo. Todo cuanto hizo a lo largo de su vida fue aunarlas. Cambiando de identidad para llegar a donde quería, acudiendo a comedores sociales como viuda hambrienta o ingresando en la cárcel como modista violenta, consiguió hacer periodismo sin renunciar a la interpretación.
Así empezó a escribir lo que ella llamaba ‘reportajes vividos’, unos textos que, voluntariamente o no, bebían del trabajo de Nellie Bly, la periodista que a finales del siglo XIX retó al personaje imaginario de Jules Verne y recorrió el mundo en 72 días, además de vivir en un manicomio para escribir un reportaje.
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No. El periodismo gonzo no lo inventaron ni Günter Wallraff ni Hunter S. Thompson. Aunque no lo expliquen en la facultad, el periodismo de inmersión nació de los pies y los ojos de mujeres como Nellie Bly y Magda Donato, las primeras que adoptaron otras personalidades para escribir sus reportajes en primera persona.
Para Magda Donato, además, las cualidades de las mujeres las predisponía al buen periodismo. Así lo explicó en La mujer y el periodismo: «En cuanto el ambiente se haya despejado por completo de su estrechez y de su mezquindad molestas, las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo que sólo ellas pueden hacer llegar a su pleno desarrollo. Sólo las mujeres tienen bastante corazón para poner en el periodismo las dosis de humanitarismo desinteresado del cual es susceptible».
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Magda Donato quería cambiar el mundo con su trabajo y se alejó del encorsetamiento del periodismo de la época para enriquecer sus textos con recursos literarios. Tanto ella como Nellie Bly remozaron el periodismo, no solo por la obsesión de meterse en líos y disfrazarse para trabajar, sino por un estilo muy peculiar que ambas compartían y con el que consiguieron que, al leerlas hoy, una se pregunte si aquello realmente pudo haberse escrito hace un siglo y no ayer. El humor, la ironía, la sencillez y la introducción de descripciones y diálogos convierten la obra de ambas en reportajes atemporales que parecen más propios del posterior Nuevo Periodismo.
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Aprovechando su conocimiento de varios idiomas (por sus orígenes también hablaba perfectamente francés y alemán) y sus dotes interpretativas, Magdad Donato consiguió ser quien quiso y sus ‘reportajes vividos’ fueron apareciendo, con gran éxito, en el diario Ahora entre 1932 y 1936. Los recopiló Margherita Bernard para la editorial Renacimiento con el título Reportajes.

Las otras vidas de Magda Donato

Magda Donato necesitaba un médico que certificase su locura porque se empecinó en contar la vida de las internas en un sanatorio. No le bastaba con mirar o escuchar lo que le quisieran decir: tenía que vivir con ellas, ser una más. No es la idea más novedosa, ya que décadas antes, Nellie Bly se hizo internar en un manicomio con el mismo fin para escribir el libro Diez días en un manicomio. Ambos textos se complementan: mientras Bly incide en el trato vejatorio que reciben las pacientes, Donato se centra en sus compañeras, sus manías, su día a día y sus anhelos. Todas quedan retratadas desde el respeto y el cariño en el reportaje Un mes entre las locas.
En el manicomio, Donato llega a entender a las internas: «¿Que pierden la razón? Lo que hacen es cambiarla por otra que les oculta, es cierto, las tristezas que existen, pero que les inventa, en cambio, otras tan atroces que la realidad quizá no las sabría crear».
Una mujer que caza guisantes con una horquilla que se extrae del pelo, otra que regurgita por culpa de la risa, otra a la que el gobierno manda aviones para espiarla incluso cuando lleva flores a la tumba de su difunto esposo, son algunas de sus compañeras.

Sigo creyendo que la verdadera enfermedad de Doña Pascuala consiste en…ser española y no tener fortuna


Si difícil era entrar en un manicomio diciendo la verdad (y nada era más fácil que considerar loca a una mujer hace un siglo), previsible era el final: Magda se había deshecho de su carnet de periodista para que nadie pudiese descubrir su identidad. Intentar convencer al médico de su cordura en base a argumentos tales como que no estaba loca, que en realidad era periodista y que había ido allí para escribir, fue algo que podría haber contado cualquier otra interna y nadie la habría tomado en serio.
Si hay algo que la periodista no desestimaba, además del humor, era la lógica más pura y la comprensión, en un mundo que ante ella se presentaba más simple que ante los médicos o ante los que, desesperados, acudían a los adivinos.
Cuando el director de Asistencia Social le facilitó los datos estadísticos en relación con comedores y dormitorios a los que recurrían los que no tenían nada, le ofreció «darse una vueltecita». Donato fue tajante: «No, muchas gracias, no me interesa». Claro que le interesaba, pero algo tan superficial era insuficiente para una mujer que necesitaba mendigar para sentir el hambre. En realidad, ya lo había hecho.
Antes de aquella entrevista había pasado una semana comiendo entre mendigos con un nombre falso grabado en la tarjeta. A veces poco importaba el tiempo que esperase, le tocaba conformarse con el segundo o tercer turno. Del último huía la mayoría como de la peste. Y claro que tendrían hambre, pero Donato también lo entiende: «Yo creo que el rehuir así del último turno es una cuestión de amor propio; se puede ser pobre y no quererse contentar con las sobras de los demás, ¿no es verdad?»
Cuando preparaba el reportaje En la cola de los hambrientos, la periodista se sintió en la selva, rodeada de animales, indefensa, inferior, torpe. Pero no perdió el sentido del humor. En la cola solo había una conversación posible: la comida. Una chica asegura que el año anterior dejó de ir al comedor porque encontró una patata envuelta en pelo. Alguien le aclara: «ahora ya no son patatas, son judías». Magda Donato se queda pensando: «Respiro tranquilizada, como si existieran menos probabilidades capilares en las judías que en las patatas».
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Magda Donato se hizo pasar por una joven francesa perfectamente preparada para atender las llamadas en la consulta de un supuesto adivino indio. Como mademoiselle Marie consiguió el trabajo y descubrió que el adivino, que la empujaba a rechazar clientes para aparentar que estaba más solicitado, ni siquiera era indio, sino de Guadalajara.
Parece que le gustó la experiencia, porque también se coló en la consulta de otra adivina. Cuando Xantina ‘consigue’ alejar a la mujer del amado de su clienta, se jacta de haber logrado que estén «juntos para siempre». A lo que Donato apostilla: «¿Juntos para siempre? Eso será, sin duda, si en América no topan con otra Xantina, ¿no?»
Con una amiga, Magda Donato tramó una falsa denuncia. Su amiga tuvo que acusarla de una pelea callejera por cuya multa Magda Donato se negó a pagar para forzar su ingreso en la cárcel, donde pasó hambre y donde aprendió cómo se hace una cama de verdad.
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La literatura infantil era su otra pasión. Dio con la horma de su zapato cuando conoció al dibujante Salvador Bartolozzi, el mismo año que empezó a colaborar en prensa. Ambos hicieron explotar su imaginación compartiendo sus vidas y trabajando juntos: ella escribiendo cuentos y él ilustrándolos. Consiguieron renovar la literatura infantil en España. En 1929 fundaron el Teatro Pinocho, donde daban vida a los personajes de sus cuentos.
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Después de la Guerra Civil Española se exiliaron a Francia. Llegaron a París cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y tuvieron que recurrir, sin llegar a asentarse, a un segundo exilio. En México, Magda Donato alcanzó un enorme éxito como actriz de teatro y series. En 1960 vivió su momento de gloria al interpretar el personaje de la vieja en Las Sillas de Ionesco, obra que dirigía Alejandro Jodorowski y que ella había traducido del francés. Aquella interpretación le valió el premio a mejor actriz de la Agrupación de Crítucos de Teatro. Pero Salvador ya no estaba para celebrarlo con ella: había muerto diez años antes.
Se centró en el teatro y también escribió algunas piezas. A su muerte (1966), en México se otorgó el Premio Magda Donato a la mejor obra teatral hasta 1973. Aunque Avilés (Asturias), Miguelturra (Ciudad Real) y Zaragoza tienen calles en su honor, Magda Donato sigue siendo una gran desconocida.

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