12 de abril 2021    /   IDEAS
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Yolanda Domínguez: «Seguimos repitiendo los mismos puntos de vista que tenía Rembrandt en el siglo XVI»

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Según el Diccionario de la RAE, estereotipo es una «Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable». En una cultura tan visual como la nuestra no siempre tenemos claro cuáles de las imágenes que pasan por nuestra retina son estereotipos o no, cuáles son inmutables, como dice la Academia, o cuáles son susceptibles de cambiar. Quizá las más obvias no pasen desapercibidas y, por tanto, podamos censurarlas y denunciarlas. Pero son tantos siglos asumiendo estereotipos que otras muchas, más de las que pensamos, acaban formando parte de nuestros referentes culturales.

El peligro de no entender y procesar ciertas imágenes como estereotipos es grande en una sociedad que cada vez lee menos, opina Yolanda Domínguez, artista visual experta en comunicación y en género, que analiza en su libro Maldito estereotipo (Penguin Random House) cómo nos manipulan los medios y esas imágenes que se nos lanzan con apariencia, a veces, inocente. Y ese peligro es mayor cuanto más joven se es.

«De la misma forma que aprendemos a escribir, a leer y adquirimos vocabulario, también sería muy útil que alguien nos enseñara a utilizar las imágenes»

«Al consumir constantemente imágenes cuyo objetivo es provocar emociones, no ejercitamos nuestra parte racional, quedándonos en un estado muy básico de entendimiento», explica. Nuestro sentido crítico queda anulado y nuestra percepción de la realidad se empobrece. Nos convertimos, pensando en lo contrario, en seres más manipulables. Lo que Domínguez pretende al enfrentarnos con esta realidad no es tanto poner filtro a todas esas imágenes que nos llegan, sino consumirlas con capacidad crítica junto a otros contenidos que requieran mayor actividad racional, como, por ejemplo, el texto.

«Al consumir constantemente imágenes cuyo objetivo es provocar emociones, no ejercitamos nuestra parte racional, quedándonos en un estado muy básico de entendimiento», explica. Nuestro sentido crítico queda anulado y nuestra percepción de la realidad se empobrece. Nos convertimos, pensando en lo contrario, en seres más manipulables. Lo que Domínguez pretende al enfrentarnos con esta realidad no es tanto poner filtro a todas esas imágenes que nos llegan, sino consumirlas con capacidad crítica junto a otros contenidos que requieran mayor actividad racional, como, por ejemplo, el texto.

Yolanda Domínguez

Por eso le parece esencial que se cree una especie de educación visual que nos enseñe a identificar estereotipos y a protegernos de ellos. «Resulta sorprendente que a estas alturas en la escuela no haya asignaturas específicas de análisis visual. De la misma forma que aprendemos a escribir, a leer y adquirimos vocabulario, también sería muy útil que alguien nos enseñara a utilizar las imágenes. El lenguaje visual es más importante que el inglés, porque es un idioma universal. Ahora mismo generamos imágenes desde la intuición, la individualidad y el beneficio económico sin tener en cuenta su función en la sociedad. Podrá estar generando muchas ganancias a las empresas, pero provoca una cultura pobre y llena de prejuicios que nos impide evolucionar».

¿SON LOS MUSEOS LOS GRANDES CONTENEDORES DE ESTEREOTIPOS?

El arte ha sido el primer gran generador de estereotipos. Basta visitar un museo como el del Prado para entender a qué nos referimos. Y es verdad que han cambiado los cánones de belleza y entendemos como reprobables conductas como el acoso y la violación que se nos muestran en muchas grandes obras de la pintura, pero, salvando las distancias, todavía seguimos reproduciendo muchos de esos estereotipos.

«El problema es que seguimos repitiendo los mismos puntos de vista que tenía Rembrandt en el siglo XVI, y nuestro contexto es muy diferente», corrobora Yolanda Domínguez. «La sociedad ha avanzado, pero el lenguaje visual sigue siendo el mismo. Las mujeres siguen siendo cuerpos seductores, los hombres siguen siendo figuras competitivas, las personas no caucásicas siguen desempeñando papeles secundarios, las personas homosexuales o trans siguen siendo casi inexistentes… Si no cambia la cultura y no disponemos de referentes que normalicen otro tipo de conductas, tampoco podremos imitarlos. Resulta sorprendente que hayamos innovado tanto en ciencia, tecnología o economía, pero en lenguaje visual estamos totalmente anclados».

maldito estereotipo

NO SIEMPRE SABEMOS IDENTIFICAR LO QUE ES UN ESTEREOTIPO

Nuestra mirada, explica la autora de Maldito estereotipo, está totalmente condicionada por todos esos siglos de aprendizaje y tendemos a repetir lo que ya sabemos. Y no es que reproduzcamos esos estereotipos con intención de hacer daño, pero no pretenderlo no significa que no lo hagamos. Cualquier imagen que reproduzcamos tiene una intención. Desde un —aparentemente— inocente selfi hasta los folletos publicitarios que nos llegan al buzón. Todas esas imágenes buscan lo mismo, obtener el tan codiciado like, o un voto o que acabes comprando ese producto que te anuncian.

«A nivel individual puede que reproducir estereotipos tenga poco impacto, pero a nivel profesional, los medios, la publicidad, el cine o la moda (que llegan a millones de personas) pueden imponer formas de pensar y de actuar que perjudican nuestro bienestar», afirma Domínguez. «Por ejemplo, si la violencia es utilizada constantemente para llamar nuestra atención, tenderá a normalizarse y reaccionaremos menos ante ella. Con el agravante de que esa violencia se ejerce siempre hacia los mismos colectivos, sosteniendo y alimentando una desigualdad estructural muy difícil de superar».

El feminismo nos ha enseñado a identificar estereotipos que caen sobre la figura femenina. Sabemos identificar cuándo está sexualizada (su mayor valor es seducir) y cuándo está cosificada (su mayor valor es el aspecto físico), pero hemos profundizado poco en la figura masculina. Un hombre no se muestra como un ser vulnerable, flexible, amoroso o que desarrolle su faceta de padre. No es lo normal. Y no es el único estereotipo que, siendo claro, nos cuesta identificar.

«Cualquier estereotipo es malo porque limita. También es importante aceptar las escalas de grises, los puntos intermedios, la diversidad. Los medios nos cuentan la vida en blanco y negro. Las cosas son maravillosas o desastrosas, interesantes o aburridas, novedosas o anticuadas… Esta dicotomía causa mucha frustración, porque nuestra vida es más gris que lo que vemos en la tele o en las redes».

ES HORA DE CAMBIAR

No es de extrañar que los más jóvenes acaben reproduciendo también esos mismos cánones, pero no sería justo juzgarlos ni culpabilizarlos por hacerlo. Al fin y al cabo, es el legado que les hemos dejado. «Si no hemos sido capaces de crear una cultura libre de estereotipos, no podemos exigir a la gente joven que lo haga. A través de la educación en las aulas, las familias y el cambio en los medios podría solucionarse, pero esa tarea nos compete a nosotros más que a ellos», asegura Yolanda Domínguez.

Y esa cultura absolutamente visual en la que se mueven, tampoco ayuda mucho si no se les orienta en ese sentido. Para la autora, esa cultura limita nuestra posibilidad de acceder a la información del mundo porque no todo se puede explicar con imágenes (como las matemáticas y la filosofía), y por otro lado solo accedemos a aquello de lo que ya existe un registro visual previo. Sin embargo, cree que esa comunicación visual no tiene por qué ser pobre.

«No podemos ser lo que no podemos ver. El objetivo no es reducir, sino ampliar. Lo que estamos pidiendo a los medios de comunicación es que nos ofrezcan más perspectivas y visiones de la realidad»

«Ahora mismo sí lo es porque está generada desde una única perspectiva: la masculina, blanca, heterosexual y de clase media alta, que es la que seguimos reproduciendo. En el libro explico de dónde proviene esta mirada: de la historia del arte creada por artistas que tenían esas mismas características, pero también propongo alternativas».

Y esas alternativas pasan por mostrar otro tipo de referentes. «No podemos ser lo que no podemos ver: si criticamos que los hombres sean agresivos, necesitamos crear imágenes de hombres cuidadores. Si nos quejamos de racismo, demos papeles protagonistas a las personas no caucásicas y pongamos en valor aspectos positivos de las personas inmigrantes. Si queremos combatir el clasismo, dejemos de hacer programas morbosos sobre las condiciones de miseria de quienes viven en la calle. Necesitamos ver a mujeres valoradas por lo que hacen y no por lo que llevan puesto. Necesitamos ver todo tipo de cuerpos, de rasgos y de edades. El objetivo no es reducir, sino ampliar. Lo que estamos pidiendo a los medios de comunicación es que nos ofrezcan más perspectivas y visiones de la realidad».

Pero no es una cuestión de imponer otros modelos estéticos, sino de ofrecer la libertad de elegir. «Una cultura visual que no da alternativas no nos confiere libertad», afirma Yolanda Domínguez. «La cultura visual tiene que estar en constante transformación y adaptarse a la sociedad o, incluso, ser generadora de cambios».

CON LAS REDES SOCIALES HEMOS TOPADO

Si para una generación anterior la televisión y el cine fueron los grandes generadores de estereotipos, las generaciones actuales tienen en las redes sociales, especialmente en Instagram, el principal vehículo que refuerza esos estereotipos. La vanidad nos lleva a querer salir guapos, delgados y glamurosos siguiendo los cánones de belleza con los que se nos bombardea. Y romper con eso, arriesgarse a mostrarse diferente, es muy difícil, una misión destinada a los más valientes.

En general, todas las personas, tengamos la edad que tengamos, nos fijamos más en lo que tiene que ver con la supervivencia animal: el sexo, la comida y la violencia. Estos contenidos, explica la autora de Maldito estereotipo, son los que más vemos, reproducimos y compartimos porque es, una vez más, lo más fácil, lo que refuerza nuestras creencias previas.

«La cultura visual tiene que estar en constante transformación y adaptarse a la sociedad o, incluso, ser generadora de cambios»

«Nuestro cerebro es un ahorrador de energía nato y busca el camino más rápido. Contrastar y cambiar de opinión requiere un gasto importante de atención y de energía, y no todas las personas están dispuestas a afrontarlo. Pero vivir inmersos en una burbuja que solo nos da más de lo que ya sabemos es cerrarse puertas. Nos volvemos cada vez más intransigentes, más intolerantes y perdemos la calma ante las diferencias. Lo saludable es siempre lo equilibrado, hay que ver imágenes de todo tipo, no solo las entretenidas o emocionales. Consumir solo entretenimiento es como alimentarse a base de snacks: están riquísimos, pero te dejan frito el cerebro».

Domínguez dedica un capítulo entero de su libro a las redes sociales. Pero atisba cierto cambio de tendencia en ese sentido. Los más jóvenes podrían estar empezando a abrir un camino diferente. De hecho, ya hay personas y plataformas que rompen con esa tendencia reproductora y muestran otras perspectivas.

«Vemos, por ejemplo, cuerpos más diversos, más edades, más colores de piel… Este es un cambio significativo porque ya no solo vemos imágenes, también podemos generarlas. Solo hace falta un poco de consciencia, conocimiento y compromiso para utilizarlas de manera que nos beneficie a toda la sociedad. Un selfi puede ser una herramienta de cambio y los likes que damos pueden incrementar ese tipo de contenidos por medio de los algoritmos. La pregunta que hay que hacerse antes de publicar es qué tipo de imágenes y cultura queremos crear y apoyar».

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Según el Diccionario de la RAE, estereotipo es una «Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable». En una cultura tan visual como la nuestra no siempre tenemos claro cuáles de las imágenes que pasan por nuestra retina son estereotipos o no, cuáles son inmutables, como dice la Academia, o cuáles son susceptibles de cambiar. Quizá las más obvias no pasen desapercibidas y, por tanto, podamos censurarlas y denunciarlas. Pero son tantos siglos asumiendo estereotipos que otras muchas, más de las que pensamos, acaban formando parte de nuestros referentes culturales.

El peligro de no entender y procesar ciertas imágenes como estereotipos es grande en una sociedad que cada vez lee menos, opina Yolanda Domínguez, artista visual experta en comunicación y en género, que analiza en su libro Maldito estereotipo (Penguin Random House) cómo nos manipulan los medios y esas imágenes que se nos lanzan con apariencia, a veces, inocente. Y ese peligro es mayor cuanto más joven se es.

«De la misma forma que aprendemos a escribir, a leer y adquirimos vocabulario, también sería muy útil que alguien nos enseñara a utilizar las imágenes»

«Al consumir constantemente imágenes cuyo objetivo es provocar emociones, no ejercitamos nuestra parte racional, quedándonos en un estado muy básico de entendimiento», explica. Nuestro sentido crítico queda anulado y nuestra percepción de la realidad se empobrece. Nos convertimos, pensando en lo contrario, en seres más manipulables. Lo que Domínguez pretende al enfrentarnos con esta realidad no es tanto poner filtro a todas esas imágenes que nos llegan, sino consumirlas con capacidad crítica junto a otros contenidos que requieran mayor actividad racional, como, por ejemplo, el texto.

«Al consumir constantemente imágenes cuyo objetivo es provocar emociones, no ejercitamos nuestra parte racional, quedándonos en un estado muy básico de entendimiento», explica. Nuestro sentido crítico queda anulado y nuestra percepción de la realidad se empobrece. Nos convertimos, pensando en lo contrario, en seres más manipulables. Lo que Domínguez pretende al enfrentarnos con esta realidad no es tanto poner filtro a todas esas imágenes que nos llegan, sino consumirlas con capacidad crítica junto a otros contenidos que requieran mayor actividad racional, como, por ejemplo, el texto.

Yolanda Domínguez

Por eso le parece esencial que se cree una especie de educación visual que nos enseñe a identificar estereotipos y a protegernos de ellos. «Resulta sorprendente que a estas alturas en la escuela no haya asignaturas específicas de análisis visual. De la misma forma que aprendemos a escribir, a leer y adquirimos vocabulario, también sería muy útil que alguien nos enseñara a utilizar las imágenes. El lenguaje visual es más importante que el inglés, porque es un idioma universal. Ahora mismo generamos imágenes desde la intuición, la individualidad y el beneficio económico sin tener en cuenta su función en la sociedad. Podrá estar generando muchas ganancias a las empresas, pero provoca una cultura pobre y llena de prejuicios que nos impide evolucionar».

¿SON LOS MUSEOS LOS GRANDES CONTENEDORES DE ESTEREOTIPOS?

El arte ha sido el primer gran generador de estereotipos. Basta visitar un museo como el del Prado para entender a qué nos referimos. Y es verdad que han cambiado los cánones de belleza y entendemos como reprobables conductas como el acoso y la violación que se nos muestran en muchas grandes obras de la pintura, pero, salvando las distancias, todavía seguimos reproduciendo muchos de esos estereotipos.

«El problema es que seguimos repitiendo los mismos puntos de vista que tenía Rembrandt en el siglo XVI, y nuestro contexto es muy diferente», corrobora Yolanda Domínguez. «La sociedad ha avanzado, pero el lenguaje visual sigue siendo el mismo. Las mujeres siguen siendo cuerpos seductores, los hombres siguen siendo figuras competitivas, las personas no caucásicas siguen desempeñando papeles secundarios, las personas homosexuales o trans siguen siendo casi inexistentes… Si no cambia la cultura y no disponemos de referentes que normalicen otro tipo de conductas, tampoco podremos imitarlos. Resulta sorprendente que hayamos innovado tanto en ciencia, tecnología o economía, pero en lenguaje visual estamos totalmente anclados».

maldito estereotipo

NO SIEMPRE SABEMOS IDENTIFICAR LO QUE ES UN ESTEREOTIPO

Nuestra mirada, explica la autora de Maldito estereotipo, está totalmente condicionada por todos esos siglos de aprendizaje y tendemos a repetir lo que ya sabemos. Y no es que reproduzcamos esos estereotipos con intención de hacer daño, pero no pretenderlo no significa que no lo hagamos. Cualquier imagen que reproduzcamos tiene una intención. Desde un —aparentemente— inocente selfi hasta los folletos publicitarios que nos llegan al buzón. Todas esas imágenes buscan lo mismo, obtener el tan codiciado like, o un voto o que acabes comprando ese producto que te anuncian.

«A nivel individual puede que reproducir estereotipos tenga poco impacto, pero a nivel profesional, los medios, la publicidad, el cine o la moda (que llegan a millones de personas) pueden imponer formas de pensar y de actuar que perjudican nuestro bienestar», afirma Domínguez. «Por ejemplo, si la violencia es utilizada constantemente para llamar nuestra atención, tenderá a normalizarse y reaccionaremos menos ante ella. Con el agravante de que esa violencia se ejerce siempre hacia los mismos colectivos, sosteniendo y alimentando una desigualdad estructural muy difícil de superar».

El feminismo nos ha enseñado a identificar estereotipos que caen sobre la figura femenina. Sabemos identificar cuándo está sexualizada (su mayor valor es seducir) y cuándo está cosificada (su mayor valor es el aspecto físico), pero hemos profundizado poco en la figura masculina. Un hombre no se muestra como un ser vulnerable, flexible, amoroso o que desarrolle su faceta de padre. No es lo normal. Y no es el único estereotipo que, siendo claro, nos cuesta identificar.

«Cualquier estereotipo es malo porque limita. También es importante aceptar las escalas de grises, los puntos intermedios, la diversidad. Los medios nos cuentan la vida en blanco y negro. Las cosas son maravillosas o desastrosas, interesantes o aburridas, novedosas o anticuadas… Esta dicotomía causa mucha frustración, porque nuestra vida es más gris que lo que vemos en la tele o en las redes».

ES HORA DE CAMBIAR

No es de extrañar que los más jóvenes acaben reproduciendo también esos mismos cánones, pero no sería justo juzgarlos ni culpabilizarlos por hacerlo. Al fin y al cabo, es el legado que les hemos dejado. «Si no hemos sido capaces de crear una cultura libre de estereotipos, no podemos exigir a la gente joven que lo haga. A través de la educación en las aulas, las familias y el cambio en los medios podría solucionarse, pero esa tarea nos compete a nosotros más que a ellos», asegura Yolanda Domínguez.

Y esa cultura absolutamente visual en la que se mueven, tampoco ayuda mucho si no se les orienta en ese sentido. Para la autora, esa cultura limita nuestra posibilidad de acceder a la información del mundo porque no todo se puede explicar con imágenes (como las matemáticas y la filosofía), y por otro lado solo accedemos a aquello de lo que ya existe un registro visual previo. Sin embargo, cree que esa comunicación visual no tiene por qué ser pobre.

«No podemos ser lo que no podemos ver. El objetivo no es reducir, sino ampliar. Lo que estamos pidiendo a los medios de comunicación es que nos ofrezcan más perspectivas y visiones de la realidad»

«Ahora mismo sí lo es porque está generada desde una única perspectiva: la masculina, blanca, heterosexual y de clase media alta, que es la que seguimos reproduciendo. En el libro explico de dónde proviene esta mirada: de la historia del arte creada por artistas que tenían esas mismas características, pero también propongo alternativas».

Y esas alternativas pasan por mostrar otro tipo de referentes. «No podemos ser lo que no podemos ver: si criticamos que los hombres sean agresivos, necesitamos crear imágenes de hombres cuidadores. Si nos quejamos de racismo, demos papeles protagonistas a las personas no caucásicas y pongamos en valor aspectos positivos de las personas inmigrantes. Si queremos combatir el clasismo, dejemos de hacer programas morbosos sobre las condiciones de miseria de quienes viven en la calle. Necesitamos ver a mujeres valoradas por lo que hacen y no por lo que llevan puesto. Necesitamos ver todo tipo de cuerpos, de rasgos y de edades. El objetivo no es reducir, sino ampliar. Lo que estamos pidiendo a los medios de comunicación es que nos ofrezcan más perspectivas y visiones de la realidad».

Pero no es una cuestión de imponer otros modelos estéticos, sino de ofrecer la libertad de elegir. «Una cultura visual que no da alternativas no nos confiere libertad», afirma Yolanda Domínguez. «La cultura visual tiene que estar en constante transformación y adaptarse a la sociedad o, incluso, ser generadora de cambios».

CON LAS REDES SOCIALES HEMOS TOPADO

Si para una generación anterior la televisión y el cine fueron los grandes generadores de estereotipos, las generaciones actuales tienen en las redes sociales, especialmente en Instagram, el principal vehículo que refuerza esos estereotipos. La vanidad nos lleva a querer salir guapos, delgados y glamurosos siguiendo los cánones de belleza con los que se nos bombardea. Y romper con eso, arriesgarse a mostrarse diferente, es muy difícil, una misión destinada a los más valientes.

En general, todas las personas, tengamos la edad que tengamos, nos fijamos más en lo que tiene que ver con la supervivencia animal: el sexo, la comida y la violencia. Estos contenidos, explica la autora de Maldito estereotipo, son los que más vemos, reproducimos y compartimos porque es, una vez más, lo más fácil, lo que refuerza nuestras creencias previas.

«La cultura visual tiene que estar en constante transformación y adaptarse a la sociedad o, incluso, ser generadora de cambios»

«Nuestro cerebro es un ahorrador de energía nato y busca el camino más rápido. Contrastar y cambiar de opinión requiere un gasto importante de atención y de energía, y no todas las personas están dispuestas a afrontarlo. Pero vivir inmersos en una burbuja que solo nos da más de lo que ya sabemos es cerrarse puertas. Nos volvemos cada vez más intransigentes, más intolerantes y perdemos la calma ante las diferencias. Lo saludable es siempre lo equilibrado, hay que ver imágenes de todo tipo, no solo las entretenidas o emocionales. Consumir solo entretenimiento es como alimentarse a base de snacks: están riquísimos, pero te dejan frito el cerebro».

Domínguez dedica un capítulo entero de su libro a las redes sociales. Pero atisba cierto cambio de tendencia en ese sentido. Los más jóvenes podrían estar empezando a abrir un camino diferente. De hecho, ya hay personas y plataformas que rompen con esa tendencia reproductora y muestran otras perspectivas.

«Vemos, por ejemplo, cuerpos más diversos, más edades, más colores de piel… Este es un cambio significativo porque ya no solo vemos imágenes, también podemos generarlas. Solo hace falta un poco de consciencia, conocimiento y compromiso para utilizarlas de manera que nos beneficie a toda la sociedad. Un selfi puede ser una herramienta de cambio y los likes que damos pueden incrementar ese tipo de contenidos por medio de los algoritmos. La pregunta que hay que hacerse antes de publicar es qué tipo de imágenes y cultura queremos crear y apoyar».

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