14 de mayo 2019    /   IDEAS
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¿Por qué que desconfiamos de los que mandan?

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Mandar tiene mala imagen. Por eso casi nadie reconoce que disfruta haciéndolo. Y los pocos que lo admiten, siempre añaden algún pretexto que atempere dicho placer: es mi deber, yo nunca lo busqué, me siento obligado…

Sin embargo, hay un aspecto positivo en el acto de mandar que pocas veces se tiene en cuenta: mandar sirve para que las cosas sucedan. Jamás podríamos construir un rascacielos, aunque dispusiéramos de todos los profesionales necesarios, si no contamos con alguien que los mande y organice.

Espartaco era un simple gladiador condenado a morir en el Coliseo que un día decidió sublevarse. Pero no lo hizo él solo, sino que asumió el mando de miles de esclavos como él para intentar construir un mundo más justo.

Salió mal, de acuerdo. Y tal vez por eso la historia no le ha acusado de mandón. Porque en muchas ocasiones los mandones peor vistos suelen ser los que tienen éxito.

Solemos mantener con ellos una confusa relación que nos hace verlos como seres inaccesibles y sospechosos siempre de ocultar sus intereses personales tras cada uno de sus logros.

Pero el problema con los que mandan suele ser otro. Sencillamente, que sus decisiones nos afectan en una proporción infinitamente superior que las nuestras a ellos. Y eso nos aterra, porque evidencia el poco control que tenemos sobre nuestro propio destino.

Frente a ese terror siempre ha operado la fantasía de la sustitución: «Si yo fuera el ministro, arreglaba esto en una semana».  Lo que en realidad quiere decir: «Si yo fuera el ministro, me arreglaba esto en una semana».

Es el precio de mandar. Que vas a caerle mal a mucha gente. Por muy nobles que sean tus intenciones, por muy justas y certeras, jamás llegarás a tomar una decisión universalmente aceptada.

En una ocasión le preguntaron a un empresario estadounidense, famoso por su capacidad de mando, cuál era el secreto del éxito. Su respuesta fue esta: «No tengo la menor idea, pero puedo decirle cuál es el del fracaso: intentar contentar a todo el mundo».

Es imposible mandar a gusto de todos. Pero, aun así, siempre existirán buenos y malos jefes. Y la diferencia entre unos y otros es que los primeros son los que legitiman su autoridad por las decisiones que toman, mientras que los segundos lo hacen exclusivamente por el cargo que ostentan.

Sin embargo, en ambos casos, la sospecha sobre la maldad intrínseca del mando existirá siempre, porque el terror antes mencionado jamás desaparece.

Incluso los líderes que alcanzan el poder de forma democrática deberán convivir con quienes, desde una u otra ideología, rechazan su legitimidad.

Émile Armand escribía a principios del siglo pasado: «¿Qué es, en última instancia, la papeleta electoral? Nada más que un pedazo de papel, que simboliza las bayonetas, las ametralladoras, los elementos para dispersar multitudes. Es un expediente que permite darse cuenta sin perder tiempo, de qué parte se encuentra la fuerza y someterse a lo inevitable».

Ese «inevitable» es el miedo que todos arrastramos ante cualquier poder establecido. Y en parte es lógico.

Pues si bien es cierto que, por ejemplo, el carisma de Mandela mejoró la vida de muchos de sus compatriotas, también lo es que ese mismo liderazgo, en manos Adolf Hitler, nos sumió en la peor noche de la historia.

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Sin embargo, hay un aspecto positivo en el acto de mandar que pocas veces se tiene en cuenta: mandar sirve para que las cosas sucedan. Jamás podríamos construir un rascacielos, aunque dispusiéramos de todos los profesionales necesarios, si no contamos con alguien que los mande y organice.

Espartaco era un simple gladiador condenado a morir en el Coliseo que un día decidió sublevarse. Pero no lo hizo él solo, sino que asumió el mando de miles de esclavos como él para intentar construir un mundo más justo.

Salió mal, de acuerdo. Y tal vez por eso la historia no le ha acusado de mandón. Porque en muchas ocasiones los mandones peor vistos suelen ser los que tienen éxito.

Solemos mantener con ellos una confusa relación que nos hace verlos como seres inaccesibles y sospechosos siempre de ocultar sus intereses personales tras cada uno de sus logros.

Pero el problema con los que mandan suele ser otro. Sencillamente, que sus decisiones nos afectan en una proporción infinitamente superior que las nuestras a ellos. Y eso nos aterra, porque evidencia el poco control que tenemos sobre nuestro propio destino.

Frente a ese terror siempre ha operado la fantasía de la sustitución: «Si yo fuera el ministro, arreglaba esto en una semana».  Lo que en realidad quiere decir: «Si yo fuera el ministro, me arreglaba esto en una semana».

Es el precio de mandar. Que vas a caerle mal a mucha gente. Por muy nobles que sean tus intenciones, por muy justas y certeras, jamás llegarás a tomar una decisión universalmente aceptada.

En una ocasión le preguntaron a un empresario estadounidense, famoso por su capacidad de mando, cuál era el secreto del éxito. Su respuesta fue esta: «No tengo la menor idea, pero puedo decirle cuál es el del fracaso: intentar contentar a todo el mundo».

Es imposible mandar a gusto de todos. Pero, aun así, siempre existirán buenos y malos jefes. Y la diferencia entre unos y otros es que los primeros son los que legitiman su autoridad por las decisiones que toman, mientras que los segundos lo hacen exclusivamente por el cargo que ostentan.

Sin embargo, en ambos casos, la sospecha sobre la maldad intrínseca del mando existirá siempre, porque el terror antes mencionado jamás desaparece.

Incluso los líderes que alcanzan el poder de forma democrática deberán convivir con quienes, desde una u otra ideología, rechazan su legitimidad.

Émile Armand escribía a principios del siglo pasado: «¿Qué es, en última instancia, la papeleta electoral? Nada más que un pedazo de papel, que simboliza las bayonetas, las ametralladoras, los elementos para dispersar multitudes. Es un expediente que permite darse cuenta sin perder tiempo, de qué parte se encuentra la fuerza y someterse a lo inevitable».

Ese «inevitable» es el miedo que todos arrastramos ante cualquier poder establecido. Y en parte es lógico.

Pues si bien es cierto que, por ejemplo, el carisma de Mandela mejoró la vida de muchos de sus compatriotas, también lo es que ese mismo liderazgo, en manos Adolf Hitler, nos sumió en la peor noche de la historia.

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Opiniones 1
  • pqe somos un pais :
    pqe semos un pais d gente sin cultura , sin empatia sin asertividad, sin educacion-cooperativa, sin respeto , envidioso
    y sobretodo dnde ls ricos nos han explotado y engañado vil-mente

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