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29 de noviembre 2018    /   CINE/TV
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‘Maniac’: drogas, enfermedades mentales y ordenadores que se enamoran

29 de noviembre 2018    /   CINE/TV     por          
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Maniac, la recién estrenada serie de Netflix, es una de las producciones más ambiciosas y únicas de los últimos años. La grandeza y el desequilibrio de la mente humana en diez capítulos que exploran nuestra psique a fondo: el poder de la memoria y su manipulación, el cómo sentimos y controlamos nuestras emociones, la búsqueda de nuestra identidad. Maniac habla sobre el peso de estar vivos; sobre cómo nos levantamos cada mañana y seguimos adelante, a pesar de todo.

En cualquier caso, el mensaje, la síntesis, es positiva. En las decenas de incursiones que la televisión ha hecho en la mente humana, la ciencia ficción siempre ha imperado sobre todo lo demás. Si hablamos de enfermedades mentales, la estigmatización y la representación extrema de sus males se llevan la palma.

En Maniac, a pesar de la membrana fantasiosa –encabezada por un fabuloso aura retrofuturista– que recubre toda la historia, las tornas se intercambian para dejar espacio a un diálogo más intimista, más real.

Dicho diálogo está protagonizado por Annie (Emma Stone) y Owen (Jonah Hill). Ambos coinciden en un ensayo experimental de los laboratorios Neberdine Pharmaceutical Biotech, donde un nuevo fármaco promete hacer desaparecer trastornos como la ansiedad, la dismorfia o el estrés postraumático.

Annie es incapaz de superar la muerte de su hermana y recurre a drogas que le permiten recordar sus últimos momentos con ella. Owen, por su parte, debe lidiar a partes iguales con un episodio de esquizofrenia del pasado –que le hace cuestionarse constantemente qué es real y qué no– y con su familia, un poderoso y corrupto núcleo que lo utiliza para sus propios intereses.

«Supuestamente nos deberían amar indicionalmente, pero las familias tienen un montón de condiciones», dice el propio Owen en uno de sus sueños inducidos durante el ensayo.

Tres pastillas. A, B y C. Tres fases que van desde la agonía a la confrontación, pasando por una fase de revelación de los mecanismos de defensa y escondites de la mente. Tres fases, a su vez, conectadas al GRTA, un ordenador apodado Gertie con capacidad para sentir, programado para controlar y monitorizar el ensayo.

Es en esas idas y venidas incorpóreas de los personajes cuando Cary Joji Fukunaga saca al cineasta que lleva dentro: el popurrí de referencias a películas como Arizona Baby, El señor de los anillos, Dr. Strangelove o Matrix convierte las fases del ensayo en una colección de comedias en las que Owen y Annie van sorteando los obstáculos que su mente les tiene preparados.

Lo genial, lo auténtico de Maniac, es cómo transforma esas subhistorias –que, a priori, parecen un disparate– en una metáfora audiovisual de lo que sucede en nuestra mente. De alguna manera, Maniac hace una representación de nuestros sueños, esos en los que mezclamos personas de nuestras vidas con escenarios y situaciones rocambolescas.

Esos de los que despertamos atónitos, preguntándonos cómo hemos sido capaces de recordar esa figura del pasado; cuestionándonos cómo algo a lo que no damos demasiada importancia, en realidad, atormenta a nuestra mente.

De eso trata, al fin y al cabo, Maniac. De un viaje que deconstruye las dolencias mentales de sus protagonistas para llegar hasta la reconciliación, hasta la paz interior. Una exploración que, por el camino, nos descubre a nosotros mismos como seres que amamos, lloramos y sufrimos por cosas de las que ni siquiera somos plenamente conscientes.

La computadora GRTA completa la fábula: su inteligencia artificial, basada en una humana, se enamora de uno de los doctores y empieza a experimentar cosas que nunca antes había sentido. Un ordenador que se vuelve emocionalmente inestable es la perfecta representación de las imperfecciones de nuestra mente. Una imperfección insalvable, incluso para los personajes de ficción de Maniac.

«¿Cuándo dejaré de sentir esto?», se pregunta Gertie, consumida por el dolor de la pérdida. «Nunca. Siempre te sentirás así. Tendrás que buscar la forma de adaptarte».

Maniac, la recién estrenada serie de Netflix, es una de las producciones más ambiciosas y únicas de los últimos años. La grandeza y el desequilibrio de la mente humana en diez capítulos que exploran nuestra psique a fondo: el poder de la memoria y su manipulación, el cómo sentimos y controlamos nuestras emociones, la búsqueda de nuestra identidad. Maniac habla sobre el peso de estar vivos; sobre cómo nos levantamos cada mañana y seguimos adelante, a pesar de todo.

En cualquier caso, el mensaje, la síntesis, es positiva. En las decenas de incursiones que la televisión ha hecho en la mente humana, la ciencia ficción siempre ha imperado sobre todo lo demás. Si hablamos de enfermedades mentales, la estigmatización y la representación extrema de sus males se llevan la palma.

En Maniac, a pesar de la membrana fantasiosa –encabezada por un fabuloso aura retrofuturista– que recubre toda la historia, las tornas se intercambian para dejar espacio a un diálogo más intimista, más real.

Dicho diálogo está protagonizado por Annie (Emma Stone) y Owen (Jonah Hill). Ambos coinciden en un ensayo experimental de los laboratorios Neberdine Pharmaceutical Biotech, donde un nuevo fármaco promete hacer desaparecer trastornos como la ansiedad, la dismorfia o el estrés postraumático.

Annie es incapaz de superar la muerte de su hermana y recurre a drogas que le permiten recordar sus últimos momentos con ella. Owen, por su parte, debe lidiar a partes iguales con un episodio de esquizofrenia del pasado –que le hace cuestionarse constantemente qué es real y qué no– y con su familia, un poderoso y corrupto núcleo que lo utiliza para sus propios intereses.

«Supuestamente nos deberían amar indicionalmente, pero las familias tienen un montón de condiciones», dice el propio Owen en uno de sus sueños inducidos durante el ensayo.

Tres pastillas. A, B y C. Tres fases que van desde la agonía a la confrontación, pasando por una fase de revelación de los mecanismos de defensa y escondites de la mente. Tres fases, a su vez, conectadas al GRTA, un ordenador apodado Gertie con capacidad para sentir, programado para controlar y monitorizar el ensayo.

Es en esas idas y venidas incorpóreas de los personajes cuando Cary Joji Fukunaga saca al cineasta que lleva dentro: el popurrí de referencias a películas como Arizona Baby, El señor de los anillos, Dr. Strangelove o Matrix convierte las fases del ensayo en una colección de comedias en las que Owen y Annie van sorteando los obstáculos que su mente les tiene preparados.

Lo genial, lo auténtico de Maniac, es cómo transforma esas subhistorias –que, a priori, parecen un disparate– en una metáfora audiovisual de lo que sucede en nuestra mente. De alguna manera, Maniac hace una representación de nuestros sueños, esos en los que mezclamos personas de nuestras vidas con escenarios y situaciones rocambolescas.

Esos de los que despertamos atónitos, preguntándonos cómo hemos sido capaces de recordar esa figura del pasado; cuestionándonos cómo algo a lo que no damos demasiada importancia, en realidad, atormenta a nuestra mente.

De eso trata, al fin y al cabo, Maniac. De un viaje que deconstruye las dolencias mentales de sus protagonistas para llegar hasta la reconciliación, hasta la paz interior. Una exploración que, por el camino, nos descubre a nosotros mismos como seres que amamos, lloramos y sufrimos por cosas de las que ni siquiera somos plenamente conscientes.

La computadora GRTA completa la fábula: su inteligencia artificial, basada en una humana, se enamora de uno de los doctores y empieza a experimentar cosas que nunca antes había sentido. Un ordenador que se vuelve emocionalmente inestable es la perfecta representación de las imperfecciones de nuestra mente. Una imperfección insalvable, incluso para los personajes de ficción de Maniac.

«¿Cuándo dejaré de sentir esto?», se pregunta Gertie, consumida por el dolor de la pérdida. «Nunca. Siempre te sentirás así. Tendrás que buscar la forma de adaptarte».

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