13 de julio 2021    /   IDEAS
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Ilustración   Redshinestudio (Shutterstock)

Manual para desacelerar informativamente cuando las noticias dejan de serlo

13 de julio 2021    /   IDEAS     por        Ilustración   Redshinestudio (Shutterstock)
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Las grandes series suelen ser recordadas por la historia que cuentan, los recursos que utilizan o la profundidad de sus personajes. Pero también por eventos concretos, no siempre relevantes, en algún capítulo memorable. Por ejemplo el mítico «No es el barco de Penny» en Perdidos o aquel combate entre Oberyn Martell y la Montaña en Juego de tronos.

Algo menos conocida, aunque también celebrada, es The Expanse, una serie de ciencia ficción que también tiene su capítulo eterno. En él, el equivalente a un choni de coche tuneado intenta impresionar a su chica atravesando a toda velocidad algo que resulta que no estaba vacío y que usa como defensa la capacidad de frenar en seco cualquier objeto que se le acerque. Las leyes de la física hacen el resto.

Es verdad que la ciencia ficción no es muy dada a respetar lo creíble —y, desde luego, The Expanse no es que sea realista—, pero si algo hace entretenida a esa serie es su apego por determinados principios científicos básicos. Por ejemplo, que si creces en un entorno sin gravedad tus huesos y tu corazón son más frágiles, que en el espacio no puede haber fuego, que la aceleración puede matar o que hay una cosa llamada inercia que no es aconsejable atajar en seco. 

La ciencia ficción tiene poco que ver con las noticias, o al menos así debería ser. Más que nada, porque los primeros tienen recursos ilimitados para contar una historia más o menos verosímil y los segundos deben ceñirse a cosas reales. Sin embargo, hay momentos en los que ambos mundos pueden tocarse, no ya por inventarse futuros distópicos con macarras espaciales, sino por la forma de abordar la narrativa.

Lo complicado de toda historia, claro está, es saber empezar a contarla. Que el primer capítulo enganche. Que el titular sea atractivo. Que el contenido, uno u otro, resulte interesante para que quien esté al otro lado siga conectado. Pero, siendo eso difícil, lo realmente complicado es saber terminar. Decidir cuándo una historia ya no da más de sí y cancelar la serie en lugar de añadir tramas que van devaluando el trabajo digno de temporadas anteriores. O tomar la decisión de que, como el choni con la nave de carreras y su encontronazo con las leyes de la física, hay que ir aminorando la marcha poco a poco para abandonar una noticia que ya no da más de sí. 

Hace unos días La Vanguardia, medio especializado en fabricar audiencia a golpe de contenido pensado para SEO, lanzaba un tuit que evidenciaba ese problema. En él se condensaba una supuesta urgencia (Última hora) con una llamada alarmista (no solo hablaba ya de quinta ola de la pandemia, sino que decía que estaba descontrolada). Pero, al tiempo, mostraba los efectos de esa supuesta catástrofe eran imperceptibles: ni se traducía en nuevos ingresos en UCI ni en nuevos fallecidos.

 

Nos hemos acostumbrado a que, tras año y medio de tragedia, la pandemia lo inunde todo. Cada día las cifras de contagiados, de incidencia, de hospitalizados, de fallecidos. Una tensión que nunca se abandona, acelerando cada vez más con esa construcción de actualidad constante que se entiende que debe poblar lo digital. Todo son últimas horas, todo son alertas informativas: puntos rojos y gifs animados con letreros que insisten en mantener la tensión de forma artificial. No siempre en negativo, claro: ahora que las muertes decaen, el conteo sigue por cuántos vacunados hay cada día, cada hora, en cada región del país.

Ya hay ciertas voces que, de hecho, llaman a desacelerar. Que hay más contagios, pero sin tantos ingresos ni muertes y que, por tanto, es hora de cambiar cómo se mide la pandemia. Y también cómo se informa sobre ella: quizá ya estemos superando la pandemia gracias a la vacunación masiva. 

 

De nuevo, no conviene frenar en seco —no se debe dejar de informar de la pandemia como si no existiera—, pero quizá sí ir replanteando el ritmo —hay otras cosas de las que empezar a hablar—. Y esto, claro está, no es un mal únicamente patrio.

 

Para que haya inercia informativa antes tiene que haberse dado un acelerón previo. Una lenta pero progresiva invasión de contenido de un tipo que va copando todos los espacios. Javier Errea, uno de los referentes de la infografía española, recogió en un particular proyecto cómo la información sobre el covid había ido haciéndose hueco poco a poco en la prensa. En concreto, en Diario de Navarra, desde unas tenues primeras apariciones a teñir todos los espacios de la portada.

Tomando esa idea como referente, Diego Areso hizo lo mismo con la portada de El País durante el año pasado, simplificando más aún la escena: en negro, los espacios ocupados por noticias dedicadas al covid; en amarillo todo lo demás. La ola oscura fue copando cada espacio, cada rincón. Y a ver de qué forma empezamos a llenar esos huecos.

Por supuesto, no todos los eventos tienen la magnitud de esta pandemia, de la que costará decelerar informativamente, pero es un problema generalizado. Cuando tuvo lugar el trágico accidente aéreo de Spanair, las agencias se pasaron semanas informando sobre aterrizajes de emergencia en cada rincón del mundo. Bastaba hablar con un controlador aéreo para que explicara que se considera como tal cualquier aterrizaje antes de lo programado por cualquier causa no necesariamente peligrosa, y que cada día hay centenares de ellos sin consecuencia alguna.

Del mismo modo, cuando hay una catástrofe natural o un ataque terrorista, los medios van cubriendo el número de víctimas casi como si fuera un conteo. Un fallecido confirmado más. Otro. Y al final casi siempre se ajusta la cuenta con una cifra menor que la anterior, casi como devolviendo la vida a alguno. ¿Cuándo detener una cobertura en directo? ¿Cuándo dejar de contar víctimas si puede llevar semanas despejar la zona del derrumbe de Miami?

Ni siquiera hace falta que sea algo tan trágico: durante los meses más duros de la crisis económica de la que apenas hemos despertado se seguía al minuto la evolución de la prima de riesgo, con sucesiones de alertas informativas para compartir un número que la mayoría de los españoles no sabían ni qué representaba.

Como con las series, la información necesita de cierta tensión narrativa. De ahí los directos, las alertas… y en ocasiones también las exageraciones retóricas. Ya no hay tormentas, sino ciclogénesis explosivas, que es básicamente una tormenta formada muy rápido y en condiciones determinadas que hace que suela ser más intensa de lo habitual. «Por definición, todas las tormentas son explosivas», llegó a explicar un investigador del CSIC cuando el término empezó a usarse a diario en los medios. Casi como cuando hay una ola de calor en verano.

El problema de la atención es que es algo que cuesta mantener. Y a base de estímulos constantes no basta. Cuando todo parece urgente nada lo es. Cuando todo va rápido acaba saturando. Al final, estamos tan inmunizados a ese ritmo acelerado constante que podemos seguir en nuestro día a día con un cataclismo cósmico sin que nos altere lo más mínimo. Quizá, quién sabe, lo provocó el choni de la serie de The Expanse en su absurdo intento de atravesar aquel anillo.

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Algo menos conocida, aunque también celebrada, es The Expanse, una serie de ciencia ficción que también tiene su capítulo eterno. En él, el equivalente a un choni de coche tuneado intenta impresionar a su chica atravesando a toda velocidad algo que resulta que no estaba vacío y que usa como defensa la capacidad de frenar en seco cualquier objeto que se le acerque. Las leyes de la física hacen el resto.

Es verdad que la ciencia ficción no es muy dada a respetar lo creíble —y, desde luego, The Expanse no es que sea realista—, pero si algo hace entretenida a esa serie es su apego por determinados principios científicos básicos. Por ejemplo, que si creces en un entorno sin gravedad tus huesos y tu corazón son más frágiles, que en el espacio no puede haber fuego, que la aceleración puede matar o que hay una cosa llamada inercia que no es aconsejable atajar en seco. 

La ciencia ficción tiene poco que ver con las noticias, o al menos así debería ser. Más que nada, porque los primeros tienen recursos ilimitados para contar una historia más o menos verosímil y los segundos deben ceñirse a cosas reales. Sin embargo, hay momentos en los que ambos mundos pueden tocarse, no ya por inventarse futuros distópicos con macarras espaciales, sino por la forma de abordar la narrativa.

Lo complicado de toda historia, claro está, es saber empezar a contarla. Que el primer capítulo enganche. Que el titular sea atractivo. Que el contenido, uno u otro, resulte interesante para que quien esté al otro lado siga conectado. Pero, siendo eso difícil, lo realmente complicado es saber terminar. Decidir cuándo una historia ya no da más de sí y cancelar la serie en lugar de añadir tramas que van devaluando el trabajo digno de temporadas anteriores. O tomar la decisión de que, como el choni con la nave de carreras y su encontronazo con las leyes de la física, hay que ir aminorando la marcha poco a poco para abandonar una noticia que ya no da más de sí. 

Hace unos días La Vanguardia, medio especializado en fabricar audiencia a golpe de contenido pensado para SEO, lanzaba un tuit que evidenciaba ese problema. En él se condensaba una supuesta urgencia (Última hora) con una llamada alarmista (no solo hablaba ya de quinta ola de la pandemia, sino que decía que estaba descontrolada). Pero, al tiempo, mostraba los efectos de esa supuesta catástrofe eran imperceptibles: ni se traducía en nuevos ingresos en UCI ni en nuevos fallecidos.

 

Nos hemos acostumbrado a que, tras año y medio de tragedia, la pandemia lo inunde todo. Cada día las cifras de contagiados, de incidencia, de hospitalizados, de fallecidos. Una tensión que nunca se abandona, acelerando cada vez más con esa construcción de actualidad constante que se entiende que debe poblar lo digital. Todo son últimas horas, todo son alertas informativas: puntos rojos y gifs animados con letreros que insisten en mantener la tensión de forma artificial. No siempre en negativo, claro: ahora que las muertes decaen, el conteo sigue por cuántos vacunados hay cada día, cada hora, en cada región del país.

Ya hay ciertas voces que, de hecho, llaman a desacelerar. Que hay más contagios, pero sin tantos ingresos ni muertes y que, por tanto, es hora de cambiar cómo se mide la pandemia. Y también cómo se informa sobre ella: quizá ya estemos superando la pandemia gracias a la vacunación masiva. 

 

De nuevo, no conviene frenar en seco —no se debe dejar de informar de la pandemia como si no existiera—, pero quizá sí ir replanteando el ritmo —hay otras cosas de las que empezar a hablar—. Y esto, claro está, no es un mal únicamente patrio.

 

Para que haya inercia informativa antes tiene que haberse dado un acelerón previo. Una lenta pero progresiva invasión de contenido de un tipo que va copando todos los espacios. Javier Errea, uno de los referentes de la infografía española, recogió en un particular proyecto cómo la información sobre el covid había ido haciéndose hueco poco a poco en la prensa. En concreto, en Diario de Navarra, desde unas tenues primeras apariciones a teñir todos los espacios de la portada.

Tomando esa idea como referente, Diego Areso hizo lo mismo con la portada de El País durante el año pasado, simplificando más aún la escena: en negro, los espacios ocupados por noticias dedicadas al covid; en amarillo todo lo demás. La ola oscura fue copando cada espacio, cada rincón. Y a ver de qué forma empezamos a llenar esos huecos.

Por supuesto, no todos los eventos tienen la magnitud de esta pandemia, de la que costará decelerar informativamente, pero es un problema generalizado. Cuando tuvo lugar el trágico accidente aéreo de Spanair, las agencias se pasaron semanas informando sobre aterrizajes de emergencia en cada rincón del mundo. Bastaba hablar con un controlador aéreo para que explicara que se considera como tal cualquier aterrizaje antes de lo programado por cualquier causa no necesariamente peligrosa, y que cada día hay centenares de ellos sin consecuencia alguna.

Del mismo modo, cuando hay una catástrofe natural o un ataque terrorista, los medios van cubriendo el número de víctimas casi como si fuera un conteo. Un fallecido confirmado más. Otro. Y al final casi siempre se ajusta la cuenta con una cifra menor que la anterior, casi como devolviendo la vida a alguno. ¿Cuándo detener una cobertura en directo? ¿Cuándo dejar de contar víctimas si puede llevar semanas despejar la zona del derrumbe de Miami?

Ni siquiera hace falta que sea algo tan trágico: durante los meses más duros de la crisis económica de la que apenas hemos despertado se seguía al minuto la evolución de la prima de riesgo, con sucesiones de alertas informativas para compartir un número que la mayoría de los españoles no sabían ni qué representaba.

Como con las series, la información necesita de cierta tensión narrativa. De ahí los directos, las alertas… y en ocasiones también las exageraciones retóricas. Ya no hay tormentas, sino ciclogénesis explosivas, que es básicamente una tormenta formada muy rápido y en condiciones determinadas que hace que suela ser más intensa de lo habitual. «Por definición, todas las tormentas son explosivas», llegó a explicar un investigador del CSIC cuando el término empezó a usarse a diario en los medios. Casi como cuando hay una ola de calor en verano.

El problema de la atención es que es algo que cuesta mantener. Y a base de estímulos constantes no basta. Cuando todo parece urgente nada lo es. Cuando todo va rápido acaba saturando. Al final, estamos tan inmunizados a ese ritmo acelerado constante que podemos seguir en nuestro día a día con un cataclismo cósmico sin que nos altere lo más mínimo. Quizá, quién sabe, lo provocó el choni de la serie de The Expanse en su absurdo intento de atravesar aquel anillo.

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