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29 de noviembre 2018    /   BUSINESS
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Manuel Puig, el escritor gay al que Vargas Llosa hizo bullying literario

29 de noviembre 2018    /   BUSINESS     por          
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A Manuel Puig le tenían por hortera, marica y de gustos muy poco selectos Y, con semejante currículo, nadie puede formar parte de la élite. Así que la historia del argentino Manuel Puig, cursi a mucha honra, gay antes de que existieran los armarios y amante de la cultura popular sin postureo, se escribió siempre al margen del fenómeno explosivo de las letras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX.

Ocurrió de esa manera porque hubo muchas personas que hicieron lo posible para que así fuera. Lo cuenta el escritor madrileño Manuel Guedán en Literatura Max Factor. Manuel Puig y los escritores corruptos latinoamericanos (Punto de Vista, 2018), un ensayo que abre la vida de Manuel Puig al público del siglo XXI y, sobre todo, que contextualiza su naturaleza outsider en la relación intelectualmente violenta con los grandes nombres de las letras americanas en español.

«Manuel Puig reivindicaba una literatura del pueblo, daba voz a las clases bajas y a personas como las que formaban parte de su propio círculo», explica Manuel Guedán. «Puig bebía de las expresiones populares de su época. Además, era muy dado a lo que en Argentina se llamaba ser cursi y en España ser un hortera».

El argentino pasaba por la túrmix todo lo que se consideraba entretenimiento para la chusma: las radionovelas, el cine de serie B, la publicidad, el folletín, el bolero y hasta el cine fascista italiano, tan cercano a las clases bajas como instrumento de propaganda.

Por eso, nunca le tomaron en serio. La cosa fue más grave porque hubo algunos escritores que se encargaron de que no pudiera alardear de militancia en el arrollador movimiento de las letras latinoamericanas del que formaban parte Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, entre otros.

El autor de El Aleph, por ejemplo, decía que Boquitas Pintadas, uno de los libros de Puig, era «un libro Max Factor». El volumen adolece de una ausencia casi total de narración y está construido a base de diálogos, cartas e interacciones directas entre personajes. «Su literatura era una literatura de voces», asevera Guedán.

Era especialista en captar la esencia, el habla y el pulso de otras personas hasta el punto de que, una vez más, eso se utilizó para denostarle. Ese estilo provocó que Juan Carlos Onetti dijera de Puig que sabía «cómo hablaban sus personajes, pero no cuál era su estilo».

El que menos escrúpulos tuvo fue Mario Vargas Llosa. El peruano dijo que «ese argentino escribe como Corín Tellado». Esa critica fue, sin embargo, el menor de los agravios que tuvo con Puig. En 1965, se había conformado el jurado que fallaría el premio Biblioteca Breve de Seix Barral que, por aquel entonces, suponía una fuente de descubrimiento de nuevos autores latinoamericanos. Fue en un debate en el seno de ese jurado donde Vargas Llosa pronunció la frase.

La traición de Rita Hayworth, la novela de Puig que cumple ahora 50 años, empató en la ronda final de votaciones con Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. El diálogo se tensó y mientras Luis Goytisolo apostaba por La traición de Rita Hayworth, Vargas Llosa se opuso de manera rotunda. Luis Goytisolo acabó por retirarse del jurado para desbloquear la varada situación y Vargas Llosa no se bajó de la burra.

El peruano decía que la obra del argentino era «poco literaria» y el elevado posicionamiento que adoptaba se apoyaba además en un machismo y una homofobia que no eran inusuales en la época.

A pesar del desdén recibido, no se quedaría Manuel Puig con las manos atadas. El argentino pasó a la ofensiva y deslizó todo el rencor acumulado en una postal navideña que envió a Guillermo Cabrera Infante. En ella, establecía un paralelismo entre las actrices de Hollywood que tanto le habían influido y que tan banales parecían a los tótems literarios y las grandes figuras del establishment.

Las comparaciones no dejaban títere con cabeza.

1) Norma Shearer ([Jorge Luis] Borges): ¡Tan refinada!

2) Joan Crawford ([Alejo] Carpentier): ¡Tan fiera y esquinada!

3) Greta Garbo ([Miguel Ángel] Asturias): ¡Todo lo que tienen en común es ese Nobel!

4) Jeanette McDonald ([Leopoldo] Marechal): ¡Tan lírica y aburrida!

5) Luise Rainer ([Juan Carlos] Onetti): ¡Tan, tan triste!

6) Hedy Lamarr ([Julio] Cortázar): Bella, pero fría y remota.

7) Greer Garson ([Juan] Rulfo): ¡Oh, qué cálida!

8) Lana Turner ([José] Lezama): Tiene rizos por todas partes.

9) Vivien Leigh ([Ernesto] Sábato): Temperamental y enferma, enferma.

10) Ava Gardner ([Carlos] Fuentes): El glamour la rodea, pero ¿puede actuar?

11) Esther Williams ([Mario] Vargas Llosa): Tan disciplinada (y aburrida).

12) Deborah Kerr ([José] Donoso): Nunca consiguió un Óscar, pero espera, espera.

13) Liz Taylor ([Gabriel] García Márquez): Bella pero con las patas cortas.

14) Kay Kendall ([Guillermo] Cabrera Infante): Vivaz, ingeniosa y con glamour. Espero grandes cosas de ella.

15) Vanessa Redgrave ([Severo] Sarduy): ¡Es divina!

16) Julie Christie ([Manuel] Puig): Una gran actriz, pero al encontrar el hombre de sus sueños (Warren Beatty), no actúa más. Su suerte en el amor ¡es la envidia de todas las estrellas de la Metro!

17) Connie Francis (Néstor Sánchez): Los contratos de la Metro no admiten a estrellitas de menos de treinta años firmar contratos.

18) Paula Prentiss (Gustavo Sainz): ¡No más estrellitas de menos de treinta!

Explica Manuel Guedán que, además de a las estrellas de Hollywood, tan del gusto de la masa, «Puig fue de los primeros autores de habla hispana en reivindicar la importancia del pop y mezclar la literatura con la cultura de masas. Captó una sensibilidad que décadas después ha abierto muchos caminos».

Se posicionó claramente cerca de las vanguardias neoyorquinas que impulsaron la cultura pop y era seguidor de creadores como Andy Warhol o Roy Lichtenstein. Enfrente, sus enemigos y acosadores seguían rígidos y solemnes en París, a mayor gloria de la más tradicional escena europea.

Manuel Puig era escritor, sí. Pero huyó siempre de la boba solemnidad y de las ínfulas que se dan los que van por la vida de trascendentales literatos. Así, las vacas sagradas de la literatura latinoamericana le tomaron como un intruso y no fue hasta después de su muerte, en 1990, cuando un buen puñado de creadores trataron de sacar brillo a su nombre.

Autores de distintas índoles y alejados en el mapa por miles de kilómetros comenzaron a reivindicar su legado. Haruki Murakami, Wong Kar Wai, Rodrigo Fresán o David Foster Wallace restauraron la dignidad del autor de El beso de la mujer araña y disiparon el aura de apestado que había mantenido durante toda su vida.

Como dice Manuel Guedán, «Manuel Puig fue un hombre gay que se enfrentó a los grandes machos del boom, un tipo de izquierdas, fan del kitsch y del cine fascista; una especie de hípster nacido en La Pampa».

El establishment del la literatura latinoamericana desdeñó siempre su obra y se ensañó en críticas despiadadas que le dejaban fuera del tsunami que supusieron esos autores de la literatura en español. Solo por su eterna navegación a contracorriente merece que su historia sea rescatada del abandono.

A Manuel Puig le tenían por hortera, marica y de gustos muy poco selectos Y, con semejante currículo, nadie puede formar parte de la élite. Así que la historia del argentino Manuel Puig, cursi a mucha honra, gay antes de que existieran los armarios y amante de la cultura popular sin postureo, se escribió siempre al margen del fenómeno explosivo de las letras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX.

Ocurrió de esa manera porque hubo muchas personas que hicieron lo posible para que así fuera. Lo cuenta el escritor madrileño Manuel Guedán en Literatura Max Factor. Manuel Puig y los escritores corruptos latinoamericanos (Punto de Vista, 2018), un ensayo que abre la vida de Manuel Puig al público del siglo XXI y, sobre todo, que contextualiza su naturaleza outsider en la relación intelectualmente violenta con los grandes nombres de las letras americanas en español.

«Manuel Puig reivindicaba una literatura del pueblo, daba voz a las clases bajas y a personas como las que formaban parte de su propio círculo», explica Manuel Guedán. «Puig bebía de las expresiones populares de su época. Además, era muy dado a lo que en Argentina se llamaba ser cursi y en España ser un hortera».

El argentino pasaba por la túrmix todo lo que se consideraba entretenimiento para la chusma: las radionovelas, el cine de serie B, la publicidad, el folletín, el bolero y hasta el cine fascista italiano, tan cercano a las clases bajas como instrumento de propaganda.

Por eso, nunca le tomaron en serio. La cosa fue más grave porque hubo algunos escritores que se encargaron de que no pudiera alardear de militancia en el arrollador movimiento de las letras latinoamericanas del que formaban parte Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, entre otros.

El autor de El Aleph, por ejemplo, decía que Boquitas Pintadas, uno de los libros de Puig, era «un libro Max Factor». El volumen adolece de una ausencia casi total de narración y está construido a base de diálogos, cartas e interacciones directas entre personajes. «Su literatura era una literatura de voces», asevera Guedán.

Era especialista en captar la esencia, el habla y el pulso de otras personas hasta el punto de que, una vez más, eso se utilizó para denostarle. Ese estilo provocó que Juan Carlos Onetti dijera de Puig que sabía «cómo hablaban sus personajes, pero no cuál era su estilo».

El que menos escrúpulos tuvo fue Mario Vargas Llosa. El peruano dijo que «ese argentino escribe como Corín Tellado». Esa critica fue, sin embargo, el menor de los agravios que tuvo con Puig. En 1965, se había conformado el jurado que fallaría el premio Biblioteca Breve de Seix Barral que, por aquel entonces, suponía una fuente de descubrimiento de nuevos autores latinoamericanos. Fue en un debate en el seno de ese jurado donde Vargas Llosa pronunció la frase.

La traición de Rita Hayworth, la novela de Puig que cumple ahora 50 años, empató en la ronda final de votaciones con Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. El diálogo se tensó y mientras Luis Goytisolo apostaba por La traición de Rita Hayworth, Vargas Llosa se opuso de manera rotunda. Luis Goytisolo acabó por retirarse del jurado para desbloquear la varada situación y Vargas Llosa no se bajó de la burra.

El peruano decía que la obra del argentino era «poco literaria» y el elevado posicionamiento que adoptaba se apoyaba además en un machismo y una homofobia que no eran inusuales en la época.

A pesar del desdén recibido, no se quedaría Manuel Puig con las manos atadas. El argentino pasó a la ofensiva y deslizó todo el rencor acumulado en una postal navideña que envió a Guillermo Cabrera Infante. En ella, establecía un paralelismo entre las actrices de Hollywood que tanto le habían influido y que tan banales parecían a los tótems literarios y las grandes figuras del establishment.

Las comparaciones no dejaban títere con cabeza.

1) Norma Shearer ([Jorge Luis] Borges): ¡Tan refinada!

2) Joan Crawford ([Alejo] Carpentier): ¡Tan fiera y esquinada!

3) Greta Garbo ([Miguel Ángel] Asturias): ¡Todo lo que tienen en común es ese Nobel!

4) Jeanette McDonald ([Leopoldo] Marechal): ¡Tan lírica y aburrida!

5) Luise Rainer ([Juan Carlos] Onetti): ¡Tan, tan triste!

6) Hedy Lamarr ([Julio] Cortázar): Bella, pero fría y remota.

7) Greer Garson ([Juan] Rulfo): ¡Oh, qué cálida!

8) Lana Turner ([José] Lezama): Tiene rizos por todas partes.

9) Vivien Leigh ([Ernesto] Sábato): Temperamental y enferma, enferma.

10) Ava Gardner ([Carlos] Fuentes): El glamour la rodea, pero ¿puede actuar?

11) Esther Williams ([Mario] Vargas Llosa): Tan disciplinada (y aburrida).

12) Deborah Kerr ([José] Donoso): Nunca consiguió un Óscar, pero espera, espera.

13) Liz Taylor ([Gabriel] García Márquez): Bella pero con las patas cortas.

14) Kay Kendall ([Guillermo] Cabrera Infante): Vivaz, ingeniosa y con glamour. Espero grandes cosas de ella.

15) Vanessa Redgrave ([Severo] Sarduy): ¡Es divina!

16) Julie Christie ([Manuel] Puig): Una gran actriz, pero al encontrar el hombre de sus sueños (Warren Beatty), no actúa más. Su suerte en el amor ¡es la envidia de todas las estrellas de la Metro!

17) Connie Francis (Néstor Sánchez): Los contratos de la Metro no admiten a estrellitas de menos de treinta años firmar contratos.

18) Paula Prentiss (Gustavo Sainz): ¡No más estrellitas de menos de treinta!

Explica Manuel Guedán que, además de a las estrellas de Hollywood, tan del gusto de la masa, «Puig fue de los primeros autores de habla hispana en reivindicar la importancia del pop y mezclar la literatura con la cultura de masas. Captó una sensibilidad que décadas después ha abierto muchos caminos».

Se posicionó claramente cerca de las vanguardias neoyorquinas que impulsaron la cultura pop y era seguidor de creadores como Andy Warhol o Roy Lichtenstein. Enfrente, sus enemigos y acosadores seguían rígidos y solemnes en París, a mayor gloria de la más tradicional escena europea.

Manuel Puig era escritor, sí. Pero huyó siempre de la boba solemnidad y de las ínfulas que se dan los que van por la vida de trascendentales literatos. Así, las vacas sagradas de la literatura latinoamericana le tomaron como un intruso y no fue hasta después de su muerte, en 1990, cuando un buen puñado de creadores trataron de sacar brillo a su nombre.

Autores de distintas índoles y alejados en el mapa por miles de kilómetros comenzaron a reivindicar su legado. Haruki Murakami, Wong Kar Wai, Rodrigo Fresán o David Foster Wallace restauraron la dignidad del autor de El beso de la mujer araña y disiparon el aura de apestado que había mantenido durante toda su vida.

Como dice Manuel Guedán, «Manuel Puig fue un hombre gay que se enfrentó a los grandes machos del boom, un tipo de izquierdas, fan del kitsch y del cine fascista; una especie de hípster nacido en La Pampa».

El establishment del la literatura latinoamericana desdeñó siempre su obra y se ensañó en críticas despiadadas que le dejaban fuera del tsunami que supusieron esos autores de la literatura en español. Solo por su eterna navegación a contracorriente merece que su historia sea rescatada del abandono.

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Opiniones 3
  • Un artículo tan hermoso como justo y necesario. No releo a Puig desde mi ya lejana juventud, pero guardo un grato recuerdo de su lectura.

    En cuanto a Vargas Llosa, leí con placer su «Conversación en la catedral» (tendría que volver sobre él para opinar, cosa que no voy a hacer) pero aparté su cáliz de mí para siempre después de tragarme ese buñuelo de viento hiperinflado -recuerdo que venía precedido de gran aparato promocional de los editores, edición de lujo incluida- que era «La guerra del fin del mundo», de infausta memoria. Del resto de su obra solo sé por referencias, que no han conseguido moverme a leerla. Modestamente, digo.

    En fin, gracias por el artículo

  • Puig es un escritor de los más originales y atrevidos de América Latina, con un mundo propio y un lenguaje propio, un gran rebelde, un destructor de mitos. No es raro que sea objeto de ataques arteros por parte de corruptos de la maquinaria publicitaria de las editoriales consagradas. Me interesa ese libro.

  • En lo particular encontré más elementos con símbolos constructivos en las obras de Puig,que en las Sátiras? Del ilustre escritor peruano,ya de tanto tropezar con atrocidades en su obra,voluntariamente tomé distancia. Las bajas pasiones son propias de la naturaleza humana por eso no es de extrañar estas conductas,aún en las esferas más elitescas del arte.

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