Publicado: 25 de marzo 2015 06:29  /   IDEAS
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«A cierta edad tienes que asumir que no tienes futuro, pero sí un presente»

Publicado: 25 de marzo 2015 06:29  /   IDEAS     por          
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Tras más de 30 años dedicada a la judicatura («la cual me apasiona porque es una profesión de paz»), Manuela Carmena colgó la toga a los 65 años. «La edad de jubilación para los jueces son los 70 años, aunque puedes prolongarla algunos años más como juez emérito». No le extrañó que muchos no entendieran su elección. «Luego estaban también los que me decían que había hecho muy bien porque así podría descansar». Pero esa no era su intención. Con sus 71 años recién cumplidos, Manuela Carmena es una emprendedora senior.

Por esa razón, la exjueza sacó tiempo de la apretadísima agenda propia de una candidata al Ayuntamiento de Madrid a menos de dos meses de las elecciones para participar en el café-tertulia que mymo, iniciativa que quiere poner en valor la experiencia y el conocimiento de los adultos mayores para que sigan siendo actores relevantes en la sociedad, organizó el pasado 23 de marzo en Madrid sobre este tema.
«Me retiraba, pero no quería dejar de trabajar. Tenía demasiadas cosas en mi mochila que no podía dejar sin utilizar».
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Carmena disponía ya del tiempo que durante su etapa en activo había echado en falta para realizar una labor que creía esencial en España: la divulgación del Derecho. «En este país somos analfabetos en este tipo de cuestiones».
Creó su propio blog y escribió un libro . Pero fue el fallecimiento de su suegra lo que la acabó de convencer de que, además de divulgar, también quería emprender.
«Tenía una grandísima relación con ella. Le encantaba la decoración y por eso en su casa guardaba una gran cantidad de cajas repletas de telas». Manuela heredó aquellas cajas y su contenido cobraría vida en forma de zapatos de tela para bebés. Así nacía Zapatelas. «Siempre me había llamado la atención el hecho de que los niños muy pequeños o bien iban descalzos en verano o en invierno llevaban los pies tapados con los buzos».
Sus hijos fueron los primeros en conocer y dar el visto bueno a aquellos diseños. A Manuela solo le faltaba producirlos. «Pregunté y comprobé que recurriendo a una modista o similar resultarían muy caros. Así que pensé que una buena opción sería la de sacar provecho de esa gran cantidad de manos desocupadas que hay en las cárceles españolas». Su experiencia como jueza de vigilancia penitenciaria le llevó a barajar esa opción que la mayoría del resto de mortales, probablemente, no habría tenido en cuenta. Fueron las reclusas de la prisión femenina de Alcalá de Guadaira las encargadas de confeccionar las primeras zapatelas.
«Se trata de zapatos de tela a juego con vestidos y ranitas». Pero también confeccionan camisas («nuestras favoritas son las mandelitas, nuestro particular homenaje a Mandela»), chaquetas, incluso, juguetes. «El diseño es muy Malasaña y de los sesenta, puesto que la mayoría de los patrones están sacados de revistas de esa década».
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La producción se hace a pequeña escala desde el taller que Zapatelas dispone en la misma tienda de Malasaña o bien desde talleres de inserción de diversas cárceles. Para poner en marcha Zapatelas, Manuela creó una sociedad: Yayo Emprendedores. «Mi intención era constituir una empresa social, pero no pudo ser. Tuve que constituir una sociedad limitada». Pero las trabas administrativas no se quedaron ahí. «No podía crear una sociedad porque era jubilada. Podía formar parte de ella, pero no tener un cargo directivo».
A Manuela, no obstante, no le extrañaba que la ley adoptase la misma postura paternalista que la sociedad asume frente a las personas mayores. «Cuando envejecemos es como si nos aniñáramos. Lo comprobé en la peluquería, cuando una de las peluqueras, al coger mis gafas para que las guardase, me las ofreció diciendo: “Tenga, aquí están las gafitas…”».
La anécdota, asegura Carmena, fue una más de las que desde hacía tiempo venían refrendando su teoría de que, pese a la capacidad de decisión y de experiencia que la gente mayor atesora, la sociedad se empeña en tratarlos como a niños.
Aunque el gran input lo recibió en Kinsasa. «Allí fui porque unos amigos me pidieron colaboración para crear un escuela judicial en la República Democrática del Congo. Cuando llegué me di cuenta de que era una rara avis… Allí no hay gente mayor. La media de vida no supera los 45 años».
Sobrepasar esa edad con salud y con recursos económicos es un lujo que Carmena comprobó que solo pueden permitirse países como el nuestro. Había que sacar partido de él, aprovecharlo. «Ver la película El exótico Hotel Marigold acabó de reafirmarme en mi Teoría del Puente. Esta viene a decir que a determinada edad tienes que ser consciente de que no tienes futuro, pero sí presente. Y este puedes dedicarlo a construir cosas para los que vienen detrás. Es algo que propicia un enriquecimiento de la sociedad extraordinario».
[pullquote class=”left”]La Teoría del Puente viene a decir que a determinada edad tienes que ser consciente de que no tienes futuro, pero sí presente. Y este puedes dedicarlo a construir cosas para los que vienen detrás[/pullquote]
El emprendimiento social, asegura Carmena, es quizá la vía más factible de canalizar todo ese conocimiento y experiencia que atesoran los mayores. «Se me ocurren muchas formas en las que las personas jubiladas podrían colaborar para paliar algunos problemas de la sociedad. Uno de ellos, por ejemplo, sería la creación de una red de abuelos ‘artificiales’ que pudieran cuidar a los niños cuando caen enfermos sin que los padres tengan que faltar al trabajo o se vean obligados a llevarlos al cole después de ‘enchufarles’ el Dalsy».
Manuela insiste en que el emprendimiento social es uno de esos ‘inventos’ que merece la pena poner en práctica. «Empresas que ayuden a paliar problemas de la sociedad, que generen trabajo, proyectos interesantes, paguen buenos sueldos, pero que no contribuyan a acumular riqueza más allá de lo que es razonable», explica. Y apuntilla: «Estamos acostumbrados a respetar muchísimo los inventos tecnológicos, pero ¿qué ocurre con los inventos sociales? Estos son tan o más meritorios que los tecnológicos».
Pero su desarrollo, cómo no, se encuentra con demasiados escollos de naturaleza legal. «El concepto de emprendedor social no está reconocido. Al emprendimiento siempre se le vincula únicamente con una fuerte ambición lucrativa». Manuela recuerda con pesar cómo fue rechaza en el Congreso la propuesta de ley que, entre otras, reconocía esta figura. «Fue bochornoso. De nuevo se volvió a repetir la típica situación del ‘estás conmigo o contra mí’. No se tenía en cuenta lo que allí se estaba diciendo sino quién lo estaba diciendo…»
Sin embargo, Manuela confía en que las cosas pueden ser de otra manera. «Para que exista una legislación al respecto, es cuestión de que exista demanda y nazcan muchas iniciativas de este tipo. Así la ley caerá por su propio peso».
 

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Tras más de 30 años dedicada a la judicatura («la cual me apasiona porque es una profesión de paz»), Manuela Carmena colgó la toga a los 65 años. «La edad de jubilación para los jueces son los 70 años, aunque puedes prolongarla algunos años más como juez emérito». No le extrañó que muchos no entendieran su elección. «Luego estaban también los que me decían que había hecho muy bien porque así podría descansar». Pero esa no era su intención. Con sus 71 años recién cumplidos, Manuela Carmena es una emprendedora senior.

Por esa razón, la exjueza sacó tiempo de la apretadísima agenda propia de una candidata al Ayuntamiento de Madrid a menos de dos meses de las elecciones para participar en el café-tertulia que mymo, iniciativa que quiere poner en valor la experiencia y el conocimiento de los adultos mayores para que sigan siendo actores relevantes en la sociedad, organizó el pasado 23 de marzo en Madrid sobre este tema.
«Me retiraba, pero no quería dejar de trabajar. Tenía demasiadas cosas en mi mochila que no podía dejar sin utilizar».
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Carmena disponía ya del tiempo que durante su etapa en activo había echado en falta para realizar una labor que creía esencial en España: la divulgación del Derecho. «En este país somos analfabetos en este tipo de cuestiones».
Creó su propio blog y escribió un libro . Pero fue el fallecimiento de su suegra lo que la acabó de convencer de que, además de divulgar, también quería emprender.
«Tenía una grandísima relación con ella. Le encantaba la decoración y por eso en su casa guardaba una gran cantidad de cajas repletas de telas». Manuela heredó aquellas cajas y su contenido cobraría vida en forma de zapatos de tela para bebés. Así nacía Zapatelas. «Siempre me había llamado la atención el hecho de que los niños muy pequeños o bien iban descalzos en verano o en invierno llevaban los pies tapados con los buzos».
Sus hijos fueron los primeros en conocer y dar el visto bueno a aquellos diseños. A Manuela solo le faltaba producirlos. «Pregunté y comprobé que recurriendo a una modista o similar resultarían muy caros. Así que pensé que una buena opción sería la de sacar provecho de esa gran cantidad de manos desocupadas que hay en las cárceles españolas». Su experiencia como jueza de vigilancia penitenciaria le llevó a barajar esa opción que la mayoría del resto de mortales, probablemente, no habría tenido en cuenta. Fueron las reclusas de la prisión femenina de Alcalá de Guadaira las encargadas de confeccionar las primeras zapatelas.
«Se trata de zapatos de tela a juego con vestidos y ranitas». Pero también confeccionan camisas («nuestras favoritas son las mandelitas, nuestro particular homenaje a Mandela»), chaquetas, incluso, juguetes. «El diseño es muy Malasaña y de los sesenta, puesto que la mayoría de los patrones están sacados de revistas de esa década».
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La producción se hace a pequeña escala desde el taller que Zapatelas dispone en la misma tienda de Malasaña o bien desde talleres de inserción de diversas cárceles. Para poner en marcha Zapatelas, Manuela creó una sociedad: Yayo Emprendedores. «Mi intención era constituir una empresa social, pero no pudo ser. Tuve que constituir una sociedad limitada». Pero las trabas administrativas no se quedaron ahí. «No podía crear una sociedad porque era jubilada. Podía formar parte de ella, pero no tener un cargo directivo».
A Manuela, no obstante, no le extrañaba que la ley adoptase la misma postura paternalista que la sociedad asume frente a las personas mayores. «Cuando envejecemos es como si nos aniñáramos. Lo comprobé en la peluquería, cuando una de las peluqueras, al coger mis gafas para que las guardase, me las ofreció diciendo: “Tenga, aquí están las gafitas…”».
La anécdota, asegura Carmena, fue una más de las que desde hacía tiempo venían refrendando su teoría de que, pese a la capacidad de decisión y de experiencia que la gente mayor atesora, la sociedad se empeña en tratarlos como a niños.
Aunque el gran input lo recibió en Kinsasa. «Allí fui porque unos amigos me pidieron colaboración para crear un escuela judicial en la República Democrática del Congo. Cuando llegué me di cuenta de que era una rara avis… Allí no hay gente mayor. La media de vida no supera los 45 años».
Sobrepasar esa edad con salud y con recursos económicos es un lujo que Carmena comprobó que solo pueden permitirse países como el nuestro. Había que sacar partido de él, aprovecharlo. «Ver la película El exótico Hotel Marigold acabó de reafirmarme en mi Teoría del Puente. Esta viene a decir que a determinada edad tienes que ser consciente de que no tienes futuro, pero sí presente. Y este puedes dedicarlo a construir cosas para los que vienen detrás. Es algo que propicia un enriquecimiento de la sociedad extraordinario».
[pullquote class=”left”]La Teoría del Puente viene a decir que a determinada edad tienes que ser consciente de que no tienes futuro, pero sí presente. Y este puedes dedicarlo a construir cosas para los que vienen detrás[/pullquote]
El emprendimiento social, asegura Carmena, es quizá la vía más factible de canalizar todo ese conocimiento y experiencia que atesoran los mayores. «Se me ocurren muchas formas en las que las personas jubiladas podrían colaborar para paliar algunos problemas de la sociedad. Uno de ellos, por ejemplo, sería la creación de una red de abuelos ‘artificiales’ que pudieran cuidar a los niños cuando caen enfermos sin que los padres tengan que faltar al trabajo o se vean obligados a llevarlos al cole después de ‘enchufarles’ el Dalsy».
Manuela insiste en que el emprendimiento social es uno de esos ‘inventos’ que merece la pena poner en práctica. «Empresas que ayuden a paliar problemas de la sociedad, que generen trabajo, proyectos interesantes, paguen buenos sueldos, pero que no contribuyan a acumular riqueza más allá de lo que es razonable», explica. Y apuntilla: «Estamos acostumbrados a respetar muchísimo los inventos tecnológicos, pero ¿qué ocurre con los inventos sociales? Estos son tan o más meritorios que los tecnológicos».
Pero su desarrollo, cómo no, se encuentra con demasiados escollos de naturaleza legal. «El concepto de emprendedor social no está reconocido. Al emprendimiento siempre se le vincula únicamente con una fuerte ambición lucrativa». Manuela recuerda con pesar cómo fue rechaza en el Congreso la propuesta de ley que, entre otras, reconocía esta figura. «Fue bochornoso. De nuevo se volvió a repetir la típica situación del ‘estás conmigo o contra mí’. No se tenía en cuenta lo que allí se estaba diciendo sino quién lo estaba diciendo…»
Sin embargo, Manuela confía en que las cosas pueden ser de otra manera. «Para que exista una legislación al respecto, es cuestión de que exista demanda y nazcan muchas iniciativas de este tipo. Así la ley caerá por su propio peso».
 

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