14 de enero 2021    /   IDEAS
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Fotos  Ismael Llopis

Marc Augé: «Imaginar el futuro es una forma de calificar el presente»

Hablamos sobre el futuro con el antropólogo francés que acuñó los conceptos de sobremodernidad y ‘no lugares’

14 de enero 2021    /   IDEAS     por        Fotos  Ismael Llopis
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A la modernidad siempre le ha gustado pisar el acelerador. A tal velocidad ha llegado a ponerse que en algún momento se pasó de frenada. De ahí que, desde hace tiempo, autores como Lyotards vengan hablando de la postmodernidad. Marc Augé (Poitiers, 1935) prefiere el término sobremodernidad. En su opinión, es el que mejor refleja el superávit de modernidad que padecemos.

Para el antropólogo francés, la globalización es la que ha propiciado los excesos propios de la sobremodernidad: un exceso de espacio que, paradójicamente, viene generado por el acercamiento de las distintas culturas; un exceso de individualismo y un exceso de tiempo por la propia aceleración de la historia.

En la sobremodernidad el pasado apenas existe. Se olvida demasiado rápido. Se vive el presente y de forma tan rápida que apenas se puede pensar en el futuro. Esa labor queda relegada a antropólogos y pensadores como el propio Augé. 

En sus ensayos ha imaginado todo tipo de utopías y distopías. ¿Llegó a intuir alguna vez una situación similar a la que estamos atravesando a día de hoy? 

No. La pandemia es evidentemente un nuevo tipo de catástrofe a la que hay que sumar, además, la ola de atentados terroristas. Esto propicia que algunas voces se pregunten si lo del virus no será parte de algo montado por alguna potencia exterior. De hecho, el temor más extendido a día de hoy es doble: por un lado, la covid-19 y, por otro, el terrorismo.

Marc Augé 1

¿Será la pandemia el detonante definitivo para «el fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria» que adelantaba en su libro El porvenir de los terrícolas (Editorial Gedisa)?

Sí, exactamente. Hay un cambio de escala. De ahí que esté bien empleado el término pandemia por el concepto de lo global que lleva implícito. 

En sus ensayos crítica la perspectiva pesimista sobre la humanidad, mayoritaria en algunos lugares, como en Francia, su país de origen. ¿Sigue manteniendo intacta su visión esperanzadora del futuro pese a la situación actual? 

Creo que, en general, tendemos a asociar el pasado con hechos y experiencias felices y no imaginamos el futuro de la misma forma. Ocurre en el plano religioso, pero también en el imaginario político. Pensamos en una sociedad sin clases, nos la imaginamos como un paraíso a conquistar, pero muy lejano. Dicho de otra forma, lo vemos como una utopía.

A día de hoy, hay mucha gente que vive en la miseria y en el miedo. Por eso es importante relativizar las cosas y pensar que el futuro ha sido siempre objeto de un pensamiento razonable que consiste en figurarse lo que traerá el porvenir y repensar el presente.

Pensar en el futuro no es más que una forma de calificar el presente. Ese presente hoy es muy complicado. La reflexión que debe imponerse es la de cómo tiene que ser la relación entre los humanos. Cuáles deben ser las escalas de la humanidad y las iniciativas comunes. De alguna manera, debemos enfrentar estos pensamientos a las visiones catastrofistas que hablan de la desaparición de la humanidad. Hay que ponerse más que nunca a pensar el presente.

«La condición humana no se concibe sin la reflexión sobre la relación entre los hombres»

Usted acuñó el concepto no-lugares para referirse a los emplazamientos propios de la sobremodernidad. Lugares de paso y de consumo que no pertenecen a nadie y por los que todo el mundo transita: aeropuertos, centros comerciales, transportes públicos… ¿Cuál es el papel que están desempeñando en esta pandemia estos no-lugares?

El futuro de los no lugares es difícil de predecir, en la medida en que estos lugares están ya en todas partes. Cuando escribo o hablo del futuro de los no lugares, en realidad, me refiero al de toda la humanidad.

Los no lugares se reinventan con las catástrofes, el terrorismo, el coronavirus… Todas estas circunstancias hacen que se creen lugares que, de otra forma, no habrían sido definidos nunca como lugares desde el punto de vista antropológico. Las tragedias dan peso a la noción de lugar y de no lugar.

Lo importante es saber si esa visión de la humanidad como atrapada localmente por las tragedias puede sostenerse. Nos hace falta, sin duda, pensar en esto y aprender a encontrar un argumento a favor del lugar, frente a la mera visión de la catástrofe que en él se produce. 

¿Hoy, más que nunca, es necesario aferrarse a esas pequeñas alegrías cotidianas de las que habla en su libro del mismo título?

Sin duda. Estas alegrías, aunque pequeñas, son muy exigentes. Sin ellas no hay felicidad. Creo que son más necesarias que nunca. Es vital realizar el esfuerzo heroico que consiste en disfrutar de estas ocasiones de felicidad, a pesar de las desgracias que nos rodean. La desgracia azota terriblemente a aquellos a los que les toca de lleno. Pero para la mayoría de la gente, las noticias sobre este tipo de dramas engendran el miedo y hacen sobresalir la tristeza. Sin duda, luchar contra el miedo e intentar pensar en la relación con los otros es la única vía para salir de la crisis de la desesperación y de la crisis de los no lugares.

Durante la pandemia, hemos podido ver imágenes de ciudades, como París, con calles descongestionadas de tráfico y tomadas por los ciclistas. ¿Se asemeja esta imagen a la que usted definía como ‘bicilibertad‘ en El elogio de la bicicleta

Evidentemente, estas invasiones de bicicletas son una buena noticia, en contraposición a la omnipresencia de los coches. Pero son consecuencia de una catástrofe mundial. Yo nunca imaginé que la bicilibertad pudiera estar propiciada por tal cosa. No obstante, que esta circunstancia surja de una desgracia nos permite reflexionar y pensar. Al menos, esta desertificación sobrevenida de las ciudades ha traído algo bueno. Hay siempre lecciones que sacar de situaciones terribles.

«Tendemos a asociar el pasado con hechos y experiencias felices, y no imaginamos el futuro de la misma forma. Pensamos en una sociedad sin clases, nos la imaginamos como un paraíso a conquistar, pero muy lejano. Dicho de otra forma, lo vemos como una utopía»

 En El porvenir de los terrícolas considera que nos encaminamos a un planeta donde convivirán tres clases sociales: los poderosos, los consumidores y los excluidos. ¿Podría cambiar la pandemia algo de esta estructura? Por ejemplo, ¿será ahora más el número de excluidos? 

La pandemia está afectando terriblemente a los excluidos y está haciendo crecer la desigualdad entre las personas. En conclusión, esta situación tiene el mérito de evidenciar aún más la realidad de lo que está pasando y de obligarnos a tratar de buscar soluciones.

En ese mismo libro dice que el siglo XX fue el de la muerte de los grandes relatos del XIX (retomando una expresión del filósofo Lyotard). ¿Y el XXI? ¿Será el de la muerte de los relatos del XX? 

Creo que es el momento de pensar en relatos que sean diferentes a los anteriores, pero que pasen por la de la necesaria relación de unos con otros. En mi opinión, el siglo XXI se parecerá mucho al XIX.

¿Con qué reflexión remataría Marc Augé esta entrevista sobre el futuro?

La condición humana no se concibe sin la reflexión sobre la relación entre los hombres. Esta ha de plantearse en diferentes niveles y con diferentes perspectivas. Hoy la humanidad toma conciencia de ella misma de una forma directa, puesto que tenemos más conocimientos que nuestros antepasados y estamos empezando a imaginar cómo sería viajar a otros planetas.

Por eso es urgente pensar en lo que nosotros representaríamos para los habitantes de otros mundos. Creo que la necesidad de esa relación entre los hombres es una condición de vida y de supervivencia, y podemos llegar a ser optimistas si confiamos en que la necesidad de ese pensamiento se acabará imponiendo.

(*Traducción: Tomás López) 

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A la modernidad siempre le ha gustado pisar el acelerador. A tal velocidad ha llegado a ponerse que en algún momento se pasó de frenada. De ahí que, desde hace tiempo, autores como Lyotards vengan hablando de la postmodernidad. Marc Augé (Poitiers, 1935) prefiere el término sobremodernidad. En su opinión, es el que mejor refleja el superávit de modernidad que padecemos.

Para el antropólogo francés, la globalización es la que ha propiciado los excesos propios de la sobremodernidad: un exceso de espacio que, paradójicamente, viene generado por el acercamiento de las distintas culturas; un exceso de individualismo y un exceso de tiempo por la propia aceleración de la historia.

En la sobremodernidad el pasado apenas existe. Se olvida demasiado rápido. Se vive el presente y de forma tan rápida que apenas se puede pensar en el futuro. Esa labor queda relegada a antropólogos y pensadores como el propio Augé. 

En sus ensayos ha imaginado todo tipo de utopías y distopías. ¿Llegó a intuir alguna vez una situación similar a la que estamos atravesando a día de hoy? 

No. La pandemia es evidentemente un nuevo tipo de catástrofe a la que hay que sumar, además, la ola de atentados terroristas. Esto propicia que algunas voces se pregunten si lo del virus no será parte de algo montado por alguna potencia exterior. De hecho, el temor más extendido a día de hoy es doble: por un lado, la covid-19 y, por otro, el terrorismo.

Marc Augé 1

¿Será la pandemia el detonante definitivo para «el fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria» que adelantaba en su libro El porvenir de los terrícolas (Editorial Gedisa)?

Sí, exactamente. Hay un cambio de escala. De ahí que esté bien empleado el término pandemia por el concepto de lo global que lleva implícito. 

En sus ensayos crítica la perspectiva pesimista sobre la humanidad, mayoritaria en algunos lugares, como en Francia, su país de origen. ¿Sigue manteniendo intacta su visión esperanzadora del futuro pese a la situación actual? 

Creo que, en general, tendemos a asociar el pasado con hechos y experiencias felices y no imaginamos el futuro de la misma forma. Ocurre en el plano religioso, pero también en el imaginario político. Pensamos en una sociedad sin clases, nos la imaginamos como un paraíso a conquistar, pero muy lejano. Dicho de otra forma, lo vemos como una utopía.

A día de hoy, hay mucha gente que vive en la miseria y en el miedo. Por eso es importante relativizar las cosas y pensar que el futuro ha sido siempre objeto de un pensamiento razonable que consiste en figurarse lo que traerá el porvenir y repensar el presente.

Pensar en el futuro no es más que una forma de calificar el presente. Ese presente hoy es muy complicado. La reflexión que debe imponerse es la de cómo tiene que ser la relación entre los humanos. Cuáles deben ser las escalas de la humanidad y las iniciativas comunes. De alguna manera, debemos enfrentar estos pensamientos a las visiones catastrofistas que hablan de la desaparición de la humanidad. Hay que ponerse más que nunca a pensar el presente.

«La condición humana no se concibe sin la reflexión sobre la relación entre los hombres»

Usted acuñó el concepto no-lugares para referirse a los emplazamientos propios de la sobremodernidad. Lugares de paso y de consumo que no pertenecen a nadie y por los que todo el mundo transita: aeropuertos, centros comerciales, transportes públicos… ¿Cuál es el papel que están desempeñando en esta pandemia estos no-lugares?

El futuro de los no lugares es difícil de predecir, en la medida en que estos lugares están ya en todas partes. Cuando escribo o hablo del futuro de los no lugares, en realidad, me refiero al de toda la humanidad.

Los no lugares se reinventan con las catástrofes, el terrorismo, el coronavirus… Todas estas circunstancias hacen que se creen lugares que, de otra forma, no habrían sido definidos nunca como lugares desde el punto de vista antropológico. Las tragedias dan peso a la noción de lugar y de no lugar.

Lo importante es saber si esa visión de la humanidad como atrapada localmente por las tragedias puede sostenerse. Nos hace falta, sin duda, pensar en esto y aprender a encontrar un argumento a favor del lugar, frente a la mera visión de la catástrofe que en él se produce. 

¿Hoy, más que nunca, es necesario aferrarse a esas pequeñas alegrías cotidianas de las que habla en su libro del mismo título?

Sin duda. Estas alegrías, aunque pequeñas, son muy exigentes. Sin ellas no hay felicidad. Creo que son más necesarias que nunca. Es vital realizar el esfuerzo heroico que consiste en disfrutar de estas ocasiones de felicidad, a pesar de las desgracias que nos rodean. La desgracia azota terriblemente a aquellos a los que les toca de lleno. Pero para la mayoría de la gente, las noticias sobre este tipo de dramas engendran el miedo y hacen sobresalir la tristeza. Sin duda, luchar contra el miedo e intentar pensar en la relación con los otros es la única vía para salir de la crisis de la desesperación y de la crisis de los no lugares.

Durante la pandemia, hemos podido ver imágenes de ciudades, como París, con calles descongestionadas de tráfico y tomadas por los ciclistas. ¿Se asemeja esta imagen a la que usted definía como ‘bicilibertad‘ en El elogio de la bicicleta

Evidentemente, estas invasiones de bicicletas son una buena noticia, en contraposición a la omnipresencia de los coches. Pero son consecuencia de una catástrofe mundial. Yo nunca imaginé que la bicilibertad pudiera estar propiciada por tal cosa. No obstante, que esta circunstancia surja de una desgracia nos permite reflexionar y pensar. Al menos, esta desertificación sobrevenida de las ciudades ha traído algo bueno. Hay siempre lecciones que sacar de situaciones terribles.

«Tendemos a asociar el pasado con hechos y experiencias felices, y no imaginamos el futuro de la misma forma. Pensamos en una sociedad sin clases, nos la imaginamos como un paraíso a conquistar, pero muy lejano. Dicho de otra forma, lo vemos como una utopía»

 En El porvenir de los terrícolas considera que nos encaminamos a un planeta donde convivirán tres clases sociales: los poderosos, los consumidores y los excluidos. ¿Podría cambiar la pandemia algo de esta estructura? Por ejemplo, ¿será ahora más el número de excluidos? 

La pandemia está afectando terriblemente a los excluidos y está haciendo crecer la desigualdad entre las personas. En conclusión, esta situación tiene el mérito de evidenciar aún más la realidad de lo que está pasando y de obligarnos a tratar de buscar soluciones.

En ese mismo libro dice que el siglo XX fue el de la muerte de los grandes relatos del XIX (retomando una expresión del filósofo Lyotard). ¿Y el XXI? ¿Será el de la muerte de los relatos del XX? 

Creo que es el momento de pensar en relatos que sean diferentes a los anteriores, pero que pasen por la de la necesaria relación de unos con otros. En mi opinión, el siglo XXI se parecerá mucho al XIX.

¿Con qué reflexión remataría Marc Augé esta entrevista sobre el futuro?

La condición humana no se concibe sin la reflexión sobre la relación entre los hombres. Esta ha de plantearse en diferentes niveles y con diferentes perspectivas. Hoy la humanidad toma conciencia de ella misma de una forma directa, puesto que tenemos más conocimientos que nuestros antepasados y estamos empezando a imaginar cómo sería viajar a otros planetas.

Por eso es urgente pensar en lo que nosotros representaríamos para los habitantes de otros mundos. Creo que la necesidad de esa relación entre los hombres es una condición de vida y de supervivencia, y podemos llegar a ser optimistas si confiamos en que la necesidad de ese pensamiento se acabará imponiendo.

(*Traducción: Tomás López) 

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Opiniones 1
  • imaginar ey fantasear es muy propio de quienes no tienen capacidad de ver objetivamente ls evidencias en la realoidad, cn eso ya es mucho, lo demas es humo. medita y libera tu mente de ansia angustia y humo, vuelve al aqui ahora ,

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