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17 de febrero 2015    /   CREATIVIDAD
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Marco Papiro, el arquitecto visual del último disco de Panda Bear

17 de febrero 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Marco Papiro recuerda haber pintado siempre, incluso en aquellos años tempranos de los que el hombre no guarda recuerdo. «Tenía que tener una buena memoria visual», reconoce a Yorokobu. «Mi madre me ha contado que después de un viaje a Palermo he dibujado el puerto de la ciudad con todo lujo de detalles. Creo que tenía cuatro años». Esos detalles se han difuminado en sus dibujos con los años, igual que el realismo, que impregna los trabajos de su infancia como testigo invisible del pintor que Papiro pudo haber sido.
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En sus ilustraciones, Papiro juega con los diseños geométricos y las fotografías, con la tipografía, las curvas y las rectas. Este diseñador suizo ha creado un mundo gráfico que dista mucho de aquél dibujo del puerto de Palermo. «No sabría describir mi estilo, de hecho no estoy seguro de tener uno», reflexiona. Su trabajo ha llamado la atención gracias a la portada del último disco de Panda Bear. «No conocía su música muy bien, y ni siquiera he intentado dejar que me inspirara para estos diseños» decía hace poco en una entrevista en la web It’s Nice That.
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Noah Lennox, nombre real tras el que se esconde Panda Bear, le sugirió la paleta de colores con los que trabajar. A partir de esta idea, Papiro desarrolló unas imágenes de volúmenes planos y curvas simples, unos diseños en los que las líneas se entrecruzan hasta sugerir letras escondidas en una orgía cromática. De este trabajo, Papiro rescató hasta los descartes, que han sido usados para la web interactiva del cantante, intercalados con diseños de otros artistas en un mosaico interactivo simplemente brillante. Pero la relación de Papiro con la música va mucho más allá de esta colaboración.

En su web, Marco Papiro se describe como diseñador gráfico, violinista, músico modular, DJ y otras 39 cosas. «Me parece inadecuado definirse a través de una sola actividad, todas las personas tenemos más niveles», defiende. Lo cierto es que en las dos que nos ocupan ha conseguido cierto éxito. Se dedica a ellas a trompicones, basculando entre sus diseños y sus mascotas, que es como llama él a sus instrumentos. «Últimamente he estado más centrado en la ilustración, pero dentro de un poco empiezo con los conciertos, así que la situación volverá a cambiar», vaticina. Su música, como sus diseños, se aleja de lo tradicional y navega por aguas abstractas. Pero ahí acaban las coincidencias.
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«No creo que mis diseños estén influenciados de forma alguna por mi música» defiende Papiro, «no he intentado aunar las dos cosas, pero no me molesta que alguien lo vea así», afirma cuando se le pregunta si sus dos pasiones son convergen sobre el papel. Lo cierto es que algunos de sus diseños rescatan objetos de la imaginería musical, pero esto se debe quizá a que Papiro trabaja mucho la cartelería de conciertos.
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Cuando está cansado de la tableta gráfica y de sus «mascotas», Papiro coge lápiz y papel y vuelve al dibujo clásico, a ese que le inspiró, hace ya más de 30 años, en el puerto de Palermo. Lo hace para enseñar arte, aunque se niega a reconocerse como profesor, «no tengo un título para ello», argumenta. En cualquier caso esta actividad, una de las 39 que lo definen, es para él un estímulo, tan grande como crear. «O quizá el estímulo esté en hacer las dos cosas», matiza, «no creo que me gustara enseñar si no fuera activo en el mundo gráfico». De momento, a pesar del tiempo que le roban sus mascotas, parece que seguirá activo. Marco Papiro recuerda haber pintado siempre. Y no parece que vaya a parar próximamente.
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Marco

Marco Papiro recuerda haber pintado siempre, incluso en aquellos años tempranos de los que el hombre no guarda recuerdo. «Tenía que tener una buena memoria visual», reconoce a Yorokobu. «Mi madre me ha contado que después de un viaje a Palermo he dibujado el puerto de la ciudad con todo lujo de detalles. Creo que tenía cuatro años». Esos detalles se han difuminado en sus dibujos con los años, igual que el realismo, que impregna los trabajos de su infancia como testigo invisible del pintor que Papiro pudo haber sido.
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En sus ilustraciones, Papiro juega con los diseños geométricos y las fotografías, con la tipografía, las curvas y las rectas. Este diseñador suizo ha creado un mundo gráfico que dista mucho de aquél dibujo del puerto de Palermo. «No sabría describir mi estilo, de hecho no estoy seguro de tener uno», reflexiona. Su trabajo ha llamado la atención gracias a la portada del último disco de Panda Bear. «No conocía su música muy bien, y ni siquiera he intentado dejar que me inspirara para estos diseños» decía hace poco en una entrevista en la web It’s Nice That.
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Noah Lennox, nombre real tras el que se esconde Panda Bear, le sugirió la paleta de colores con los que trabajar. A partir de esta idea, Papiro desarrolló unas imágenes de volúmenes planos y curvas simples, unos diseños en los que las líneas se entrecruzan hasta sugerir letras escondidas en una orgía cromática. De este trabajo, Papiro rescató hasta los descartes, que han sido usados para la web interactiva del cantante, intercalados con diseños de otros artistas en un mosaico interactivo simplemente brillante. Pero la relación de Papiro con la música va mucho más allá de esta colaboración.

En su web, Marco Papiro se describe como diseñador gráfico, violinista, músico modular, DJ y otras 39 cosas. «Me parece inadecuado definirse a través de una sola actividad, todas las personas tenemos más niveles», defiende. Lo cierto es que en las dos que nos ocupan ha conseguido cierto éxito. Se dedica a ellas a trompicones, basculando entre sus diseños y sus mascotas, que es como llama él a sus instrumentos. «Últimamente he estado más centrado en la ilustración, pero dentro de un poco empiezo con los conciertos, así que la situación volverá a cambiar», vaticina. Su música, como sus diseños, se aleja de lo tradicional y navega por aguas abstractas. Pero ahí acaban las coincidencias.
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«No creo que mis diseños estén influenciados de forma alguna por mi música» defiende Papiro, «no he intentado aunar las dos cosas, pero no me molesta que alguien lo vea así», afirma cuando se le pregunta si sus dos pasiones son convergen sobre el papel. Lo cierto es que algunos de sus diseños rescatan objetos de la imaginería musical, pero esto se debe quizá a que Papiro trabaja mucho la cartelería de conciertos.
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Cuando está cansado de la tableta gráfica y de sus «mascotas», Papiro coge lápiz y papel y vuelve al dibujo clásico, a ese que le inspiró, hace ya más de 30 años, en el puerto de Palermo. Lo hace para enseñar arte, aunque se niega a reconocerse como profesor, «no tengo un título para ello», argumenta. En cualquier caso esta actividad, una de las 39 que lo definen, es para él un estímulo, tan grande como crear. «O quizá el estímulo esté en hacer las dos cosas», matiza, «no creo que me gustara enseñar si no fuera activo en el mundo gráfico». De momento, a pesar del tiempo que le roban sus mascotas, parece que seguirá activo. Marco Papiro recuerda haber pintado siempre. Y no parece que vaya a parar próximamente.
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