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13 de agosto 2018    /   IDEAS
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María de Maeztu: las cartas donde muestra su obra y su personalidad

13 de agosto 2018    /   IDEAS     por          
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Un día de principios de los años ochenta, mientras Madrid daba carpetazo a la dictadura con arsenales de creatividad, un profesor recorría las obras de restauración de un edificio en la calle Fortuny. Entre los escombros y trastos inservibles estaba un archivo de papeles que llevaba más de medio siglo arrumbado en un rincón del pabellón Arniches, perteneciente a la desaparecida Residencia de Señoritas.

El profesor se debió sentir como el arqueólogo que descubre la tumba de un faraón, estremecido ante el tesoro que acababa de encontrar: en el archivo estaban las cartas, cientos de ellas, que había escrito y recibido María de Maeztu durante los 21 años que fue directora de esta Residencia, el lugar que hizo posible que las mujeres accedieran a la Universidad en España.

La correspondencia de María de Maeztu es el relato, apasionante y minucioso, de la lucha de las mujeres por conseguir la igualdad y la independencia a través de la educación. Es una historia llena de ilusión, de generosidad y de valentía, pero como todas las buenas historias, también está sembrada de conflictos: los que tuvieron que afrontar las primeras mujeres que reivindicaron su derecho a sentarse en las aulas de la Universidad.

Como le ocurrió a la propia De Maeztu, que en una ocasión relató su primer viaje en tren para examinarse en la universidad de Salamanca afirmando que «el hecho de que una mujer viajase sola era considerado casi tan reprobable como el que estudiara una carrera».

María de Maeztu, doctora Honoris Causa. (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)
María de Maeztu, doctora Honoris Causa. (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)

Ella lo tenía claro, no solo iba a continuar con sus estudios, sino que más tarde su empeño se centraría en facilitar un cuarto propio a las chicas dispuestas a recibir una educación superior. Según dijo una de las alumnas de la residencia, que después trabajó como periodista en la revista Estampa, Josefina Carabias, «indudablemente, la Residencia de Señoritas no ha sido la consecuencia, sino la causa de que haya tantas muchachas en la Universidad».

Las cartas de María de Maeztu son como un retrato hiperrealista que dibuja con trazo fino todos los rasgos de su carácter. En sus escritos descubrimos que era decidida, estricta, bondadosa, segura de sí misma, incansable, culta, de salud delicada y con una fortaleza de carácter asombrosa.

Tenía las ideas claras, quería que las chicas de todos los rincones de España tuvieran la oportunidad de ir a la universidad. Y para conseguir su objetivo, no dudó en dirigirse a intelectuales, ministros, padres y madres, jefes de la policía, proveedores, científicos y cualquier otra persona que pudiera aportar algo para que sus alumnas recibieran una educación integral, que abarcaba mucho más que la faceta académica, y para que estuvieran tan cómodas y seguras en la residencia como en sus propias casas.

Lo primero, formarse

La historia de la mejor pedagoga del país, como la definió su amigo Ortega y Gasset, empieza en Bilbao, donde María de Maeztu obtuvo una plaza de maestra. Mientras daba clases en su primera escuela, se dio cuenta de que le quedaba mucho por aprender. Quería viajar a otros países para conocer cómo funcionaba la educación y para formarse junto a los mejores pedagogos. Y lo consiguió a base de becas.

Fue una de las primeras solicitantes de esas ayudas, que le permitieron estudiar en Inglaterra, Bélgica, Alemania, Suiza y Estados Unidos. Tenía claro su objetivo, y si hacía falta pedir el apoyo de las personalidades más influyentes del momento para conseguir una pensión en el extranjero, cogía papel y pluma y escribía una carta tan persuasiva que era difícil que obtuviera un no por respuesta.

Así se dirige a su admirado Benito Pérez Galdós, a quien escribe en 1907 para que interceda por ella ante la Junta de Investigaciones Científicas:

Mi distinguido y cariñoso amigo: (…) dirijo a usted un afectuoso saludo, a la vez que abusando de su bondad, me permito distraer su atención unos minutos para dirigirle una súplica. El Estado español ha votado un crédito considerable para enviar pensionados al extranjero que estudien lo que sea de aplicación más inmediata y necesaria a nuestra patria, y la Junta de Investigaciones Científicas acaba de hacer una convocatoria al profesorado todo.

Yo que tengo grandes entusiasmos por la enseñanza popular, quisiera poner mis energías y mi escaso valer al servicio de tan noble idea, y a este fin he solicitado la pensión.

Ignoro si la pedirán muchos por lo que podrían surgir dificultades al hacer los nombramientos que en breve publicará la Gaceta. ¿Sería usted tan amable que quisiera hablar por mí a alguno de los señores que componen la Junta?

Su ilustre nombre y su elevado prestigio le convierten en una autoridad indiscutible y por eso sólo una palabra suya ha de ser de una influencia decisiva.

Espero de su bondad al dispensarme su inmerecida simpatía que sabrá perdonarme esta molestia que le ocasiono y por la que quedará muy reconocida su affma. Y atenta amiga q.b.s.m.

María de Maeztu

Cariñosos afectos de Ramiro.

Residentes incondicionales: Victoria Kent

En 1909, María de Maeztu se instaló en Madrid para estudiar Pedagogía y Filosofía en la Universidad Central. Vivía en una pensión del centro, donde los ruidos y las voces que se oían por los patios no la dejaban concentrarse.

Allí descubrió su objetivo en la vida: ofrecer un lugar tranquilo y acogedor donde pudieran vivir las chicas de provincias, como ella, que quisieran estudiar en la Universidad de Madrid. Y en 1915 se dieron las condiciones necesarias para que pudiera abrir las puertas de la Residencia de Señoritas.

Solo dos años después, la obra que había emprendido para facilitar la llegada de las mujeres a la universidad había sido acogida con tanto entusiasmo por las residentes que durante las vacaciones de verano le escribían para ponerse a su disposición antes de empezar el curso. Así lo hizo en septiembre de 1917 Victoria Kent, en ese momento estudiante de Derecho y años más tarde diputada:

Écija, 29 de septiembre de 1917

Srta. María de Maeztu

Mi distinguida amiga:

Como el tiempo de vacaciones toca a su fin es necesario disponerse para reanudar los trabajos del curso; por lo tanto, el lunes 1 de octubre llegaré a esa en las horas de la mañana continuando en esa Residencia a la que tanto debo.

Sentimientos de gratitud me obligan a ofrecerme a V. incondicionalmente y por si esto no fuera suficiente, hay una base muy firme de simpatía y admiración hacia su persona y su labor.

Disponga como quiera de su afectísima s. s. (segura servidora)

Victoria Kent

María de Maeztu dando clase en la Residencia de Señoritas. (Archivo del Instituto Internacional – Legado Eulalia Lapresta)
María de Maeztu dando clase en la Residencia de Señoritas. (Archivo del Instituto Internacional – Legado Eulalia Lapresta)

Visitas muy ilustres

María de Maeztu había visitado residencias universitarias para mujeres en el extranjero y de cada experiencia se quedaba con lo mejor. Por eso su Residencia de Señoritas estaba destinada a ser mucho más que un lugar donde alojarse o un tradicional internado. Su objetivo era que las jóvenes que pasaban por esta casa adquirieran una formación integral que iba de la educación física a los buenos modales, del dominio de idiomas a la amplitud de miras.

Para conseguir formar a las chicas atendiendo a todas estas facetas, la directora invitaba a esa casa a las más altas personalidades de la época, como queda reflejado en esta carta en la que invita a un té en honor de la poetisa Gabriela Mistral a dos de sus amigos más distinguidos: Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez.

4 de Diciembre de 1924

Sra. Dª. Zenobia Camprubí de Jiménez

Mi querida amiga: El próximo domingo de cinco a siete de la tarde dará la Residencia de Señoritas en la casa de Fortuny 53 un té en honor de Gabriela Mistral al que está usted invitada. Dígale a Juan Ramón que hemos invitado también a un grupo de escritores amigos y aunque con él no me atrevo directamente por temor a molestarle le pongo a usted de intermediaria por si tuviera gusto en conocer a dicha poetisa.

En todo caso siempre les quedará muy agradecida su buena amiga.

Tu éxito es mi triunfo

Que una alumna consiguiera el éxito académico significaba el mayor triunfo para María de Maeztu, que estaba dedicando su vida y sus energías a dar facilidades a las mujeres de este país para que alcanzaran su independencia y su libertad a través de los estudios superiores. Así de entusiasta escribe a una alumna, Josefa Casaseca, cuando en febrero de 1925 recibe la noticia de que ha ganado una plaza tras licenciarse en Farmacia.

Mi querida amiga: Recibo en este momento su cariñosa carta del 23 y me apresuro a enviarle mi más cordial enhorabuena por su éxito al obtener la plaza de Farmacéutica de la Beneficencia Provincial en la que me temo que se va usted a encontrar tan bien que va a envejecer sin acordarse de obtener puestos mejores.

Ya sabe cuánto la estimamos en esta casa y por eso se ha recibido esta mañana con gran alegría la noticia de que había usted conseguido sus deseos.

Con saludos a su familia especialmente a su padre la abraza con el cariño de siempre su directora y amiga

María de Maeztu

Convenciendo al conferenciante

En 1925, avalada por el éxito que estaba teniendo la residencia entre un gran número de mujeres y de intelectuales, la directora envía una carta a Ramón Pérez de Ayala para invitarle a dar una conferencia. Le anima a dar la charla ante un auditorio «compuesto en su mayor parte de mujeres que trabajan y piensan» y a pesar de que la remuneración no puede ser generosa, no contempla el rechazo del escritor, a quien da las coordenadas exactas de la cita para ir preparando invitaciones.

Las dotes persuasivas de María de Maeztu eran tan infalibles que semana tras semana contaba en su nómina de conferenciantes con los intelectuales más reconocidos: Pío Baroja, Azorín, Eugenio d’Ors, Unamuno, Gómez de la Serna, José Bergamín, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, María Montessori, Clara Campoamor y hasta el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, dirigieron sus palabras ante el auditorio formado por las jóvenes universitarias que vivían en la Residencia de Señoritas.

Sr. D. Ramón Pérez de Ayala

Mi distinguido y querido amigo: Hace tiempo deseaba haber visto a usted para rogarle, en nombre de las ciento setenta alumnas de esta casa, señoritas todas de veinte a veinticinco años, muy inteligentes y admiradoras de usted, que venga a darnos una conferencia tocando cualquiera de sus temas sugestivos que usted sabe tratar. Mi temor de molestarse, porque sé lo muy ocupado que usted está, me ha detenido hasta hoy en que ya me decido a trasmitirle aquella súplica.

La Conferencia podría ser el sábado (que es el día que aquí destinamos a conferencias) 21 del corriente a las seis de la tarde en la Biblioteca de esta casa que es un salón donde caben unas trescientas personas y que reúne condiciones muy adecuadas y muy gratas para el orador. Invitaríamos a nuestro público, que es un público compuesto en su mayor parte de mujeres que trabajan y piensan.  Ello no quiere decir que tendría usted que dirigirse a un público meramente femenino pues claro está que viene también todo el grupo de hombres que es afecto a nuestra obra.

Siento que la remuneración que podemos destinar a estas conferencias sea muy pequeña: cien pesetas, pero las mujeres que trabajamos somos pobres y por otro lado yo que le conozco a usted estoy segura de que esto no podría ser nunca estímulo suficiente que le decidiese aceptar.

Si le conviene la fecha dígame el tema para que hagamos en seguida las invitaciones.

Le saluda muy afectuosamente

María de Maeztu

María de Maeztu en su despacho (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)
María de Maeztu en su despacho (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)

Haga algo, que nos roban

La residencia estaba instalada en varios chalés con jardín de la calle Fortuny y alrededores, cómodos y acogedores, pero también fáciles de asaltar en la penumbra del atardecer, cuando las chicas estaban en sus clases y las sombras de la noche daban cobijo a los maleantes que se colgaban de los balcones y salían cargados con objetos de valor y hasta con colchones.

Para poner fin a este atropello, María de Maeztu había recurrido a las más altas instancias, desde el Ministro de Gobernación al director general de Seguridad. Pero como hasta ese momento nadie había puesto solución al problema, en febrero de 1923 escribe al subdirector de Policía con una petición que no deja lugar a negativas.

Ilustrísimo Señor Don Rafael Muñoz, subdirector de Policía

Muy señor mío y de mi mayor respeto: Conocidas sus altas dotes y el gran interés que tiene usted porque el servicio de policía que de usted depende rinda la máxima eficacia, me permito dirigirle una súplica con la esperanza de que no quedará, como tantas otras veces ha quedado, desatendida.

En la calle de Fortuny nº 30 esquina a la de Rafael Calvo, casas nº 1 y 3, está instalada la Residencia de Señoritas que yo dirijo. Conviven en esta importante Institución ciento cincuenta muchachas de veinte años que vienen de provincias a Madrid para realizar estudios de cultura superior; estas muchachas al regresar de sus clases de siete a ocho y media de la noche se ha visto muchas veces asustadas y amenazadas por gente maleante que amparándose en la oscuridad de estas calles desiertas pueden cometer impunemente toda clase de atropellos.

No es esto solo: estamos acosados por una cuadrilla de ladronzuelos que subiéndose por las ventanas y encaramándose por los balcones han logrado este invierno penetrar varias veces en los dormitorios de las señoritas, siempre en las horas del anochecer y cuando no hay nadie en los dormitorios, para llevarse de ellos los colchones, ropas, pequeñas alhajas, dinero, en fin todo lo que las señoritas poseen.

Como este es un centro oficial que depende del Ministerio de Instrucción Pública me he dirigido varias veces al Ministro de Gobernación o al Director General de Seguridad y todo lo más que he conseguido es que envíen una pareja de policía que guarda la casa dos o tres días; terminados los cuales las calles quedan desamparadas y los ladrones vuelven a sus habituales ocupaciones.

Ahora haciendo un gran sacrificio por nuestra parte, hemos puesto una instalación de focos eléctricos en las fachadas de las casas 1 y 3 de Rafael Calvo. Ello representa un gasto de instalación y de consumo que tiene que salir de los fondos mismos de las señoritas de posición modesta que haciendo grandes sacrificios vienen a estudiar a Madrid.

Y lo peor es que dicha instalación, como otras tres o cuatro que ya llevo puestas, durará aproximadamente una semana, pues la misma banda de golfos ronda ya por aquí viendo cómo podrá quitarla.

En última instancia, Sr. Muñoz, me dirijo a usted; me han dicho que lo que no he logrado conseguir por medio de valiosas influencias lo atenderá su espíritu recto animado de la más alta noción de probidad y justicia. Amparándome en estas sus cualidades le suplico envíe pareja de policía permanente que cuide de estas casas abandonadas de siete a nueve o nueve y media de la noche.

Agradeciéndole de antemano el servicio que ha de prestarme…

Tu ingratitud me resbala

Esta carta es una joya. Porque es una rareza entre los cientos de cartas que rebosan agradecimiento, entusiasmo y buenos deseos. Porque es un relato minucioso de la trayectoria de una residente. Y porque vemos cómo María saca su carácter para poner en su sitio a una de las alumnas que más la defraudaron en los años de la residencia. La personalidad de la directora con todos sus matices queda reflejada en esta misiva.

Carta a Juana Moreno del 20 de febrero de 1925

Mi querida discípula y amiga: No quiero dejar pasar mas tiempo sin decirle por escrito que no me ha molestado nada su actitud violenta de esta mañana y las censuras tan injustificadas y tan sin sentido que me ha dirigido usted solo por el capricho de molestarme.

Pero como desde hace algunos años estas censuras, fuera de tiempo y de tono se van repitiendo aunque en nada me hieren, pues usted no puede herirme, creo que es mi deber puntualizar las cosas y enseñarle a leer en la realidad de la vida lo mismo que en otros días y con el mismo cariñoso interés que le enseñé algunos de los conocimientos que usted posee cuando era usted mi discípula en esta casa.

A mí me gustan los discípulos rebeldes, cuando su rebeldía se refiere a puntos concretos de la ciencia que el maestro ha enseñado; pero usted no se ha acercado a mí en tal actitud mas que para pedirme aumento de sueldo o para reprocharme lo poco que he hecho por usted en la vida estorbándole –según usted dice– los brillantes caminos que usted hubiera seguido de no haber tenido la desgracia de encontrarse conmigo.

Nada mas lejos de mi propósito y de mi corazón que recordar a las que fueron mis alumnas que, muy especialmente en los primeros años de la Residencia, puse en ellas cuanto supe y cuanto pude y libré batallas para que su vida en esta casa les fuera mas grata y les sirviera de aprendizaje fecundo en la vida.

Pero con usted, por lo mismo que era huérfana y que no tenía quien ejerciese cerca de usted una vigilante tutoría, hice más: se presentó usted a mí sin que yo la conociera para nada; nada le pregunté de su vida ni de sus antecedentes; me bastó verla para sentir la natural simpatía que toda muchacha joven estudiosa me inspira cuando anhela abrirse camino en la vida.

Le concedí una beca en la Residencia para que hiciera usted su preparación de ingreso en la Escuela Superior y no logró usted conseguirlo. Al no realizar sus propósitos le coloqué en la Residencia junto a mí para que cubriera usted los gastos de su vida.

Al fundarse el Instituto Escuela, y sin que usted pudiera alegar años de experiencia en la enseñanza, le coloqué en dicho instituto donde ha alcanzado usted el sueldo máximo. Le proporcioné una beca para que fuese usted a estudiar a América y a aprender el inglés. Nada más.

Tiene usted razón; he sido injusta. Porque injusticia grande es haber hecho todo esto con una persona que desde hace cuatro años no se acerca a mí mas que para quejarse en actitud violenta.

Creo por consiguiente que ha llegado el momento de que usted afronte la vida sin mi ayuda, ya que esta pobre ayuda mía no es para usted mas que un estorbo y entorpecimiento.

Me parece muy bien que solicite usted una beca para el extranjero; yo hablaré con el Sr. Castillejo para que se la conceda.

Pero por si a pesar de mis buenos deseos no se la concediera, escriba usted a América, donde tiene usted muchas relaciones, para que le busquen una colocación o intente usted por todos los medios buscar algo en otro sitio pues yo por mi parte entiendo que no le conviene a usted continuar trabajando en el Instituto Escuela, donde las condiciones que habrían de imponerse en lo sucesivo, según me ha manifestado usted esta mañana, habrían de parecerle muy onerosas.

No vea usted en estas palabras mías el menor asomo de amargura; todo lo contrario, si usted necesita que yo le ayude a buscar algo o si quiere que la recomiende, lo haré con mucho gusto y daré de usted los mas excelentes informes.

Pero durante unos cuantos años usted necesita trabajar en algún sitio donde la persona que le dirija no sea algo tan familiar y tan íntimo como soy yo para usted porque basada en la creencia de que conmigo puede usted hacer cuanto quiere, no logra situarse en aquel plano de objetividad en que es preciso colocar los hechos y las cosas para contemplarlos con ojos limpios y serenos.

Como le advierto a usted esta determinación con anticipación suficiente, espero que esta vez por lo menos no podrá usted decirme que se lo comunico a destiempo cuando ya no puede buscar otra cosa.

En todo caso me parece que desde que salió usted de la Residencia ha tenido usted tiempo para terminar su carrera universitaria y encontrarse en condiciones de hacer oposiciones a una cátedra de Instituto. En ese caso no habría ninguna de las dificultades que ahora se le plantean; y no creo que puede usted decir que yo tengo la culpa también de que usted no haya destinado sus muchos ratos de ocio al estudio.

La saluda con el afecto de siempre su buena amiga

cronica22_12_1929

Las movidas vacaciones de la directora

La actividad de María de Maeztu era más agitada que el aleteo de un colibrí. No solo durante el curso, cuando se ocupaba de un número cada vez mayor de alumnas, sino también durante el periodo de las vacaciones escolares. Antes de que los españoles conocieran el significado de la palabra aeropuerto, la directora cruzaba fronteras como quien cruza las calles de un barrio. Así lo detalla en una carta que escribe a un familiar cuando estaba a punto de terminar el curso de 1924:

La semana que viene pienso marcharme unos días fuera y volveré a fin de junio para estar aquí hasta mediados de julio puesto tengo que dar unas conferencias en el curso de extranjeros. De aquí me marcharé probablemente a París porque tengo que recibir a Mrs. Vernon que viene de América y luego tal vez vaya a Suecia y Noruega. En el mes de agosto iré a Cauterets a tomar las aguas y de allí os haré una visita en Hendaya para lo cual me enviáis vuestra dirección aquí a la Residencia. La mía es siempre la de esta casa a donde me podéis escribir pues desde aquí siempre me envían las cartas a todas partes.

En 1936, pocos meses después de que se declarara la guerra, conmocionada por el asesinato de su adorado hermano Ramiro, María tuvo que despedirse de su obra y de la dirección de la Residencia de Señoritas. Aunque continuó cosechando éxitos profesionales en el exilio, la pena y la frustración de ver que sus ideales se habían hecho pedazos le causaban cansancio, rabia y desaliento.

Su última carta, en la que expresó sus reflexiones con la claridad y contundencia de siempre, fue el testamento que envió al cónsul general de España en la República Argentina, lugar donde murió en 1948. He aquí su despedida:

«Pido a mis alumnas de la Residencia de Señoritas y a mis discípulos del Instituto-Escuela una oración por mi alma, ya que a todos ellos entregué lo mejor de mi vida. No considero como enemigos de España y enemigos míos más que a los que impidieron y estorbaron el que yo volviera a ocupar mi puesto en España. A todos les perdono y pido a Dios les perdone el mal que a España hacen fomentando la incultura y el mal irreparable que a mí me hicieron impidiendo la prosecución de mi obra educativa».

Un día de principios de los años ochenta, mientras Madrid daba carpetazo a la dictadura con arsenales de creatividad, un profesor recorría las obras de restauración de un edificio en la calle Fortuny. Entre los escombros y trastos inservibles estaba un archivo de papeles que llevaba más de medio siglo arrumbado en un rincón del pabellón Arniches, perteneciente a la desaparecida Residencia de Señoritas.

El profesor se debió sentir como el arqueólogo que descubre la tumba de un faraón, estremecido ante el tesoro que acababa de encontrar: en el archivo estaban las cartas, cientos de ellas, que había escrito y recibido María de Maeztu durante los 21 años que fue directora de esta Residencia, el lugar que hizo posible que las mujeres accedieran a la Universidad en España.

La correspondencia de María de Maeztu es el relato, apasionante y minucioso, de la lucha de las mujeres por conseguir la igualdad y la independencia a través de la educación. Es una historia llena de ilusión, de generosidad y de valentía, pero como todas las buenas historias, también está sembrada de conflictos: los que tuvieron que afrontar las primeras mujeres que reivindicaron su derecho a sentarse en las aulas de la Universidad.

Como le ocurrió a la propia De Maeztu, que en una ocasión relató su primer viaje en tren para examinarse en la universidad de Salamanca afirmando que «el hecho de que una mujer viajase sola era considerado casi tan reprobable como el que estudiara una carrera».

María de Maeztu, doctora Honoris Causa. (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)
María de Maeztu, doctora Honoris Causa. (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)

Ella lo tenía claro, no solo iba a continuar con sus estudios, sino que más tarde su empeño se centraría en facilitar un cuarto propio a las chicas dispuestas a recibir una educación superior. Según dijo una de las alumnas de la residencia, que después trabajó como periodista en la revista Estampa, Josefina Carabias, «indudablemente, la Residencia de Señoritas no ha sido la consecuencia, sino la causa de que haya tantas muchachas en la Universidad».

Las cartas de María de Maeztu son como un retrato hiperrealista que dibuja con trazo fino todos los rasgos de su carácter. En sus escritos descubrimos que era decidida, estricta, bondadosa, segura de sí misma, incansable, culta, de salud delicada y con una fortaleza de carácter asombrosa.

Tenía las ideas claras, quería que las chicas de todos los rincones de España tuvieran la oportunidad de ir a la universidad. Y para conseguir su objetivo, no dudó en dirigirse a intelectuales, ministros, padres y madres, jefes de la policía, proveedores, científicos y cualquier otra persona que pudiera aportar algo para que sus alumnas recibieran una educación integral, que abarcaba mucho más que la faceta académica, y para que estuvieran tan cómodas y seguras en la residencia como en sus propias casas.

Lo primero, formarse

La historia de la mejor pedagoga del país, como la definió su amigo Ortega y Gasset, empieza en Bilbao, donde María de Maeztu obtuvo una plaza de maestra. Mientras daba clases en su primera escuela, se dio cuenta de que le quedaba mucho por aprender. Quería viajar a otros países para conocer cómo funcionaba la educación y para formarse junto a los mejores pedagogos. Y lo consiguió a base de becas.

Fue una de las primeras solicitantes de esas ayudas, que le permitieron estudiar en Inglaterra, Bélgica, Alemania, Suiza y Estados Unidos. Tenía claro su objetivo, y si hacía falta pedir el apoyo de las personalidades más influyentes del momento para conseguir una pensión en el extranjero, cogía papel y pluma y escribía una carta tan persuasiva que era difícil que obtuviera un no por respuesta.

Así se dirige a su admirado Benito Pérez Galdós, a quien escribe en 1907 para que interceda por ella ante la Junta de Investigaciones Científicas:

Mi distinguido y cariñoso amigo: (…) dirijo a usted un afectuoso saludo, a la vez que abusando de su bondad, me permito distraer su atención unos minutos para dirigirle una súplica. El Estado español ha votado un crédito considerable para enviar pensionados al extranjero que estudien lo que sea de aplicación más inmediata y necesaria a nuestra patria, y la Junta de Investigaciones Científicas acaba de hacer una convocatoria al profesorado todo.

Yo que tengo grandes entusiasmos por la enseñanza popular, quisiera poner mis energías y mi escaso valer al servicio de tan noble idea, y a este fin he solicitado la pensión.

Ignoro si la pedirán muchos por lo que podrían surgir dificultades al hacer los nombramientos que en breve publicará la Gaceta. ¿Sería usted tan amable que quisiera hablar por mí a alguno de los señores que componen la Junta?

Su ilustre nombre y su elevado prestigio le convierten en una autoridad indiscutible y por eso sólo una palabra suya ha de ser de una influencia decisiva.

Espero de su bondad al dispensarme su inmerecida simpatía que sabrá perdonarme esta molestia que le ocasiono y por la que quedará muy reconocida su affma. Y atenta amiga q.b.s.m.

María de Maeztu

Cariñosos afectos de Ramiro.

Residentes incondicionales: Victoria Kent

En 1909, María de Maeztu se instaló en Madrid para estudiar Pedagogía y Filosofía en la Universidad Central. Vivía en una pensión del centro, donde los ruidos y las voces que se oían por los patios no la dejaban concentrarse.

Allí descubrió su objetivo en la vida: ofrecer un lugar tranquilo y acogedor donde pudieran vivir las chicas de provincias, como ella, que quisieran estudiar en la Universidad de Madrid. Y en 1915 se dieron las condiciones necesarias para que pudiera abrir las puertas de la Residencia de Señoritas.

Solo dos años después, la obra que había emprendido para facilitar la llegada de las mujeres a la universidad había sido acogida con tanto entusiasmo por las residentes que durante las vacaciones de verano le escribían para ponerse a su disposición antes de empezar el curso. Así lo hizo en septiembre de 1917 Victoria Kent, en ese momento estudiante de Derecho y años más tarde diputada:

Écija, 29 de septiembre de 1917

Srta. María de Maeztu

Mi distinguida amiga:

Como el tiempo de vacaciones toca a su fin es necesario disponerse para reanudar los trabajos del curso; por lo tanto, el lunes 1 de octubre llegaré a esa en las horas de la mañana continuando en esa Residencia a la que tanto debo.

Sentimientos de gratitud me obligan a ofrecerme a V. incondicionalmente y por si esto no fuera suficiente, hay una base muy firme de simpatía y admiración hacia su persona y su labor.

Disponga como quiera de su afectísima s. s. (segura servidora)

Victoria Kent

María de Maeztu dando clase en la Residencia de Señoritas. (Archivo del Instituto Internacional – Legado Eulalia Lapresta)
María de Maeztu dando clase en la Residencia de Señoritas. (Archivo del Instituto Internacional – Legado Eulalia Lapresta)

Visitas muy ilustres

María de Maeztu había visitado residencias universitarias para mujeres en el extranjero y de cada experiencia se quedaba con lo mejor. Por eso su Residencia de Señoritas estaba destinada a ser mucho más que un lugar donde alojarse o un tradicional internado. Su objetivo era que las jóvenes que pasaban por esta casa adquirieran una formación integral que iba de la educación física a los buenos modales, del dominio de idiomas a la amplitud de miras.

Para conseguir formar a las chicas atendiendo a todas estas facetas, la directora invitaba a esa casa a las más altas personalidades de la época, como queda reflejado en esta carta en la que invita a un té en honor de la poetisa Gabriela Mistral a dos de sus amigos más distinguidos: Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez.

4 de Diciembre de 1924

Sra. Dª. Zenobia Camprubí de Jiménez

Mi querida amiga: El próximo domingo de cinco a siete de la tarde dará la Residencia de Señoritas en la casa de Fortuny 53 un té en honor de Gabriela Mistral al que está usted invitada. Dígale a Juan Ramón que hemos invitado también a un grupo de escritores amigos y aunque con él no me atrevo directamente por temor a molestarle le pongo a usted de intermediaria por si tuviera gusto en conocer a dicha poetisa.

En todo caso siempre les quedará muy agradecida su buena amiga.

Tu éxito es mi triunfo

Que una alumna consiguiera el éxito académico significaba el mayor triunfo para María de Maeztu, que estaba dedicando su vida y sus energías a dar facilidades a las mujeres de este país para que alcanzaran su independencia y su libertad a través de los estudios superiores. Así de entusiasta escribe a una alumna, Josefa Casaseca, cuando en febrero de 1925 recibe la noticia de que ha ganado una plaza tras licenciarse en Farmacia.

Mi querida amiga: Recibo en este momento su cariñosa carta del 23 y me apresuro a enviarle mi más cordial enhorabuena por su éxito al obtener la plaza de Farmacéutica de la Beneficencia Provincial en la que me temo que se va usted a encontrar tan bien que va a envejecer sin acordarse de obtener puestos mejores.

Ya sabe cuánto la estimamos en esta casa y por eso se ha recibido esta mañana con gran alegría la noticia de que había usted conseguido sus deseos.

Con saludos a su familia especialmente a su padre la abraza con el cariño de siempre su directora y amiga

María de Maeztu

Convenciendo al conferenciante

En 1925, avalada por el éxito que estaba teniendo la residencia entre un gran número de mujeres y de intelectuales, la directora envía una carta a Ramón Pérez de Ayala para invitarle a dar una conferencia. Le anima a dar la charla ante un auditorio «compuesto en su mayor parte de mujeres que trabajan y piensan» y a pesar de que la remuneración no puede ser generosa, no contempla el rechazo del escritor, a quien da las coordenadas exactas de la cita para ir preparando invitaciones.

Las dotes persuasivas de María de Maeztu eran tan infalibles que semana tras semana contaba en su nómina de conferenciantes con los intelectuales más reconocidos: Pío Baroja, Azorín, Eugenio d’Ors, Unamuno, Gómez de la Serna, José Bergamín, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, María Montessori, Clara Campoamor y hasta el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, dirigieron sus palabras ante el auditorio formado por las jóvenes universitarias que vivían en la Residencia de Señoritas.

Sr. D. Ramón Pérez de Ayala

Mi distinguido y querido amigo: Hace tiempo deseaba haber visto a usted para rogarle, en nombre de las ciento setenta alumnas de esta casa, señoritas todas de veinte a veinticinco años, muy inteligentes y admiradoras de usted, que venga a darnos una conferencia tocando cualquiera de sus temas sugestivos que usted sabe tratar. Mi temor de molestarse, porque sé lo muy ocupado que usted está, me ha detenido hasta hoy en que ya me decido a trasmitirle aquella súplica.

La Conferencia podría ser el sábado (que es el día que aquí destinamos a conferencias) 21 del corriente a las seis de la tarde en la Biblioteca de esta casa que es un salón donde caben unas trescientas personas y que reúne condiciones muy adecuadas y muy gratas para el orador. Invitaríamos a nuestro público, que es un público compuesto en su mayor parte de mujeres que trabajan y piensan.  Ello no quiere decir que tendría usted que dirigirse a un público meramente femenino pues claro está que viene también todo el grupo de hombres que es afecto a nuestra obra.

Siento que la remuneración que podemos destinar a estas conferencias sea muy pequeña: cien pesetas, pero las mujeres que trabajamos somos pobres y por otro lado yo que le conozco a usted estoy segura de que esto no podría ser nunca estímulo suficiente que le decidiese aceptar.

Si le conviene la fecha dígame el tema para que hagamos en seguida las invitaciones.

Le saluda muy afectuosamente

María de Maeztu

María de Maeztu en su despacho (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)
María de Maeztu en su despacho (Archivo de José Ortega y Gasset. Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón)

Haga algo, que nos roban

La residencia estaba instalada en varios chalés con jardín de la calle Fortuny y alrededores, cómodos y acogedores, pero también fáciles de asaltar en la penumbra del atardecer, cuando las chicas estaban en sus clases y las sombras de la noche daban cobijo a los maleantes que se colgaban de los balcones y salían cargados con objetos de valor y hasta con colchones.

Para poner fin a este atropello, María de Maeztu había recurrido a las más altas instancias, desde el Ministro de Gobernación al director general de Seguridad. Pero como hasta ese momento nadie había puesto solución al problema, en febrero de 1923 escribe al subdirector de Policía con una petición que no deja lugar a negativas.

Ilustrísimo Señor Don Rafael Muñoz, subdirector de Policía

Muy señor mío y de mi mayor respeto: Conocidas sus altas dotes y el gran interés que tiene usted porque el servicio de policía que de usted depende rinda la máxima eficacia, me permito dirigirle una súplica con la esperanza de que no quedará, como tantas otras veces ha quedado, desatendida.

En la calle de Fortuny nº 30 esquina a la de Rafael Calvo, casas nº 1 y 3, está instalada la Residencia de Señoritas que yo dirijo. Conviven en esta importante Institución ciento cincuenta muchachas de veinte años que vienen de provincias a Madrid para realizar estudios de cultura superior; estas muchachas al regresar de sus clases de siete a ocho y media de la noche se ha visto muchas veces asustadas y amenazadas por gente maleante que amparándose en la oscuridad de estas calles desiertas pueden cometer impunemente toda clase de atropellos.

No es esto solo: estamos acosados por una cuadrilla de ladronzuelos que subiéndose por las ventanas y encaramándose por los balcones han logrado este invierno penetrar varias veces en los dormitorios de las señoritas, siempre en las horas del anochecer y cuando no hay nadie en los dormitorios, para llevarse de ellos los colchones, ropas, pequeñas alhajas, dinero, en fin todo lo que las señoritas poseen.

Como este es un centro oficial que depende del Ministerio de Instrucción Pública me he dirigido varias veces al Ministro de Gobernación o al Director General de Seguridad y todo lo más que he conseguido es que envíen una pareja de policía que guarda la casa dos o tres días; terminados los cuales las calles quedan desamparadas y los ladrones vuelven a sus habituales ocupaciones.

Ahora haciendo un gran sacrificio por nuestra parte, hemos puesto una instalación de focos eléctricos en las fachadas de las casas 1 y 3 de Rafael Calvo. Ello representa un gasto de instalación y de consumo que tiene que salir de los fondos mismos de las señoritas de posición modesta que haciendo grandes sacrificios vienen a estudiar a Madrid.

Y lo peor es que dicha instalación, como otras tres o cuatro que ya llevo puestas, durará aproximadamente una semana, pues la misma banda de golfos ronda ya por aquí viendo cómo podrá quitarla.

En última instancia, Sr. Muñoz, me dirijo a usted; me han dicho que lo que no he logrado conseguir por medio de valiosas influencias lo atenderá su espíritu recto animado de la más alta noción de probidad y justicia. Amparándome en estas sus cualidades le suplico envíe pareja de policía permanente que cuide de estas casas abandonadas de siete a nueve o nueve y media de la noche.

Agradeciéndole de antemano el servicio que ha de prestarme…

Tu ingratitud me resbala

Esta carta es una joya. Porque es una rareza entre los cientos de cartas que rebosan agradecimiento, entusiasmo y buenos deseos. Porque es un relato minucioso de la trayectoria de una residente. Y porque vemos cómo María saca su carácter para poner en su sitio a una de las alumnas que más la defraudaron en los años de la residencia. La personalidad de la directora con todos sus matices queda reflejada en esta misiva.

Carta a Juana Moreno del 20 de febrero de 1925

Mi querida discípula y amiga: No quiero dejar pasar mas tiempo sin decirle por escrito que no me ha molestado nada su actitud violenta de esta mañana y las censuras tan injustificadas y tan sin sentido que me ha dirigido usted solo por el capricho de molestarme.

Pero como desde hace algunos años estas censuras, fuera de tiempo y de tono se van repitiendo aunque en nada me hieren, pues usted no puede herirme, creo que es mi deber puntualizar las cosas y enseñarle a leer en la realidad de la vida lo mismo que en otros días y con el mismo cariñoso interés que le enseñé algunos de los conocimientos que usted posee cuando era usted mi discípula en esta casa.

A mí me gustan los discípulos rebeldes, cuando su rebeldía se refiere a puntos concretos de la ciencia que el maestro ha enseñado; pero usted no se ha acercado a mí en tal actitud mas que para pedirme aumento de sueldo o para reprocharme lo poco que he hecho por usted en la vida estorbándole –según usted dice– los brillantes caminos que usted hubiera seguido de no haber tenido la desgracia de encontrarse conmigo.

Nada mas lejos de mi propósito y de mi corazón que recordar a las que fueron mis alumnas que, muy especialmente en los primeros años de la Residencia, puse en ellas cuanto supe y cuanto pude y libré batallas para que su vida en esta casa les fuera mas grata y les sirviera de aprendizaje fecundo en la vida.

Pero con usted, por lo mismo que era huérfana y que no tenía quien ejerciese cerca de usted una vigilante tutoría, hice más: se presentó usted a mí sin que yo la conociera para nada; nada le pregunté de su vida ni de sus antecedentes; me bastó verla para sentir la natural simpatía que toda muchacha joven estudiosa me inspira cuando anhela abrirse camino en la vida.

Le concedí una beca en la Residencia para que hiciera usted su preparación de ingreso en la Escuela Superior y no logró usted conseguirlo. Al no realizar sus propósitos le coloqué en la Residencia junto a mí para que cubriera usted los gastos de su vida.

Al fundarse el Instituto Escuela, y sin que usted pudiera alegar años de experiencia en la enseñanza, le coloqué en dicho instituto donde ha alcanzado usted el sueldo máximo. Le proporcioné una beca para que fuese usted a estudiar a América y a aprender el inglés. Nada más.

Tiene usted razón; he sido injusta. Porque injusticia grande es haber hecho todo esto con una persona que desde hace cuatro años no se acerca a mí mas que para quejarse en actitud violenta.

Creo por consiguiente que ha llegado el momento de que usted afronte la vida sin mi ayuda, ya que esta pobre ayuda mía no es para usted mas que un estorbo y entorpecimiento.

Me parece muy bien que solicite usted una beca para el extranjero; yo hablaré con el Sr. Castillejo para que se la conceda.

Pero por si a pesar de mis buenos deseos no se la concediera, escriba usted a América, donde tiene usted muchas relaciones, para que le busquen una colocación o intente usted por todos los medios buscar algo en otro sitio pues yo por mi parte entiendo que no le conviene a usted continuar trabajando en el Instituto Escuela, donde las condiciones que habrían de imponerse en lo sucesivo, según me ha manifestado usted esta mañana, habrían de parecerle muy onerosas.

No vea usted en estas palabras mías el menor asomo de amargura; todo lo contrario, si usted necesita que yo le ayude a buscar algo o si quiere que la recomiende, lo haré con mucho gusto y daré de usted los mas excelentes informes.

Pero durante unos cuantos años usted necesita trabajar en algún sitio donde la persona que le dirija no sea algo tan familiar y tan íntimo como soy yo para usted porque basada en la creencia de que conmigo puede usted hacer cuanto quiere, no logra situarse en aquel plano de objetividad en que es preciso colocar los hechos y las cosas para contemplarlos con ojos limpios y serenos.

Como le advierto a usted esta determinación con anticipación suficiente, espero que esta vez por lo menos no podrá usted decirme que se lo comunico a destiempo cuando ya no puede buscar otra cosa.

En todo caso me parece que desde que salió usted de la Residencia ha tenido usted tiempo para terminar su carrera universitaria y encontrarse en condiciones de hacer oposiciones a una cátedra de Instituto. En ese caso no habría ninguna de las dificultades que ahora se le plantean; y no creo que puede usted decir que yo tengo la culpa también de que usted no haya destinado sus muchos ratos de ocio al estudio.

La saluda con el afecto de siempre su buena amiga

cronica22_12_1929

Las movidas vacaciones de la directora

La actividad de María de Maeztu era más agitada que el aleteo de un colibrí. No solo durante el curso, cuando se ocupaba de un número cada vez mayor de alumnas, sino también durante el periodo de las vacaciones escolares. Antes de que los españoles conocieran el significado de la palabra aeropuerto, la directora cruzaba fronteras como quien cruza las calles de un barrio. Así lo detalla en una carta que escribe a un familiar cuando estaba a punto de terminar el curso de 1924:

La semana que viene pienso marcharme unos días fuera y volveré a fin de junio para estar aquí hasta mediados de julio puesto tengo que dar unas conferencias en el curso de extranjeros. De aquí me marcharé probablemente a París porque tengo que recibir a Mrs. Vernon que viene de América y luego tal vez vaya a Suecia y Noruega. En el mes de agosto iré a Cauterets a tomar las aguas y de allí os haré una visita en Hendaya para lo cual me enviáis vuestra dirección aquí a la Residencia. La mía es siempre la de esta casa a donde me podéis escribir pues desde aquí siempre me envían las cartas a todas partes.

En 1936, pocos meses después de que se declarara la guerra, conmocionada por el asesinato de su adorado hermano Ramiro, María tuvo que despedirse de su obra y de la dirección de la Residencia de Señoritas. Aunque continuó cosechando éxitos profesionales en el exilio, la pena y la frustración de ver que sus ideales se habían hecho pedazos le causaban cansancio, rabia y desaliento.

Su última carta, en la que expresó sus reflexiones con la claridad y contundencia de siempre, fue el testamento que envió al cónsul general de España en la República Argentina, lugar donde murió en 1948. He aquí su despedida:

«Pido a mis alumnas de la Residencia de Señoritas y a mis discípulos del Instituto-Escuela una oración por mi alma, ya que a todos ellos entregué lo mejor de mi vida. No considero como enemigos de España y enemigos míos más que a los que impidieron y estorbaron el que yo volviera a ocupar mi puesto en España. A todos les perdono y pido a Dios les perdone el mal que a España hacen fomentando la incultura y el mal irreparable que a mí me hicieron impidiendo la prosecución de mi obra educativa».

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