15 de marzo 2022    /   CIENCIA
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María Esclapez (psicóloga): «De salud mental andamos todos regulinchi»

15 de marzo 2022    /   CIENCIA     por        Fotos   Fotos: Silvia Portero
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Psicóloga sanitaria, sexóloga clínica y terapeuta de parejas. Con ese curriculum, María Esclapez ha vivido con intensidad los dos años de pandemia.

A pesar de este ritmo frenético de trabajo, y con el conocimiento adquirido, ha publicado Me quiero, te quiero, un libro para invitar a los lectores a construir relaciones sanas y mejorar las que ya tienen. Lo hace con conocimiento de causa, muchos ejercicios prácticos y ejemplos de comportamientos tóxicos.

¿Cómo estás viviendo estos tiempos de pandemia?

Ahora quizá un poco mejor que cuando empezó todo. Las primeras semanas estábamos todos asustados porque no sabíamos qué pasaba. Era todo catastrófico, estábamos a la espera de lo que había por venir y lo que vino no fue bueno, sobre todo en el tema de la salud mental. De repente, empezó una avalancha de pacientes con miedos y ansiedades. Fue duro.

¿Cómo andamos de salud mental? 

Cuando empezó la pandemia las demandas eran muy claras. Rupturas, soledad, problemas, el confinamiento… «Le he cogido miedo a salir a la calle», decían muchos. Eran demandas muy concretas y con estrecha relación con la enfermedad. Ahora sigue habiendo miedos irracionales, en general, derivados de la pandemia, pero veo también mucha más frustración por la crisis económica y social.

Gente que lleva arrastrando síntomas desde el inicio de la pandemia que habían quedado en un segundo plano —depresiones, trastornos de la personalidad— y afloran ahora. Yo dividiría ese tipo de demandas: las concretas al principio de la pandemia y ahora otras que igual se derivan de ella, pero son indirectas.

De salud mental andamos todos regulinchi. ¡Todos! Esto nos afecta mucho. Esto ha sido algo por lo que nunca antes habíamos pasado. Fue una época complicada donde afloraron muchas cosas.

Lo llaman pandemia invisible…

Igual no es visible para quien no trabaja en salud mental. ¡El dolor es tremendo! ¡Visible sí que es! Los psicólogos no damos abasto. De invisible tiene bien poco: otra cosa es que no lo quieran ver.

La gente se ha dado cuenta de que no hay salud sin salud mental. Pero esto es lo de siempre: cuando uno tiene depresión, como no se ve fácil, como no se ha roto una pierna o algo así, te crees que está bien. Como no lo veo, no lo creo. Y está ahí y hay que creérselo. El sufrimiento es real, va por dentro. Siempre ha pasado esto con la salud mental.

¿A quién va dirigido tu libro?

Va dirigido a todos los públicos, pero especialmente a esas personas que quieren mejorar una relación de pareja o bien se encuentran en una situación que saben que no es un lugar agradable para estar, pero son incapaces de romper el vínculo. ¿Quiere decir esto que este libro va de relaciones de pareja? Sí, pero también va de los vínculos con amigo, familia… Se puede hacer una lectura de pareja, pero también de relaciones interpersonales, en general. Te vas a ver identificado. Todos lo podemos leer.

Al final, vivimos en una sociedad en la que el amor romántico ha primado como modelo de las relaciones de pareja por encima de todos los demás modelos, y esto ha condicionado nuestra forma de actuar, sentir y vivir respecto a las relaciones.

Es importantísimo leerlo para deconstruir todas esas ideas, creencias y pensamientos que, al fin y al cabo, nos condicionan y nos hacen creer que el amor es sufrido, que ha de ser sacrificio y que hay que intentarlo 27 veces hasta que salga bien porque la esperanza es lo último que se pierde.

Son cosas que hemos normalizado y no son normales, que tienen que ver con muchos otros mitos que no son sanos o funcionales. Es un libro que lo puede leer todo el mundo e independientemente de su situación actual. Le va a ayudar a cuestionarse, a reflexionar y verse identificado.

«Vivimos en una sociedad en la que el amor romántico ha primado como modelo de las relaciones de pareja por encima de todos los demás modelos, y esto ha condicionado nuestra forma de actuar, sentir y vivir respecto a las relaciones»

¿Hay muchas relaciones tóxicas en la vida?

Sí, sí. Hay muchas relaciones tóxicas de familia, amigos, pareja… Y no nos damos cuenta porque las hemos normalizado. Hay emociones, sentimientos, una responsabilidad afectiva con la que tenemos que convivir para relacionarnos los unos con los otros.

A veces, sabemos que algo no va bien, pero normalizamos ese sufrimiento en ese tipo de vínculos. Y no es normal. Hay límites. No tienes que estar en una relación si no quieres. Tienes que pensar en ti.

No se trata tampoco de quedarse solos en el mundo, sino de aprender a tener relaciones sanas con los demás y nosotros mismos para que podamos ser un poco más felices, que es de lo que se trata.

¿Hay que quererse bien uno mismo para querer bien a los demás?

Vivimos en una sociedad en la que hemos aprendido a ser exigentes con nosotros mismos, a darlo todo por los demás, a que nuestra valía personal dependa de las cosas que conseguimos: cuánto nos premien los demás, cuánto ganemos en el trabajo…

Una sociedad exigente genera personas exigentes. Cuanto más exigentes somos con nosotros mismos y los demás, menos nos vamos a querer porque más nos vamos a machacar.

Hay que desaprenderlo. Hay que aplicar otro tipo de estrategias para aprender a conocernos, desarrollar la autoaceptación, el respeto… Y poder poner esos límites, trabajar la asertividad, la comunicación… Creo que esto es básico. Nos ayuda a tener relaciones sanas con los demás y a querernos más.

«EL AMOR PUEDE SER PARA SIEMPRE; EL ENAMORAMIENTO, NO»

¿Qué error recurrente se repite de generación en generación en las relaciones?

La creencia de que el amor es para siempre. Puede ser para siempre. Lo que no es para siempre y ahí está el error es el enamoramiento. Es una fase de las cuatro que existen: atracción, enamoramiento, decepción y amor real.

El amor sólido, real, puede durar para siempre. Yo creo en el amor para siempre. Lo que no es para siempre es el enamoramiento, y esto es una creencia que se repite siempre en adolescentes y personas mayores.

Entienden que el amor debe ser como en esa fase del enamoramiento. Es una fase necesaria pero pasajera. Una fase con un cóctel molecular alucinante. Una fase anormal dentro de la normalidad del ser humano, pero es normal al principio de una relación de pareja. Si esto lo alargáramos para siempre, enfermaríamos porque no sería posible. Es estresante. Cuando estás enamorado, piensas compulsivamente en esa persona.

El cuerpo es muy sabio y se habitúa y, finalmente, pasa a la siguiente fase de amor sólido, construido, que previamente pasa por una fase de desencanto porque te das cuenta de que eso no es para siempre y de que hay ciertos problemas que hay que trabajar, que antes quizá no veías o pasaban desapercibidos por ese cóctel químico del enamoramiento.

Y ahí está realmente la creación de una base sólida en la relación de pareja, donde empiezas a ver la realidad, a construir la relación, los cimientos que pueden hacer que ese amor sea realmente para siempre.

Hay muchas relaciones tóxicas de familia, amigos, pareja… Y no nos damos cuenta porque las hemos normalizado

¿Estamos bien informados o queda mucho camino por hacer?

Avanzamos… pero todavía queda camino por recorrer. La mayoría de los colegios e institutos no tienen una asignatura de gestión emocional o sexo-afectividad. Esto realmente sería superimportante, porque conceptos básicos que tenemos que buscar fuera no nos los dan en la escuela. Esto tendría que ser algo de dos agentes: un trabajo institucional y otro familiar. Queda mucho por hacer, pero creo que lo estamos haciendo bien.

¿Sabemos amar nuestro sexo?

Primero hay que definir lo que es el sexo: más que sexo, diría sexualidad. No voy a entrar en las definiciones de sexo, pero también tenemos que deconstruir cosas en las relaciones sexuales, en nuestra sexualidad; y construir cosas nuevas.

Tenemos un modelo de sexualidad convencional que hemos aprendido porque no hay una educación sexo-afectiva. Al final, los agentes educadores terminan siendo otros que no deberían serlo: internet, los amigos… Y evidentemente, de ahí lo que se va a aprender en un modelo de sota, caballo, rey, de expectativas, rendimiento, frecuencia, números.

La sexualidad es un mundo mucho más profundo: cuando enriqueces tu conocimiento, eso te ayuda a verla desde una manera más intensa y desde la aceptación. Descubres un mundo nuevo. Hay que aprender a amar nuestra sexualidad: ese es el mensaje. Pero no la sexualidad convencional, sino nuestro propio modelo basado en otras cosas que no tienen que ver con lo que a priori creemos que es la sexualidad.

«Tenemos un modelo de sexualidad convencional que hemos aprendido porque no hay una educación sexo-afectiva. Al final, los agentes educadores terminan siendo otros que no deberían serlo: internet, los amigos…»

¿Cómo se te ocurrió analizar un programa como La Isla de las Tentaciones?

Mi intención al hacer análisis de La Isla de las Tentaciones era hacer un poco de pedagogía de lo que se estaba viendo en la tele en uno de los programas más vistos por jóvenes y adolescentes.

Y, aquí, al final se reflejan relaciones con unos comportamientos e ideas muy desestructurados, irracionales, comportamientos muy tóxicos. Y creo que merecía la pena analizar ese tipo de situaciones porque sirve para dar otro punto de vista.

¿Es peligrosa la idea de amor romántico que nos han vendido? 

Es peligroso porque de ahí nacen ciertos mitos, como el del príncipe azul, uno de los más repetidos: no vas a ser feliz hasta que no encuentres a alguien que te traiga la felicidad.

Vale, es muy bonito como lo pintan en las películas. Pero las situaciones que se dan no son reales, son ficticias; y tenemos que entender que una persona no puede venir a darnos la felicidad porque la tenemos que construir desde nosotros mismos.

Es verdad que la podemos alimentar con las personas que nos rodean: ahí está la gracia de los lazos afectivos; pero no podemos dejar en manos de otra persona nuestra felicidad completamente porque entonces ya sería responsabilidad de la otra persona. Esto genera relaciones dependientes porque mi felicidad depende de esa otra persona.

De primeras, la felicidad no depende de mí. Si esa relación se rompe, voy a entender que mi felicidad se la ha llevado esa persona y ya nunca más voy a ser feliz ni a creer en los demás.

¿Están relacionados los celos con esta idea de amor romántico?

Ese es otro mito: si alguien tiene celos es porque te quiere. Hemos aprendido que los celos se manejan controlando a la persona que está a nuestro lado. El problema ya no es sentir celos, sino cómo se están gestionando.

Si pienso que los tengo porque quiero más a esa persona y mi gestión se basa en controlarla, es un desastre. Y todo esto viene del amor romántico. Son las consecuencias de entender que las relaciones deben vivirse desde este modelo de amor.

Es mucho mejor deconstruir todo esto para poder tener unas relaciones sanas. Hay que entender que no pasa nada por sentir celos, resultado de dos emociones básicas —el miedo y la ira—, pero la clave es cómo voy a gestionar esto conmigo misma y con mi pareja.

Voy a preguntarle o explicárselo a mi pareja, no como una imposición tipo: «¡Explícame quién es esta persona, dímelo!». Y todo viene, en parte, por estas creencias. Esto pasa en jóvenes y no tan jóvenes y me parece peligroso. El amor romántico es el caldo de cultivo de estas relaciones tóxicas y dependientes.

¿Algún consejo para potenciar e incentivar nuestra sexualidad? 

Hay que construir un nuevo modelo de sexualidad basado en quiénes somos, lo que queremos, lo que no queremos, qué experiencias nos gusta compartir y generar nuestro propio modelo de sexualidad, de pareja, pero basado siempre en el consenso, el consentimiento y la responsabilidad afectiva.

Creo que es la mejor manera de vivir una sexualidad libre sin dejarnos influir por las convenciones sobre lo que ha de ser un encuentro erótico o una relación de pareja.

¿Algún plan para buscar un equilibrio existencial?

Aprender a estar solo. Para mí ha sido clave y una de las cosas que más valoro hoy en día. Aprender a estar sola. Empecé haciéndolo por la fuerza, digamos. Tuve relaciones dependientes y, a pesar del dolor, sabía que era lo mejor que podía hacer. Al final, es una cosa de ambas partes y tuve que aprender a estar sola. Y me gustó mucho ese proceso.

Al principio no, pero luego aprendí que me venía muy bien el silencio, hablar conmigo misma, pensar en mis cosas, centrar mis energías en algo que fuera solo para mí… Que el ruido de mi cabeza pudiera tener una salida.

Y sigo aprovechando la soledad: me sirve para plasmar ese ruido que hay en mi cabeza, incluso para usar la creatividad con ciertas emociones y pensamientos que quiera canalizar y escribir, por ejemplo. Y gracias a la soledad he encontrado esta salida emocional mía y me ha dado el equilibrio, el poder estar un ratito en paz conmigo misma.

Lo valoro muchísimo. Y no me siento sola. No es lo mismo estarlo que sentirte sola. Sé que tengo mucha gente alrededor que me quiere y yo la quiero muchísimo. Pero hablo de estar sola, no de sentirse sola. 

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Psicóloga sanitaria, sexóloga clínica y terapeuta de parejas. Con ese curriculum, María Esclapez ha vivido con intensidad los dos años de pandemia.

A pesar de este ritmo frenético de trabajo, y con el conocimiento adquirido, ha publicado Me quiero, te quiero, un libro para invitar a los lectores a construir relaciones sanas y mejorar las que ya tienen. Lo hace con conocimiento de causa, muchos ejercicios prácticos y ejemplos de comportamientos tóxicos.

¿Cómo estás viviendo estos tiempos de pandemia?

Ahora quizá un poco mejor que cuando empezó todo. Las primeras semanas estábamos todos asustados porque no sabíamos qué pasaba. Era todo catastrófico, estábamos a la espera de lo que había por venir y lo que vino no fue bueno, sobre todo en el tema de la salud mental. De repente, empezó una avalancha de pacientes con miedos y ansiedades. Fue duro.

¿Cómo andamos de salud mental? 

Cuando empezó la pandemia las demandas eran muy claras. Rupturas, soledad, problemas, el confinamiento… «Le he cogido miedo a salir a la calle», decían muchos. Eran demandas muy concretas y con estrecha relación con la enfermedad. Ahora sigue habiendo miedos irracionales, en general, derivados de la pandemia, pero veo también mucha más frustración por la crisis económica y social.

Gente que lleva arrastrando síntomas desde el inicio de la pandemia que habían quedado en un segundo plano —depresiones, trastornos de la personalidad— y afloran ahora. Yo dividiría ese tipo de demandas: las concretas al principio de la pandemia y ahora otras que igual se derivan de ella, pero son indirectas.

De salud mental andamos todos regulinchi. ¡Todos! Esto nos afecta mucho. Esto ha sido algo por lo que nunca antes habíamos pasado. Fue una época complicada donde afloraron muchas cosas.

Lo llaman pandemia invisible…

Igual no es visible para quien no trabaja en salud mental. ¡El dolor es tremendo! ¡Visible sí que es! Los psicólogos no damos abasto. De invisible tiene bien poco: otra cosa es que no lo quieran ver.

La gente se ha dado cuenta de que no hay salud sin salud mental. Pero esto es lo de siempre: cuando uno tiene depresión, como no se ve fácil, como no se ha roto una pierna o algo así, te crees que está bien. Como no lo veo, no lo creo. Y está ahí y hay que creérselo. El sufrimiento es real, va por dentro. Siempre ha pasado esto con la salud mental.

¿A quién va dirigido tu libro?

Va dirigido a todos los públicos, pero especialmente a esas personas que quieren mejorar una relación de pareja o bien se encuentran en una situación que saben que no es un lugar agradable para estar, pero son incapaces de romper el vínculo. ¿Quiere decir esto que este libro va de relaciones de pareja? Sí, pero también va de los vínculos con amigo, familia… Se puede hacer una lectura de pareja, pero también de relaciones interpersonales, en general. Te vas a ver identificado. Todos lo podemos leer.

Al final, vivimos en una sociedad en la que el amor romántico ha primado como modelo de las relaciones de pareja por encima de todos los demás modelos, y esto ha condicionado nuestra forma de actuar, sentir y vivir respecto a las relaciones.

Es importantísimo leerlo para deconstruir todas esas ideas, creencias y pensamientos que, al fin y al cabo, nos condicionan y nos hacen creer que el amor es sufrido, que ha de ser sacrificio y que hay que intentarlo 27 veces hasta que salga bien porque la esperanza es lo último que se pierde.

Son cosas que hemos normalizado y no son normales, que tienen que ver con muchos otros mitos que no son sanos o funcionales. Es un libro que lo puede leer todo el mundo e independientemente de su situación actual. Le va a ayudar a cuestionarse, a reflexionar y verse identificado.

«Vivimos en una sociedad en la que el amor romántico ha primado como modelo de las relaciones de pareja por encima de todos los demás modelos, y esto ha condicionado nuestra forma de actuar, sentir y vivir respecto a las relaciones»

¿Hay muchas relaciones tóxicas en la vida?

Sí, sí. Hay muchas relaciones tóxicas de familia, amigos, pareja… Y no nos damos cuenta porque las hemos normalizado. Hay emociones, sentimientos, una responsabilidad afectiva con la que tenemos que convivir para relacionarnos los unos con los otros.

A veces, sabemos que algo no va bien, pero normalizamos ese sufrimiento en ese tipo de vínculos. Y no es normal. Hay límites. No tienes que estar en una relación si no quieres. Tienes que pensar en ti.

No se trata tampoco de quedarse solos en el mundo, sino de aprender a tener relaciones sanas con los demás y nosotros mismos para que podamos ser un poco más felices, que es de lo que se trata.

¿Hay que quererse bien uno mismo para querer bien a los demás?

Vivimos en una sociedad en la que hemos aprendido a ser exigentes con nosotros mismos, a darlo todo por los demás, a que nuestra valía personal dependa de las cosas que conseguimos: cuánto nos premien los demás, cuánto ganemos en el trabajo…

Una sociedad exigente genera personas exigentes. Cuanto más exigentes somos con nosotros mismos y los demás, menos nos vamos a querer porque más nos vamos a machacar.

Hay que desaprenderlo. Hay que aplicar otro tipo de estrategias para aprender a conocernos, desarrollar la autoaceptación, el respeto… Y poder poner esos límites, trabajar la asertividad, la comunicación… Creo que esto es básico. Nos ayuda a tener relaciones sanas con los demás y a querernos más.

«EL AMOR PUEDE SER PARA SIEMPRE; EL ENAMORAMIENTO, NO»

¿Qué error recurrente se repite de generación en generación en las relaciones?

La creencia de que el amor es para siempre. Puede ser para siempre. Lo que no es para siempre y ahí está el error es el enamoramiento. Es una fase de las cuatro que existen: atracción, enamoramiento, decepción y amor real.

El amor sólido, real, puede durar para siempre. Yo creo en el amor para siempre. Lo que no es para siempre es el enamoramiento, y esto es una creencia que se repite siempre en adolescentes y personas mayores.

Entienden que el amor debe ser como en esa fase del enamoramiento. Es una fase necesaria pero pasajera. Una fase con un cóctel molecular alucinante. Una fase anormal dentro de la normalidad del ser humano, pero es normal al principio de una relación de pareja. Si esto lo alargáramos para siempre, enfermaríamos porque no sería posible. Es estresante. Cuando estás enamorado, piensas compulsivamente en esa persona.

El cuerpo es muy sabio y se habitúa y, finalmente, pasa a la siguiente fase de amor sólido, construido, que previamente pasa por una fase de desencanto porque te das cuenta de que eso no es para siempre y de que hay ciertos problemas que hay que trabajar, que antes quizá no veías o pasaban desapercibidos por ese cóctel químico del enamoramiento.

Y ahí está realmente la creación de una base sólida en la relación de pareja, donde empiezas a ver la realidad, a construir la relación, los cimientos que pueden hacer que ese amor sea realmente para siempre.

Hay muchas relaciones tóxicas de familia, amigos, pareja… Y no nos damos cuenta porque las hemos normalizado

¿Estamos bien informados o queda mucho camino por hacer?

Avanzamos… pero todavía queda camino por recorrer. La mayoría de los colegios e institutos no tienen una asignatura de gestión emocional o sexo-afectividad. Esto realmente sería superimportante, porque conceptos básicos que tenemos que buscar fuera no nos los dan en la escuela. Esto tendría que ser algo de dos agentes: un trabajo institucional y otro familiar. Queda mucho por hacer, pero creo que lo estamos haciendo bien.

¿Sabemos amar nuestro sexo?

Primero hay que definir lo que es el sexo: más que sexo, diría sexualidad. No voy a entrar en las definiciones de sexo, pero también tenemos que deconstruir cosas en las relaciones sexuales, en nuestra sexualidad; y construir cosas nuevas.

Tenemos un modelo de sexualidad convencional que hemos aprendido porque no hay una educación sexo-afectiva. Al final, los agentes educadores terminan siendo otros que no deberían serlo: internet, los amigos… Y evidentemente, de ahí lo que se va a aprender en un modelo de sota, caballo, rey, de expectativas, rendimiento, frecuencia, números.

La sexualidad es un mundo mucho más profundo: cuando enriqueces tu conocimiento, eso te ayuda a verla desde una manera más intensa y desde la aceptación. Descubres un mundo nuevo. Hay que aprender a amar nuestra sexualidad: ese es el mensaje. Pero no la sexualidad convencional, sino nuestro propio modelo basado en otras cosas que no tienen que ver con lo que a priori creemos que es la sexualidad.

«Tenemos un modelo de sexualidad convencional que hemos aprendido porque no hay una educación sexo-afectiva. Al final, los agentes educadores terminan siendo otros que no deberían serlo: internet, los amigos…»

¿Cómo se te ocurrió analizar un programa como La Isla de las Tentaciones?

Mi intención al hacer análisis de La Isla de las Tentaciones era hacer un poco de pedagogía de lo que se estaba viendo en la tele en uno de los programas más vistos por jóvenes y adolescentes.

Y, aquí, al final se reflejan relaciones con unos comportamientos e ideas muy desestructurados, irracionales, comportamientos muy tóxicos. Y creo que merecía la pena analizar ese tipo de situaciones porque sirve para dar otro punto de vista.

¿Es peligrosa la idea de amor romántico que nos han vendido? 

Es peligroso porque de ahí nacen ciertos mitos, como el del príncipe azul, uno de los más repetidos: no vas a ser feliz hasta que no encuentres a alguien que te traiga la felicidad.

Vale, es muy bonito como lo pintan en las películas. Pero las situaciones que se dan no son reales, son ficticias; y tenemos que entender que una persona no puede venir a darnos la felicidad porque la tenemos que construir desde nosotros mismos.

Es verdad que la podemos alimentar con las personas que nos rodean: ahí está la gracia de los lazos afectivos; pero no podemos dejar en manos de otra persona nuestra felicidad completamente porque entonces ya sería responsabilidad de la otra persona. Esto genera relaciones dependientes porque mi felicidad depende de esa otra persona.

De primeras, la felicidad no depende de mí. Si esa relación se rompe, voy a entender que mi felicidad se la ha llevado esa persona y ya nunca más voy a ser feliz ni a creer en los demás.

¿Están relacionados los celos con esta idea de amor romántico?

Ese es otro mito: si alguien tiene celos es porque te quiere. Hemos aprendido que los celos se manejan controlando a la persona que está a nuestro lado. El problema ya no es sentir celos, sino cómo se están gestionando.

Si pienso que los tengo porque quiero más a esa persona y mi gestión se basa en controlarla, es un desastre. Y todo esto viene del amor romántico. Son las consecuencias de entender que las relaciones deben vivirse desde este modelo de amor.

Es mucho mejor deconstruir todo esto para poder tener unas relaciones sanas. Hay que entender que no pasa nada por sentir celos, resultado de dos emociones básicas —el miedo y la ira—, pero la clave es cómo voy a gestionar esto conmigo misma y con mi pareja.

Voy a preguntarle o explicárselo a mi pareja, no como una imposición tipo: «¡Explícame quién es esta persona, dímelo!». Y todo viene, en parte, por estas creencias. Esto pasa en jóvenes y no tan jóvenes y me parece peligroso. El amor romántico es el caldo de cultivo de estas relaciones tóxicas y dependientes.

¿Algún consejo para potenciar e incentivar nuestra sexualidad? 

Hay que construir un nuevo modelo de sexualidad basado en quiénes somos, lo que queremos, lo que no queremos, qué experiencias nos gusta compartir y generar nuestro propio modelo de sexualidad, de pareja, pero basado siempre en el consenso, el consentimiento y la responsabilidad afectiva.

Creo que es la mejor manera de vivir una sexualidad libre sin dejarnos influir por las convenciones sobre lo que ha de ser un encuentro erótico o una relación de pareja.

¿Algún plan para buscar un equilibrio existencial?

Aprender a estar solo. Para mí ha sido clave y una de las cosas que más valoro hoy en día. Aprender a estar sola. Empecé haciéndolo por la fuerza, digamos. Tuve relaciones dependientes y, a pesar del dolor, sabía que era lo mejor que podía hacer. Al final, es una cosa de ambas partes y tuve que aprender a estar sola. Y me gustó mucho ese proceso.

Al principio no, pero luego aprendí que me venía muy bien el silencio, hablar conmigo misma, pensar en mis cosas, centrar mis energías en algo que fuera solo para mí… Que el ruido de mi cabeza pudiera tener una salida.

Y sigo aprovechando la soledad: me sirve para plasmar ese ruido que hay en mi cabeza, incluso para usar la creatividad con ciertas emociones y pensamientos que quiera canalizar y escribir, por ejemplo. Y gracias a la soledad he encontrado esta salida emocional mía y me ha dado el equilibrio, el poder estar un ratito en paz conmigo misma.

Lo valoro muchísimo. Y no me siento sola. No es lo mismo estarlo que sentirte sola. Sé que tengo mucha gente alrededor que me quiere y yo la quiero muchísimo. Pero hablo de estar sola, no de sentirse sola. 

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