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26 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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La historia de unos marineros abandonados en las aguas de Canarias

26 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Corría el mes de septiembre de 2009 cuando el petrolero con bandera panameña Iballa G arribó al Puerto de Las Palmas. Uno de sus motores estaba dando problemas y había que repararlo. Iba a ser una parada corta, el tiempo necesario para solucionar los problemas mecánicos del barco y continuar ruta hacia los caladeros de Mauritania, Senegal y el golfo de Guinea. Aquel viejo petrolero se encargaba de suministrar combustible a los buques que faenaban en aquellas zonas.

Pero los días pasaban y los repuestos no llegaban. Su tripulación empezó a inquietarse. Algo no estaba saliendo como debía. Tres meses después, el armador del Iballa G, José Antonio Gámez, desaparece dejando en abandono a su tripulación. No llegó jamás el dinero para la reparación del motor. Tampoco hubo dinero para pagar los sueldos atrasados de los marineros que trabajaban en el barco. La situación se había complicado terriblemente: sin dinero, sin papeles y abandonados en un país que no era el suyo.

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La mayor parte de los 22 tripulantes del buque regresó a sus países de origen dándolo todo por perdido. Pero cinco de ellos eligieron quedarse y luchar por sus derechos, dejando atrás familias y una vida. Sus nombres: Ismael Reyes (Cuba), Issa Sidifall (Mauritania), Mor Thiam (Senegal), Virara (Etiopía) y Pedro Leyva (Cuba).

Esta es la historia que la fotógrafa grancanaria Sara Yun ha querido contar en Óxido, una serie de 24 fotografías que recoge el día a día de estos luchadores durante el tiempo que el barco permaneció en el Muelle de La Luz de Las Palmas. «Muchos volvieron a sus países y otros quisieron quedarse porque yéndose del barco darían la razón a su armador, y ellos querían que se hiciera justicia», explica la fotógrafa. «La prolongada situación de incertidumbre oxida no solo su salud, al no poder cubrir las necesidades básicas, sino también sus almas».

La espera de estos marineros, que iba a ser de días, se convirtió en años. «Años a la deriva».

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Sin papeles, sin dinero, sin trabajo, la rutina de estos cinco hombres era tremendamente dura. Sobrevivían gracias a la caridad de algunas personas y a la ayuda que podía proporcionarles la ONG Stella Maris, que les abastecía con algunos víveres indispensables. «Casi no pasaba nada», explica Yun, «los días pasaban lentamente. Issa y Mor, los chicos africanos, trabajaban en negro durante el día e intentaban pasar el menor tiempo posible en el barco, volviendo solo para dormir. Pedro e Ismael, los cubanos, por el contrario, pasaban la mayor parte del día en el barco, escribiendo cartas, escuchando la radio, leyendo, contemplando el día pasar, jugando al ajedrez, esperando…».

Yun se interesó enseguida por la historia y la situación de estas personas. «La soledad de todos me conmovía y me sorprendía su bondad», indica. «De verdad, eran y son personas nobles. No entendía cómo se les podía abandonar de esa manera, que las autoridades se pasaran la pelota y nadie se hiciera cargo de la situación. Ellos sólo querían recuperar el dinero que habían trabajado (que no era mucho para nosotros pero que para sus respectivos países eran meses de comida asegurada)».

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Consiguió el teléfono de uno de ellos y quedó con los marineros para ir a conocerles. Aquellos hombres que malvivían en un barco cada vez más deteriorado, cada vez más oxidado, como sus propias vidas, recibieron a la fotógrafa de buen grado y se mostraron dispuestos desde el primer momento a colaborar con ella. «Querían que su historia se conociese y desde el primer día me sentí cómoda. Y han cuidado de mi todo el tiempo».

Durante cinco años, Yun acudía al barco intermitentemente para fotografiar el día a día de los marineros abandonados. «Sentí necesidad de contarlo porque me pareció una situación injusta. Quería poner mi granito de arena, hacer ruido, contar su historia para que no quedaran invisibles ante la sociedad. Admiraba su tesón en esta lucha en forma de espera», afirma con rotundidad. «Artísiticamente no espero nada, pero para mí siempre es un aprendizaje».

Los hombres le fueron contando durante ese tiempo sus historias. «Issa estaba embarcado para ocho días nada más y su novia le esperaba, le esperaba una boda. Pero él no quería volver sin dinero, eso sería una vergüenza…El armador les decía que esperasen, que esto se solucionaría pronto, pero pasaron los días y los meses y la prometida de Issa (o la presión familiar) se cansó de esperar», recuerda la grancanaria.

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«A Mor Thiam le esperaban su mujer y sus dos hijos. Ahora tampoco están juntos. Pedro jugaba al ajedrez solo, decía que era para mantener su mente activa y no caer enfermo. Ismael escribía cartas a su mujer todas las semanas, que yo escaneaba y enviaba por email».

La fotógrafa eligió la fotografía documental y no la meramente artística para dar voz a los marineros. «Ambas me gustan y con ambas aprendo. La documental me mueve las entrañas, me remueve a nivel personal y la artística es más un bálsamo. Quizás me sienta más cómoda con la documental porque ahí no hay lugar para la mentira. Es honesta y siento que con ella utilizo la fotografía como altavoz».

Abarloado en el puerto en tercera fila, entrar y salir del petrolero era una aventura cada vez más peligrosa. Tanto que uno de ellos, Virara, murió tratando de pasar del primer al segundo barco. «Virara falleció tres días antes de que yo llegara al barco. Pasando de un barco a otro. Esta es la historia que más me ha marcado. Me marcó el silencio mediático respecto a este tema, y no sólo mediático, sino de las autoridades. Ni los propios tripulantes supieron qué se hizo con el cuerpo. A él va dedicado este trabajo», afirma Yun.

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Un día, la Guardia Civil informó a los cuatro supervivientes que debían abandonar el Iballa G. El barco había sido vendido. El armador se había declarado insolvente y el barco sería trasladado a Turquía. La asociación Stella Maris solicitó el embargo preventivo del petrolero para garantizar los salarios de sus tripulantes, y a día de hoy, aún están en espera de juicio.

Los marineros debían rehacer sus vidas. Sólo Ismael regresó a Cuba junto a su familia. A él le esperaban allí desde hacía cinco años su mujer y sus hijos. A día de hoy sigue sin trabajo. «Mor se busca la vida en Italia, Pedro en EEUU e Issa ha formado una familia en Fuerteventura y espera poder encontrar un trabajo desde hace tiempo», cuenta Sara Yun. «En realidad, lo que han hecho todos menos Ismael (que ya le esperaba su mujer), es rehacer sus vidas porque la que tenían cuando se embarcaron la perdieron».

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La historia de Mor, Issa, Ismael y Pedro no es algo único y aislado. Yun asegura que casos así se repiten en muelles de todo el mundo. Óxido pretende denunciar una de esas historias y mostrar el ejemplo de dignidad y lucha de cuatro personas que lo tenían todo perdido.

La obra de Sara Yun ha sido expuesta en diferentes lugares. Formó parte de la selección de autores de Fotonoviembre 2015 y estuvo expuesta en el TEA de Tenerife y en Gran Canaria Espacio Digital. Por el momento, Yun busca seguir difundiendo la historia de estas. Pero, puestos a soñar, a la fotógrafa le encantaría poder ver convertido Óxido en un fotolibro.

«Les pregunto hoy en día si se arrepienten de haberse embarcado y de haber esperado», concluye Sara Yun. «Alguno sí, porque como aún no se ha solucionado nada, ven tiempo que han perdido. Otros lo ven, como una batalla más en la vida que les ha hecho más fuertes».

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Corría el mes de septiembre de 2009 cuando el petrolero con bandera panameña Iballa G arribó al Puerto de Las Palmas. Uno de sus motores estaba dando problemas y había que repararlo. Iba a ser una parada corta, el tiempo necesario para solucionar los problemas mecánicos del barco y continuar ruta hacia los caladeros de Mauritania, Senegal y el golfo de Guinea. Aquel viejo petrolero se encargaba de suministrar combustible a los buques que faenaban en aquellas zonas.

Pero los días pasaban y los repuestos no llegaban. Su tripulación empezó a inquietarse. Algo no estaba saliendo como debía. Tres meses después, el armador del Iballa G, José Antonio Gámez, desaparece dejando en abandono a su tripulación. No llegó jamás el dinero para la reparación del motor. Tampoco hubo dinero para pagar los sueldos atrasados de los marineros que trabajaban en el barco. La situación se había complicado terriblemente: sin dinero, sin papeles y abandonados en un país que no era el suyo.

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La mayor parte de los 22 tripulantes del buque regresó a sus países de origen dándolo todo por perdido. Pero cinco de ellos eligieron quedarse y luchar por sus derechos, dejando atrás familias y una vida. Sus nombres: Ismael Reyes (Cuba), Issa Sidifall (Mauritania), Mor Thiam (Senegal), Virara (Etiopía) y Pedro Leyva (Cuba).

Esta es la historia que la fotógrafa grancanaria Sara Yun ha querido contar en Óxido, una serie de 24 fotografías que recoge el día a día de estos luchadores durante el tiempo que el barco permaneció en el Muelle de La Luz de Las Palmas. «Muchos volvieron a sus países y otros quisieron quedarse porque yéndose del barco darían la razón a su armador, y ellos querían que se hiciera justicia», explica la fotógrafa. «La prolongada situación de incertidumbre oxida no solo su salud, al no poder cubrir las necesidades básicas, sino también sus almas».

La espera de estos marineros, que iba a ser de días, se convirtió en años. «Años a la deriva».

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Sin papeles, sin dinero, sin trabajo, la rutina de estos cinco hombres era tremendamente dura. Sobrevivían gracias a la caridad de algunas personas y a la ayuda que podía proporcionarles la ONG Stella Maris, que les abastecía con algunos víveres indispensables. «Casi no pasaba nada», explica Yun, «los días pasaban lentamente. Issa y Mor, los chicos africanos, trabajaban en negro durante el día e intentaban pasar el menor tiempo posible en el barco, volviendo solo para dormir. Pedro e Ismael, los cubanos, por el contrario, pasaban la mayor parte del día en el barco, escribiendo cartas, escuchando la radio, leyendo, contemplando el día pasar, jugando al ajedrez, esperando…».

Yun se interesó enseguida por la historia y la situación de estas personas. «La soledad de todos me conmovía y me sorprendía su bondad», indica. «De verdad, eran y son personas nobles. No entendía cómo se les podía abandonar de esa manera, que las autoridades se pasaran la pelota y nadie se hiciera cargo de la situación. Ellos sólo querían recuperar el dinero que habían trabajado (que no era mucho para nosotros pero que para sus respectivos países eran meses de comida asegurada)».

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Consiguió el teléfono de uno de ellos y quedó con los marineros para ir a conocerles. Aquellos hombres que malvivían en un barco cada vez más deteriorado, cada vez más oxidado, como sus propias vidas, recibieron a la fotógrafa de buen grado y se mostraron dispuestos desde el primer momento a colaborar con ella. «Querían que su historia se conociese y desde el primer día me sentí cómoda. Y han cuidado de mi todo el tiempo».

Durante cinco años, Yun acudía al barco intermitentemente para fotografiar el día a día de los marineros abandonados. «Sentí necesidad de contarlo porque me pareció una situación injusta. Quería poner mi granito de arena, hacer ruido, contar su historia para que no quedaran invisibles ante la sociedad. Admiraba su tesón en esta lucha en forma de espera», afirma con rotundidad. «Artísiticamente no espero nada, pero para mí siempre es un aprendizaje».

Los hombres le fueron contando durante ese tiempo sus historias. «Issa estaba embarcado para ocho días nada más y su novia le esperaba, le esperaba una boda. Pero él no quería volver sin dinero, eso sería una vergüenza…El armador les decía que esperasen, que esto se solucionaría pronto, pero pasaron los días y los meses y la prometida de Issa (o la presión familiar) se cansó de esperar», recuerda la grancanaria.

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«A Mor Thiam le esperaban su mujer y sus dos hijos. Ahora tampoco están juntos. Pedro jugaba al ajedrez solo, decía que era para mantener su mente activa y no caer enfermo. Ismael escribía cartas a su mujer todas las semanas, que yo escaneaba y enviaba por email».

La fotógrafa eligió la fotografía documental y no la meramente artística para dar voz a los marineros. «Ambas me gustan y con ambas aprendo. La documental me mueve las entrañas, me remueve a nivel personal y la artística es más un bálsamo. Quizás me sienta más cómoda con la documental porque ahí no hay lugar para la mentira. Es honesta y siento que con ella utilizo la fotografía como altavoz».

Abarloado en el puerto en tercera fila, entrar y salir del petrolero era una aventura cada vez más peligrosa. Tanto que uno de ellos, Virara, murió tratando de pasar del primer al segundo barco. «Virara falleció tres días antes de que yo llegara al barco. Pasando de un barco a otro. Esta es la historia que más me ha marcado. Me marcó el silencio mediático respecto a este tema, y no sólo mediático, sino de las autoridades. Ni los propios tripulantes supieron qué se hizo con el cuerpo. A él va dedicado este trabajo», afirma Yun.

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Un día, la Guardia Civil informó a los cuatro supervivientes que debían abandonar el Iballa G. El barco había sido vendido. El armador se había declarado insolvente y el barco sería trasladado a Turquía. La asociación Stella Maris solicitó el embargo preventivo del petrolero para garantizar los salarios de sus tripulantes, y a día de hoy, aún están en espera de juicio.

Los marineros debían rehacer sus vidas. Sólo Ismael regresó a Cuba junto a su familia. A él le esperaban allí desde hacía cinco años su mujer y sus hijos. A día de hoy sigue sin trabajo. «Mor se busca la vida en Italia, Pedro en EEUU e Issa ha formado una familia en Fuerteventura y espera poder encontrar un trabajo desde hace tiempo», cuenta Sara Yun. «En realidad, lo que han hecho todos menos Ismael (que ya le esperaba su mujer), es rehacer sus vidas porque la que tenían cuando se embarcaron la perdieron».

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La historia de Mor, Issa, Ismael y Pedro no es algo único y aislado. Yun asegura que casos así se repiten en muelles de todo el mundo. Óxido pretende denunciar una de esas historias y mostrar el ejemplo de dignidad y lucha de cuatro personas que lo tenían todo perdido.

La obra de Sara Yun ha sido expuesta en diferentes lugares. Formó parte de la selección de autores de Fotonoviembre 2015 y estuvo expuesta en el TEA de Tenerife y en Gran Canaria Espacio Digital. Por el momento, Yun busca seguir difundiendo la historia de estas. Pero, puestos a soñar, a la fotógrafa le encantaría poder ver convertido Óxido en un fotolibro.

«Les pregunto hoy en día si se arrepienten de haberse embarcado y de haber esperado», concluye Sara Yun. «Alguno sí, porque como aún no se ha solucionado nada, ven tiempo que han perdido. Otros lo ven, como una batalla más en la vida que les ha hecho más fuertes».

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