7 julio, 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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La música griega que Merkel nunca escucharía

7 julio, 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por
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Para qué creen ustedes que quieren los pensionistas griegos el dinero? ¿Para comer? ¿Para vestirse? ¿Para pagar el alquiler? No, amigos, no. Los ancianos griegos quieren el dinero para lo que lo querría cualquiera, para gastárselo en drogas, en juergas, en sexo, en discos y en buzukis (el instrumento, el arma es bazuka, que tenemos que estar en todo) porque eso es lo que llevan haciendo los griegos desde, por lo menos, los años 20 del siglo pasado.

Los alemanes saben de esa realidad y, a consecuencia de ello, llevan décadas intentando pararles los pies para que no se lo gasten todo en «medicinas» porque, si bien Grecia es la cuna de la democracia, de los filósofos presocráticos –y de los socráticos también si nos apuran–, por encima de todo Grecia es la cuna de la música rebética (o rembetika, o rebética, o rebétika, o cualquier otra variante, que lo del griego es un lío de traducir…), un género que, digámoslo en forma resumida, se caracteriza por el exceso. ¿Que de qué? De todo.

A finales del siglo XIX, en ciudades como Esmirna y Constantinopla comenzó a popularizarse un nuevo género musical que mezclaba tradiciones sonoras propias de esas zonas fronterizas a Asia con canciones procedentes de las prisiones. Con estos mimbres, era de esperar que tanto los escenarios en los que se interpretaba como los músicos que las componían y ejecutaban pertenecían a estratos marginales de la sociedad y, claro, sus letras versaban sobre sus experiencias más cercanas y las de sus amigos más íntimos.
Es decir, que no eran precisamente canciones de amor casto entre el capitán del equipo de fútbol del high school con la jefa de animadoras en el drugstore del mall center, sino más bien un catálogo de vicios que abarcan desde la droga –principalmente hachís, alcohol y cocaína–, la violencia, los asesinatos, los robos, las estancias en prisión, la relación (mala) con la autoridad y el sexo, griego, por supuesto.

Estas situaciones de marginalidad se verían amplificadas tras eso que los griegos llaman la Catástrofe de Asia Menor (habría que preguntar a los turcos, claro) de 1922, a consecuencia de la cual Grecia perdió sus territorios en Turquía y se produjo un éxodo de refugiados hacia el interior del país. De nuevo, más pobreza, más marginalidad y, qué demonios, ¡más droga!, ¡más alcohol!, ¡más sexo! y ¡más música!
Canciones que comenzaban a popularizarse gracias a las nuevas técnicas de registro sonoro y reproducción mecánica. De hecho, muchos autores datan la aparición del rebético en el momento de las primeras grabaciones, argumentando que ese término aparece por vez primera escrito en las etiquetas de los discos de pizarra a 78 revoluciones por minuto para diferenciarlos de otros géneros musicales y artistas que ya eran sobradamente conocidos por la población. Así pues, en 1932 vería la luz la primera grabación rebética de la historia: Να ‘ρχόσουνα ρε μάγκα μου, de Markos Vamvakáris.

Un jitazo sin paliativos al que seguirán otros como Marika, the hashish smoker de Kostas Roukounas, Warm Hearted Dina de Stratos Payoumtzis, I’ll drop by tonight de Apostolos hatzichristos y Márkos Vamvakáris, The cops that just came (Toutoi oi mpatsoi pou rthan twra) de Giannis Ioannides o Jailers Open the Jail (Desmofylakes anixte), de Stelios Kazantzides.

Sin embargo, en 1936 se acabó la fiesta. Ioannis Metaxás dio un golpe de estado e instauró una dictadura de corte fascista que durará hasta la ocupación nazi porque, como dice el refrán, otros vendrán que bueno te harán.

Una de las primeras prohibiciones establecidas por el nuevo régimen fue la de que no se pudieran grabar ni interpretar canciones rebéticas que contuvieran referencias a drogas, sexo, violencia… Bueno, básicamente, que no se pudieran grabar canciones rebéticas, por considerar que daban mal ejemplo a la población. Un hecho curioso teniendo en cuenta que Metaxás no había dudado en matar y saltarse las leyes para llegar al poder y, además, bebía alcohol y fumaba, tabaco por lo menos. Una de las primeras canciones que se prohibieron fue Barbara, interpretada por Stellakis Perminiadis.

Durante toda la dictadura, solo se grabaría e interpretaría de cara a las grandes audiencias rebético «light» pero, como cualquier persona que conozca a sus semejantes puede deducir, el rebético más salvaje y tóxico continuó de manera subterránea incluso con riesgo de la vida e integridad de sus estrellas, situación que continuaría hasta la invasión nazi, momento en el cual ya no se pudo grabar rebético ni para niños ni para adultos.
Los alemanes, con esa eficacia que les caracteriza, prohibieron cualquier grabación de música griega desde 1941 hasta el final de la ocupación, así que los nativos, además de aguantar la esvástica en la Acrópolis, debieron pasarse varios años escuchando Lili Marleen. Como para no estar molestos.

Tras la guerra mundial, sí, la segunda (que tenemos que explicarlo todo, caray), la influencia norteamericana llenaría de nuevos ritmos la música griega y la población, deslumbrada por lo nuevo, dio la espalda a la música tradicional que, por otra parte, ya estaba muy edulcorada y carecía de ese atractivo épico que suele envolver a todo lo marginal.

Si bien posteriormente jóvenes contestatarios y vinculados a movimientos de izquierdas reivindicarían la tradición musical griega como forma de oposición a la influencia norteamericana, el rebético que se ensalzó seguía siendo el más complaciente y neutro pues de todos es conocido que el Partido Comunista, por decir uno, no era muy de apoyar las expresiones culturales del lumpen y veían eso de las drogas, el alcohol y el sexo como una desviación pequeño burguesa.

De esta forma, tuvo que pasar más de medio siglo y caer el muro de Berlín para que ese rebético marginal fuese valorado por la alta cultura y, aunque hay gente que continúa argumentando que el rebético es una manifestación musical orillera, sin trascendencia en la música griega, que ha sido mitificado y al que habría que devolver a su escala apropiada, en la actualidad ya hay cátedras e instituciones en Grecia dedicadas a estudiar y preservar este género que, por otra parte, permanecía vivo en recopilaciones cada vez más exhaustivas y completas, en los dibujos de Robert Crumb o en álbumes de cómic como Rebetiko de David Prudhomme y editado por Sins Entido en el que se narra la historia de uno de esos músicos en la época de la dictadura de 1936.

Dicho lo cual, amigos, ya pueden contarles a sus allegados en la próxima reunión familiar que las inyecciones del FMI se ha ido en eso, en inyecciones, pero no de capital sino de otra cosa, ya nos entienden. Por eso habrá que leerse bien la letra pequeña de las condiciones de Alemania y la Troika, que esos son capaces de volver a proscribir el rebético y lo que se les ponga por delante.

Para qué creen ustedes que quieren los pensionistas griegos el dinero? ¿Para comer? ¿Para vestirse? ¿Para pagar el alquiler? No, amigos, no. Los ancianos griegos quieren el dinero para lo que lo querría cualquiera, para gastárselo en drogas, en juergas, en sexo, en discos y en buzukis (el instrumento, el arma es bazuka, que tenemos que estar en todo) porque eso es lo que llevan haciendo los griegos desde, por lo menos, los años 20 del siglo pasado.

Los alemanes saben de esa realidad y, a consecuencia de ello, llevan décadas intentando pararles los pies para que no se lo gasten todo en «medicinas» porque, si bien Grecia es la cuna de la democracia, de los filósofos presocráticos –y de los socráticos también si nos apuran–, por encima de todo Grecia es la cuna de la música rebética (o rembetika, o rebética, o rebétika, o cualquier otra variante, que lo del griego es un lío de traducir…), un género que, digámoslo en forma resumida, se caracteriza por el exceso. ¿Que de qué? De todo.

A finales del siglo XIX, en ciudades como Esmirna y Constantinopla comenzó a popularizarse un nuevo género musical que mezclaba tradiciones sonoras propias de esas zonas fronterizas a Asia con canciones procedentes de las prisiones. Con estos mimbres, era de esperar que tanto los escenarios en los que se interpretaba como los músicos que las componían y ejecutaban pertenecían a estratos marginales de la sociedad y, claro, sus letras versaban sobre sus experiencias más cercanas y las de sus amigos más íntimos.
Es decir, que no eran precisamente canciones de amor casto entre el capitán del equipo de fútbol del high school con la jefa de animadoras en el drugstore del mall center, sino más bien un catálogo de vicios que abarcan desde la droga –principalmente hachís, alcohol y cocaína–, la violencia, los asesinatos, los robos, las estancias en prisión, la relación (mala) con la autoridad y el sexo, griego, por supuesto.

Estas situaciones de marginalidad se verían amplificadas tras eso que los griegos llaman la Catástrofe de Asia Menor (habría que preguntar a los turcos, claro) de 1922, a consecuencia de la cual Grecia perdió sus territorios en Turquía y se produjo un éxodo de refugiados hacia el interior del país. De nuevo, más pobreza, más marginalidad y, qué demonios, ¡más droga!, ¡más alcohol!, ¡más sexo! y ¡más música!
Canciones que comenzaban a popularizarse gracias a las nuevas técnicas de registro sonoro y reproducción mecánica. De hecho, muchos autores datan la aparición del rebético en el momento de las primeras grabaciones, argumentando que ese término aparece por vez primera escrito en las etiquetas de los discos de pizarra a 78 revoluciones por minuto para diferenciarlos de otros géneros musicales y artistas que ya eran sobradamente conocidos por la población. Así pues, en 1932 vería la luz la primera grabación rebética de la historia: Να ‘ρχόσουνα ρε μάγκα μου, de Markos Vamvakáris.

Un jitazo sin paliativos al que seguirán otros como Marika, the hashish smoker de Kostas Roukounas, Warm Hearted Dina de Stratos Payoumtzis, I’ll drop by tonight de Apostolos hatzichristos y Márkos Vamvakáris, The cops that just came (Toutoi oi mpatsoi pou rthan twra) de Giannis Ioannides o Jailers Open the Jail (Desmofylakes anixte), de Stelios Kazantzides.

Sin embargo, en 1936 se acabó la fiesta. Ioannis Metaxás dio un golpe de estado e instauró una dictadura de corte fascista que durará hasta la ocupación nazi porque, como dice el refrán, otros vendrán que bueno te harán.

Una de las primeras prohibiciones establecidas por el nuevo régimen fue la de que no se pudieran grabar ni interpretar canciones rebéticas que contuvieran referencias a drogas, sexo, violencia… Bueno, básicamente, que no se pudieran grabar canciones rebéticas, por considerar que daban mal ejemplo a la población. Un hecho curioso teniendo en cuenta que Metaxás no había dudado en matar y saltarse las leyes para llegar al poder y, además, bebía alcohol y fumaba, tabaco por lo menos. Una de las primeras canciones que se prohibieron fue Barbara, interpretada por Stellakis Perminiadis.

Durante toda la dictadura, solo se grabaría e interpretaría de cara a las grandes audiencias rebético «light» pero, como cualquier persona que conozca a sus semejantes puede deducir, el rebético más salvaje y tóxico continuó de manera subterránea incluso con riesgo de la vida e integridad de sus estrellas, situación que continuaría hasta la invasión nazi, momento en el cual ya no se pudo grabar rebético ni para niños ni para adultos.
Los alemanes, con esa eficacia que les caracteriza, prohibieron cualquier grabación de música griega desde 1941 hasta el final de la ocupación, así que los nativos, además de aguantar la esvástica en la Acrópolis, debieron pasarse varios años escuchando Lili Marleen. Como para no estar molestos.

Tras la guerra mundial, sí, la segunda (que tenemos que explicarlo todo, caray), la influencia norteamericana llenaría de nuevos ritmos la música griega y la población, deslumbrada por lo nuevo, dio la espalda a la música tradicional que, por otra parte, ya estaba muy edulcorada y carecía de ese atractivo épico que suele envolver a todo lo marginal.

Si bien posteriormente jóvenes contestatarios y vinculados a movimientos de izquierdas reivindicarían la tradición musical griega como forma de oposición a la influencia norteamericana, el rebético que se ensalzó seguía siendo el más complaciente y neutro pues de todos es conocido que el Partido Comunista, por decir uno, no era muy de apoyar las expresiones culturales del lumpen y veían eso de las drogas, el alcohol y el sexo como una desviación pequeño burguesa.

De esta forma, tuvo que pasar más de medio siglo y caer el muro de Berlín para que ese rebético marginal fuese valorado por la alta cultura y, aunque hay gente que continúa argumentando que el rebético es una manifestación musical orillera, sin trascendencia en la música griega, que ha sido mitificado y al que habría que devolver a su escala apropiada, en la actualidad ya hay cátedras e instituciones en Grecia dedicadas a estudiar y preservar este género que, por otra parte, permanecía vivo en recopilaciones cada vez más exhaustivas y completas, en los dibujos de Robert Crumb o en álbumes de cómic como Rebetiko de David Prudhomme y editado por Sins Entido en el que se narra la historia de uno de esos músicos en la época de la dictadura de 1936.

Dicho lo cual, amigos, ya pueden contarles a sus allegados en la próxima reunión familiar que las inyecciones del FMI se ha ido en eso, en inyecciones, pero no de capital sino de otra cosa, ya nos entienden. Por eso habrá que leerse bien la letra pequeña de las condiciones de Alemania y la Troika, que esos son capaces de volver a proscribir el rebético y lo que se les ponga por delante.

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