27 de noviembre 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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Y tú más: ¡Eres más tonto que Abundio!

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¿Pero existió realmente Abundio? Hombre, con la cantidad de seres humanos que hemos poblado este país desde el principio de los tiempos, raro sería que no hubiera vivido alguno que se caracterizada por su falta de luces. La respuesta es sí, existió tal personaje. Lo que ya no es tan fácil de determinar es cuándo y dónde vivió.

Pancracio Celdrán, en El gran libro de los insultos, lo sitúa en la Córdoba de entre los siglos XVII y XVIII. Otras versiones, sin embargo, lo hacen nacer en la ciudad califal, sí, pero lo ubican en el siglo IX, en plena época del Emirato. Parece ser que entonces, aunque pareciera lo contrario, la convivencia entre las religiones que se practicaban en la península era buena. Bastaba con practicar la que tú quisieras a tu aire, sin molestar ni meterte en las creencias de los demás. Evidentemente, bajo el dominio musulmán, si practicabas la fe de Mahoma estabas muchísimo mejor considerado. Pero nadie veía con malos ojos que colgaras una cruz en la pared de tu habitación o que rezaras en la sinagoga.

Sin embargo, hubo hacia el siglo IX una corriente cristiana que se empeñó en ensalzar y buscar el martirio a toda costa. Así que ciertos obispos y párrocos fomentaron entre sus feligreses el ir a decir barbaridades contra los musulmanes para provocar su ira. Los islámicos, claro, los apresaban y los juzgaban. Antes de condenarlos, sin embargo, les ofrecían poder retractarse y disculparse en público, y aquí no ha pasado nada. Pero cuando un cristiano se empeña en ser santo, no hay nada que lo aparte de su obstinación. Y oye, tanto insistían, tanto insistían que finalmente conseguían lo que querían: ajusticiamiento.

Uno de esos cristianos cabezotas fue San Abundio, a quien se le ofreció ¡hasta once veces! desdecirse de las injurias al Corán. Y no hubo manera. Así que consiguió lo que buscaba: el martirio. El pueblo, sin embargo, más que como actitud ejemplificadora, vio que aquel empecinamiento en morirse de manera violenta era, más que señal de santidad, una solemne tontería. Su onomástica se celebra el 11 de julio, por si a alguno le interesa el dato.

Otro Abundio popular parece que fue un campesino navarro quien, según cuentan, se empeñó en regar sus campos usando como única herramienta su pene y su orín. Si lo consiguió o no, es ya otra historia. Si es cierto o no, no estamos aquí para juzgarlo. Pero, en fin, la conclusión es clara.

Y cierra nuestra trilogía de tontos de hoy el caso del capitán de fragata don Abundio Martínez Soria, quien en la guerra de Filipinas, cuando se encontró de frente con la armada estadounidense, en lugar de huir cuando tuvo ocasión dirigió su barco contra ella y claro, pepinazo al canto y para el fondo del mar, matarile-rile-rile. ¿Por qué lo hizo? Nadie se lo explica. Quizá, el pobre, buscara ser condecorado y recordado por tamaña heroicidad. Sin embargo, hasta sus compañeros de armas coincidieron en calificar semejante acto como una tremenda gilipollez. Como no podía ser menos.

A estas ‘hazañas’ de nuestros tres Abundios, el pueblo acabó añadiendo otras coletillas, por aquello de seguir la gracia. Ejemplos todos tenemos en mente: eres más tonto que Abundio, que vendió el coche para comprar gasolina. O que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre. O que llegó el segundo en una carrera en la que corría solo. Y así, hasta el infinito. ¡Pobre Abundio!

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¿Pero existió realmente Abundio? Hombre, con la cantidad de seres humanos que hemos poblado este país desde el principio de los tiempos, raro sería que no hubiera vivido alguno que se caracterizada por su falta de luces. La respuesta es sí, existió tal personaje. Lo que ya no es tan fácil de determinar es cuándo y dónde vivió.

Pancracio Celdrán, en El gran libro de los insultos, lo sitúa en la Córdoba de entre los siglos XVII y XVIII. Otras versiones, sin embargo, lo hacen nacer en la ciudad califal, sí, pero lo ubican en el siglo IX, en plena época del Emirato. Parece ser que entonces, aunque pareciera lo contrario, la convivencia entre las religiones que se practicaban en la península era buena. Bastaba con practicar la que tú quisieras a tu aire, sin molestar ni meterte en las creencias de los demás. Evidentemente, bajo el dominio musulmán, si practicabas la fe de Mahoma estabas muchísimo mejor considerado. Pero nadie veía con malos ojos que colgaras una cruz en la pared de tu habitación o que rezaras en la sinagoga.

Sin embargo, hubo hacia el siglo IX una corriente cristiana que se empeñó en ensalzar y buscar el martirio a toda costa. Así que ciertos obispos y párrocos fomentaron entre sus feligreses el ir a decir barbaridades contra los musulmanes para provocar su ira. Los islámicos, claro, los apresaban y los juzgaban. Antes de condenarlos, sin embargo, les ofrecían poder retractarse y disculparse en público, y aquí no ha pasado nada. Pero cuando un cristiano se empeña en ser santo, no hay nada que lo aparte de su obstinación. Y oye, tanto insistían, tanto insistían que finalmente conseguían lo que querían: ajusticiamiento.

Uno de esos cristianos cabezotas fue San Abundio, a quien se le ofreció ¡hasta once veces! desdecirse de las injurias al Corán. Y no hubo manera. Así que consiguió lo que buscaba: el martirio. El pueblo, sin embargo, más que como actitud ejemplificadora, vio que aquel empecinamiento en morirse de manera violenta era, más que señal de santidad, una solemne tontería. Su onomástica se celebra el 11 de julio, por si a alguno le interesa el dato.

Otro Abundio popular parece que fue un campesino navarro quien, según cuentan, se empeñó en regar sus campos usando como única herramienta su pene y su orín. Si lo consiguió o no, es ya otra historia. Si es cierto o no, no estamos aquí para juzgarlo. Pero, en fin, la conclusión es clara.

Y cierra nuestra trilogía de tontos de hoy el caso del capitán de fragata don Abundio Martínez Soria, quien en la guerra de Filipinas, cuando se encontró de frente con la armada estadounidense, en lugar de huir cuando tuvo ocasión dirigió su barco contra ella y claro, pepinazo al canto y para el fondo del mar, matarile-rile-rile. ¿Por qué lo hizo? Nadie se lo explica. Quizá, el pobre, buscara ser condecorado y recordado por tamaña heroicidad. Sin embargo, hasta sus compañeros de armas coincidieron en calificar semejante acto como una tremenda gilipollez. Como no podía ser menos.

A estas ‘hazañas’ de nuestros tres Abundios, el pueblo acabó añadiendo otras coletillas, por aquello de seguir la gracia. Ejemplos todos tenemos en mente: eres más tonto que Abundio, que vendió el coche para comprar gasolina. O que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre. O que llegó el segundo en una carrera en la que corría solo. Y así, hasta el infinito. ¡Pobre Abundio!

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Opiniones 6
  • Lo que en otros sitios se hubiera llamado héroe -por lo del capitán de fragata ese- aquí se le llama tonto. No nos extrañemos de tantos Fabras, Gurtels, EREs falsos y demás.

    No quisiera yo encontrárme a ninguno de los que piensan así de compañero en ninguna trinchera. Me puedo imaginar qué pasaría.

  • ¡Que buenos eran los musulmanes! y que tontos los cristianos, ¿será posible que a día de hoy todavía nos sigamos creyendo lo de la buena convivencia y bondad de los musulmanes?. Nada más hay que ver como son los musulmanes en pleno siglo XXI y las libertades que hay en sus países, como tratan a las mujeres, a los homosexuales y por su puesto a los cristianos, pues piensen Vds. en estos mismos ,pero en la Edad Media. Además el Obispo de aquella época advertía tajantemente a sus fieles que el sacrificio provocado era una atrocidad y no servía para conseguir la Vida Eterna.Esto de lo de Abundio es como lo de la celebración del día de los inocentes con bromas cuando lo que se celebra es la masacre de niños inocentes, no se le ve la gracia por ningún sitio.

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