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23 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD
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Masai rural: un homenaje a lo agreste y una crítica al ecologismo radical

23 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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«Este trabajo es una crítica al paripé ecologista que impera en nuestros tiempos. La gente del campo hace 10 años vivía de una forma mucho más sostenible que los ecologistas de ahora, porque se esforzaba por mantener un equilibrio real con la naturaleza. Ahora la peña no come carne porque quiere ser vegana, pero lleva un móvil cuya batería está hecha de un material que se saca en África y que causa la muerte de muchas personas. Vivimos en un mundo lleno de contradicciones».

Una sutil ironía y un halo de misterio recorren el trabajo del fotógrafo alicantino Valiente Verde, quien desde hace años se sumerge en la cotidianeidad de los campesinos de su pueblo de infancia, Casas-Ibáñez en Albacete. «Masai rural es un trabajo muy personal sobre mi familia, mi gente y mis orígenes», asegura este fotógrafo, que ya fue técnico de sonido en la televisión autonómica de la Comunidad Valenciana. «Es una oda a los agricultores como mi madre, que siempre hizo el jabón con el aceite que usaba para freír. Es un guiño a lo agreste, que hace 10 años resultaba cateto y que ahora se ha puesto de moda», añade. En la actualidad, Verde concilia su faceta de retratista con la de cartero.

Su ensayo es su forma de decir que está todo inventado y, al mismo tiempo, una crítica piadosa de la modernez de veganos, hipsters y talibanes ecológicos que brotan como hongos en las ciudades españolas. El título remite a la tribu africana que vive entre Kenia y Tanzania y que en el imaginario de Verde está formada por agricultores que, en la esencia, son parecidos a los habitantes de Casas-Ibáñez. «Yo veo a los masais como a unos guerreros que han conseguido mantener su autenticidad a pesar de todo. En mi serie trazo un paralelismo con la gente de mi pueblo, que son muy particulares, una especie de Astérix y Obélix que resisten ante la invasión de los romanos» señala.

Un coctel de humor y teatralización fantasiosa impregna sus imágenes, en las que juega con conceptos como el chamanismo o la ufología. «Al hombre que mira hacia arriba le pillé mientras estaba regando su huerta. Le pedí que levantara los ojos hacia el cielo como si fuese a ver lo que nos espera, porque en el fondo todo agricultor tiene la mirada puesta en el firmamento. Está permanentemente a la espera de la lluvia o del hielo. A este señor me lo imaginé como si estuviese avistando una gran nave extraterrestre que le va a proporcionar toda la información que tanto desea controlar», revela.

Valiente Verde descubrió el poder de la fotografía cuando estudiaba imagen y sonido. Se decantó por este último para aplacar su aspiración de músico. Regresó a la fotografía tras perder su empleo en la televisión. Al principio se dejó seducir por la fotografía de calle, llegando a retratar a vecinos de los barrios de Alicante. Con el tiempo, estos encuentros fortuitos le supieron a poco y comenzó a realizar imágenes más elaboradas. Algunas han sido publicados en revistas de tirada nacional. El salto hacia una fotografía más autoral coincidió con su aproximación al pueblo de sus padres, un remanso de paz en el que suele refugiarse cada vez que tiene tiempo libre.

«Suelo salir por la mañana con mi cámara. Camino sin rumbo para ver qué encuentro, como un buscador de oro. Cuando alguien que me llama la atención, empiezo a conversar con él para ver qué podemos generar juntos. Soy como una especie de cazador que se deja llevar por la sorpresa y la espontaneidad», explica. A todos sus modelos improvisados les hace posar para construir la foto que surge en su cabeza. «El señor con las botellas en la cabeza, por ejemplo, representa el regadío. El agua es imprescindible para los campos y para todos nosotros. Me inspiré en las máscaras que usan los masais. Es una referencia al primitivismo», agrega este fotógrafo, que rehuye la obsesión por la tecnología y suele usar cámaras de segunda mano.

De tanto andar por pueblos y senderos apartados, ya se ha convertido en un urbanita conocido entre los campesinos de la zona. Esto le permite trabajar con una enorme libertad y lograr, por ejemplo, que el vendedor de ajos acceda a transformase en un vampiro chamánico o que el viticultor que está quemando los sarmientos después de la poda atraviese la cortina de humo para convertirse en un misterioso hombre de las tinieblas.

«Los manchegos somos muy sarcásticos. Me gusta jugar con personajes reales, con el escenario, con las ideas preconcebidas sobre misterio y con las raíces primitivas de mis masais rurales», afirma el fotógrafo, que recurre a un flash externo para obtener retratos más expresivos. Su obra tiene un punto documental con un toque de surrealismo.

La idea de Masai rural surge a raíz de un ensayo sobre tractoristas. «Una mañana, mientras desayunaba con mi madre, se me ocurrió retratar a los campesinos con sus mejores trajes posando delante de sus tractores. Mi madre se enfadó mucho. Me dijo: ‘¿Tú estás loco? ¿Te quieres reír de ellos?’. Pero sabe que soy muy cabezón y para despistarme me sugirió que fotografiara a mi padre. Los manchegos se preocupan bastante por el qué dirán», cuenta. Al final, a pesar de las dudas familiares, acabó haciendo su serie.

Verde reconoce que se siente muy cómodo en el campo, que define como su zona de confort. «Me trae muchos recuerdos de mi niñez, de cuando pasaba allí todos los veranos. Me hace sentir realizado. Se me olvida todo cuando recorro los campos de Albacete», asegura. Masai rural es un work en progress al que piensa aún dedicar un buen tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

«Este trabajo es una crítica al paripé ecologista que impera en nuestros tiempos. La gente del campo hace 10 años vivía de una forma mucho más sostenible que los ecologistas de ahora, porque se esforzaba por mantener un equilibrio real con la naturaleza. Ahora la peña no come carne porque quiere ser vegana, pero lleva un móvil cuya batería está hecha de un material que se saca en África y que causa la muerte de muchas personas. Vivimos en un mundo lleno de contradicciones».

Una sutil ironía y un halo de misterio recorren el trabajo del fotógrafo alicantino Valiente Verde, quien desde hace años se sumerge en la cotidianeidad de los campesinos de su pueblo de infancia, Casas-Ibáñez en Albacete. «Masai rural es un trabajo muy personal sobre mi familia, mi gente y mis orígenes», asegura este fotógrafo, que ya fue técnico de sonido en la televisión autonómica de la Comunidad Valenciana. «Es una oda a los agricultores como mi madre, que siempre hizo el jabón con el aceite que usaba para freír. Es un guiño a lo agreste, que hace 10 años resultaba cateto y que ahora se ha puesto de moda», añade. En la actualidad, Verde concilia su faceta de retratista con la de cartero.

Su ensayo es su forma de decir que está todo inventado y, al mismo tiempo, una crítica piadosa de la modernez de veganos, hipsters y talibanes ecológicos que brotan como hongos en las ciudades españolas. El título remite a la tribu africana que vive entre Kenia y Tanzania y que en el imaginario de Verde está formada por agricultores que, en la esencia, son parecidos a los habitantes de Casas-Ibáñez. «Yo veo a los masais como a unos guerreros que han conseguido mantener su autenticidad a pesar de todo. En mi serie trazo un paralelismo con la gente de mi pueblo, que son muy particulares, una especie de Astérix y Obélix que resisten ante la invasión de los romanos» señala.

Un coctel de humor y teatralización fantasiosa impregna sus imágenes, en las que juega con conceptos como el chamanismo o la ufología. «Al hombre que mira hacia arriba le pillé mientras estaba regando su huerta. Le pedí que levantara los ojos hacia el cielo como si fuese a ver lo que nos espera, porque en el fondo todo agricultor tiene la mirada puesta en el firmamento. Está permanentemente a la espera de la lluvia o del hielo. A este señor me lo imaginé como si estuviese avistando una gran nave extraterrestre que le va a proporcionar toda la información que tanto desea controlar», revela.

Valiente Verde descubrió el poder de la fotografía cuando estudiaba imagen y sonido. Se decantó por este último para aplacar su aspiración de músico. Regresó a la fotografía tras perder su empleo en la televisión. Al principio se dejó seducir por la fotografía de calle, llegando a retratar a vecinos de los barrios de Alicante. Con el tiempo, estos encuentros fortuitos le supieron a poco y comenzó a realizar imágenes más elaboradas. Algunas han sido publicados en revistas de tirada nacional. El salto hacia una fotografía más autoral coincidió con su aproximación al pueblo de sus padres, un remanso de paz en el que suele refugiarse cada vez que tiene tiempo libre.

«Suelo salir por la mañana con mi cámara. Camino sin rumbo para ver qué encuentro, como un buscador de oro. Cuando alguien que me llama la atención, empiezo a conversar con él para ver qué podemos generar juntos. Soy como una especie de cazador que se deja llevar por la sorpresa y la espontaneidad», explica. A todos sus modelos improvisados les hace posar para construir la foto que surge en su cabeza. «El señor con las botellas en la cabeza, por ejemplo, representa el regadío. El agua es imprescindible para los campos y para todos nosotros. Me inspiré en las máscaras que usan los masais. Es una referencia al primitivismo», agrega este fotógrafo, que rehuye la obsesión por la tecnología y suele usar cámaras de segunda mano.

De tanto andar por pueblos y senderos apartados, ya se ha convertido en un urbanita conocido entre los campesinos de la zona. Esto le permite trabajar con una enorme libertad y lograr, por ejemplo, que el vendedor de ajos acceda a transformase en un vampiro chamánico o que el viticultor que está quemando los sarmientos después de la poda atraviese la cortina de humo para convertirse en un misterioso hombre de las tinieblas.

«Los manchegos somos muy sarcásticos. Me gusta jugar con personajes reales, con el escenario, con las ideas preconcebidas sobre misterio y con las raíces primitivas de mis masais rurales», afirma el fotógrafo, que recurre a un flash externo para obtener retratos más expresivos. Su obra tiene un punto documental con un toque de surrealismo.

La idea de Masai rural surge a raíz de un ensayo sobre tractoristas. «Una mañana, mientras desayunaba con mi madre, se me ocurrió retratar a los campesinos con sus mejores trajes posando delante de sus tractores. Mi madre se enfadó mucho. Me dijo: ‘¿Tú estás loco? ¿Te quieres reír de ellos?’. Pero sabe que soy muy cabezón y para despistarme me sugirió que fotografiara a mi padre. Los manchegos se preocupan bastante por el qué dirán», cuenta. Al final, a pesar de las dudas familiares, acabó haciendo su serie.

Verde reconoce que se siente muy cómodo en el campo, que define como su zona de confort. «Me trae muchos recuerdos de mi niñez, de cuando pasaba allí todos los veranos. Me hace sentir realizado. Se me olvida todo cuando recorro los campos de Albacete», asegura. Masai rural es un work en progress al que piensa aún dedicar un buen tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Opiniones 2
  • estupido articulo :
    por necesidad y actualmente,
    la gente del campo
    tbn tiene movil,
    usa el coche para casi todo ,
    come mas carne
    ademas de cazar y asi contamina tbn
    Cada cual que haga lo que pueda

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