Publicado: 03 de septiembre 2019 06:13  | Actualizado: 02 de septiembre 2019 05:25    /   IDEAS
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¿Quieres viajar más lejos? Pues no te muevas de un solo sitio

Publicado: 03 de septiembre 2019 06:13  | Actualizado: 02 de septiembre 2019 05:25    /   IDEAS     por          
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Masificación turística

La propagación de los vuelos low cost unida a la llegada de Airbnb ha supuesto la tormenta perfecta para las ciudades más hermosas del mundo, afectadas, como consecuencia de ello, por ese tumor maligno llamado gentrificación.

En el pasado hispano, el llamado turismo de masas se concentraba exclusivamente en lugares playeros como el Benidorm alicantino, la playa de El Arenal mallorquín o el Torremolinos de la Costa del Sol. Con él, incorporamos a nuestro diccionario la palabra hooligan y empezamos a denominar «importaciones» a todas las divisas que llegaban gracias a la venta de alcohol de garrafa y la promesa de sex, sun and sea.

Pero ahora esa masificación, movida por una especie de fusión entre la primera ley de Murphy y la entropía de Shannon, se ha desplazado hacia las pirámides de Giceh, el Machu Pichu o el Taj Mahal. Y, ya puestos, a ciudades como Praga, Venecia o Barcelona.

Lo llamativo de este fenómeno, que la prensa suele recoger a menudo, son los actos de vandalismo, el ruido o las aglomeraciones. Pero el daño profundo es otro y tiene más que ver con la desnaturalización de esos lugares.

Los lugares hermosos lo son porque tienen alma. Un alma construida desde el equilibrio entre su arquitectura, su historia, sus ritmos, sus gentes, sus hábitos y sus silencios.

Y con la masificación turística casi todo ello desaparece dejando a la arquitectura como la única representación del pasado. Como un decorado hermoso en el que el público ha sustituido a los actores, moviéndose por el escenario como si ellos fueran los verdaderos protagonistas.

En la película La casa Rusia, Sean Connery vive en un pequeño apartamento de la parte vieja de Lisboa que bien podría estar ahora en la oferta de Airbnb. Solo que ese apartamento es el lugar que él ha elegido para pasar el resto de su vida con Michelle Pfeiffer. Juega al dominó con sus vecinos en el bar de al lado y tira de brocha para repintar el piso.

Connery viaja, claro, pero por razones de trabajo. En cambio, su tiempo de ocio transcurre en ese lugar al que ahora van los turistas a pasar no más de cuatro días.

Decían hasta hace poco que Lisboa era la última ciudad romántica de Europa. Pero hoy aquellos barrios con encanto se han convertido en un lugar inhabitable. Los microbuses turísticos, los tuk tuk importados del lejano oriente y los taxis colapsan Chiado, el Barrio Alto, la Alfama…

Afortunadamente para Barley Scott Blair, el personaje de Connery en la película, esta dura solo dos horas y nueve minutos, así que ha podido tener un final feliz. Cosa que no habría sucedido de haber durado hasta nuestros días.

Viajar a los lugares que merece la pena viajar se ha convertido en una experiencia desalentadora. Por eso está naciendo una nueva forma de viajar sin viajar. Es decir, elegir un lugar alejado de los grandes circuitos turísticos y permanecer o regresar a él el mayor tiempo posible.

Entonces se descubre otro tipo de viaje, el viaje interior. Ese que te permite profundizar en el lugar, intimar con sus gentes, bañarte en su alma y, después de mucho tiempo, alcanzar el fondo.

No sirve para hacerte selfis con los que presumir en Instagram, eso es cierto. Pero te llevará a conocer estos territorios vírgenes a los que ese turismo, por suerte, nunca podrá llegar.

La propagación de los vuelos low cost unida a la llegada de Airbnb ha supuesto la tormenta perfecta para las ciudades más hermosas del mundo, afectadas, como consecuencia de ello, por ese tumor maligno llamado gentrificación.

En el pasado hispano, el llamado turismo de masas se concentraba exclusivamente en lugares playeros como el Benidorm alicantino, la playa de El Arenal mallorquín o el Torremolinos de la Costa del Sol. Con él, incorporamos a nuestro diccionario la palabra hooligan y empezamos a denominar «importaciones» a todas las divisas que llegaban gracias a la venta de alcohol de garrafa y la promesa de sex, sun and sea.

Pero ahora esa masificación, movida por una especie de fusión entre la primera ley de Murphy y la entropía de Shannon, se ha desplazado hacia las pirámides de Giceh, el Machu Pichu o el Taj Mahal. Y, ya puestos, a ciudades como Praga, Venecia o Barcelona.

Lo llamativo de este fenómeno, que la prensa suele recoger a menudo, son los actos de vandalismo, el ruido o las aglomeraciones. Pero el daño profundo es otro y tiene más que ver con la desnaturalización de esos lugares.

Los lugares hermosos lo son porque tienen alma. Un alma construida desde el equilibrio entre su arquitectura, su historia, sus ritmos, sus gentes, sus hábitos y sus silencios.

Y con la masificación turística casi todo ello desaparece dejando a la arquitectura como la única representación del pasado. Como un decorado hermoso en el que el público ha sustituido a los actores, moviéndose por el escenario como si ellos fueran los verdaderos protagonistas.

En la película La casa Rusia, Sean Connery vive en un pequeño apartamento de la parte vieja de Lisboa que bien podría estar ahora en la oferta de Airbnb. Solo que ese apartamento es el lugar que él ha elegido para pasar el resto de su vida con Michelle Pfeiffer. Juega al dominó con sus vecinos en el bar de al lado y tira de brocha para repintar el piso.

Connery viaja, claro, pero por razones de trabajo. En cambio, su tiempo de ocio transcurre en ese lugar al que ahora van los turistas a pasar no más de cuatro días.

Decían hasta hace poco que Lisboa era la última ciudad romántica de Europa. Pero hoy aquellos barrios con encanto se han convertido en un lugar inhabitable. Los microbuses turísticos, los tuk tuk importados del lejano oriente y los taxis colapsan Chiado, el Barrio Alto, la Alfama…

Afortunadamente para Barley Scott Blair, el personaje de Connery en la película, esta dura solo dos horas y nueve minutos, así que ha podido tener un final feliz. Cosa que no habría sucedido de haber durado hasta nuestros días.

Viajar a los lugares que merece la pena viajar se ha convertido en una experiencia desalentadora. Por eso está naciendo una nueva forma de viajar sin viajar. Es decir, elegir un lugar alejado de los grandes circuitos turísticos y permanecer o regresar a él el mayor tiempo posible.

Entonces se descubre otro tipo de viaje, el viaje interior. Ese que te permite profundizar en el lugar, intimar con sus gentes, bañarte en su alma y, después de mucho tiempo, alcanzar el fondo.

No sirve para hacerte selfis con los que presumir en Instagram, eso es cierto. Pero te llevará a conocer estos territorios vírgenes a los que ese turismo, por suerte, nunca podrá llegar.

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