2 de octubre 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Matará Neil Young a la estrella del mp3?

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Nunca ha sido el viejo Neil de quedarse sentado en el porche de su rancho a ver cómo pasan los últimos años de su vida. Solo un aneurisma le hizo parar un tiempo, en el año 2005. Ese pequeño contratiempo queda ya en el recuerdo y ahora trae disco nuevo acompañado de sus hermanos de sangre Crazy Horse, una autobiografía y, lo más sorprendente, su baza en la batalla por conseguir un sonido portátil con la fidelidad lo más alta posible. Pono es el nombre del sistema que está desarrollando.

Young venía avisando. “Steve Jobs era un pionero digital, pero cuando llegaba a casa escuchaba vinilos”, decía hace unos meses. Era su forma de decir que se había tomado esto de conseguir sistema de sonido portátiles de calidad de manera casi personal. Su actitud siempre ha sido la de un artesano del sonido, hilando delicadas y desgarradas melodías en la Martin acústica que ‘tomó prestada’ de Bob Dylan o desatando tormentas furiosas con su vieja Les Paul Old Black.

El canadiense pretende devolver el encanto de lo analógico al sonido que se consume hoy en día. David Letterman le preguntaba si, de hecho, era analógico el sonido que producía el Pono. «No. Transferimos a la más alta resolución en digital. De esa manera estás lo más cerca que algo digital puede estar del sonido analógico», le aclaraba.

En realidad, Pono es más que un reproductor de sonido. Es un sistema propietario (¿por qué Neil, por qué?) de música digital capaz de reproducir los viejos másters. «Espero que sea capaz de devolver la calidad de sonido a la música de hoy». Además, Pono es también una plataforma de distribución de música. De hecho, Warner ha accedido a poner en venta su catálogo a través de la nueva tienda. Es decir, Pono sería un formato, como el mp3 pero a una resolución mucho mayor, según el propio compositor, un reproductor -cuyo diseño deja bastante que desear, dicho sea de paso- y una tienda de música.

Será el tiempo el que dicte si todo esto queda en un capricho para sibaritas del sonido si la porpuesta de Neil Young puede hacerse con un pedazo de un pastel que se repartió hace ya algunos años. Mientras siga tocando, que tenga los hobbies que quiera.

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Young venía avisando. “Steve Jobs era un pionero digital, pero cuando llegaba a casa escuchaba vinilos”, decía hace unos meses. Era su forma de decir que se había tomado esto de conseguir sistema de sonido portátiles de calidad de manera casi personal. Su actitud siempre ha sido la de un artesano del sonido, hilando delicadas y desgarradas melodías en la Martin acústica que ‘tomó prestada’ de Bob Dylan o desatando tormentas furiosas con su vieja Les Paul Old Black.

El canadiense pretende devolver el encanto de lo analógico al sonido que se consume hoy en día. David Letterman le preguntaba si, de hecho, era analógico el sonido que producía el Pono. «No. Transferimos a la más alta resolución en digital. De esa manera estás lo más cerca que algo digital puede estar del sonido analógico», le aclaraba.

En realidad, Pono es más que un reproductor de sonido. Es un sistema propietario (¿por qué Neil, por qué?) de música digital capaz de reproducir los viejos másters. «Espero que sea capaz de devolver la calidad de sonido a la música de hoy». Además, Pono es también una plataforma de distribución de música. De hecho, Warner ha accedido a poner en venta su catálogo a través de la nueva tienda. Es decir, Pono sería un formato, como el mp3 pero a una resolución mucho mayor, según el propio compositor, un reproductor -cuyo diseño deja bastante que desear, dicho sea de paso- y una tienda de música.

Será el tiempo el que dicte si todo esto queda en un capricho para sibaritas del sonido si la porpuesta de Neil Young puede hacerse con un pedazo de un pastel que se repartió hace ya algunos años. Mientras siga tocando, que tenga los hobbies que quiera.

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Opiniones 5
  • En un país donde la gente habla a gritos, donde en las salas de concierto los solos de violín se confunden con un sinfín de toses y de envoltorios de caramelitos, donde los tubos de escape resuenan escandalosamente en las calles con el beneplácito de la guardia urbana, en un país donde algunos conciertos de pop o rock tienen un sonido vergonzosamente atronador y escaso de matices, es bien cierto que algunos – o muchos – buscamos el refugio en una pequeña sala, una pequeña habitación donde poder disfrutar de la música en condiciones. Los formatos no tienen por qué ser excluyentes. Hasta hace poco nunca se había escuchado a Ella Fitzgerald como en los cds remasterizados del sello Verve…y también hay que reconocer que el ruido de fritura de algunos vinilos no los salvaba ni el mejor plato ni la mejor cápsula del mercado – bueno, podía atenuarse rebajando agudos, lo que tampoco aportaba autenticidad a lo escuchado -.

    El mejor sonido será siempre el de una buena sala de concierto con unos buenos intérpretes y sin ese público incapaz de estarse quieto cinco minutos. A veces me pregunto por qué cierta gente se empecina en acudir a salas de concierto.
    La música en estado puro es la música desnuda, sin artificios.

    La única verdad es que el formato digital ha hecho saltar por los aires las fronteras que muchas discográficas se empecinaban en mantener, en fundir las caprichosas decisiones sobre lo que es o no es comercial. El formato digital ha permitido a muchos artistas crear sus propias tiendas virtuales donde hacerse oír y poder vender su música sin inútiles intermediarios.

    Y a mí, como amante de la música, acceder a contenidos que en el formato vinilo sólo podía conseguir, hace muchos años, en el mercado japonés, americano o incluso, europeo.

    Coger un vinilo, extraerlo de su funda, colocarlo en el plato y empezar a escucharlo constituyen preludios de un romanticismo que se resiste a perderse.

    Pero también es cierto que pasear por la calle escuchando música constituye un placer que hace muchos muchos años no existía. Los tiempos traen cambios, y no tiene por qué significar el final de lo que fue. La nostalgia es un gran afrodisíaco.

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