14 de febrero 2018    /   IDEAS
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Divorcios a cascoporro, matrimonios en ruinas… ¿Es hora de replantearse el concepto del matrimonio?

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Al final del siglo XX, la palabra familia salió de la jaula en la que estaba encerrada bajo un único significado: un padre, una madre y unos hijos que viven en una misma casa. Lo mismo le ocurre al matrimonio. El concepto arrastra ideas y formas de vivir de otras épocas, y eso hace que a muchos les suene un grillete de fondo cuando oyen hablar de boda.

El matrimonio fue imprescindible cuando las mujeres no tenían ingresos y no hacían otra cosa en su vida que criar, cuidar, lavar y guisar. Era un seguro económico para que pudieran dedicarse en cuerpo y alma, no a trabajar –porque las tareas domésticas nunca se han reconocido como un trabajo–, sino a las «labores propias de su sexo». Pero desde que muchas mujeres tienen sus propios ingresos y no dependen de un marido, hay quien piensa que habría que replantear el significado del matrimonio.

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Las bodas no enamoran como antes. Las pruebas se cuentan al peso: en el año 2000, por cada mil habitantes, hubo 5,4 matrimonios; en 2014 menguó a 3,4 por cada mil, según el Instituto de Política Familiar. Y los divorcios se han disparado. Fueron 37.586 en 2001 y 114.019 en 2016: tres veces más, según un informe del Poder Judicial.

Ese olor a rancio que despierta el matrimonio para muchas personas viene de algunos conceptos que lleva acoplados, como la fidelidad sexual o una duración que a algunos resulta asfixiante: hasta la muerte de los implicados. En vista del repelús que supone a algunos y del número de divorcios (bien henchido en los países occidentales), Susan Pease Gadoua y Vicki Larson se preguntaron si habría que plantear «nuevas formas de matrimonio para los escépticos, los realistas y los rebeldes». La respuesta cayó por su propio peso: sí, y entonces escribieron un libro donde proponen nuevas formas de maridaje: The New I Do.

Ambas saben un rato de lo que hablan. Susan Pease Gadoua lleva años asesorando a parejas para construir «matrimonios con éxito» desde su agencia Changing Marriage y ha escrito otro ensayo sobre el divorcio: Contemplating Divorce and Stronger Day by Day. Vicki Larson lleva años escribiendo, como periodista y columnista, sobre la maternidad, el casamiento y el descasamiento.

Tantos años viendo y oyendo historias de amor y desamor las ha llevado a arrancar su libro con esta frase: «El matrimonio tal y como lo conocemos está muriendo». Fue, durante siglos, un arreglo de conveniencia. Fue, durante centurias, un modo de recluir a la mujer. Y no hace tanto las mujeres solteras aún resultaban sospechosas. The Modern Woman, un libro que arrasó en ventas en Estados Unidos, en 1947, proclamaba que la expresión «mujer independiente» era una «contradicción» y que las mujeres que buscaban una misma educación y un mismo salario que los hombres se habían propuesto una «castración ritualista del hombre».

Algunas esposas querían salir de la cocina y dejar de hacer lo que se esperaba de ellas. Pero la sociedad no se lo permitió. Las llamaron «esquizofrénicas», las encerraron en manicomios y a veces, incluso, las sometieron a las sacudidas de las terapias de shock para que, según las autoras, «aceptaran sus roles domésticos y los dictados de su marido». Eran tiempos de penas y desastres, después de la Segunda Mundial, y a las mujeres les asignaron la responsabilidad de construir «matrimonios y hogares felices».

Luego cayó en las manos de las novelas rosas y el cine de Hollywood y vistieron al matrimonio del edén más absoluto. Y esto tuvo graves consecuencias. El parecido que había entre los amoríos de las películas y los de la vida real eran tan similares como la bella y la bestia.

«Nunca antes en la historia una cultura había esperado tanto de esta unión como lo hacemos hoy en el mundo occidental», escribe la socióloga Stephanie Coontz en su libro Matrimonio, una historia. «La adopción de estos objetivos para el matrimonio no tiene precedentes y ha tenido consecuencias imprevisibles que, desde entonces, se han convertido en una amenaza a la estabilidad de toda la institución». En algún momento nos hicieron creer que en la pareja estaba el todo: el mejor amigo, el intelectual, el padre solícito, el amante bandido. Pero lo que vendieron como realidad no era más que ficción. Las comedias románticas y la literatura de la pasión deja al cónyuge real, el del día a día, a los pies de los caballos.

Las comedias románticas y la literatura de la pasión deja al cónyuge real, el del día a día, a los pies de los caballos

Podría ser este uno de los motivos. Podría ser también la independencia de la mujer. Lo que las dos autoras tienen claro es que el matrimonio al uso, el heredado de otros tiempos, hace aguas. «¿Por qué no está funcionando el matrimonio a la mitad de las personas que se casan?», se preguntan. «En realidad, no funciona bien para muchas más. Multitud de parejas permanecen casadas solo porque la esposa o el marido necesita beneficiarse del seguro médico de su cónyuge, o porque tienen un negocio juntos y la separación los llevaría a la ruina, o porque no se pueden permitir vender la casa. O hacen vidas separadas, pero permanecer juntos, infelices, por los hijos».

Y esto les hace pensar que quizá habría menos rupturas y decepciones si se redefiniera el significado de estar casado. Porque el matrimonio sigue teniendo ventajas, según la abogada de familia María Ángeles Jaime de Pablo: «Es más garantista que una unión en la que no hay nada firmado, y en caso de ruptura, el Código Civil sí contiene previsiones específicas para el contrato matrimonial. Proporciona una seguridad jurídica». Aunque solo para los cónyuges, porque los descendientes siempre están protegidos: «Las obligaciones con los hijos son las mismas si la pareja está casada o no».

Modificar el sentido del matrimonio no sería nada nuevo: «Ha cambiado y se ha transformado muchas veces desde que se inventó el concepto», indican las autoras de The New I Do. «Además, no tiene nada que ver lo que significa en un pueblo remoto de China o India y lo que significa en EEUU».

Y por eso ahora, decididas, claman: «Ha llegado el momento de ser más creativos con el matrimonio». Es la hora de configurar «matrimonios a medida», de que cada pareja ponga sus normas y apunte sus expectativas. Llegó la era del matrimonio Do It Yourself (hazlo tú mismo) porque cada persona busca algo distinto en el matrimonio. Antes de casarse, uno debería pararse a pensar qué espera del casorio: ¿amor, compañía, un padrazo para sus hijos, una billetera? Para esta reflexión, que pocas veces se hace, Pease Gadoua y Larson proponen siete modelos de matrimonio distintos al que se da por supuesto: el de las mariposas en el estómago.

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Matrimonio temporal o renovable

¿Por qué todos los contratos de matrimonio tienen que ser «hasta que la muerte nos separe»? La mayoría de las personas piensan que una relación tiene éxito cuando dura toda la vida, pero ¿por qué ha de ser así? Hay muchas parejas que fueron muy felices durante un tiempo y luego decidieron separarse. ¿Por qué va a ser eso un fracaso? ¿Por qué ha de ser un descalabro un amor que no es eterno?

«Un matrimonio debería considerarse exitoso por lo que ha supuesto, no por lo que dura», escriben. «Volver a decir “sí” a tu pareja cuando renuevas el contrato es una declaración de amor verdadero y de compromiso. Es una decisión consciente de que quieres que tu matrimonio dure más tiempo y es una oportunidad para decidir juntos en qué podéis mejorar. Es también una forma de expresar que estás casado porque lo has decidido, no porque tienes que estarlo».

Este tipo de matrimonio no implica menos compromiso. Al revés. Al no estar garantizada la continuidad, los cónyuges deberían implicarse más. Puede tomarse como un periodo de prueba para que las dos personas aprendan a convivir y sepan si son felices juntas. Porque lo que no tiene sentido, insisten, es «esperar a que la muerte os separe cuando tú ya sientes que estás muriendo en tu matrimonio».

La unión temporal no es un invento de las dos estadounidenses. Ya en el antiguo Japón extendieron contratos matrimoniales de cinco años. Después lo recomendaron algunos estudiosos como E.D. Cope en El problema del matrimonio (1888); el paleontólogo sugirió que estos enlaces deberían comenzar siempre con una etapa de prueba de cinco años. Y algo parecido soltó también el poeta alemán Goethe en su novela Las afinidades electivas (1809).

Y, dicho esto, las autoras se adelantan a la pregunta de cajón que habría de hacerse el lector: ¿Por qué debería molestarme siquiera en firmar un matrimonio temporal si puedo hacer este test yéndome a vivir con mi pareja? ¿Por qué he de gastarme un pastizal y montar una especie de verbena? «Aquí está nuestra respuesta», dicen, con decisión: «Cohabitar, aunque es parecido al matrimonio, no es lo mismo. No tienes la misma protección legal y financiera. Esto ya es un motivo enorme, pero, además, las personas actúan de modo distinto cuando solo cohabitan. Dos personas tienen otras expectativas cuando no están casadas, y la sociedad los mira de un modo distinto: no los suelen considerar una familia».

Matrimonio de compañía

«¿Puedes tener un matrimonio basado en la compañía sin amor romántico? Por supuesto. Y creemos que es mucho más duradero y sostenible que el que probablemente te han enseñado a buscar (un matrimonio en el que todo es pasión)», escriben. Un par de estudios mostraron que este tipo de unión es muy frecuente. En el primero, realizado por Pease Gadoua y Larson, el 64% de los participantes dijeron que una de las razones por las que se habían casado era por no estar solos; el 59% lo hizo también por amor. En la otra investigación, de Pew Research Center, el porcentaje es aún más alto: el 72% buscaban compañía.

Este tipo de matrimonio, dicen, se hace más frecuente cuando las personas son mayores. A esa edad ya no se busca tanto al mito erótico ni al amor loco como a alguien con quien compartir la vida en paz.

Matrimonio parental

Algunas personas quieren tener hijos; otras, no. Algunos desean ser padres antes que nada en el mundo; para otras, es algo más en su vida –punto–. Plantearse estas cuestiones antes de casarse con alguien es fundamental para que, después, si llegan los hijos, no se arme la marimorena. Las autoras dicen que es muy frecuente que caiga el entusiasmo de un matrimonio un año después de tener el primer hijo. Empieza una época de «expectativas frustradas, agotamiento, sexo de higos a brevas y una sensación general de “¿y yo qué?”».

«Algunas parejas optan por divorciarse y otras permanecen juntas –a menudo sufriendo– “por los hijos”», dicen. La fórmula idónea para un individuo que desea, ante todo, tener hijos es «elegir un cónyuge que sea la mejor persona para criar contigo a vuestros niños. No busques al “amor de tu vida” o a tu media naranja».

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Matrimonio de cónyuges que viven separados

Es una opción que a muchos sorprende, disgusta y miran con desconfianza: «¡Qué egoístas!», acusan. Durante mucho tiempo al que le gusta vivir solo y al que no quiere tener hijos se le ha puesto bajo sospecha. Más aún si era mujer: «¡Qué tía más rara!».

Pease Gadoua y Larson explican que este tipo de matrimonio funciona muy bien para las personas que necesitan un espacio para sí mismos y que sienten claustrofobia cuando tienen que compartir cada momento de su vida con otra persona. «Muchos esposos no animan ni apoyan el crecimiento y la libertad personal de su pareja. La mayor parte de los individuos no equiparan el matrimonio con libertad», especifican. «Más esposas que maridos dicen que no tienen espacio para ellas; en parte, porque las mujeres tienden a ocuparse más de los cuidados, incluso si trabajan fuera de casa (de hecho, ellas dedican el doble de tiempo a los cuidados familiares)».

La falta de tiempo para uno mismo es una de las quejas más frecuentes en los estudios sobre el matrimonio. Casi el doble de los que lamentan su triste vida sexual, dicen. «Vivir separados puede dar a la pareja lo mejor de los dos mundos (unión y espacio)», indican. Lo ideal es que esta decisión se produzca por mutuo acuerdo y no responda solo a la necesidad de uno de los dos. Y, ante todo, es importante olvidarse de los prejuicios y aceptar que «no todo el mundo está hecho para vivir con otra persona».

Matrimonio indisoluble

Esta modalidad va muy bien para los que piensan que el divorcio es un despelote. Las dos personas se casan con el compromiso de que, pase lo que pase, no se separarán jamás. Tres estados de EEUU reconocen este tipo de matrimonio (covenant marriage). Louisiana lo aprobó en 1997; Arizona, en 1998 y Arkansas, en 2001. «A mediados de los años 90, algunos grupos religiosos y políticos de derechas recuperaron la idea del matrimonio indisoluble como un modo de preservar la santidad de esta unión y de reducir el número de divorcios». Aunque, según las autoras de The New I Do, parecen haber convencido a pocos. Solo el 2% de los matrimonios de esos estados han optado por esta modalidad.

Es la hora de configurar «matrimonios a medida», de que cada pareja ponga sus normas y apunte sus expectativas

Matrimonio seguro

Este contrato, más antiguo que el mundo, se hace por dinero. Así de pragmático. Las autoras aciertan en señalar la oleada de prejuicios que vienen a la cabeza en los países occidentales cuando se habla de este tipo de matrimonios. La expresión misma con la que se nombran va cargada de malicia: «matrimonios de conveniencia».

A estas uniones se les acusa de no ser «reales», pero ¿qué es un matrimonio real? ¿Un contrato entre dos individuos que se casan por amor es más real que uno firmado por dos personas que han pactado que uno aporte dinero y el otro belleza y juventud? «No es tu culpa que pienses así. Lo más probable es que hayas sido programado, de forma inconsciente, por tus amigos, tu familia, los medios de comunicación, Hollywood y los llamados expertos para que creas que el casamiento por motivos económicos es inadecuado». Pero no hay que olvidar que «quizá nadie conoce la importancia de la seguridad mejor que los que no la tienen».

Matrimonio abierto

Muchas personas no cuestionan la monogamia. Pocas veces se considera una opción; casi siempre se plantea como lo correcto. «Una vez que una pareja se ha comprometido, se da por supuesta la exclusividad sexual ahora y siempre». Pero «¿es una expectativa razonable?», se plantean. «El sexo, o su ausencia, es una de las quejas más frecuentes en las parejas que llevan juntas mucho tiempo. Admitámoslo».

Aunque en la actualidad hay más libertad sexual que hace unas décadas, en general, un matrimonio abierto sigue estando bastante mal visto. Pero las autoras animan a que cada persona se plantee qué piensa y qué siente en realidad. Esta modalidad, si es aceptada por los dos cónyuges, tiene muchos beneficios. Ellas citan: «Además del obvio (sexo con otras personas), un matrimonio abierto te ofrece un modo real de expandirte. Puedes experimentar diferentes expresiones de vulnerabilidad, profundizar en tus conexiones con otros, enfrentarte a tus miedos sobre los celos, retarte en tus actitudes de control y posesión, aumentar tu autoestima, aprender más sobre tu sexualidad y explorar fantasías, incluso bisexuales».

Divorcios y separaciones en España

  • Hubo 96.824 divorcios (una media de 265 al día y 11 cada hora), 4.353 separaciones (una media de 12 al día) y 117 nulidades
  • El mayor número de divorcios y separaciones se produjo en parejas que tienen entre 40 y 49 años
  • Duración media de estos matrimonios: 16,3 años

(INE, datos de 2016)

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Al final del siglo XX, la palabra familia salió de la jaula en la que estaba encerrada bajo un único significado: un padre, una madre y unos hijos que viven en una misma casa. Lo mismo le ocurre al matrimonio. El concepto arrastra ideas y formas de vivir de otras épocas, y eso hace que a muchos les suene un grillete de fondo cuando oyen hablar de boda.

El matrimonio fue imprescindible cuando las mujeres no tenían ingresos y no hacían otra cosa en su vida que criar, cuidar, lavar y guisar. Era un seguro económico para que pudieran dedicarse en cuerpo y alma, no a trabajar –porque las tareas domésticas nunca se han reconocido como un trabajo–, sino a las «labores propias de su sexo». Pero desde que muchas mujeres tienen sus propios ingresos y no dependen de un marido, hay quien piensa que habría que replantear el significado del matrimonio.

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Las bodas no enamoran como antes. Las pruebas se cuentan al peso: en el año 2000, por cada mil habitantes, hubo 5,4 matrimonios; en 2014 menguó a 3,4 por cada mil, según el Instituto de Política Familiar. Y los divorcios se han disparado. Fueron 37.586 en 2001 y 114.019 en 2016: tres veces más, según un informe del Poder Judicial.

Ese olor a rancio que despierta el matrimonio para muchas personas viene de algunos conceptos que lleva acoplados, como la fidelidad sexual o una duración que a algunos resulta asfixiante: hasta la muerte de los implicados. En vista del repelús que supone a algunos y del número de divorcios (bien henchido en los países occidentales), Susan Pease Gadoua y Vicki Larson se preguntaron si habría que plantear «nuevas formas de matrimonio para los escépticos, los realistas y los rebeldes». La respuesta cayó por su propio peso: sí, y entonces escribieron un libro donde proponen nuevas formas de maridaje: The New I Do.

Ambas saben un rato de lo que hablan. Susan Pease Gadoua lleva años asesorando a parejas para construir «matrimonios con éxito» desde su agencia Changing Marriage y ha escrito otro ensayo sobre el divorcio: Contemplating Divorce and Stronger Day by Day. Vicki Larson lleva años escribiendo, como periodista y columnista, sobre la maternidad, el casamiento y el descasamiento.

Tantos años viendo y oyendo historias de amor y desamor las ha llevado a arrancar su libro con esta frase: «El matrimonio tal y como lo conocemos está muriendo». Fue, durante siglos, un arreglo de conveniencia. Fue, durante centurias, un modo de recluir a la mujer. Y no hace tanto las mujeres solteras aún resultaban sospechosas. The Modern Woman, un libro que arrasó en ventas en Estados Unidos, en 1947, proclamaba que la expresión «mujer independiente» era una «contradicción» y que las mujeres que buscaban una misma educación y un mismo salario que los hombres se habían propuesto una «castración ritualista del hombre».

Algunas esposas querían salir de la cocina y dejar de hacer lo que se esperaba de ellas. Pero la sociedad no se lo permitió. Las llamaron «esquizofrénicas», las encerraron en manicomios y a veces, incluso, las sometieron a las sacudidas de las terapias de shock para que, según las autoras, «aceptaran sus roles domésticos y los dictados de su marido». Eran tiempos de penas y desastres, después de la Segunda Mundial, y a las mujeres les asignaron la responsabilidad de construir «matrimonios y hogares felices».

Luego cayó en las manos de las novelas rosas y el cine de Hollywood y vistieron al matrimonio del edén más absoluto. Y esto tuvo graves consecuencias. El parecido que había entre los amoríos de las películas y los de la vida real eran tan similares como la bella y la bestia.

«Nunca antes en la historia una cultura había esperado tanto de esta unión como lo hacemos hoy en el mundo occidental», escribe la socióloga Stephanie Coontz en su libro Matrimonio, una historia. «La adopción de estos objetivos para el matrimonio no tiene precedentes y ha tenido consecuencias imprevisibles que, desde entonces, se han convertido en una amenaza a la estabilidad de toda la institución». En algún momento nos hicieron creer que en la pareja estaba el todo: el mejor amigo, el intelectual, el padre solícito, el amante bandido. Pero lo que vendieron como realidad no era más que ficción. Las comedias románticas y la literatura de la pasión deja al cónyuge real, el del día a día, a los pies de los caballos.

Las comedias románticas y la literatura de la pasión deja al cónyuge real, el del día a día, a los pies de los caballos

Podría ser este uno de los motivos. Podría ser también la independencia de la mujer. Lo que las dos autoras tienen claro es que el matrimonio al uso, el heredado de otros tiempos, hace aguas. «¿Por qué no está funcionando el matrimonio a la mitad de las personas que se casan?», se preguntan. «En realidad, no funciona bien para muchas más. Multitud de parejas permanecen casadas solo porque la esposa o el marido necesita beneficiarse del seguro médico de su cónyuge, o porque tienen un negocio juntos y la separación los llevaría a la ruina, o porque no se pueden permitir vender la casa. O hacen vidas separadas, pero permanecer juntos, infelices, por los hijos».

Y esto les hace pensar que quizá habría menos rupturas y decepciones si se redefiniera el significado de estar casado. Porque el matrimonio sigue teniendo ventajas, según la abogada de familia María Ángeles Jaime de Pablo: «Es más garantista que una unión en la que no hay nada firmado, y en caso de ruptura, el Código Civil sí contiene previsiones específicas para el contrato matrimonial. Proporciona una seguridad jurídica». Aunque solo para los cónyuges, porque los descendientes siempre están protegidos: «Las obligaciones con los hijos son las mismas si la pareja está casada o no».

Modificar el sentido del matrimonio no sería nada nuevo: «Ha cambiado y se ha transformado muchas veces desde que se inventó el concepto», indican las autoras de The New I Do. «Además, no tiene nada que ver lo que significa en un pueblo remoto de China o India y lo que significa en EEUU».

Y por eso ahora, decididas, claman: «Ha llegado el momento de ser más creativos con el matrimonio». Es la hora de configurar «matrimonios a medida», de que cada pareja ponga sus normas y apunte sus expectativas. Llegó la era del matrimonio Do It Yourself (hazlo tú mismo) porque cada persona busca algo distinto en el matrimonio. Antes de casarse, uno debería pararse a pensar qué espera del casorio: ¿amor, compañía, un padrazo para sus hijos, una billetera? Para esta reflexión, que pocas veces se hace, Pease Gadoua y Larson proponen siete modelos de matrimonio distintos al que se da por supuesto: el de las mariposas en el estómago.

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Matrimonio temporal o renovable

¿Por qué todos los contratos de matrimonio tienen que ser «hasta que la muerte nos separe»? La mayoría de las personas piensan que una relación tiene éxito cuando dura toda la vida, pero ¿por qué ha de ser así? Hay muchas parejas que fueron muy felices durante un tiempo y luego decidieron separarse. ¿Por qué va a ser eso un fracaso? ¿Por qué ha de ser un descalabro un amor que no es eterno?

«Un matrimonio debería considerarse exitoso por lo que ha supuesto, no por lo que dura», escriben. «Volver a decir “sí” a tu pareja cuando renuevas el contrato es una declaración de amor verdadero y de compromiso. Es una decisión consciente de que quieres que tu matrimonio dure más tiempo y es una oportunidad para decidir juntos en qué podéis mejorar. Es también una forma de expresar que estás casado porque lo has decidido, no porque tienes que estarlo».

Este tipo de matrimonio no implica menos compromiso. Al revés. Al no estar garantizada la continuidad, los cónyuges deberían implicarse más. Puede tomarse como un periodo de prueba para que las dos personas aprendan a convivir y sepan si son felices juntas. Porque lo que no tiene sentido, insisten, es «esperar a que la muerte os separe cuando tú ya sientes que estás muriendo en tu matrimonio».

La unión temporal no es un invento de las dos estadounidenses. Ya en el antiguo Japón extendieron contratos matrimoniales de cinco años. Después lo recomendaron algunos estudiosos como E.D. Cope en El problema del matrimonio (1888); el paleontólogo sugirió que estos enlaces deberían comenzar siempre con una etapa de prueba de cinco años. Y algo parecido soltó también el poeta alemán Goethe en su novela Las afinidades electivas (1809).

Y, dicho esto, las autoras se adelantan a la pregunta de cajón que habría de hacerse el lector: ¿Por qué debería molestarme siquiera en firmar un matrimonio temporal si puedo hacer este test yéndome a vivir con mi pareja? ¿Por qué he de gastarme un pastizal y montar una especie de verbena? «Aquí está nuestra respuesta», dicen, con decisión: «Cohabitar, aunque es parecido al matrimonio, no es lo mismo. No tienes la misma protección legal y financiera. Esto ya es un motivo enorme, pero, además, las personas actúan de modo distinto cuando solo cohabitan. Dos personas tienen otras expectativas cuando no están casadas, y la sociedad los mira de un modo distinto: no los suelen considerar una familia».

Matrimonio de compañía

«¿Puedes tener un matrimonio basado en la compañía sin amor romántico? Por supuesto. Y creemos que es mucho más duradero y sostenible que el que probablemente te han enseñado a buscar (un matrimonio en el que todo es pasión)», escriben. Un par de estudios mostraron que este tipo de unión es muy frecuente. En el primero, realizado por Pease Gadoua y Larson, el 64% de los participantes dijeron que una de las razones por las que se habían casado era por no estar solos; el 59% lo hizo también por amor. En la otra investigación, de Pew Research Center, el porcentaje es aún más alto: el 72% buscaban compañía.

Este tipo de matrimonio, dicen, se hace más frecuente cuando las personas son mayores. A esa edad ya no se busca tanto al mito erótico ni al amor loco como a alguien con quien compartir la vida en paz.

Matrimonio parental

Algunas personas quieren tener hijos; otras, no. Algunos desean ser padres antes que nada en el mundo; para otras, es algo más en su vida –punto–. Plantearse estas cuestiones antes de casarse con alguien es fundamental para que, después, si llegan los hijos, no se arme la marimorena. Las autoras dicen que es muy frecuente que caiga el entusiasmo de un matrimonio un año después de tener el primer hijo. Empieza una época de «expectativas frustradas, agotamiento, sexo de higos a brevas y una sensación general de “¿y yo qué?”».

«Algunas parejas optan por divorciarse y otras permanecen juntas –a menudo sufriendo– “por los hijos”», dicen. La fórmula idónea para un individuo que desea, ante todo, tener hijos es «elegir un cónyuge que sea la mejor persona para criar contigo a vuestros niños. No busques al “amor de tu vida” o a tu media naranja».

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Matrimonio de cónyuges que viven separados

Es una opción que a muchos sorprende, disgusta y miran con desconfianza: «¡Qué egoístas!», acusan. Durante mucho tiempo al que le gusta vivir solo y al que no quiere tener hijos se le ha puesto bajo sospecha. Más aún si era mujer: «¡Qué tía más rara!».

Pease Gadoua y Larson explican que este tipo de matrimonio funciona muy bien para las personas que necesitan un espacio para sí mismos y que sienten claustrofobia cuando tienen que compartir cada momento de su vida con otra persona. «Muchos esposos no animan ni apoyan el crecimiento y la libertad personal de su pareja. La mayor parte de los individuos no equiparan el matrimonio con libertad», especifican. «Más esposas que maridos dicen que no tienen espacio para ellas; en parte, porque las mujeres tienden a ocuparse más de los cuidados, incluso si trabajan fuera de casa (de hecho, ellas dedican el doble de tiempo a los cuidados familiares)».

La falta de tiempo para uno mismo es una de las quejas más frecuentes en los estudios sobre el matrimonio. Casi el doble de los que lamentan su triste vida sexual, dicen. «Vivir separados puede dar a la pareja lo mejor de los dos mundos (unión y espacio)», indican. Lo ideal es que esta decisión se produzca por mutuo acuerdo y no responda solo a la necesidad de uno de los dos. Y, ante todo, es importante olvidarse de los prejuicios y aceptar que «no todo el mundo está hecho para vivir con otra persona».

Matrimonio indisoluble

Esta modalidad va muy bien para los que piensan que el divorcio es un despelote. Las dos personas se casan con el compromiso de que, pase lo que pase, no se separarán jamás. Tres estados de EEUU reconocen este tipo de matrimonio (covenant marriage). Louisiana lo aprobó en 1997; Arizona, en 1998 y Arkansas, en 2001. «A mediados de los años 90, algunos grupos religiosos y políticos de derechas recuperaron la idea del matrimonio indisoluble como un modo de preservar la santidad de esta unión y de reducir el número de divorcios». Aunque, según las autoras de The New I Do, parecen haber convencido a pocos. Solo el 2% de los matrimonios de esos estados han optado por esta modalidad.

Es la hora de configurar «matrimonios a medida», de que cada pareja ponga sus normas y apunte sus expectativas

Matrimonio seguro

Este contrato, más antiguo que el mundo, se hace por dinero. Así de pragmático. Las autoras aciertan en señalar la oleada de prejuicios que vienen a la cabeza en los países occidentales cuando se habla de este tipo de matrimonios. La expresión misma con la que se nombran va cargada de malicia: «matrimonios de conveniencia».

A estas uniones se les acusa de no ser «reales», pero ¿qué es un matrimonio real? ¿Un contrato entre dos individuos que se casan por amor es más real que uno firmado por dos personas que han pactado que uno aporte dinero y el otro belleza y juventud? «No es tu culpa que pienses así. Lo más probable es que hayas sido programado, de forma inconsciente, por tus amigos, tu familia, los medios de comunicación, Hollywood y los llamados expertos para que creas que el casamiento por motivos económicos es inadecuado». Pero no hay que olvidar que «quizá nadie conoce la importancia de la seguridad mejor que los que no la tienen».

Matrimonio abierto

Muchas personas no cuestionan la monogamia. Pocas veces se considera una opción; casi siempre se plantea como lo correcto. «Una vez que una pareja se ha comprometido, se da por supuesta la exclusividad sexual ahora y siempre». Pero «¿es una expectativa razonable?», se plantean. «El sexo, o su ausencia, es una de las quejas más frecuentes en las parejas que llevan juntas mucho tiempo. Admitámoslo».

Aunque en la actualidad hay más libertad sexual que hace unas décadas, en general, un matrimonio abierto sigue estando bastante mal visto. Pero las autoras animan a que cada persona se plantee qué piensa y qué siente en realidad. Esta modalidad, si es aceptada por los dos cónyuges, tiene muchos beneficios. Ellas citan: «Además del obvio (sexo con otras personas), un matrimonio abierto te ofrece un modo real de expandirte. Puedes experimentar diferentes expresiones de vulnerabilidad, profundizar en tus conexiones con otros, enfrentarte a tus miedos sobre los celos, retarte en tus actitudes de control y posesión, aumentar tu autoestima, aprender más sobre tu sexualidad y explorar fantasías, incluso bisexuales».

Divorcios y separaciones en España

  • Hubo 96.824 divorcios (una media de 265 al día y 11 cada hora), 4.353 separaciones (una media de 12 al día) y 117 nulidades
  • El mayor número de divorcios y separaciones se produjo en parejas que tienen entre 40 y 49 años
  • Duración media de estos matrimonios: 16,3 años

(INE, datos de 2016)

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Opiniones 7
  • El artículo se deja en el tintero algo tan obvio-ya que hablamos de crisis del modelo de matrimonio occidental-como es el hecho de que a la hora de considerar alternativas no contemplemos una opción diferente a la monogamia.Si,ya sé que hablan de “matrimonio abierto”,pero eso no es más que una especie de monogamia “flexible”.Yo hablo de formalizar un tipo de relación diferente.Si,hablo de legalizar de una vez la poligamia,sobretodo cuando están entrando tantos inmigrantes en occidente provenientes de culturas donde esa forma de matrimonio es completamente legal.Creo que no mencionar este asunto es imperdonable.O quizá demuestra falta de valentia.Si,ya sé que no es bonito lo que digo,pero estoy harto de oir a “reformadores” de la institución ignorar continuamente este asunto.

  • Artículo muy en la línea de la mentalidad progre única actual, en la que se trata de imponer poco a poco unas ideas que destruyan la sociedad tal y como la hemos concebido tradicionalmente, atacando a su átomo fundacional como es la familia. Y si no estás de acuerdo con ellos y no comulgas con sus ruedas de molino y te das cuenta de lo que tratan de ir haciendo poco a poco, serás tachado de facha, reaccionario, machista o nazi directamente.

  • no confundir relaciones pasajeras de amistad o compañerismo con matrimonio … son dos cosas distintas

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