20 de octubre 2016    /   CREATIVIDAD
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Max Aub: el escritor perseguido que hizo un periódico de titulares cómicos

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A pesar de la azarosa y, en ocasiones, tortuosa vida que le tocó vivir, Max Aub no perdió el sentido del humor. Sus obras de teatro y novelas contienen diversos ejemplos de esa forma socarrona, irónica y mordaz forma de analizar la realidad, pero fue en El correo de Euclides donde dio rienda suelta a su vis cómica.

Aub, uno de los escritores españoles más destacados de la Generación del 27, nació en Francia, en el seno de una familia alemana que se instaló en Valencia cuando estalló la Primera Guerra Mundial.

Militante de izquierdas y fiel al gobierno republicano, tuvo que exiliarse a Francia al finalizar la Guerra Civil. Lo denunciaron por comunista y fue confinado en el campo de prisioneros de Roland Garros. Después fue trasladado a Vernet, más tarde a Marsella y de ahí a Argelia, hasta que en 1942 pudo embarcarse con destino a México, donde residió el resto de su vida.

En el número 5 de la Calle Euclides del Distrito Federal, Max Aub estableció su domicilio mexicano. Desde allí desarrolló una fructífera labor creativa, materializada en cientos de artículos de prensa, ensayos, obras de teatro, poemas, novelas y un curioso opúsculo que llevaba el nombre de la propia calle y que el autor regalaba a sus amigos para felicitarles el año nuevo: El correo de Euclides.

Con el subtítulo de ‘Periódico conservador’, El correo de Euclides era una hoja de 50 x 38,5 centímetros impresa a dos tintas en la que se contenían diversos titulares humorísticos compuestos con diferentes tipografías.

No era la primera vez que Aub abordaba el tema del humor de forma explícita. En 1957, ya se había zambullido en el género con Crímenes ejemplares, una colección de cómicos relatos sobre asesinatos y, en 1958, había publicado una suerte de biografía de un pintor ficticio, Jusep Torres Campalans, que ilustró con cuadros pintados por él mismo, los cuales llegaron a exponerse en una galería de México provocando la confusión de los críticos de arte.

En El correo de Euclides, sin embargo, el autor creó en una sola página breves relatos con sentido, formados por frases aparentemente inconexas, sentencias filosóficas y reflexiones que analizaban diferentes temas desde el absurdo, la paradoja o el razonamiento disparatado.

En los siete números publicados durante los años 1959 a 1968, se suceden titulares como «Paraíso abierto a todos desde la semana próxima», «Lo más viejo es el pasado. Luego: Hacia él vamos. Y si no al tiempo», «Terrible equivocación: Los hombres no estaban destinados a la Tierra», «El arte vuelve a sus orígenes: el palote».

También hay lugar para las frases absurdas como «Acción de gracias, a las 19:30»; para el análisis político como «Solución al conflicto judío árabe: Nasser acepta el reino de Murcia. Los refugiados palestinos a Valencia, Aragón y Cataluña, donde estarán como en su casa»; o para reflexiones llenas de sentido del tipo «No nos vemos como nos ven. La culpa es de los espejos».

En el número 4, incluso se aborda el tema del tiempo, una cuestión que preocupó por igual a los presocráticos y a Einstein, aunque Aub la trata desde un punto de vista más divertido que el todos ellos: «Salvatore Rosa, Premio Nobel de Física, vende a su madre como esclava después de muerta». Una noticia fácilmente comprensible si se sigue el razonamiento que el físico desgrana a continuación, para lo cual echa mano de las paradojas de Zenón: «Si el tiempo es discontinuo, la continuidad no existe. Somos lo que fuimos y seremos, distintos y eternos en cada momento, luego puedo vender a mi madre como esclava».

El reverso de El correo de Euclides contenía breves mensajes de cortesía del autor que, como el resto de la publicación, apelaban al humor. Frases como «Max Aub le envía la verdad (y nada más que la verdad), su último cuento de 1959, deseándole lo mejor para el próximo», «El retraso se debe a ciertas dudas, falsas esperanzas, a la imprenta y, seguramente, al Correo», o aquella que sirve de cierre al número del año 1964: «Incomunicación absoluta a partir de este momento».

A pesar de la azarosa y, en ocasiones, tortuosa vida que le tocó vivir, Max Aub no perdió el sentido del humor. Sus obras de teatro y novelas contienen diversos ejemplos de esa forma socarrona, irónica y mordaz forma de analizar la realidad, pero fue en El correo de Euclides donde dio rienda suelta a su vis cómica.

Aub, uno de los escritores españoles más destacados de la Generación del 27, nació en Francia, en el seno de una familia alemana que se instaló en Valencia cuando estalló la Primera Guerra Mundial.

Militante de izquierdas y fiel al gobierno republicano, tuvo que exiliarse a Francia al finalizar la Guerra Civil. Lo denunciaron por comunista y fue confinado en el campo de prisioneros de Roland Garros. Después fue trasladado a Vernet, más tarde a Marsella y de ahí a Argelia, hasta que en 1942 pudo embarcarse con destino a México, donde residió el resto de su vida.

En el número 5 de la Calle Euclides del Distrito Federal, Max Aub estableció su domicilio mexicano. Desde allí desarrolló una fructífera labor creativa, materializada en cientos de artículos de prensa, ensayos, obras de teatro, poemas, novelas y un curioso opúsculo que llevaba el nombre de la propia calle y que el autor regalaba a sus amigos para felicitarles el año nuevo: El correo de Euclides.

Con el subtítulo de ‘Periódico conservador’, El correo de Euclides era una hoja de 50 x 38,5 centímetros impresa a dos tintas en la que se contenían diversos titulares humorísticos compuestos con diferentes tipografías.

No era la primera vez que Aub abordaba el tema del humor de forma explícita. En 1957, ya se había zambullido en el género con Crímenes ejemplares, una colección de cómicos relatos sobre asesinatos y, en 1958, había publicado una suerte de biografía de un pintor ficticio, Jusep Torres Campalans, que ilustró con cuadros pintados por él mismo, los cuales llegaron a exponerse en una galería de México provocando la confusión de los críticos de arte.

En El correo de Euclides, sin embargo, el autor creó en una sola página breves relatos con sentido, formados por frases aparentemente inconexas, sentencias filosóficas y reflexiones que analizaban diferentes temas desde el absurdo, la paradoja o el razonamiento disparatado.

En los siete números publicados durante los años 1959 a 1968, se suceden titulares como «Paraíso abierto a todos desde la semana próxima», «Lo más viejo es el pasado. Luego: Hacia él vamos. Y si no al tiempo», «Terrible equivocación: Los hombres no estaban destinados a la Tierra», «El arte vuelve a sus orígenes: el palote».

También hay lugar para las frases absurdas como «Acción de gracias, a las 19:30»; para el análisis político como «Solución al conflicto judío árabe: Nasser acepta el reino de Murcia. Los refugiados palestinos a Valencia, Aragón y Cataluña, donde estarán como en su casa»; o para reflexiones llenas de sentido del tipo «No nos vemos como nos ven. La culpa es de los espejos».

En el número 4, incluso se aborda el tema del tiempo, una cuestión que preocupó por igual a los presocráticos y a Einstein, aunque Aub la trata desde un punto de vista más divertido que el todos ellos: «Salvatore Rosa, Premio Nobel de Física, vende a su madre como esclava después de muerta». Una noticia fácilmente comprensible si se sigue el razonamiento que el físico desgrana a continuación, para lo cual echa mano de las paradojas de Zenón: «Si el tiempo es discontinuo, la continuidad no existe. Somos lo que fuimos y seremos, distintos y eternos en cada momento, luego puedo vender a mi madre como esclava».

El reverso de El correo de Euclides contenía breves mensajes de cortesía del autor que, como el resto de la publicación, apelaban al humor. Frases como «Max Aub le envía la verdad (y nada más que la verdad), su último cuento de 1959, deseándole lo mejor para el próximo», «El retraso se debe a ciertas dudas, falsas esperanzas, a la imprenta y, seguramente, al Correo», o aquella que sirve de cierre al número del año 1964: «Incomunicación absoluta a partir de este momento».

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