23 de abril 2018    /   IDEAS
por
 

Mayo del 68, ¿revolución o ‘pijama party’?

23 de abril 2018    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Toda revolución es intolerante. Eso es lo que la permite crecer y eso es lo que la derrota. Porque una revolución solo prospera desde el convencimiento de que posee la verdad absoluta. Es algo necesario, puesto que en un proceso revolucionario no cabe la vacilación. Pero precisamente por ello, cualquier duda, cualquier discrepancia, cualquier ambigüedad te convierte inmediatamente en un enemigo de esa revolución en marcha.

Este principio es universal y no está supeditado a ideologías. Funciona exactamente igual con el advenimiento del nazismo de Hitler que con el comunismo de Stalin.

Probablemente una de las pocas cosas que diferencia a unas revoluciones de otras es su nivel de romanticismo. Romanticismo que, paradójicamente, aumenta más cuanto peor les ha ido en la historia.

Veamos el caso de una de las más idealizadas, la revolución del Mayo del 68, cuyo 50 aniversario se celebra ahora.

Al margen del contexto económico (final de una década prodigiosa), del político (independencia de Argelia y declive del colonialismo), del desgaste y los errores de los líderes históricos (en especial Charles de Gaulle), lo que más contribuyó a la impresionante expansión de las protestas (más de nueve millones de franceses) fue la consolidación de un nuevo actor social hasta entonces minusvalorado: la juventud.

La juventud, desde siempre, fue considerada como una mera etapa de trámite en la transición entre la niñez y la edad adulta. Pero esta etapa comenzó a ganar protagonismo a partir de la creación de sus propias referencias culturales (el underground, el beatnik, el hippie) que en Francia se vieron reforzadas con el liderazgo de algunos intelectuales que actuaron como catalizadores de movimiento: Marcuse, Althusser, Vaneigem…

Mayo del 68 fue una protesta, pero también una revolución frustrada en la que las pintadas en los muros fueron estableciendo el nuevo ideario de una generación emergente. Un ideario cargado de belleza, ensueño y decepción, como todo movimiento romántico. Prueba de ello fue la última pintada que se leyó tras el adelanto de las elecciones que dio fin a la revuelta:

Burgueses, no habéis comprendido nada

Pero lo cierto es que los burgueses sí que habían comprendido. Leyeron con atención todas las pintadas anteriores sacando sus propias conclusiones:

La imaginación al poder

Es decir, el final de la imagen (que soporta el poder con su iconografía) y el comienzo de la imaginación (que genera nuevos imaginarios para cuestionar lo establecido).

Prohibido prohibir 

Un sencillo juego de palabras, pero que en su interior oculta una poderosa carga subversiva. Porque el poder siempre se manifiesta a través de la prohibición. Sin ella, ninguna institución (política, religiosa, económica, militar) sobreviviría mucho tiempo.

Levantad las baldosas, debajo hay flores

La llamada a la acción redactada con una sutileza prodigiosa. Tras esta propuesta, aparentemente poética, cada palabra importa. De hecho, leída al revés, la frase marca el objetivo (liberar las flores), el camino (desde debajo) y el arma (las baldosas).

Sí, el Mayo del 68 no fue una protesta, fue una revolución. Breve, frustrada y sometida por los únicos que supieron verla en toda su magnitud: los burgueses que, en contra de lo que dijera aquella última pintada, lo habían comprendido todo.

Toda revolución es intolerante. Eso es lo que la permite crecer y eso es lo que la derrota. Porque una revolución solo prospera desde el convencimiento de que posee la verdad absoluta. Es algo necesario, puesto que en un proceso revolucionario no cabe la vacilación. Pero precisamente por ello, cualquier duda, cualquier discrepancia, cualquier ambigüedad te convierte inmediatamente en un enemigo de esa revolución en marcha.

Este principio es universal y no está supeditado a ideologías. Funciona exactamente igual con el advenimiento del nazismo de Hitler que con el comunismo de Stalin.

Probablemente una de las pocas cosas que diferencia a unas revoluciones de otras es su nivel de romanticismo. Romanticismo que, paradójicamente, aumenta más cuanto peor les ha ido en la historia.

Veamos el caso de una de las más idealizadas, la revolución del Mayo del 68, cuyo 50 aniversario se celebra ahora.

Al margen del contexto económico (final de una década prodigiosa), del político (independencia de Argelia y declive del colonialismo), del desgaste y los errores de los líderes históricos (en especial Charles de Gaulle), lo que más contribuyó a la impresionante expansión de las protestas (más de nueve millones de franceses) fue la consolidación de un nuevo actor social hasta entonces minusvalorado: la juventud.

La juventud, desde siempre, fue considerada como una mera etapa de trámite en la transición entre la niñez y la edad adulta. Pero esta etapa comenzó a ganar protagonismo a partir de la creación de sus propias referencias culturales (el underground, el beatnik, el hippie) que en Francia se vieron reforzadas con el liderazgo de algunos intelectuales que actuaron como catalizadores de movimiento: Marcuse, Althusser, Vaneigem…

Mayo del 68 fue una protesta, pero también una revolución frustrada en la que las pintadas en los muros fueron estableciendo el nuevo ideario de una generación emergente. Un ideario cargado de belleza, ensueño y decepción, como todo movimiento romántico. Prueba de ello fue la última pintada que se leyó tras el adelanto de las elecciones que dio fin a la revuelta:

Burgueses, no habéis comprendido nada

Pero lo cierto es que los burgueses sí que habían comprendido. Leyeron con atención todas las pintadas anteriores sacando sus propias conclusiones:

La imaginación al poder

Es decir, el final de la imagen (que soporta el poder con su iconografía) y el comienzo de la imaginación (que genera nuevos imaginarios para cuestionar lo establecido).

Prohibido prohibir 

Un sencillo juego de palabras, pero que en su interior oculta una poderosa carga subversiva. Porque el poder siempre se manifiesta a través de la prohibición. Sin ella, ninguna institución (política, religiosa, económica, militar) sobreviviría mucho tiempo.

Levantad las baldosas, debajo hay flores

La llamada a la acción redactada con una sutileza prodigiosa. Tras esta propuesta, aparentemente poética, cada palabra importa. De hecho, leída al revés, la frase marca el objetivo (liberar las flores), el camino (desde debajo) y el arma (las baldosas).

Sí, el Mayo del 68 no fue una protesta, fue una revolución. Breve, frustrada y sometida por los únicos que supieron verla en toda su magnitud: los burgueses que, en contra de lo que dijera aquella última pintada, lo habían comprendido todo.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Los últimos piratas del Mar Negro
Phoebe Smith: la autora que escribe para que te duermas con sus relatos
Robots granjeros contra el cambio climático
La cara no es el espejo del alma: ¿influyen las fotos de los escritores en cómo los leemos?
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 2
  • Decir que «el advenimiento del nazismo de Hitler» fue una revolución muestra un profundo desconocimiento de la Historia, no merece la pena seguir leyendo el artículo.

  • Comentarios cerrados.

    Publicidad