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19 de junio 2018    /   CIENCIA
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Salomon Shereshevskii: el hombre con una memoria infinita

19 de junio 2018    /   CIENCIA     por          
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Salomon Shereshevskii murió con el hígado destrozado en Moscú. Era 1958 y los últimos años se los había pasado bebiendo para olvidar. Fue el primer caso científicamente documentado de hipermnesia (exceso de memoria), y la prueba de que un don puede ser una maldición.

Alexander Luria tenía 27 años cuando una tarde vio entrar en su laboratorio del Instituto de Psicología de la Universidad de Moscú a un joven de unos 30 años que venía a que le comprobaran la memoria.

Se trataba de Shereshevskii, al que enviaban del periódico donde trabajaba entonces porque por la mañana, mientras distribuían la larga lista de tareas, con direcciones e información necesaria para la redacción de los artículos, el redactor jefe observó indignado que el joven no tomaba notas.

Le reprendió por vago y descuidado; pero entonces, este replicó que no le hacía falta tomar notas, y lo demostró enumerando una a una las tareas. Las suyas, y las del resto de compañeros. Aquella tarde de abril de 1929 comenzó una relación entre Luria y Shereshevskii que se prolongó casi treinta años.

Luria escribió The Mind of a Mnemonist: A Little Book about a Vast Memory (en España editado por KRK Ediciones) el verano de 1965. Las ventanas abiertas del estudio dejaban pasar el olor de la hierba y el susurro de las hojas de los árboles.

Tenía la mesa repleta de amarillentas cuartillas manuscritas en las que a lo largo de los años había ido anotando el resultado de sus experimentos. Cuando se publicó en 1968, hacía una década que Shereshevskii había muerto. Aun así, Luria lo identificó sencillamente con una S, como si una consonante fuera suficiente para toda una vida.

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El libro inauguró un nuevo género literario que venía a ser un tipo de ensayo que combinaba la exposición de un caso clínico con un relato biográfico. Luria dedicó el libro a aquel «ser extraño que, habiendo fracasado en la música y en el periodismo, se hizo mnemonista profesional, conoció a muchos hombres importantes, pero siguió siendo hasta el final de su vida un ser inadaptado».

Este enfoque en la personalidad se dio a conocer como «ciencia romántica», y era opuesta a la psicología experimental dominante por entonces en Rusia que se basaba en experimentos de laboratorio como los de Pavlov con los reflejos condicionados. Y es, precisamente cuando Luria describe el mundo de Shereshevskii, que creemos estar en el terreno de la ficción.

Incluso el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks leyó las primeras páginas del libro de Luria como las de una novela porque, como explicó, el argumento le recordaba al cuento Funes el memorioso, que Borges publicó en 1942.

Borges se adelantó 28 años al libro de Luria con Ireneo Funes, el compadrito de Fray Bentos (Uruguay) que, tras quedar postrado por un accidente, desarrolló una memoria fabulosa que le incapacitó tanto para olvidar como para dormir, porque «dormir es distraerse del mundo», y alguien incapaz de olvidar vive, aislado, en un mundo abarrotado de detalles del que es imposible distraerse.

El cuento es una larga metáfora sobre el insomnio que Borges sufrió durante épocas: «Yo no puedo dormirme –explicó en el programa televisivo Tiempo de Borges, emitido en junio de 1985– porque para dormirme tendría que olvidarme de mi cuerpo, del reloj, de las diversas piezas del hotel, de los arbolitos fuera, del pueblo fuera; entonces pensé, qué terrible sería el caso de un hombre con una memoria infinita».

En el cuento de Borges, Ireneo Funes repasa, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa que Plinio el Viejo describió en el capítulo 24 del libro VII de su Naturalis historia dedicado a la memoria, a la que el naturalista latino consideraba como un bien absolutamente indispensable para la vida.

Ciro, rey de los persas, que conocía el nombre de todos los soldados de sus ejércitos; Mitríades Eupator, capaz de administrar justicia en los 22 idiomas diferentes de su imperio; Simónides de Ceos, que inventó la mnemotecnia… A ellos habría que añadir a Shereshevskii, solo que su don no pertenece ni a la mitología ni a la ficción.

El primer experimento

En aquel primer encuentro de 1929, Luria propuso a Shereshevskii una serie de palabras; luego, cifras y letras que leía despacio o bien escribía en una pizarra. Y este las repetía en su orden exacto sin problemas, a pesar de que las series iban aumentando a 30, 50, 70 elementos a memorizar.

Lo que no imaginaba Luria, que por entonces ya se mostraba perplejo con todo aquello, es que solo comenzaba a vislumbrar algunas de las maravillas de las que era capaz aquella mente prodigiosa que, como un iceberg, se mantenía en su mayor parte oculta, incluso para el propio Shereshevskii, que hasta entonces no había sido consciente de su singular memoria.

Lo más fácil para él era memorizar tablas como la siguiente:

mnemotecnia
Si quieres comparar tu memoria con la suya, tienes exactamente tres minutos –el tiempo que él empleó– para tratar de memorizar antes de seguir leyendo

Él logró enumerar en solo 40 segundos cada cifra, rítmicamente y casi sin pausas. El alcance y la estabilidad de lo memorizado parecía no tener límites: los experimentos mostraron que podía reproducir sin esfuerzo cualquier serie, una semana, un mes o muchos años después.

Según explicó, seguía viendo el contenido de la tabla en su mente. Más que recordar, la expresión exacta que usó fue «leer». Por ello, porque la leía como si fuera una fotografía en su mente, podía repetir su contenido del final al principio sin ningún esfuerzo.

En diciembre de 1937, le leyeron la primera estrofa de La divina comedia de Dante:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
che la diritta via era smarrita.
Ah quanto a dir qual era è cosa dura…

Debió suspirar antes de cerrar los ojos para concentrarse, como solía hacer siempre. Para él, que el ruso poco tiene que ver con el italiano, todas aquellas palabras carecían de sentido. Pero logró reproducirlas; y no solo eso. Lo hizo exactamente con la misma entonación con que habían sido recitadas. Lo hizo ese mismo día de diciembre, y, sin aviso previo, ¡quince años después! Luria se vio obligado a reconocer que era incapaz de medir el alcance de una memoria como aquella.

Una memoria infinita

Su increíble memoria parecía ser espontánea. Como explicó Luria, «continuaba viendo las cifras impresas en su mente igual que en la pizarra…». Pero accidentalmente descubrieron algo todavía más asombroso: aparecían dificultades en la rememoración de las tablas si en la sala donde ocurrían los experimentos se producía algún ruido inesperado.

Entonces, Shereshevskii se mostraba inseguro y titubeaba al reproducir lo memorizado. Cuando le preguntaron respondió que cómo no iba a tener dificultades, si aquellos ruidos se transformaban de forma inmediata en «nubes de vapor» y «salpicaduras» que entorpecían su «lectura» mental. Habían descubierto su superpoder: las sinestesias.

¿Qué color tiene una voz?, ¿y qué textura? La de Luria, según indicó el propio Shereshevskii, era amarilla y desmenuzable. Así, en su mundo senestésico, cada sonido provocaba sensaciones de luz y color, también gusto y tacto: la a era algo blanco y largo; o la i se alejaba y resultaba imposible de dibujar.

El 1 era algo agudo; el 2 era más plano, rectangular; y el 8 tenía un aire de inocencia que «le conmovía»; mientras que el sabor de la comida variaba según la música que escuchara al comer, y si leía mientras comía, no asimilaba bien lo leído porque el sabor entorpecía el sentido del texto.

«Elijo los platos –le confesó a Luria– según suenan sus nombres. Y si el menú está mal escrito, yo no puedo comer». Y esto no porque fuera un obsesivo de la ortografía, sino porque todo, entonces, tal como especificó, le parecía mugriento.

Photo by yang miao on Unsplash
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Efectivamente, las sinestesias resultaron ser la clave en el funcionamiento de su mente porque funcionaban como portadoras de información complementaria sobre la exactitud del recuerdo: «Habitualmente –según explicó durante las pruebas– siento el gusto y el peso de la palabra… y ya nada tengo que hacer, se recuerda por sí sola… pero es difícil describirlo». Así, si una palabra o un número recordado no le dejaba un buen sabor… ¿de boca?, entonces sabía que se trataba de un recuerdo falso.

Además de las sinestesias, Luria descubrió el carácter visual de la memoria de Shereshevskii. En su mente, cada palabra generaba una imagen visual más clara que en la mayoría de las personas, algo que le procuraba una asombrosa imaginación figurativa que le permitía manipular lo memorizado como si fueran los mismos objetos externos.

Y a la vez, esto hacía que tuviera problemas para distinguir lo imaginario de lo real. Si eran términos incomprensibles que no le evocaban imagen alguna, entonces recordaba por «líneas», manchas de colores y salpicaduras que funcionaban como un equivalente visual de la fonética.

Cuando se trataba de una serie larga de palabras o, incluso fragmentos de textos, Shereshevskii llevaba al máximo su capacidad al imaginar una especie de teatro de la memoria, como el que Simónides ideó casi como una herramienta forense para recordar el nombre y ubicación de cada uno de los cientos de invitados muertos por el derrumbe del palacio donde se celebraba el banquete al que había sido invitado.

Solo que su palacio de Scopas particular era la calle Gorki de Moscú. En ella iba colocando las imágenes que le evocaban las palabras de las largas series que debía recordar en sus espectáculos de mnemonista profesional. Luego le bastaba seguirlas como miguitas de pan, y tanto le daba reproducir lo memorizado en un orden u otro. Él se limitaba a pasear cuando el resto nos esforzamos en recordar. El público aplaudía rabiosamente.

Un ser inadaptado

Poco se sabe de Shereshevskii, aparte de lo que explicó Luria, y no deja de ser una ironía ese vacío biográfico en el hombre con más memoria del mundo. También lo es que, pese a su capacidad, fuera un ser inadaptado que acabó malviviendo como un monstruo de feria.

Sabemos que sus padres parecían tener buena memoria –su padre era librero y recordaba dónde estaba cada libro. Su madre era una lectora voraz y citaba de memoria largos párrafos de la Tora–; pero poco más. Que dejó la música por un problema en el oído, que fracasó en todas las profesiones en las que probó suerte, que sufrió en las relaciones familiares, y que, como descubrieron las taquígrafas que anotaban las charlas y experimentos, era muy locuaz, llegando a olvidarse de su interlocutor.

Shereshevskii, como todos los hijos de Ícaro, que por volar demasiado alto se precipitan en caída libre, pasó a ser conocido en la literatura científica como una parábola sobre los peligros de una memoria infinita. Su mundo estaba lleno de dificultades.

Estaban las caras, por ejemplo: «Las caras –confesó a Luria– son tan inconstantes, cambian tanto con el estado de ánimo, dependen tanto de las circunstancias del encuentro, varían tanto con la luz que me resultan imposibles de recordar».

Para él, una misma persona enfadada o alegre eran dos personas distintas. ¿Recordaría su propio rostro? ¿O tal vez, como al Funes de Borges, le sorprendía cada vez en el espejo? ¿Acaso, como expresó el propio Luria, alguien puede recordar las fluctuaciones de una ola?

Y con las voces le ocurría lo mismo, porque «la persona es alguien que cambia de voz veinte o treinta veces durante el transcurso de un día, la gente no lo advierte. Yo sí».

Tampoco debería sorprendernos saber que, pese a que podía recordar fragmentos de La Divina Comedia, le resultaba complicado –una labor digna de Sísifo según Luria– leer un texto largo sin perderse en lo narrado y ser arrastrado por un torrente de imágenes.

Normalmente, cuando leemos, sin darnos cuenta, abstraemos y recordamos algunos detalles que nos permiten seguir el desarrollo de la historia. En cambio, a Shereshevskii se le acumulaban las asociaciones: «Cada palabra –explicó– suscita imágenes y unas se amontonan sobre otras. Resulta caótico… No me aclaro…».

Y las dificultades se incrementaban con la poesía y con el lenguaje figurado, porque entonces cada expresión generaba imágenes que entraban en conflicto unas con otras. Para él, leer poesía era avanzar por la densa vegetación de una selva.

Y luego estaba la terrible imposibilidad del olvido. Algo que se manifestó claramente cuando comenzó su carrera de mnemonista profesional. Shereshevskii se exponía públicamente a extenuantes sesiones en una sola tarde y en un solo local donde las tablas de cifras y de palabras –las más extrañas que el público podía imaginar– se escribían en la misma pizarra.

Photo by Patrick Tomasso on Unsplash
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«Tengo miedo de confundir las diversas sesiones», se confesaba preocupado a Luria. Mientras lo habitual es preocuparnos por recordar mejor, él se vio forzado a buscar una «técnica del olvido».

Primero probó sin resultado recubrir mentalmente la pizarra del espectáculo con una especie de película opaca en la que escribía para retirarla al acabar cada sesión. Pero cualquier asociación imprevista hacía que volviera el contenido del cuadro anterior. Así que probó con hacer notas mentales con lo que debía olvidar. «Si yo anoto las cosas –explicó–, sabré que no tengo necesidad de acordarme de ellas…».

Pero tampoco funcionó, y entonces comenzó a quemar las notas donde estaba escrito lo que debía olvidar. Sin embargo, ni esto le sirvió de mucho, pues en los papeles calcinados aún era capaz de leer las cifras como si fueran huellas en la arena.

Al final, encontró un método más expeditivo para olvidar: el alcohol. Como Funes, era un ser tullido, o como prefería Oliver Sacks, padecían ambos, en la realidad y en la ficción, un «déficit».

En un mundo de detalles singulares y precisos, Shereshevskii era incapaz de mantener una continuidad de su propio yo. Para él, todo era un instante perpetuamente actualizado. Tal vez por ello vivió sin darse cuenta de que los años iban pasando provisionalmente: siempre, en un mientras tanto, pensando que algo mejor estaba por ocurrir, algo que, por fin, acabaría con todos sus problemas.

Shereshevskii vivió en Moscú, con su esposa y su hijo en una habitación húmeda en el sótano de una dependencia de conserjería escondida en un patio. Hasta el último de sus días no dejó de hacerse la misma pregunta: «¿Es que no estaba yo destinado, quizá, a algo más grande?».

Dice Borges en Funes el memorioso que vivimos postergando todo lo postergable porque «tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo». Shereshevskii no era inmortal; pero lo recordó todo y eso fue lo que le destruyó.

Salomon Shereshevskii murió con el hígado destrozado en Moscú. Era 1958 y los últimos años se los había pasado bebiendo para olvidar. Fue el primer caso científicamente documentado de hipermnesia (exceso de memoria), y la prueba de que un don puede ser una maldición.

Alexander Luria tenía 27 años cuando una tarde vio entrar en su laboratorio del Instituto de Psicología de la Universidad de Moscú a un joven de unos 30 años que venía a que le comprobaran la memoria.

Se trataba de Shereshevskii, al que enviaban del periódico donde trabajaba entonces porque por la mañana, mientras distribuían la larga lista de tareas, con direcciones e información necesaria para la redacción de los artículos, el redactor jefe observó indignado que el joven no tomaba notas.

Le reprendió por vago y descuidado; pero entonces, este replicó que no le hacía falta tomar notas, y lo demostró enumerando una a una las tareas. Las suyas, y las del resto de compañeros. Aquella tarde de abril de 1929 comenzó una relación entre Luria y Shereshevskii que se prolongó casi treinta años.

Luria escribió The Mind of a Mnemonist: A Little Book about a Vast Memory (en España editado por KRK Ediciones) el verano de 1965. Las ventanas abiertas del estudio dejaban pasar el olor de la hierba y el susurro de las hojas de los árboles.

Tenía la mesa repleta de amarillentas cuartillas manuscritas en las que a lo largo de los años había ido anotando el resultado de sus experimentos. Cuando se publicó en 1968, hacía una década que Shereshevskii había muerto. Aun así, Luria lo identificó sencillamente con una S, como si una consonante fuera suficiente para toda una vida.

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El libro inauguró un nuevo género literario que venía a ser un tipo de ensayo que combinaba la exposición de un caso clínico con un relato biográfico. Luria dedicó el libro a aquel «ser extraño que, habiendo fracasado en la música y en el periodismo, se hizo mnemonista profesional, conoció a muchos hombres importantes, pero siguió siendo hasta el final de su vida un ser inadaptado».

Este enfoque en la personalidad se dio a conocer como «ciencia romántica», y era opuesta a la psicología experimental dominante por entonces en Rusia que se basaba en experimentos de laboratorio como los de Pavlov con los reflejos condicionados. Y es, precisamente cuando Luria describe el mundo de Shereshevskii, que creemos estar en el terreno de la ficción.

Incluso el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks leyó las primeras páginas del libro de Luria como las de una novela porque, como explicó, el argumento le recordaba al cuento Funes el memorioso, que Borges publicó en 1942.

Borges se adelantó 28 años al libro de Luria con Ireneo Funes, el compadrito de Fray Bentos (Uruguay) que, tras quedar postrado por un accidente, desarrolló una memoria fabulosa que le incapacitó tanto para olvidar como para dormir, porque «dormir es distraerse del mundo», y alguien incapaz de olvidar vive, aislado, en un mundo abarrotado de detalles del que es imposible distraerse.

El cuento es una larga metáfora sobre el insomnio que Borges sufrió durante épocas: «Yo no puedo dormirme –explicó en el programa televisivo Tiempo de Borges, emitido en junio de 1985– porque para dormirme tendría que olvidarme de mi cuerpo, del reloj, de las diversas piezas del hotel, de los arbolitos fuera, del pueblo fuera; entonces pensé, qué terrible sería el caso de un hombre con una memoria infinita».

En el cuento de Borges, Ireneo Funes repasa, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa que Plinio el Viejo describió en el capítulo 24 del libro VII de su Naturalis historia dedicado a la memoria, a la que el naturalista latino consideraba como un bien absolutamente indispensable para la vida.

Ciro, rey de los persas, que conocía el nombre de todos los soldados de sus ejércitos; Mitríades Eupator, capaz de administrar justicia en los 22 idiomas diferentes de su imperio; Simónides de Ceos, que inventó la mnemotecnia… A ellos habría que añadir a Shereshevskii, solo que su don no pertenece ni a la mitología ni a la ficción.

El primer experimento

En aquel primer encuentro de 1929, Luria propuso a Shereshevskii una serie de palabras; luego, cifras y letras que leía despacio o bien escribía en una pizarra. Y este las repetía en su orden exacto sin problemas, a pesar de que las series iban aumentando a 30, 50, 70 elementos a memorizar.

Lo que no imaginaba Luria, que por entonces ya se mostraba perplejo con todo aquello, es que solo comenzaba a vislumbrar algunas de las maravillas de las que era capaz aquella mente prodigiosa que, como un iceberg, se mantenía en su mayor parte oculta, incluso para el propio Shereshevskii, que hasta entonces no había sido consciente de su singular memoria.

Lo más fácil para él era memorizar tablas como la siguiente:

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Si quieres comparar tu memoria con la suya, tienes exactamente tres minutos –el tiempo que él empleó– para tratar de memorizar antes de seguir leyendo

Él logró enumerar en solo 40 segundos cada cifra, rítmicamente y casi sin pausas. El alcance y la estabilidad de lo memorizado parecía no tener límites: los experimentos mostraron que podía reproducir sin esfuerzo cualquier serie, una semana, un mes o muchos años después.

Según explicó, seguía viendo el contenido de la tabla en su mente. Más que recordar, la expresión exacta que usó fue «leer». Por ello, porque la leía como si fuera una fotografía en su mente, podía repetir su contenido del final al principio sin ningún esfuerzo.

En diciembre de 1937, le leyeron la primera estrofa de La divina comedia de Dante:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
che la diritta via era smarrita.
Ah quanto a dir qual era è cosa dura…

Debió suspirar antes de cerrar los ojos para concentrarse, como solía hacer siempre. Para él, que el ruso poco tiene que ver con el italiano, todas aquellas palabras carecían de sentido. Pero logró reproducirlas; y no solo eso. Lo hizo exactamente con la misma entonación con que habían sido recitadas. Lo hizo ese mismo día de diciembre, y, sin aviso previo, ¡quince años después! Luria se vio obligado a reconocer que era incapaz de medir el alcance de una memoria como aquella.

Una memoria infinita

Su increíble memoria parecía ser espontánea. Como explicó Luria, «continuaba viendo las cifras impresas en su mente igual que en la pizarra…». Pero accidentalmente descubrieron algo todavía más asombroso: aparecían dificultades en la rememoración de las tablas si en la sala donde ocurrían los experimentos se producía algún ruido inesperado.

Entonces, Shereshevskii se mostraba inseguro y titubeaba al reproducir lo memorizado. Cuando le preguntaron respondió que cómo no iba a tener dificultades, si aquellos ruidos se transformaban de forma inmediata en «nubes de vapor» y «salpicaduras» que entorpecían su «lectura» mental. Habían descubierto su superpoder: las sinestesias.

¿Qué color tiene una voz?, ¿y qué textura? La de Luria, según indicó el propio Shereshevskii, era amarilla y desmenuzable. Así, en su mundo senestésico, cada sonido provocaba sensaciones de luz y color, también gusto y tacto: la a era algo blanco y largo; o la i se alejaba y resultaba imposible de dibujar.

El 1 era algo agudo; el 2 era más plano, rectangular; y el 8 tenía un aire de inocencia que «le conmovía»; mientras que el sabor de la comida variaba según la música que escuchara al comer, y si leía mientras comía, no asimilaba bien lo leído porque el sabor entorpecía el sentido del texto.

«Elijo los platos –le confesó a Luria– según suenan sus nombres. Y si el menú está mal escrito, yo no puedo comer». Y esto no porque fuera un obsesivo de la ortografía, sino porque todo, entonces, tal como especificó, le parecía mugriento.

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Efectivamente, las sinestesias resultaron ser la clave en el funcionamiento de su mente porque funcionaban como portadoras de información complementaria sobre la exactitud del recuerdo: «Habitualmente –según explicó durante las pruebas– siento el gusto y el peso de la palabra… y ya nada tengo que hacer, se recuerda por sí sola… pero es difícil describirlo». Así, si una palabra o un número recordado no le dejaba un buen sabor… ¿de boca?, entonces sabía que se trataba de un recuerdo falso.

Además de las sinestesias, Luria descubrió el carácter visual de la memoria de Shereshevskii. En su mente, cada palabra generaba una imagen visual más clara que en la mayoría de las personas, algo que le procuraba una asombrosa imaginación figurativa que le permitía manipular lo memorizado como si fueran los mismos objetos externos.

Y a la vez, esto hacía que tuviera problemas para distinguir lo imaginario de lo real. Si eran términos incomprensibles que no le evocaban imagen alguna, entonces recordaba por «líneas», manchas de colores y salpicaduras que funcionaban como un equivalente visual de la fonética.

Cuando se trataba de una serie larga de palabras o, incluso fragmentos de textos, Shereshevskii llevaba al máximo su capacidad al imaginar una especie de teatro de la memoria, como el que Simónides ideó casi como una herramienta forense para recordar el nombre y ubicación de cada uno de los cientos de invitados muertos por el derrumbe del palacio donde se celebraba el banquete al que había sido invitado.

Solo que su palacio de Scopas particular era la calle Gorki de Moscú. En ella iba colocando las imágenes que le evocaban las palabras de las largas series que debía recordar en sus espectáculos de mnemonista profesional. Luego le bastaba seguirlas como miguitas de pan, y tanto le daba reproducir lo memorizado en un orden u otro. Él se limitaba a pasear cuando el resto nos esforzamos en recordar. El público aplaudía rabiosamente.

Un ser inadaptado

Poco se sabe de Shereshevskii, aparte de lo que explicó Luria, y no deja de ser una ironía ese vacío biográfico en el hombre con más memoria del mundo. También lo es que, pese a su capacidad, fuera un ser inadaptado que acabó malviviendo como un monstruo de feria.

Sabemos que sus padres parecían tener buena memoria –su padre era librero y recordaba dónde estaba cada libro. Su madre era una lectora voraz y citaba de memoria largos párrafos de la Tora–; pero poco más. Que dejó la música por un problema en el oído, que fracasó en todas las profesiones en las que probó suerte, que sufrió en las relaciones familiares, y que, como descubrieron las taquígrafas que anotaban las charlas y experimentos, era muy locuaz, llegando a olvidarse de su interlocutor.

Shereshevskii, como todos los hijos de Ícaro, que por volar demasiado alto se precipitan en caída libre, pasó a ser conocido en la literatura científica como una parábola sobre los peligros de una memoria infinita. Su mundo estaba lleno de dificultades.

Estaban las caras, por ejemplo: «Las caras –confesó a Luria– son tan inconstantes, cambian tanto con el estado de ánimo, dependen tanto de las circunstancias del encuentro, varían tanto con la luz que me resultan imposibles de recordar».

Para él, una misma persona enfadada o alegre eran dos personas distintas. ¿Recordaría su propio rostro? ¿O tal vez, como al Funes de Borges, le sorprendía cada vez en el espejo? ¿Acaso, como expresó el propio Luria, alguien puede recordar las fluctuaciones de una ola?

Y con las voces le ocurría lo mismo, porque «la persona es alguien que cambia de voz veinte o treinta veces durante el transcurso de un día, la gente no lo advierte. Yo sí».

Tampoco debería sorprendernos saber que, pese a que podía recordar fragmentos de La Divina Comedia, le resultaba complicado –una labor digna de Sísifo según Luria– leer un texto largo sin perderse en lo narrado y ser arrastrado por un torrente de imágenes.

Normalmente, cuando leemos, sin darnos cuenta, abstraemos y recordamos algunos detalles que nos permiten seguir el desarrollo de la historia. En cambio, a Shereshevskii se le acumulaban las asociaciones: «Cada palabra –explicó– suscita imágenes y unas se amontonan sobre otras. Resulta caótico… No me aclaro…».

Y las dificultades se incrementaban con la poesía y con el lenguaje figurado, porque entonces cada expresión generaba imágenes que entraban en conflicto unas con otras. Para él, leer poesía era avanzar por la densa vegetación de una selva.

Y luego estaba la terrible imposibilidad del olvido. Algo que se manifestó claramente cuando comenzó su carrera de mnemonista profesional. Shereshevskii se exponía públicamente a extenuantes sesiones en una sola tarde y en un solo local donde las tablas de cifras y de palabras –las más extrañas que el público podía imaginar– se escribían en la misma pizarra.

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«Tengo miedo de confundir las diversas sesiones», se confesaba preocupado a Luria. Mientras lo habitual es preocuparnos por recordar mejor, él se vio forzado a buscar una «técnica del olvido».

Primero probó sin resultado recubrir mentalmente la pizarra del espectáculo con una especie de película opaca en la que escribía para retirarla al acabar cada sesión. Pero cualquier asociación imprevista hacía que volviera el contenido del cuadro anterior. Así que probó con hacer notas mentales con lo que debía olvidar. «Si yo anoto las cosas –explicó–, sabré que no tengo necesidad de acordarme de ellas…».

Pero tampoco funcionó, y entonces comenzó a quemar las notas donde estaba escrito lo que debía olvidar. Sin embargo, ni esto le sirvió de mucho, pues en los papeles calcinados aún era capaz de leer las cifras como si fueran huellas en la arena.

Al final, encontró un método más expeditivo para olvidar: el alcohol. Como Funes, era un ser tullido, o como prefería Oliver Sacks, padecían ambos, en la realidad y en la ficción, un «déficit».

En un mundo de detalles singulares y precisos, Shereshevskii era incapaz de mantener una continuidad de su propio yo. Para él, todo era un instante perpetuamente actualizado. Tal vez por ello vivió sin darse cuenta de que los años iban pasando provisionalmente: siempre, en un mientras tanto, pensando que algo mejor estaba por ocurrir, algo que, por fin, acabaría con todos sus problemas.

Shereshevskii vivió en Moscú, con su esposa y su hijo en una habitación húmeda en el sótano de una dependencia de conserjería escondida en un patio. Hasta el último de sus días no dejó de hacerse la misma pregunta: «¿Es que no estaba yo destinado, quizá, a algo más grande?».

Dice Borges en Funes el memorioso que vivimos postergando todo lo postergable porque «tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo». Shereshevskii no era inmortal; pero lo recordó todo y eso fue lo que le destruyó.

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