4 de mayo 2018    /   IDEAS
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Estos libros de cartón ayudan a construir seres humanos

4 de mayo 2018    /   IDEAS     por          
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La editorial Meninas Cartoneras vende libros de cartón creados por personas con capacidades diferentes, aunque, en realidad, es mucho más que eso. Es un proyecto social que transciende lo literario, un espacio de experimentación que busca la integración social por medio de las artes.

Meninas Cartoneras es un proyecto literario que ayuda a construir seres humanos. ­

Meninas Cartoneras: literatura, reciclaje y labor social

«Sacar un libro cartonero es tomar una posición política» explica a Yorokobu Carolina Espinoza, presidenta de Meninas Cartoneras. Su acento chileno y la firmeza de sus palabras recuerdan al discurso de su compatriota Salvador Allende, el cual, transcrito a papel, ya se ha convertido en uno de los best seller de la editorial.

Según explica Espinoza, el proyecto de Meninas Cartoneras se basa en tres principios: la publicación de autores españoles y latinoamericanos, el reciclaje y la implicación en proyectos sociales.

«Los autores son, en su mayoría, escritores noveles, aunque también hemos publicado autores ya conocidos que vieron como alguna de sus obras no pudo entrar en los círculos tradicionales», dice Espinoza.

«La acción social la desarrollamos a través de talleres para niños, adultos y colectivos en riesgo social mediante la elaboración de libros y la participación en foros, charlas y debates relacionados con el ámbito medioambiental, social y literario».

La primera editorial cartonera del mundo, Eloísa Cartonera, nació en Buenos Aires en 2003. Eloísa inauguró un modelo de edición cuyo objetivo era acercar la literatura a quienes están excluidos de los circuitos tradicionales, a través de obras creadas de forma artesanal y con materiales reciclados. Seis años después nació en Madrid Meninas Cartoneras, la primera de este tipo en España.

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Como cuenta Espinoza, en la actualidad hay más de 100 editoriales cartoneras en todo el mundo que funcionan en base al principio de la bibliodiversidad: «Cada uno entiende su editorial de acuerdo a sus principios y a las características locales del proyecto. En Madrid, por ejemplo, hay un ambiente literario importante y la ciudad aporta una gran diversidad cultural que permite que muchas personas latinoamericanas nos conozcamos».

Humanos que construyen libros que construyen humanos

En 2013, Meninas Cartoneras dio un paso más en su misión social al asociarse a la Fundación Manantial, una entidad sin ánimo de lucro que tiene por misión la atención integral de las personas con capacidades diferentes a través de talleres de adaptación al mundo laboral, como explican en su web. La editorial, tras hacer varios talleres para ellos, contrató a una de estas personas para dirigir la producción de libros, a la que se le suma un equipo de 3-4 personas en los momentos de mayor demanda.

Según explica Silvia Ramírez, doctora en Bellas artes y secretaria de Meninas Cartoneras, «al principio había que descubrir las habilidades que tenía cada uno para la serigrafía, encuadernación… Una vez elegidas las personas, les asignamos diferentes puestos y responsabilidades». Y continúa: «Uno de los objetivos principales de la editorial es que los trabajadores comprendan que es un proceso artístico. Para cada título se trabaja sobre una idea y la decoración de portada es de libre elección por parte del trabajador en base a su interpretación de la obra».

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El último principio de la editorial, el del reciclaje, es el que da la forma y la esencia a los libros y, aparte del componente medioambiental, también está incluido el componente social, como explica Ramírez: «En la Fundación también tienen el objetivo de que se rompa el gueto, que haya interacción con la comunidad. Esto se logra haciendo que los usuarios sean los responsables de encargar el cartón a las tiendas de los alrededores, que ceden el material de forma gratuita. El proyecto funciona en base a la confianza».

Poesía, ensayo, cuento, literatura infantil y ‘cartomemoria’

En 1964, Joseph Mitchell, uno de los grandes reporteros de la historia de la revista New Yorker, publicó El secreto de Joe Gould, la segunda parte de un primer artículo que había publicado 20 años antes. Joe Gould, conocido como «el profesor Gaviota», era un mendigo de Nueva York que lo había dejado todo, incluida su carrera académica en Harvard, para crear una obra magna titulada Historia oral de Nueva York. En ese segundo artículo, Mitchell reveló, tras la muerte de Gould, que el mendigo nunca llegó a escribir ni una sola hoja. A partir de ese año, Mitchell entró en un bloqueo creativo que lo llevó a no poder escribir ni un solo artículo más hasta el día de su muerte, en 1996.

Si Mitchell hubiese conocido Meninas Cartoneras, quizá no habría entrado en ese misterioso bloqueo. La editorial –quizá inspirada por el espíritu del profesor Gaviota– lleva años desarrollando una línea de publicación basada en el patrimonio oral del mundo, recogiendo canciones, leyendas, discursos y cancioneros.

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«Esta es una de las líneas que más nos gusta –explica su presidenta–, porque rescata todo lo que se conoce pero no está escrito. Jugamos con la influencia del papel para plasmar hechos como la hidalguía que demostró el presidente Allende antes de morir. Esto es algo que le encantó a la gente y lo quisieron compartir en formato físico. De pronto, se convirtió en algo más que un simple like en Youtube».

Meninas Cartoneras cuenta en la actualidad con 32 títulos, todos ellos obras cortas debido a las limitaciones del formato cartonero. De cada título se realizan tiradas de entre 100 y 200 ejemplares, cada uno diferente y elaborado a mano. Como explica Carolina Espinoza, uno de los puntos fuertes de la editorial es «la sensación de tener algo único y con un mensaje valioso entre sus hojas. Cuidamos que cada título tenga un contenido del que se pueda extraer una reflexión, un aprendizaje».

La difícil vida de un libro de cartón

Durante sus nueve años de vida, la editorial ha pasado por varias dificultades. «Al principio funcionó muy bien, gracias a lo innovador del formato, pero ahora los libros cartoneros ya no son una novedad», explica Espinoza.

«Una de las principales barreras que encontramos es hacer entender a la gente que no son manualidades, que no solo es cosa de niños, sino que cada uno de nuestros libros es una obra seria, una voz de protesta y que hay mucho trabajo involucrado».

Al hablar de economía, Espinoza confiesa que «cuidamos mucho el precio. Para ser coherentes con nuestra filosofía y hacer obras asequibles, estas no pueden cobrarse como el trabajo que tendría cualquier otro producto hecho a mano. Tampoco queríamos que se transformara en el opuesto: un objeto exótico de Latinoamérica. Nos gusta que sea tosco, no excesivamente artístico».

Debido a que los precios de venta –antes 6 euros, ahora 10– están por debajo de la cifra proporcional a las horas de trabajo empleadas y que «todo lo que entra a la editorial es para que salga el siguiente número», como explica la secretaria de la editorial, «estamos buscando otras alternativas de financiación. Queremos convertir Meninas en un proyecto que pueda financiarse a través de acciones relacionadas con temas de integración por medio de la literatura o asesoramiento para la creación de editoriales barriales comunitarias. No queremos que dependa solo de la venta de los libros y los talleres».

Fotografía de Xavi Olmos
Fotografía de Xavi Olmos

La mirada de Carolina Espinoza se crispa cuando se le pregunta por las distribuidoras: «Estamos bastante decepcionadas. Hasta hace un año éramos nosotras las que movíamos los libros por las diferentes librerías, pero decidimos darle una oportunidad a las distribuidoras. Tras estudiar las opciones, optamos por Traficantes de Sueños, la única que se ajustaba a nuestra línea de pensamiento, pero no hemos visto compromiso, quizá porque lo ven como algo exótico o no tan alineado con el pensamiento crítico que sigue el resto de sus títulos. El caso es que las respuestas de venta han sido peores que cuando lo gestionábamos nosotras».

Cuando se les pregunta por el futuro de la editorial, ambas se miran con una sonrisa cómplice. Finalmente, es Espinoza la que contesta: «El tema económico es siempre el que da más preocupaciones. Ahora estamos buscando convocatorias para subvenciones relacionadas con responsabilidad social corporativa. También queremos promover los talleres de asesoramiento en bibliotecas públicas y centros culturales. Esto es algo que nos ha funcionado en ocasiones gracias a la evangelización por parte de la gente, que lo mueve por sus bibliotecas y centros y estos se muestran interesados en lo que hacemos».

Después de nueve años en los que, en ocasiones, se ha encontrado sola al frente de la editorial, Espinoza es consciente de la importancia del proyecto y de que lo que ha conseguido hasta ahora se puede seguir reproduciendo. En ella, más que nunca, cobran sentido las palabras de Allende rescatadas por Meninas Cartoneras:

«Ante estos hechos solo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar».

La editorial Meninas Cartoneras vende libros de cartón creados por personas con capacidades diferentes, aunque, en realidad, es mucho más que eso. Es un proyecto social que transciende lo literario, un espacio de experimentación que busca la integración social por medio de las artes.

Meninas Cartoneras es un proyecto literario que ayuda a construir seres humanos. ­

Meninas Cartoneras: literatura, reciclaje y labor social

«Sacar un libro cartonero es tomar una posición política» explica a Yorokobu Carolina Espinoza, presidenta de Meninas Cartoneras. Su acento chileno y la firmeza de sus palabras recuerdan al discurso de su compatriota Salvador Allende, el cual, transcrito a papel, ya se ha convertido en uno de los best seller de la editorial.

Según explica Espinoza, el proyecto de Meninas Cartoneras se basa en tres principios: la publicación de autores españoles y latinoamericanos, el reciclaje y la implicación en proyectos sociales.

«Los autores son, en su mayoría, escritores noveles, aunque también hemos publicado autores ya conocidos que vieron como alguna de sus obras no pudo entrar en los círculos tradicionales», dice Espinoza.

«La acción social la desarrollamos a través de talleres para niños, adultos y colectivos en riesgo social mediante la elaboración de libros y la participación en foros, charlas y debates relacionados con el ámbito medioambiental, social y literario».

La primera editorial cartonera del mundo, Eloísa Cartonera, nació en Buenos Aires en 2003. Eloísa inauguró un modelo de edición cuyo objetivo era acercar la literatura a quienes están excluidos de los circuitos tradicionales, a través de obras creadas de forma artesanal y con materiales reciclados. Seis años después nació en Madrid Meninas Cartoneras, la primera de este tipo en España.

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Como cuenta Espinoza, en la actualidad hay más de 100 editoriales cartoneras en todo el mundo que funcionan en base al principio de la bibliodiversidad: «Cada uno entiende su editorial de acuerdo a sus principios y a las características locales del proyecto. En Madrid, por ejemplo, hay un ambiente literario importante y la ciudad aporta una gran diversidad cultural que permite que muchas personas latinoamericanas nos conozcamos».

Humanos que construyen libros que construyen humanos

En 2013, Meninas Cartoneras dio un paso más en su misión social al asociarse a la Fundación Manantial, una entidad sin ánimo de lucro que tiene por misión la atención integral de las personas con capacidades diferentes a través de talleres de adaptación al mundo laboral, como explican en su web. La editorial, tras hacer varios talleres para ellos, contrató a una de estas personas para dirigir la producción de libros, a la que se le suma un equipo de 3-4 personas en los momentos de mayor demanda.

Según explica Silvia Ramírez, doctora en Bellas artes y secretaria de Meninas Cartoneras, «al principio había que descubrir las habilidades que tenía cada uno para la serigrafía, encuadernación… Una vez elegidas las personas, les asignamos diferentes puestos y responsabilidades». Y continúa: «Uno de los objetivos principales de la editorial es que los trabajadores comprendan que es un proceso artístico. Para cada título se trabaja sobre una idea y la decoración de portada es de libre elección por parte del trabajador en base a su interpretación de la obra».

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El último principio de la editorial, el del reciclaje, es el que da la forma y la esencia a los libros y, aparte del componente medioambiental, también está incluido el componente social, como explica Ramírez: «En la Fundación también tienen el objetivo de que se rompa el gueto, que haya interacción con la comunidad. Esto se logra haciendo que los usuarios sean los responsables de encargar el cartón a las tiendas de los alrededores, que ceden el material de forma gratuita. El proyecto funciona en base a la confianza».

Poesía, ensayo, cuento, literatura infantil y ‘cartomemoria’

En 1964, Joseph Mitchell, uno de los grandes reporteros de la historia de la revista New Yorker, publicó El secreto de Joe Gould, la segunda parte de un primer artículo que había publicado 20 años antes. Joe Gould, conocido como «el profesor Gaviota», era un mendigo de Nueva York que lo había dejado todo, incluida su carrera académica en Harvard, para crear una obra magna titulada Historia oral de Nueva York. En ese segundo artículo, Mitchell reveló, tras la muerte de Gould, que el mendigo nunca llegó a escribir ni una sola hoja. A partir de ese año, Mitchell entró en un bloqueo creativo que lo llevó a no poder escribir ni un solo artículo más hasta el día de su muerte, en 1996.

Si Mitchell hubiese conocido Meninas Cartoneras, quizá no habría entrado en ese misterioso bloqueo. La editorial –quizá inspirada por el espíritu del profesor Gaviota– lleva años desarrollando una línea de publicación basada en el patrimonio oral del mundo, recogiendo canciones, leyendas, discursos y cancioneros.

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«Esta es una de las líneas que más nos gusta –explica su presidenta–, porque rescata todo lo que se conoce pero no está escrito. Jugamos con la influencia del papel para plasmar hechos como la hidalguía que demostró el presidente Allende antes de morir. Esto es algo que le encantó a la gente y lo quisieron compartir en formato físico. De pronto, se convirtió en algo más que un simple like en Youtube».

Meninas Cartoneras cuenta en la actualidad con 32 títulos, todos ellos obras cortas debido a las limitaciones del formato cartonero. De cada título se realizan tiradas de entre 100 y 200 ejemplares, cada uno diferente y elaborado a mano. Como explica Carolina Espinoza, uno de los puntos fuertes de la editorial es «la sensación de tener algo único y con un mensaje valioso entre sus hojas. Cuidamos que cada título tenga un contenido del que se pueda extraer una reflexión, un aprendizaje».

La difícil vida de un libro de cartón

Durante sus nueve años de vida, la editorial ha pasado por varias dificultades. «Al principio funcionó muy bien, gracias a lo innovador del formato, pero ahora los libros cartoneros ya no son una novedad», explica Espinoza.

«Una de las principales barreras que encontramos es hacer entender a la gente que no son manualidades, que no solo es cosa de niños, sino que cada uno de nuestros libros es una obra seria, una voz de protesta y que hay mucho trabajo involucrado».

Al hablar de economía, Espinoza confiesa que «cuidamos mucho el precio. Para ser coherentes con nuestra filosofía y hacer obras asequibles, estas no pueden cobrarse como el trabajo que tendría cualquier otro producto hecho a mano. Tampoco queríamos que se transformara en el opuesto: un objeto exótico de Latinoamérica. Nos gusta que sea tosco, no excesivamente artístico».

Debido a que los precios de venta –antes 6 euros, ahora 10– están por debajo de la cifra proporcional a las horas de trabajo empleadas y que «todo lo que entra a la editorial es para que salga el siguiente número», como explica la secretaria de la editorial, «estamos buscando otras alternativas de financiación. Queremos convertir Meninas en un proyecto que pueda financiarse a través de acciones relacionadas con temas de integración por medio de la literatura o asesoramiento para la creación de editoriales barriales comunitarias. No queremos que dependa solo de la venta de los libros y los talleres».

Fotografía de Xavi Olmos
Fotografía de Xavi Olmos

La mirada de Carolina Espinoza se crispa cuando se le pregunta por las distribuidoras: «Estamos bastante decepcionadas. Hasta hace un año éramos nosotras las que movíamos los libros por las diferentes librerías, pero decidimos darle una oportunidad a las distribuidoras. Tras estudiar las opciones, optamos por Traficantes de Sueños, la única que se ajustaba a nuestra línea de pensamiento, pero no hemos visto compromiso, quizá porque lo ven como algo exótico o no tan alineado con el pensamiento crítico que sigue el resto de sus títulos. El caso es que las respuestas de venta han sido peores que cuando lo gestionábamos nosotras».

Cuando se les pregunta por el futuro de la editorial, ambas se miran con una sonrisa cómplice. Finalmente, es Espinoza la que contesta: «El tema económico es siempre el que da más preocupaciones. Ahora estamos buscando convocatorias para subvenciones relacionadas con responsabilidad social corporativa. También queremos promover los talleres de asesoramiento en bibliotecas públicas y centros culturales. Esto es algo que nos ha funcionado en ocasiones gracias a la evangelización por parte de la gente, que lo mueve por sus bibliotecas y centros y estos se muestran interesados en lo que hacemos».

Después de nueve años en los que, en ocasiones, se ha encontrado sola al frente de la editorial, Espinoza es consciente de la importancia del proyecto y de que lo que ha conseguido hasta ahora se puede seguir reproduciendo. En ella, más que nunca, cobran sentido las palabras de Allende rescatadas por Meninas Cartoneras:

«Ante estos hechos solo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar».

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