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13 de septiembre 2018    /   CINE/TV
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Un verso suelto en las películas de animación: lo transgresor ahora es parecer conservador

13 de septiembre 2018    /   CINE/TV     por          
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Las series y películas de animación para el público infantil aprendieron hace tiempo una lección valiosa del mundo de la publicidad: no hay que dirigirse únicamente al usuario final, sino también a quien decide comprar. Dicho de otra forma: si nos dirigimos a una audiencia infantil, también tenemos que captar a los adultos que van a posibilitar que los niños consuman nuestro producto.

El ejemplo más clásico es el de los pañales –que son para niños, pero cuyos anuncios se dirigen a los padres– o el de los alimentos estilo cereales o cremas de cacao: por una parte dejan claro que son de chocolate y están buenos, pero por otra intentan destacar también cuánta leche, cuánta fibra o cuántas vitaminas tienen.

Gracias al éxito de Los Simpson, a estas alturas ya nos hemos acostumbrado a que los dibujos animados incluyan guiños para mayores. Ahí están los mensajes escondidos de Peppa Pig o Lady Bug, por citar solo dos ejemplos. Sin embargo una cosa era hacer eso en la televisión y otra muy distinta dar el salto a la gran pantalla: sería difícil hacer que los adultos se gastaran el dineral que cuestan las entradas de cine para ver dibujos animados sin incentivo alguno.

En eso Pixar y Dreamworks, juntas y por separado, han contribuido a una nueva forma de contar historias para toda la familia. Entre argumentos edulcorados y aventuras trepidantes se esconden decididas críticas sociales y poderosos alegatos.

Los Increíbles, cinta de animación lanzada hace ya la friolera de 14 años, iba un poco en esa línea. La nostalgia por el tiempo pasado de unos cuarentones desubicados, el rechazo social y la vida gris y monótona de la rutina adulta son solo algunas de las líneas que se dibujan bajo la aventurilla familiar de turno.

Hay, incluso, diálogos de poderosa carga ideológica, como cuando la madre de la saga –que quiere respetar las normas y esconder los superpoderes de su familia– intenta disuadir a su hijo –explosivo y deseoso de superar sus propios límites–:

—Todo el mundo es especial

—Eso es otra forma de decir que nadie lo es

La fórmula del doble mensaje se ha ido testando durante estos catorce años con sobrado éxito: los guiones de Cars, la irreverencia de Shrek, la expresividad de Wall-E, la nostalgia de Up… Las temáticas sociales se han ido colando en cada una de esas historias –el rol de la mujer, el rechazo a la corrección social, la concienciación medioambiental, la integración de los mayores–, y a la vez han ido abriendo nuevas vías argumentales.

Por lo general la ficción ha mantenido un esquema dialéctico propio de la ficción: los malos modernos casi siempre son autoritarios y dominantes, mientras que los héroes buscan romper el orden establecido y acabar con las diferencias. Luego cada cual profesará la ideología que quiera en casa, pero parece que en la butaca del cine es más fácil comprar el discurso de que la igualdad y la integración son valores por los que merece la pena luchar, aunque sea mientras se come palomitas.

En ese sentido, pocas producciones para niños y jóvenes han roto ese discurso: las nuevas de Star Wars son un manual mainstream de izquierdas, y las sagas estilo Los Juegos del hambre son un canto a la revolución social orwelliana más clásica. Apenas Batman: The dark knight raises, en la que el malvado atrapa a la policía bajo la ciudad e impone una especie de anarquía general, rompe ese discurso.

Por primera vez es también una cinta de animación para el público infantil la que hace lo propio. Tanto es así que Los Increíbles 2 suscitó una encendida columna en El País en la que se comparaban las propuestas de la película con la ideología de Ciudadanos, en lo que más bien parece una visión ideológica un tanto exacerbada.

La película vino precedida del escándalo de las acusaciones de acoso sexual contra John Lasseter, auténtico padre de la empresa que acabó sin embargo apartado de ella. Casualidad o no, el argumento pivota alrededor de la madre, elegida para ser la cabeza visible de un movimiento para relanzar a los superhéroes, mientras que el padre se ve relegado a las labores del hogar que a duras penas logra sobrellevar.

Ahí reside el primer gran fallo en la propuesta ideológica de la narración: si de verdad se quiere mostrar eso como algo natural, poco ayuda el hecho de que ella apenas logre desconectar de sus obligaciones familiares ni que él las lleve como una especie de tormento de frustración.

La película, por lo demás, tiene a un bueno que parece malo y a una mala que parece buena. Hasta ahí poca novedad. Eso sí, el bueno es el que teóricamente habría sido el malo en cualquier narrativa tradicional de este tipo de metrajes: un empresario adinerado de éxito que quiere lograr la vuelta de los superhéroes porque el Estado es incapaz de proteger a los ciudadanos, para lo cual pone en marcha una sofisticada campaña de marketing. Liberalismo y cultura de la imagen en uno.

La mala, en realidad, será su hermana, la artista creativa relegada a un rol secundario en la compañía, que quiere mantener el orden establecido porque culpa a los superhéroes de su drama familiar. Ella es la moderna, la feminista, la que busca el empoderamiento de la protagonista con superpoderes. Y, sin embargo, es la que a la vez quiere acabar con el statu quo.

Su forma de combatir es a través de una identidad oculta, la del robapantallas, una especie de ser que controla hipnóticamente a quien quiera a través de una pantalla. Una crítica indisimulada a la sobreexposición actual a las pantallas, sean las televisivas o las del móvil, con un claro guiño a la polémica de las injerencias de ciertos mensajes hacia la democracia.

Con todo, la incapacidad para defendernos de supermalos sin la ayuda de superbuenos o los peligros de la manipulación son ideas de fondo en una mezcolanza ideológica peculiar: el liberalismo, la cultura del éxito, la importancia de la imagen y el poder de las pantallas son piezas alrededor de lo que se supone que es la historia principal. Nueva política pura. El hecho de que el malo-bueno de la película sea el vivo retrato de Emmanuel Macron ya queda a juicio de cada cual.

Las series y películas de animación para el público infantil aprendieron hace tiempo una lección valiosa del mundo de la publicidad: no hay que dirigirse únicamente al usuario final, sino también a quien decide comprar. Dicho de otra forma: si nos dirigimos a una audiencia infantil, también tenemos que captar a los adultos que van a posibilitar que los niños consuman nuestro producto.

El ejemplo más clásico es el de los pañales –que son para niños, pero cuyos anuncios se dirigen a los padres– o el de los alimentos estilo cereales o cremas de cacao: por una parte dejan claro que son de chocolate y están buenos, pero por otra intentan destacar también cuánta leche, cuánta fibra o cuántas vitaminas tienen.

Gracias al éxito de Los Simpson, a estas alturas ya nos hemos acostumbrado a que los dibujos animados incluyan guiños para mayores. Ahí están los mensajes escondidos de Peppa Pig o Lady Bug, por citar solo dos ejemplos. Sin embargo una cosa era hacer eso en la televisión y otra muy distinta dar el salto a la gran pantalla: sería difícil hacer que los adultos se gastaran el dineral que cuestan las entradas de cine para ver dibujos animados sin incentivo alguno.

En eso Pixar y Dreamworks, juntas y por separado, han contribuido a una nueva forma de contar historias para toda la familia. Entre argumentos edulcorados y aventuras trepidantes se esconden decididas críticas sociales y poderosos alegatos.

Los Increíbles, cinta de animación lanzada hace ya la friolera de 14 años, iba un poco en esa línea. La nostalgia por el tiempo pasado de unos cuarentones desubicados, el rechazo social y la vida gris y monótona de la rutina adulta son solo algunas de las líneas que se dibujan bajo la aventurilla familiar de turno.

Hay, incluso, diálogos de poderosa carga ideológica, como cuando la madre de la saga –que quiere respetar las normas y esconder los superpoderes de su familia– intenta disuadir a su hijo –explosivo y deseoso de superar sus propios límites–:

—Todo el mundo es especial

—Eso es otra forma de decir que nadie lo es

La fórmula del doble mensaje se ha ido testando durante estos catorce años con sobrado éxito: los guiones de Cars, la irreverencia de Shrek, la expresividad de Wall-E, la nostalgia de Up… Las temáticas sociales se han ido colando en cada una de esas historias –el rol de la mujer, el rechazo a la corrección social, la concienciación medioambiental, la integración de los mayores–, y a la vez han ido abriendo nuevas vías argumentales.

Por lo general la ficción ha mantenido un esquema dialéctico propio de la ficción: los malos modernos casi siempre son autoritarios y dominantes, mientras que los héroes buscan romper el orden establecido y acabar con las diferencias. Luego cada cual profesará la ideología que quiera en casa, pero parece que en la butaca del cine es más fácil comprar el discurso de que la igualdad y la integración son valores por los que merece la pena luchar, aunque sea mientras se come palomitas.

En ese sentido, pocas producciones para niños y jóvenes han roto ese discurso: las nuevas de Star Wars son un manual mainstream de izquierdas, y las sagas estilo Los Juegos del hambre son un canto a la revolución social orwelliana más clásica. Apenas Batman: The dark knight raises, en la que el malvado atrapa a la policía bajo la ciudad e impone una especie de anarquía general, rompe ese discurso.

Por primera vez es también una cinta de animación para el público infantil la que hace lo propio. Tanto es así que Los Increíbles 2 suscitó una encendida columna en El País en la que se comparaban las propuestas de la película con la ideología de Ciudadanos, en lo que más bien parece una visión ideológica un tanto exacerbada.

La película vino precedida del escándalo de las acusaciones de acoso sexual contra John Lasseter, auténtico padre de la empresa que acabó sin embargo apartado de ella. Casualidad o no, el argumento pivota alrededor de la madre, elegida para ser la cabeza visible de un movimiento para relanzar a los superhéroes, mientras que el padre se ve relegado a las labores del hogar que a duras penas logra sobrellevar.

Ahí reside el primer gran fallo en la propuesta ideológica de la narración: si de verdad se quiere mostrar eso como algo natural, poco ayuda el hecho de que ella apenas logre desconectar de sus obligaciones familiares ni que él las lleve como una especie de tormento de frustración.

La película, por lo demás, tiene a un bueno que parece malo y a una mala que parece buena. Hasta ahí poca novedad. Eso sí, el bueno es el que teóricamente habría sido el malo en cualquier narrativa tradicional de este tipo de metrajes: un empresario adinerado de éxito que quiere lograr la vuelta de los superhéroes porque el Estado es incapaz de proteger a los ciudadanos, para lo cual pone en marcha una sofisticada campaña de marketing. Liberalismo y cultura de la imagen en uno.

La mala, en realidad, será su hermana, la artista creativa relegada a un rol secundario en la compañía, que quiere mantener el orden establecido porque culpa a los superhéroes de su drama familiar. Ella es la moderna, la feminista, la que busca el empoderamiento de la protagonista con superpoderes. Y, sin embargo, es la que a la vez quiere acabar con el statu quo.

Su forma de combatir es a través de una identidad oculta, la del robapantallas, una especie de ser que controla hipnóticamente a quien quiera a través de una pantalla. Una crítica indisimulada a la sobreexposición actual a las pantallas, sean las televisivas o las del móvil, con un claro guiño a la polémica de las injerencias de ciertos mensajes hacia la democracia.

Con todo, la incapacidad para defendernos de supermalos sin la ayuda de superbuenos o los peligros de la manipulación son ideas de fondo en una mezcolanza ideológica peculiar: el liberalismo, la cultura del éxito, la importancia de la imagen y el poder de las pantallas son piezas alrededor de lo que se supone que es la historia principal. Nueva política pura. El hecho de que el malo-bueno de la película sea el vivo retrato de Emmanuel Macron ya queda a juicio de cada cual.

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