4 de diciembre 2017    /   IDEAS
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¿Y si para seguir adelante nos tienen que eliminar?

4 de diciembre 2017    /   IDEAS     por          
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Uno de los personajes de Ana Karenina dice que «en el infinito del tiempo y del espacio nace una célula, se mantiene por un instante y desaparece. Eso es la vida». Hace prácticamente 200 años que Tolstoi escribió estas palabras y resulta imposible imaginar que en aquellos tiempos estuviera hablando de las consecuencias de una singularidad.

Pero las singularidades son la causa de que la evolución funcione a base de sobresaltos y, al parecer, estamos muy cerca de vivir uno de ellos.

En menos de 10 años existirán ordenadores con la misma capacidad mental que cualquier ser humano. Pero con algunas diferencias a su favor. En primer lugar, su pensamiento no tendrá por qué ser lineal, como le sucede al nuestro. Podrán evolucionar exponencialmente, cosa que a nosotros nos resulta imposible. Y serán capaces de adecuarse a la ley de rendimientos acelerados como ningún cerebro biológico conseguirá jamás.

Todo ello resulta inquietante. En especial cuando tenemos en cuenta que, en términos de evolución del conocimiento, cada año de la primera década de este siglo equivale a diez del anterior. Y cada año de la siguiente equivaldrá a 20.

La cuestión entonces es: ¿hasta cuándo podremos continuar en la carrera? Es decir, ¿en qué momento los ordenadores tomarán el relevo de nuestra especie en el inacabable camino de la evolución?

La evolución de nuestro planeta siempre ha funcionado en una misma dirección: de lo simple a lo complejo. Del átomo a la molécula, de la molécula a la célula, de la célula al organismo, del organismo al mamífero, del mamífero al ser humano.

Pero por mucho que nos duela, hemos de admitir que esa evolución no se detiene por el mero hecho de que a nosotros nos convenga.  Y que, por tanto, es posible que si la etapa biológica surgió para trascender a la puramente material, la etapa digital (otra singularidad) puede servir para trascender lo estrictamente biológico hacia un nivel de evolución superior en el que nosotros ya no somos necesarios.

La «mente digital» tiene una diferencia frente a la nuestra: jamás se equivoca. Pero además, permite replicar el conocimiento de manera infinita en tiempo real.

Veamos un ejemplo: para fabricar médicos hace falta que un número determinado de humanos estudien hasta los diecisiete años en el colegio, luego otros seis en la universidad, para más tarde comenzar un larguísimo período de prácticas. Todo ello, además, con una elevadísima inversión en profesores, instalaciones, etc. Cuando un ordenador tenga esa misma capacidad para ejercer la medicina, podrán construirse todos los médicos que hagan falta en una milésima de segundo.

Otro ejemplo. Cada vez está más claro que la única forma de continuar con la evolución de la Tierra es diversificando su presencia en el universo. A estas alturas ya sabemos que un solo suceso (meteorito, nuclear, ecológico…) puede acabar con todo lo existente. De momento, el ser humano ha llegado a la Luna y probablemente dentro de poco conseguirá aterrizar en Marte. Pero su constitución biológica jamás le permitirá alcanzar las estrellas. Eso solo será posible con un nuevo salto evolutivo en el que no podrá contarse con nosotros.

Fuimos materia física. Para evolucionar tuvimos que transformarnos en materia orgánica. Y ahora, para seguir evolucionando, tal vez tengamos que convertirnos en materia digital. No pasa nada, la evanescencia de nuestra especie significaría tan solo un salto más en el progreso de lo natural hacia, como diría Buzz Lightyear, «el infinito y más allá».

Uno de los personajes de Ana Karenina dice que «en el infinito del tiempo y del espacio nace una célula, se mantiene por un instante y desaparece. Eso es la vida». Hace prácticamente 200 años que Tolstoi escribió estas palabras y resulta imposible imaginar que en aquellos tiempos estuviera hablando de las consecuencias de una singularidad.

Pero las singularidades son la causa de que la evolución funcione a base de sobresaltos y, al parecer, estamos muy cerca de vivir uno de ellos.

En menos de 10 años existirán ordenadores con la misma capacidad mental que cualquier ser humano. Pero con algunas diferencias a su favor. En primer lugar, su pensamiento no tendrá por qué ser lineal, como le sucede al nuestro. Podrán evolucionar exponencialmente, cosa que a nosotros nos resulta imposible. Y serán capaces de adecuarse a la ley de rendimientos acelerados como ningún cerebro biológico conseguirá jamás.

Todo ello resulta inquietante. En especial cuando tenemos en cuenta que, en términos de evolución del conocimiento, cada año de la primera década de este siglo equivale a diez del anterior. Y cada año de la siguiente equivaldrá a 20.

La cuestión entonces es: ¿hasta cuándo podremos continuar en la carrera? Es decir, ¿en qué momento los ordenadores tomarán el relevo de nuestra especie en el inacabable camino de la evolución?

La evolución de nuestro planeta siempre ha funcionado en una misma dirección: de lo simple a lo complejo. Del átomo a la molécula, de la molécula a la célula, de la célula al organismo, del organismo al mamífero, del mamífero al ser humano.

Pero por mucho que nos duela, hemos de admitir que esa evolución no se detiene por el mero hecho de que a nosotros nos convenga.  Y que, por tanto, es posible que si la etapa biológica surgió para trascender a la puramente material, la etapa digital (otra singularidad) puede servir para trascender lo estrictamente biológico hacia un nivel de evolución superior en el que nosotros ya no somos necesarios.

La «mente digital» tiene una diferencia frente a la nuestra: jamás se equivoca. Pero además, permite replicar el conocimiento de manera infinita en tiempo real.

Veamos un ejemplo: para fabricar médicos hace falta que un número determinado de humanos estudien hasta los diecisiete años en el colegio, luego otros seis en la universidad, para más tarde comenzar un larguísimo período de prácticas. Todo ello, además, con una elevadísima inversión en profesores, instalaciones, etc. Cuando un ordenador tenga esa misma capacidad para ejercer la medicina, podrán construirse todos los médicos que hagan falta en una milésima de segundo.

Otro ejemplo. Cada vez está más claro que la única forma de continuar con la evolución de la Tierra es diversificando su presencia en el universo. A estas alturas ya sabemos que un solo suceso (meteorito, nuclear, ecológico…) puede acabar con todo lo existente. De momento, el ser humano ha llegado a la Luna y probablemente dentro de poco conseguirá aterrizar en Marte. Pero su constitución biológica jamás le permitirá alcanzar las estrellas. Eso solo será posible con un nuevo salto evolutivo en el que no podrá contarse con nosotros.

Fuimos materia física. Para evolucionar tuvimos que transformarnos en materia orgánica. Y ahora, para seguir evolucionando, tal vez tengamos que convertirnos en materia digital. No pasa nada, la evanescencia de nuestra especie significaría tan solo un salto más en el progreso de lo natural hacia, como diría Buzz Lightyear, «el infinito y más allá».

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Opiniones 1
  • Yo cuento con que el siguiente paso evolutivo no pase por eliminarnos. Simplemente seremos irrelevantes para la nueva especie digital y quizás sean más respetuosos con los «otros» seres vivos que nosotros los humanos. Así que seguiríamos por aquí hasta el siguiente meteorito.

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