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20 de febrero 2013    /   BUSINESS
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Mi hotel está salado

20 de febrero 2013    /   BUSINESS     por          
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Hay quien tiene una pizca de sal para darle sabor a las patatas, quien utiliza el salero para que nada quede soso en la mesa, y quien compra la albina por kilos porque es producto esencial para cocinar. Lo que tenía a mano el boliviano Juan Quesada Valda era nada más y nada menos que el Salar de Uyuni, es decir, 12.000 kilómetros cuadrados de desierto de sal enclavado en la región altiplánica de los andes Bolivianos. El mayor desierto continuo de sal en el mundo. Suficiente ingrediente para echarle a todo un palacio.
El Palacio de Sal es el primer hotel construido íntegramente de sal en el planeta. A Quesada, fundador, arquitecto y dueño del complejo, se le ocurrió levantarlo en 1998 en medio de aquel desierto inmaculado. Su intención era permitir a los miles de turistas que cada año acuden a Uyuni admirar el níveo paisaje sin que su posada rompiese con la uniformidad del horizonte blanco.
Cloruro de sodio había para rato. “Todo es de sal, las 23 habitaciones y las demás zonas: Paredes, techos, esculturas, mesas, sillas…”, enumera mobiliario e inmobiliario Lucía Quesada, gerente del hospedaje. En total hicieron falta más de un millón de bloques de sal, algo de sal fina y otro tanto de sal granulada extraídos del propio desierto para poder conformar la estructura de este sabroso hotel de 4.500 metros cuadrados. Por ser de sal, no se libran ni las patas del billar.
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Sostener todos esos granitos no fue fácil. Resulta que para unir cada uno de sus bloques, teniendo en cuenta que el cemento no es una opción a contemplar, hace falta “una cuidadosa mezcla de sal fina y agua”, explica Quesada. Además, y a pesar de su gran resistencia arquitectónica, este edificio cuenta con la lluvia como enemiga. “Lo podría disolver, pero la sal no se puede bañar con ningún material para protegerla porque no existe un producto compatible. Así que solo nos queda hacer mantenimiento después de cada temporada húmeda”, revela la portavoz de la soluble morada.
Desde 2004 el Palacio ya no se encuentra en el medio del Salar de Uyuni, algún problema burocrático y la necesidad de hacerlo más accesible para turistas llevaron sus blancos ladrillos hasta la orilla del desierto (entrando por la población de Colchani). Todo un balcón a la inmensidad blanca de paredes a imagen y semejanza. Claro, que el condimento se paga. Cada noche en el Palacio son 98 dólares por aposento.
Cada año “más de 1.000” huéspedes acuden hasta este enclave situado entre ‘el salado sáhara’, el volcán Thunupa y la Isla Pescado. Algunos durante la época seca, otros, durante los meses en los que todo está inundado. La capa de agua que se forma de enero a junio cubriendo la inmensidad del plano “les gusta más a los japoneses porque parece un espejismo”, ha analizado Quesada. “A los europeos les gusta más cuando está seco. Cuando parece arena blanca”.
A colación de su comedor granulado, la gerente habla de algunos de los platos  que se realizan en su hotel con los productos de la tierra: “Carnes de llama, cordero de la región…”, va enumerando. La guinda que corona su menú, sin duda, se hace previsible: “Pollo a la sal”, indica Quesada. Algo hacía intuir que esa sería la especialidad de la casa.
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Panoramica Fuego
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Foto: Johnathan Hood bajo lic. CC.
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Foto: Alicia Nidjam bajo lic. CC.

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Hay quien tiene una pizca de sal para darle sabor a las patatas, quien utiliza el salero para que nada quede soso en la mesa, y quien compra la albina por kilos porque es producto esencial para cocinar. Lo que tenía a mano el boliviano Juan Quesada Valda era nada más y nada menos que el Salar de Uyuni, es decir, 12.000 kilómetros cuadrados de desierto de sal enclavado en la región altiplánica de los andes Bolivianos. El mayor desierto continuo de sal en el mundo. Suficiente ingrediente para echarle a todo un palacio.
El Palacio de Sal es el primer hotel construido íntegramente de sal en el planeta. A Quesada, fundador, arquitecto y dueño del complejo, se le ocurrió levantarlo en 1998 en medio de aquel desierto inmaculado. Su intención era permitir a los miles de turistas que cada año acuden a Uyuni admirar el níveo paisaje sin que su posada rompiese con la uniformidad del horizonte blanco.
Cloruro de sodio había para rato. “Todo es de sal, las 23 habitaciones y las demás zonas: Paredes, techos, esculturas, mesas, sillas…”, enumera mobiliario e inmobiliario Lucía Quesada, gerente del hospedaje. En total hicieron falta más de un millón de bloques de sal, algo de sal fina y otro tanto de sal granulada extraídos del propio desierto para poder conformar la estructura de este sabroso hotel de 4.500 metros cuadrados. Por ser de sal, no se libran ni las patas del billar.
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Sostener todos esos granitos no fue fácil. Resulta que para unir cada uno de sus bloques, teniendo en cuenta que el cemento no es una opción a contemplar, hace falta “una cuidadosa mezcla de sal fina y agua”, explica Quesada. Además, y a pesar de su gran resistencia arquitectónica, este edificio cuenta con la lluvia como enemiga. “Lo podría disolver, pero la sal no se puede bañar con ningún material para protegerla porque no existe un producto compatible. Así que solo nos queda hacer mantenimiento después de cada temporada húmeda”, revela la portavoz de la soluble morada.
Desde 2004 el Palacio ya no se encuentra en el medio del Salar de Uyuni, algún problema burocrático y la necesidad de hacerlo más accesible para turistas llevaron sus blancos ladrillos hasta la orilla del desierto (entrando por la población de Colchani). Todo un balcón a la inmensidad blanca de paredes a imagen y semejanza. Claro, que el condimento se paga. Cada noche en el Palacio son 98 dólares por aposento.
Cada año “más de 1.000” huéspedes acuden hasta este enclave situado entre ‘el salado sáhara’, el volcán Thunupa y la Isla Pescado. Algunos durante la época seca, otros, durante los meses en los que todo está inundado. La capa de agua que se forma de enero a junio cubriendo la inmensidad del plano “les gusta más a los japoneses porque parece un espejismo”, ha analizado Quesada. “A los europeos les gusta más cuando está seco. Cuando parece arena blanca”.
A colación de su comedor granulado, la gerente habla de algunos de los platos  que se realizan en su hotel con los productos de la tierra: “Carnes de llama, cordero de la región…”, va enumerando. La guinda que corona su menú, sin duda, se hace previsible: “Pollo a la sal”, indica Quesada. Algo hacía intuir que esa sería la especialidad de la casa.
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Foto: Johnathan Hood bajo lic. CC.
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Foto: Alicia Nidjam bajo lic. CC.

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Opiniones 2
  • La altitud del salar de Uyuni, la temperatura (extrema durnte la noche), la enorme extensión plana y con pocas referencias, y el blanco que lo circunda todo (casi un white-out), conllevan un cambio en la percepción y, por tanto, en las emociones del visitante.
    Estuve allí en 2000, cuando el único hotel (también de sal) era sólo un pequeño refugio con media docena de habitaciones.
    Desde mi punto de vista, el interés añadido es que “tienes que llegar” al salar de Uyuni, en el sentido de que -por lo menos en la época- no había transporte aéreo que te dejase a la entrada del salar en la ciudad del mismo nombre. Eso significa que el visitante tiene que desplazarse por el maravilloso altiplano para cubrir los casi 400 km que hay desde Sucre (uno de los orígenes más habituales) hasta Uyuni, pasando por Potosí y numerosos poblados. Las personas que uno conoce en el camino y su forma de vida, la presencia de Pachamama y la música del cassette del vehículo, lo hacen, más que un destino más, una experiencia que aúna el viaje geográfico al viaje interior.
    ¡Altamente recomendable!

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