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16 de marzo 2017    /   CREATIVIDAD
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Michi Panero, el escritor inédito, por fin tiene libro

16 de marzo 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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«Javier, quiero que te lleves algo». A finales de los años 90, Michi Panero le entregó a Javier Mendoza una pila de carpetas. «Diez o doce de diferentes formatos y tamaños», recuerda Mendoza. «Haz lo que quieras con ellas, pero llévatelas de aquí», le pidió.

Mendoza interpretó el hecho como «un gesto desesperado, como si le pesaran demasiado y sintiera la necesidad urgente de traspasarlas». En el interior de esas carpetas se encontraba la totalidad de la obra literaria de Michi Panero.

El hijo del poeta falangista, el hermano de Juan Luis y Leopoldo, también era escritor y bastante bueno, además. En sus escritos resuenan ecos de Conrad, Borges, Byron, Verne, Dickens, Salgari, Elliot, Pavese… Cuentos, narraciones breves, artículos periodísticos en los que se intuye la vasta cultura literaria y el talento de un escritor que fue definido hasta rozar el hastío como «el escritor sin libros». «Lo de “escritor sin libros” es un chascarrillo gacetillero que ha hecho fortuna», explica Mendoza. «La verdad es que siempre que vi a Michi estaba rodeado de libros».

A pesar de ello, la duda sobre si existía o no producción literaria de Michi Panero siempre estuvo ahí. «Oye, Michi, ¿y a ti nunca te dio por escribir?», le preguntó en una ocasión Javier Mendoza. «Entre escribir y follar, escogí follar», le respondió con media sonrisa sabiendo que en el fondo mentía. Michi Panero folló. Si hay que ceñirse a la leyenda, bastante. Tal vez mucho. Pero también escribió.

Prueba de ello es Funerales vikingos. Cuentos, artículos y textos dispersos (Bartleby narrativa), un volumen que recopila algunos de los trabajos incluidos en esas diez o doce carpetas y que el periodista Javier Mendoza ha decidido sacar a la luz acompañados de El desconcierto. Memorias truncadas, un libro en el que repasa su vida junto a Michi Panero.

«Creo que Michi me dio las carpetas para que hiciera algo parecido a este libro. Ahora me doy cuenta de que era como si me estuviese diciendo: “si alguna vez te decides a escribir, aquí tienes una historia”».

Javier Mendoza conoció a Panero una tarde de cine. El escritor estaba iniciando una relación sentimental con Sisita García-Durán, madre de Mendoza, y los tres acudieron a ver Robocop. Poco después, Michi y Sisita contrajeron matrimonio y los tres comenzaron a vivir juntos.

Para un chaval de doce o trece años, la figura de Michi Panero era fascinante. Simpático, inteligente, culto y divertido. Atesoraba innumerables anécdotas en las que intervenían poetas como Dámaso Alonso y era mordaz en sus comentarios sobre amigos de generación como Vicente Molina Foix o Vila Matas. Además regalaba brillantes consejos. Unos auguraban el éxito en sociedad, «En la vida se puede ser cualquier cosa menos un coñazo», y otros sonaban a presagio aciago: «El dinero es redondo para que ruede, Javierito».

Al final, el dinero rodó más de lo deseable. A la ruina económica se sumaron los excesos provocados por el consumo de alcohol y la ruptura sentimental. En un momento dado, Javier Mendoza también tuvo que separarse de Panero. Una decisión fruto no tanto de la reflexión sino del instinto de supervivencia.

A pesar de la distancia, Javier y Michi Panero continuaron en contacto.

—¿Javier?
—Dime, Michi.
—Quiero que sepas que te quiero mucho…
—Pues claro que sí, no seas tonto, que yo también te quiero mucho, Michi. Ya verás como pasas el bache y voy a verte y te llevo los libros que me pidas…
—Ven a verme, Javier.
—Claro que sí, Michi.

Tres días después de esa conversación, Michi Panero fallecía en Astorga. Tenía 52 años. Ahora, más de una década después de su muerte, Mendoza ha decidido revisar y organizar el contenido de esas carpetas para sacar a la luz esa faceta menos conocida del pequeño de los Panero.

«Los cuentos hasta ahora inéditos de Michi reflejan a la perfección el ambiente de asfixiante literatura que se vivía en aquella época en la casa familiar de los Panero en la calle Ibiza, 35», comenta Javier Mendoza. «Michi escribía sus cuentos clandestinamente y están llenos de juventud y ambición literaria, pero para publicar en España también tienes que hacer el papelón de la vida literaria, y como reconoce el propio Michi en el libro, él para eso era vaguísimo».

Mendoza recuerda en El desconcierto cómo fueron recibidos los pinitos literarios de Michi Panero. A Vicente Molina Foix no le acabaron de gustar. «No sé por qué en aquella época me importaba mucho su opinión. Ahora me resulta inaudito porque como novelista es infecto y como poeta no existe», recordaba el escritor. Al que sí que gustaron sus trabajos fue a Vicente Aleixandre. «Lo malo es que había que ir todas las semanas y contar todo lo que te había pasado, y yo para eso soy vaguísimo», reconocía.

En la España de los 80 las editoriales florecían de forma asombrosa. Incluso el diseñador Diego Lara, amigo íntimo de Michi Panero y al que dedicó una sentida columna periodística cuando falleció, tenía una editorial, Nostromo. Sin embargo, Michi Panero consiguió lo más difícil: que su obra permaneciese inédita. «Supongo que para no publicar no hay que hacer nada especial, basta con no escribir y ser un bartleby de la vida», explica Javier Mendoza.

Lo más curioso es que ese bartleby español sí que escribía. Igual que su padre, sus hermanos y su madre. Con el mismo convencimiento pero con menos dedicación. Por eso, la publicación de sus escritos permite entender un poco mejor la historia de los Panero y sus diferentes personalidades.

«Los cuentos de Michi están dominados por la estética novísima, que entonces estaba muy de moda, con escenarios exóticos, personajes rocambolescos y una prosa irracionalista muy interesante», afirma Mendoza. «Son los cuentos del décimo novísimo y revelan que durante un tiempo compartió con su hermano Leopoldo María un mismo espacio poético. La obra de Juan Luis me da la impresión que no tiene nada que ver con ninguno de los dos. En cuanto a Felicidad Blanch, su madre, también era muy buena escritora y todavía falta una editorial que rescate sus cuentos y las cartas perdidas a Luis Cernuda».

Aunque el trabajo de Javier Mendoza mantiene vivo ese halo de encantamiento que el universo Panero desplegó por primera vez en la película de Jaime Chávarri El Desencanto, Funerales vikingos/El desconcierto derriba, no sin dificultad, muchos de los tópicos construidos alrededor de esta familia.

«Desde luego no hay manera de huir de los tópicos, algunos son tan correosos como el olor a fritanga de los bares de menú, pero qué le vamos a hacer. Ya lo decía John Ford: “En el oeste, cuando hay que elegir entre la verdad y la leyenda, se imprime la leyenda”», concluye Mendoza.

«Javier, quiero que te lleves algo». A finales de los años 90, Michi Panero le entregó a Javier Mendoza una pila de carpetas. «Diez o doce de diferentes formatos y tamaños», recuerda Mendoza. «Haz lo que quieras con ellas, pero llévatelas de aquí», le pidió.

Mendoza interpretó el hecho como «un gesto desesperado, como si le pesaran demasiado y sintiera la necesidad urgente de traspasarlas». En el interior de esas carpetas se encontraba la totalidad de la obra literaria de Michi Panero.

El hijo del poeta falangista, el hermano de Juan Luis y Leopoldo, también era escritor y bastante bueno, además. En sus escritos resuenan ecos de Conrad, Borges, Byron, Verne, Dickens, Salgari, Elliot, Pavese… Cuentos, narraciones breves, artículos periodísticos en los que se intuye la vasta cultura literaria y el talento de un escritor que fue definido hasta rozar el hastío como «el escritor sin libros». «Lo de “escritor sin libros” es un chascarrillo gacetillero que ha hecho fortuna», explica Mendoza. «La verdad es que siempre que vi a Michi estaba rodeado de libros».

A pesar de ello, la duda sobre si existía o no producción literaria de Michi Panero siempre estuvo ahí. «Oye, Michi, ¿y a ti nunca te dio por escribir?», le preguntó en una ocasión Javier Mendoza. «Entre escribir y follar, escogí follar», le respondió con media sonrisa sabiendo que en el fondo mentía. Michi Panero folló. Si hay que ceñirse a la leyenda, bastante. Tal vez mucho. Pero también escribió.

Prueba de ello es Funerales vikingos. Cuentos, artículos y textos dispersos (Bartleby narrativa), un volumen que recopila algunos de los trabajos incluidos en esas diez o doce carpetas y que el periodista Javier Mendoza ha decidido sacar a la luz acompañados de El desconcierto. Memorias truncadas, un libro en el que repasa su vida junto a Michi Panero.

«Creo que Michi me dio las carpetas para que hiciera algo parecido a este libro. Ahora me doy cuenta de que era como si me estuviese diciendo: “si alguna vez te decides a escribir, aquí tienes una historia”».

Javier Mendoza conoció a Panero una tarde de cine. El escritor estaba iniciando una relación sentimental con Sisita García-Durán, madre de Mendoza, y los tres acudieron a ver Robocop. Poco después, Michi y Sisita contrajeron matrimonio y los tres comenzaron a vivir juntos.

Para un chaval de doce o trece años, la figura de Michi Panero era fascinante. Simpático, inteligente, culto y divertido. Atesoraba innumerables anécdotas en las que intervenían poetas como Dámaso Alonso y era mordaz en sus comentarios sobre amigos de generación como Vicente Molina Foix o Vila Matas. Además regalaba brillantes consejos. Unos auguraban el éxito en sociedad, «En la vida se puede ser cualquier cosa menos un coñazo», y otros sonaban a presagio aciago: «El dinero es redondo para que ruede, Javierito».

Al final, el dinero rodó más de lo deseable. A la ruina económica se sumaron los excesos provocados por el consumo de alcohol y la ruptura sentimental. En un momento dado, Javier Mendoza también tuvo que separarse de Panero. Una decisión fruto no tanto de la reflexión sino del instinto de supervivencia.

A pesar de la distancia, Javier y Michi Panero continuaron en contacto.

—¿Javier?
—Dime, Michi.
—Quiero que sepas que te quiero mucho…
—Pues claro que sí, no seas tonto, que yo también te quiero mucho, Michi. Ya verás como pasas el bache y voy a verte y te llevo los libros que me pidas…
—Ven a verme, Javier.
—Claro que sí, Michi.

Tres días después de esa conversación, Michi Panero fallecía en Astorga. Tenía 52 años. Ahora, más de una década después de su muerte, Mendoza ha decidido revisar y organizar el contenido de esas carpetas para sacar a la luz esa faceta menos conocida del pequeño de los Panero.

«Los cuentos hasta ahora inéditos de Michi reflejan a la perfección el ambiente de asfixiante literatura que se vivía en aquella época en la casa familiar de los Panero en la calle Ibiza, 35», comenta Javier Mendoza. «Michi escribía sus cuentos clandestinamente y están llenos de juventud y ambición literaria, pero para publicar en España también tienes que hacer el papelón de la vida literaria, y como reconoce el propio Michi en el libro, él para eso era vaguísimo».

Mendoza recuerda en El desconcierto cómo fueron recibidos los pinitos literarios de Michi Panero. A Vicente Molina Foix no le acabaron de gustar. «No sé por qué en aquella época me importaba mucho su opinión. Ahora me resulta inaudito porque como novelista es infecto y como poeta no existe», recordaba el escritor. Al que sí que gustaron sus trabajos fue a Vicente Aleixandre. «Lo malo es que había que ir todas las semanas y contar todo lo que te había pasado, y yo para eso soy vaguísimo», reconocía.

En la España de los 80 las editoriales florecían de forma asombrosa. Incluso el diseñador Diego Lara, amigo íntimo de Michi Panero y al que dedicó una sentida columna periodística cuando falleció, tenía una editorial, Nostromo. Sin embargo, Michi Panero consiguió lo más difícil: que su obra permaneciese inédita. «Supongo que para no publicar no hay que hacer nada especial, basta con no escribir y ser un bartleby de la vida», explica Javier Mendoza.

Lo más curioso es que ese bartleby español sí que escribía. Igual que su padre, sus hermanos y su madre. Con el mismo convencimiento pero con menos dedicación. Por eso, la publicación de sus escritos permite entender un poco mejor la historia de los Panero y sus diferentes personalidades.

«Los cuentos de Michi están dominados por la estética novísima, que entonces estaba muy de moda, con escenarios exóticos, personajes rocambolescos y una prosa irracionalista muy interesante», afirma Mendoza. «Son los cuentos del décimo novísimo y revelan que durante un tiempo compartió con su hermano Leopoldo María un mismo espacio poético. La obra de Juan Luis me da la impresión que no tiene nada que ver con ninguno de los dos. En cuanto a Felicidad Blanch, su madre, también era muy buena escritora y todavía falta una editorial que rescate sus cuentos y las cartas perdidas a Luis Cernuda».

Aunque el trabajo de Javier Mendoza mantiene vivo ese halo de encantamiento que el universo Panero desplegó por primera vez en la película de Jaime Chávarri El Desencanto, Funerales vikingos/El desconcierto derriba, no sin dificultad, muchos de los tópicos construidos alrededor de esta familia.

«Desde luego no hay manera de huir de los tópicos, algunos son tan correosos como el olor a fritanga de los bares de menú, pero qué le vamos a hacer. Ya lo decía John Ford: “En el oeste, cuando hay que elegir entre la verdad y la leyenda, se imprime la leyenda”», concluye Mendoza.

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