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2 de diciembre 2015    /   BRANDED CONTENT
 

Sí al arte urbano en los museos, pero no en su interior

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Los artistas urbanos se enfrentan cada día a la eterna batalla de reivindicar que lo que hacen es, en efecto, arte. Defienden esa idea ante los escépticos que vinculan el arte a transacciones económicas y selecciones rigurosas por parte de expertos, y que por tanto no pueden concebir una forma de arte que escape del control de la industria y que esté al alcance de todos.
Pero cuando por fin el arte urbano es aceptado en una galería o museo, cosa que ocurre cada vez más a menudo, choca contra otra barrera: la pérdida de un fragmento de su identidad. Gran parte del sentido de un grafiti u otras manifestaciones de arte urbano lo aporta su calidad de efímero y la localización en la que se encuentra. La posibilidad de que dure solo unas horas por las inclemencias meteorológicas o porque sea borrado. Y, sobre todo, su vinculación al espacio: no es solo lo que es, sino la historia de dónde está, de quiénes llegan hasta ese rincón o ese muro medio derribado y por qué.
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Por lo tanto, si una galería expone arte urbano pero no respeta su naturaleza callejera, en realidad está haciendo un craso favor al género. Blek Le Rat, considerado por muchos el padre del arte urbano, tiene obras expuestas en espacios de prestigio como el Centro Pompidou de París, pero ¿acaso la obra no pierde su intención principal desde el momento en el que se encuentra protegida en ese espacio con acceso limitado? En realidad, la inclusión de estas obras en museos y galerías supone solo en parte una victoria para el arte urbano: también es una victoria para la industria tradicional, que consigue que su rama «rebelde» acepte sus normas y «se suba al carro».
El artista urbano Rosh333, natural de Elche, no duda en afirmar que le gustaría ver su obra en un museo. Pero añade condiciones: debe ser de una forma que respete la razón de ser de sus piezas. Con esa idea en mente, ha realizado una intervención en la fachada del Museo Lázaro Galdiano de Madrid. Su mensaje es claro: el arte urbano puede exponerse en galerías y museos, pero de una forma que respete el ADN de este tipo de expresión artística.

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Que el arte urbano no quiera cambiar la esencia de su ubicación y de su accesibilidad no elitista no significa que no pueda cambiar otras cosas, como la técnica. Al igual que otros artistas están utilizando la tecnología para crear instalaciones innovadoras, los artistas callejeros también pueden echar mano de ella para evolucionar. Así lo ha hecho Rosh333, que ha usado Microsoft Surface Pro4, un híbrido entre tableta y portátil que permite trabajar desde cualquier lugar y que está recomendado especialmente para artistas gráficos por la comodidad con la que se puede dibujar en su pantalla con su lápiz. Este ha sido el resultado:
https://www.youtube.com/watch?v=yVvdRjQN3Ak

Los artistas urbanos se enfrentan cada día a la eterna batalla de reivindicar que lo que hacen es, en efecto, arte. Defienden esa idea ante los escépticos que vinculan el arte a transacciones económicas y selecciones rigurosas por parte de expertos, y que por tanto no pueden concebir una forma de arte que escape del control de la industria y que esté al alcance de todos.
Pero cuando por fin el arte urbano es aceptado en una galería o museo, cosa que ocurre cada vez más a menudo, choca contra otra barrera: la pérdida de un fragmento de su identidad. Gran parte del sentido de un grafiti u otras manifestaciones de arte urbano lo aporta su calidad de efímero y la localización en la que se encuentra. La posibilidad de que dure solo unas horas por las inclemencias meteorológicas o porque sea borrado. Y, sobre todo, su vinculación al espacio: no es solo lo que es, sino la historia de dónde está, de quiénes llegan hasta ese rincón o ese muro medio derribado y por qué.
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Por lo tanto, si una galería expone arte urbano pero no respeta su naturaleza callejera, en realidad está haciendo un craso favor al género. Blek Le Rat, considerado por muchos el padre del arte urbano, tiene obras expuestas en espacios de prestigio como el Centro Pompidou de París, pero ¿acaso la obra no pierde su intención principal desde el momento en el que se encuentra protegida en ese espacio con acceso limitado? En realidad, la inclusión de estas obras en museos y galerías supone solo en parte una victoria para el arte urbano: también es una victoria para la industria tradicional, que consigue que su rama «rebelde» acepte sus normas y «se suba al carro».
El artista urbano Rosh333, natural de Elche, no duda en afirmar que le gustaría ver su obra en un museo. Pero añade condiciones: debe ser de una forma que respete la razón de ser de sus piezas. Con esa idea en mente, ha realizado una intervención en la fachada del Museo Lázaro Galdiano de Madrid. Su mensaje es claro: el arte urbano puede exponerse en galerías y museos, pero de una forma que respete el ADN de este tipo de expresión artística.

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Que el arte urbano no quiera cambiar la esencia de su ubicación y de su accesibilidad no elitista no significa que no pueda cambiar otras cosas, como la técnica. Al igual que otros artistas están utilizando la tecnología para crear instalaciones innovadoras, los artistas callejeros también pueden echar mano de ella para evolucionar. Así lo ha hecho Rosh333, que ha usado Microsoft Surface Pro4, un híbrido entre tableta y portátil que permite trabajar desde cualquier lugar y que está recomendado especialmente para artistas gráficos por la comodidad con la que se puede dibujar en su pantalla con su lápiz. Este ha sido el resultado:
https://www.youtube.com/watch?v=yVvdRjQN3Ak

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