8 de diciembre 2014    /   DIGITAL
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¡Shhhhh! ¿Miedo a publicar en internet?

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Están consiguiendo que le tomemos miedo a eso de publicar en internet. Nunca fue tan fácil, y parece que alguien querría que volviese a ser difícil. Que la crítica con su acidez, socarronería y sarcasmo venga de plumas más o menos controladas.
Dije ‘controladas’, pero no podemos hablar de control, por supuesto. Está clarísimo que todo el mundo respeta profundamente la libertad de expresión. Se trata de conseguir que sean las personas, con su libre albedrío, quienes decidan de qué quieren hablar y, sobre todo, de qué guardarán un respetuoso silencio.
Entre periodistas funcionó y se llama autocensura.
Nadie prohibía nada, por supuesto. Pero se daban ciertas situaciones que podían hacer pensar en una posible causa-efecto de la que nadie hablaba y que —faltaría más— cualquier sensato negaba. Tenías que ser muy retorcido para pensar que el efecto no publicar durante seis meses fue a causa de haber escrito cuán nefasto era el servicio al cliente de un anunciante importante.
En internet la autocensura también funciona, pero menos. Quizás evitas ser crítico con algo muy directo al bolsillo, pero puedes escribir sobre muchos temas. Ahí está el peligro, en esas plumas incontroladas. Bueno, ‘incontroladas’…, dejémoslo en ‘demasiado libres’. Vale, tampoco; la libertad es un valor deseable. Caprichosas. Sí, eso suena bien.
Plumas caprichosas. Arbitrarias, gratuitas, injustificadas, fútiles, vanas.
Escribes. Llega el aviso de un nuevo comentario a la crítica que publicaste en el blog: «Con la de problemas importantes que hay en el mundo y tú perdiendo el tiempo con esa tontería». ¿Por qué viene un desconocido a decirte que te calles? Sin dejar ningún argumento, cosa que debería ser muy fácil ante tu presunta tontería. Pero no, hablan de ti. De tu uso arbitrario, gratuito, injustificado, fútil y vano del teclado.
Las alusiones a «los problemas importantes del mundo» tiene sus variantes: algún «no era necesario» del utilitarista, un par de «quejarse no es positivo» por parte de coachers y discípulos de Coelho, o el rotundo «macho, no te aguantas ni tú» del cuñao.
¿A qué se debe tanto interés por el silencio? Es igual. En cualquier caso se trata de un indicativo positivo. Que en internet cualquiera puede (y debe) publicar es algo que ya teníamos, pero solo cuatro geeks le daban importancia. Había rivalidad y envidias en la blogocosa, pero nadie pedía silencio. Ahora sí. Publicar en internet ya no es extravagante ni pintoresco.
¡Por fin!
Casi que contestaré las peticiones de silencio con la estatua Moyai de los Emoji. ¿Alguien sabe para qué sirve? Le encontré utilidad: la llamé «mohái de la Isla de Pascua» en esta misma revista y un lector que firmó como Rompetechos dijo que se trata de una escultura moderna japonesa. Despertó mi curiosidad, busqué y aprendí que está en la estación de Shibuya, Tokio, y se llama Moyai.
Gracias, Rompetechos.
Pues eso, que publiquéis sin temor. Los errores también sirven. Y al resto, dos Moyai.

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Dije ‘controladas’, pero no podemos hablar de control, por supuesto. Está clarísimo que todo el mundo respeta profundamente la libertad de expresión. Se trata de conseguir que sean las personas, con su libre albedrío, quienes decidan de qué quieren hablar y, sobre todo, de qué guardarán un respetuoso silencio.
Entre periodistas funcionó y se llama autocensura.
Nadie prohibía nada, por supuesto. Pero se daban ciertas situaciones que podían hacer pensar en una posible causa-efecto de la que nadie hablaba y que —faltaría más— cualquier sensato negaba. Tenías que ser muy retorcido para pensar que el efecto no publicar durante seis meses fue a causa de haber escrito cuán nefasto era el servicio al cliente de un anunciante importante.
En internet la autocensura también funciona, pero menos. Quizás evitas ser crítico con algo muy directo al bolsillo, pero puedes escribir sobre muchos temas. Ahí está el peligro, en esas plumas incontroladas. Bueno, ‘incontroladas’…, dejémoslo en ‘demasiado libres’. Vale, tampoco; la libertad es un valor deseable. Caprichosas. Sí, eso suena bien.
Plumas caprichosas. Arbitrarias, gratuitas, injustificadas, fútiles, vanas.
Escribes. Llega el aviso de un nuevo comentario a la crítica que publicaste en el blog: «Con la de problemas importantes que hay en el mundo y tú perdiendo el tiempo con esa tontería». ¿Por qué viene un desconocido a decirte que te calles? Sin dejar ningún argumento, cosa que debería ser muy fácil ante tu presunta tontería. Pero no, hablan de ti. De tu uso arbitrario, gratuito, injustificado, fútil y vano del teclado.
Las alusiones a «los problemas importantes del mundo» tiene sus variantes: algún «no era necesario» del utilitarista, un par de «quejarse no es positivo» por parte de coachers y discípulos de Coelho, o el rotundo «macho, no te aguantas ni tú» del cuñao.
¿A qué se debe tanto interés por el silencio? Es igual. En cualquier caso se trata de un indicativo positivo. Que en internet cualquiera puede (y debe) publicar es algo que ya teníamos, pero solo cuatro geeks le daban importancia. Había rivalidad y envidias en la blogocosa, pero nadie pedía silencio. Ahora sí. Publicar en internet ya no es extravagante ni pintoresco.
¡Por fin!
Casi que contestaré las peticiones de silencio con la estatua Moyai de los Emoji. ¿Alguien sabe para qué sirve? Le encontré utilidad: la llamé «mohái de la Isla de Pascua» en esta misma revista y un lector que firmó como Rompetechos dijo que se trata de una escultura moderna japonesa. Despertó mi curiosidad, busqué y aprendí que está en la estación de Shibuya, Tokio, y se llama Moyai.
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