27 de agosto 2019    /   CIENCIA
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¿Por qué nos da tanto miedo ir al dentista?

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¿De qué recoveco ancestral emerge el temblor cuando padecemos nuestro turno en la sala de espera del dentista? ¿A qué velocidad debe latir nuestro corazón cuando, por fin, nos envalentonamos, nos acomodamos –tan incómodos– en esos sillones dentales decididamente ergonómicos y algo siderales? Las respuestas se antojan complejas pero existe una constatación real: casi todo el mundo sospecha del dentista, le teme.

Les propongo una detallada y minuciosa arqueología de este temor con la intención de que lo superen como yo misma he hecho. Todo comenzó cuando encontré el libro The smile stealers, de Richard Barnett, publicado por Thames & Hudson, en la sala de espera de mi clínica dental. El subtítulo llamo mi atención: The fine + foul art of dentistry, es decir, El bello + horrible arte de la odontología. Cada vez que acudía a una de las citas para cambiarme las férulas de mi ortodoncia invisible lo hacía antes de tiempo. Me sentaba en el rincón más cómodo de la sala de espera, iba a por el libro y me ponía a leer. Me tranquilizaba.

¿Cómo es posible que un libro sobre dientes pueda ser tan bello? Algo así me preguntaba en cuanto lo abría y veía un hermoso anuncio con dientes reales extraídos de alguna boca enferma. El autor era el artista J. Petit y lo hizo para el escaparte de un dentista en el París de 1880. A continuación, hermosa e inofensiva, se veía a Santa Apolonia, patrona de la odontología, pintada por Zurbarán. Apolonia sujetaba unas tenazas que, a su vez, prendían una muela recién arrancada.

Según cuenta la leyenda, en Alejandría y en época romana, el emperador Filipo El Árabe pidió a sus soldados perseguir a los cristianos. Una de ellos fue Apolonia, una mujer virgen de avanzada edad a la que torturaron con el objetivo de que se arrepintiera de su fe cristiana.

Le pidieron que pronunciase blasfemias contra Jesucristo y adorase a los dioses paganos. Ella se negó y comenzaron los golpes. Uno de ellos fue tan bestial que le hizo perder casi toda la dentadura. Los dientes que no saltaron de la boca de Apolonia fueron posteriormente rotos y arrancados por sus torturadores. ¿Cómo no vamos a tener cierto temor ante esta ciencia de la salud si su patrona se convirtió en santa tras una tortura que consistía en arrancar salvajemente los dientes? No es, definitivamente, un buen comienzo.

La historia de la pintura, seguí investigando, había registrado el suplicio: los cuadros de Adriaen Brouwer muestran extracciones en el siglo XVII, en las que pueden observarse todo tipo de instrumentos y las manos de los pacientes atadas con cuerdas a la silla para que no pudieran moverse; las pinturas del británico Ernest Board ilustran, por su parte, el primer uso del éter como anestésico en 1846 por el cirujano dental William Thomas Green Morton; y, por último, en el óleo del siglo XIX de Luciano Nezzo, puede verse a un cirujano que sostiene una llave dental detrás de su espalda para ocultarla del paciente.

En este cuadro podríamos localizar la génesis de la desconfianza que muchos dentistas han concitado, pues mientras la paciente se está exponiendo –a través de su boca abierta– con confianza, el doctor está ocultando su herramienta dental.

El miedo extremo al dentista llega, por supuesto, hasta nuestros días. La doctora Carla Barber Piera cuenta cómo algunos pacientes han reaccionado antes de sentarse para ser atendidos: «He tenido a niños que se han hecho pis o los hemos tenido que atender al brazo de sus padres. Esto es algo habitual. Pero hay casos de adultos más graves: algunos se medican y vienen dopados. Recuerdo a uno con muchísimo miedo que se tomó dos pastillas de Diazepan y al empezar a tratarlo, se quedó dormido. Roncaba y cerraba la boca inconscientemente. De repente se puso a hablar y nos pedía un bocadillo de longaniza y morcilla. Al acabar y despertarlo, se lo contamos y no recordaba nada. También hay casos de pacientes que beben alcohol antes y es imposible atenderles, claro».

Lo más complicado es abordar y tratar esos miedo que, como el libro de Barnett indica, son ancestrales. Carla Barber tiene un plan de actuación muy concreto para evitar este tipo de situaciones: «Con los adultos que han tenido malas experiencias anteriores hacemos tres cosas fundamentales: en primer lugar, recalcamos el uso de la anestesia para evitar dolor, es decir, uno no debería sentir dolor en ningún tratamiento dental. Sí incomodidad de tener la boca abierta, del agua que expulsan los instrumentos y los tan odiados ruidos, pero dolor no. En segundo lugar, el dentista debe explicar qué va a notar en cada momento porque es la manera de que él se prepare y no se asuste. y, por último, evitamos siempre las eternas esperas en sala para pasar al gabinete porque son los momentos más tensos para los pacientes con miedo. Si lo pensamos bien, el gesto de abrir la boca a alguien para que indague en nuestro interior es tremendamente íntimo».

Bello arte de la odontología

Pero hay excepciones para todo, por supuesto. Existen personas que, lejos de asustarse, se inspiran en los sillones de las clínicas dentales. Una de las cantantes revelación de este año, la jovencísima Billie Eilish, ha contado cómo se inspiró en uno de estos ruidos de instrumentos dentales para componer el sampleo de uno de sus temas más conocidos: Bury a friend.

Mientras el chirriante sonido del instrumento se metía en la boca del Eilish, ella se imaginaba cómo sería su tema. Grabó un vídeo en Instagram justo en este instante, grabó el sonido y se lo pasó a su hermano Finneas, con quien compone los temas. Pero no es la única anécdota dental de Eilish: en su tema Bad guy, entre risas, puede escucharse al inicio una conversación en la que después de quitarse las férulas de su Invisalign (un tratamiento de ortodoncia), la cantante afirma: «Me he quitado mi Invisalign y este es el álbum».

La boca se percibe entonces como la puerta a tres de nuestros placeres más entusiastas: la comida, los besos, el lenguaje. Y algo de eso hay también en la literatura de Valeria Luiselli, cuya novela, Historia de mis dientes, tenía como argumento la sensacional historia de un hombre cuyo mayor deseo era implantarse la dentadura de Marilyn Monroe:

«En una cajita de vidrio, que el subastador sostenía en alto, reposaba a mi disposición a la sagrada dentadura de la mismísima Marilyn Monroe. Así es, los dientes de la diva de Hollywood. Se veían amarillentos, añejados, y quizás un poco huecos, yo creo que porque las divas fuman. Pero eso no importaba. Eran los dientes de la Marilyn. Hubo tensión y nerviosismo cuando el subastador hizo la primera oferta. (…) Pero me obstiné y les gané: me llevé los dientes, mis dientes».

Y es que algo de lo identitario concierne a las piezas dentales; son una suerte de huellas bucales, íntimas y poderosas que, sin embargo, se ven frecuentemente abandonadas por el temor de un dolor insufrible.

miedo al dentista

En el verano de 1799, Humphry Davy, un joven superintendente de laboratorio en la Institución Neumática Thomas Beddoes en Bristol comenzó sus experimentos con muelas del juicio que eran extraídas. Un gran dolor se apoderaba de los pacientes que no lograban obtener un reposo tranquilo. Una de las tareas de Davy era determinar el efecto de inhalar varios vapores y gases. Davy respiró tres grandes dosis de óxido nitroso y el dolor siempre disminuía después de las primeras cuatro o cinco inspiraciones. Acababa de descubrir el salvavidas de muchos de los que temen al dentista: la anestesia. La odontología comenzó entonces a ser menos dolorosa pero no siempre indolora.

La reinvención de la odontología llegó con la era de la industria de masas. Aparecían nuevas ideas de eficiencia ergonómica y convertía a sus participantes humanos en componentes de una máquina más grande. El taladro eléctrico y las luces eléctricas nos recuerdan que esta nueva odontología se conectó a las redes eléctricas. Como explica Barnett en este fantástico libro, a partir de aquel momento, «juntos, dentista, paciente y clínica dental se convirtieron en una especie de cíborg, una máquina para la producción masiva de bocas sanas en la era de las sonrisas de Hollywood y la pasta dental con fluoruro».

En la actualidad, algunas clínicas dentales parecen naves supersónicas. Hay clínicas infantiles diseñadas como parques de atracciones y a veces, al salir del tratamiento, vas con una bolsa llena de regalos. Se están empezando a utilizar gafas inteligentes con auriculares incorporados para que, mientras los médicos hurgan en tu boca, tú puedas sumergirte en un paisaje único que te distraiga de la intervención. En Estados Unidos, por ejemplo, los dentistas son conocidos como ‘artistas dentales’. Algo de hay de arte escultórico en sus trabajos.

Finalmente, tal vez, el mejor presente que pueda ofrecerte un dentista es la seguridad –mejor dicho, la certeza– de que tus dientes no serán arrancados como en los óleos de Zurbarán.

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Les propongo una detallada y minuciosa arqueología de este temor con la intención de que lo superen como yo misma he hecho. Todo comenzó cuando encontré el libro The smile stealers, de Richard Barnett, publicado por Thames & Hudson, en la sala de espera de mi clínica dental. El subtítulo llamo mi atención: The fine + foul art of dentistry, es decir, El bello + horrible arte de la odontología. Cada vez que acudía a una de las citas para cambiarme las férulas de mi ortodoncia invisible lo hacía antes de tiempo. Me sentaba en el rincón más cómodo de la sala de espera, iba a por el libro y me ponía a leer. Me tranquilizaba.

¿Cómo es posible que un libro sobre dientes pueda ser tan bello? Algo así me preguntaba en cuanto lo abría y veía un hermoso anuncio con dientes reales extraídos de alguna boca enferma. El autor era el artista J. Petit y lo hizo para el escaparte de un dentista en el París de 1880. A continuación, hermosa e inofensiva, se veía a Santa Apolonia, patrona de la odontología, pintada por Zurbarán. Apolonia sujetaba unas tenazas que, a su vez, prendían una muela recién arrancada.

Según cuenta la leyenda, en Alejandría y en época romana, el emperador Filipo El Árabe pidió a sus soldados perseguir a los cristianos. Una de ellos fue Apolonia, una mujer virgen de avanzada edad a la que torturaron con el objetivo de que se arrepintiera de su fe cristiana.

Le pidieron que pronunciase blasfemias contra Jesucristo y adorase a los dioses paganos. Ella se negó y comenzaron los golpes. Uno de ellos fue tan bestial que le hizo perder casi toda la dentadura. Los dientes que no saltaron de la boca de Apolonia fueron posteriormente rotos y arrancados por sus torturadores. ¿Cómo no vamos a tener cierto temor ante esta ciencia de la salud si su patrona se convirtió en santa tras una tortura que consistía en arrancar salvajemente los dientes? No es, definitivamente, un buen comienzo.

La historia de la pintura, seguí investigando, había registrado el suplicio: los cuadros de Adriaen Brouwer muestran extracciones en el siglo XVII, en las que pueden observarse todo tipo de instrumentos y las manos de los pacientes atadas con cuerdas a la silla para que no pudieran moverse; las pinturas del británico Ernest Board ilustran, por su parte, el primer uso del éter como anestésico en 1846 por el cirujano dental William Thomas Green Morton; y, por último, en el óleo del siglo XIX de Luciano Nezzo, puede verse a un cirujano que sostiene una llave dental detrás de su espalda para ocultarla del paciente.

En este cuadro podríamos localizar la génesis de la desconfianza que muchos dentistas han concitado, pues mientras la paciente se está exponiendo –a través de su boca abierta– con confianza, el doctor está ocultando su herramienta dental.

El miedo extremo al dentista llega, por supuesto, hasta nuestros días. La doctora Carla Barber Piera cuenta cómo algunos pacientes han reaccionado antes de sentarse para ser atendidos: «He tenido a niños que se han hecho pis o los hemos tenido que atender al brazo de sus padres. Esto es algo habitual. Pero hay casos de adultos más graves: algunos se medican y vienen dopados. Recuerdo a uno con muchísimo miedo que se tomó dos pastillas de Diazepan y al empezar a tratarlo, se quedó dormido. Roncaba y cerraba la boca inconscientemente. De repente se puso a hablar y nos pedía un bocadillo de longaniza y morcilla. Al acabar y despertarlo, se lo contamos y no recordaba nada. También hay casos de pacientes que beben alcohol antes y es imposible atenderles, claro».

Lo más complicado es abordar y tratar esos miedo que, como el libro de Barnett indica, son ancestrales. Carla Barber tiene un plan de actuación muy concreto para evitar este tipo de situaciones: «Con los adultos que han tenido malas experiencias anteriores hacemos tres cosas fundamentales: en primer lugar, recalcamos el uso de la anestesia para evitar dolor, es decir, uno no debería sentir dolor en ningún tratamiento dental. Sí incomodidad de tener la boca abierta, del agua que expulsan los instrumentos y los tan odiados ruidos, pero dolor no. En segundo lugar, el dentista debe explicar qué va a notar en cada momento porque es la manera de que él se prepare y no se asuste. y, por último, evitamos siempre las eternas esperas en sala para pasar al gabinete porque son los momentos más tensos para los pacientes con miedo. Si lo pensamos bien, el gesto de abrir la boca a alguien para que indague en nuestro interior es tremendamente íntimo».

Bello arte de la odontología

Pero hay excepciones para todo, por supuesto. Existen personas que, lejos de asustarse, se inspiran en los sillones de las clínicas dentales. Una de las cantantes revelación de este año, la jovencísima Billie Eilish, ha contado cómo se inspiró en uno de estos ruidos de instrumentos dentales para componer el sampleo de uno de sus temas más conocidos: Bury a friend.

Mientras el chirriante sonido del instrumento se metía en la boca del Eilish, ella se imaginaba cómo sería su tema. Grabó un vídeo en Instagram justo en este instante, grabó el sonido y se lo pasó a su hermano Finneas, con quien compone los temas. Pero no es la única anécdota dental de Eilish: en su tema Bad guy, entre risas, puede escucharse al inicio una conversación en la que después de quitarse las férulas de su Invisalign (un tratamiento de ortodoncia), la cantante afirma: «Me he quitado mi Invisalign y este es el álbum».

La boca se percibe entonces como la puerta a tres de nuestros placeres más entusiastas: la comida, los besos, el lenguaje. Y algo de eso hay también en la literatura de Valeria Luiselli, cuya novela, Historia de mis dientes, tenía como argumento la sensacional historia de un hombre cuyo mayor deseo era implantarse la dentadura de Marilyn Monroe:

«En una cajita de vidrio, que el subastador sostenía en alto, reposaba a mi disposición a la sagrada dentadura de la mismísima Marilyn Monroe. Así es, los dientes de la diva de Hollywood. Se veían amarillentos, añejados, y quizás un poco huecos, yo creo que porque las divas fuman. Pero eso no importaba. Eran los dientes de la Marilyn. Hubo tensión y nerviosismo cuando el subastador hizo la primera oferta. (…) Pero me obstiné y les gané: me llevé los dientes, mis dientes».

Y es que algo de lo identitario concierne a las piezas dentales; son una suerte de huellas bucales, íntimas y poderosas que, sin embargo, se ven frecuentemente abandonadas por el temor de un dolor insufrible.

miedo al dentista

En el verano de 1799, Humphry Davy, un joven superintendente de laboratorio en la Institución Neumática Thomas Beddoes en Bristol comenzó sus experimentos con muelas del juicio que eran extraídas. Un gran dolor se apoderaba de los pacientes que no lograban obtener un reposo tranquilo. Una de las tareas de Davy era determinar el efecto de inhalar varios vapores y gases. Davy respiró tres grandes dosis de óxido nitroso y el dolor siempre disminuía después de las primeras cuatro o cinco inspiraciones. Acababa de descubrir el salvavidas de muchos de los que temen al dentista: la anestesia. La odontología comenzó entonces a ser menos dolorosa pero no siempre indolora.

La reinvención de la odontología llegó con la era de la industria de masas. Aparecían nuevas ideas de eficiencia ergonómica y convertía a sus participantes humanos en componentes de una máquina más grande. El taladro eléctrico y las luces eléctricas nos recuerdan que esta nueva odontología se conectó a las redes eléctricas. Como explica Barnett en este fantástico libro, a partir de aquel momento, «juntos, dentista, paciente y clínica dental se convirtieron en una especie de cíborg, una máquina para la producción masiva de bocas sanas en la era de las sonrisas de Hollywood y la pasta dental con fluoruro».

En la actualidad, algunas clínicas dentales parecen naves supersónicas. Hay clínicas infantiles diseñadas como parques de atracciones y a veces, al salir del tratamiento, vas con una bolsa llena de regalos. Se están empezando a utilizar gafas inteligentes con auriculares incorporados para que, mientras los médicos hurgan en tu boca, tú puedas sumergirte en un paisaje único que te distraiga de la intervención. En Estados Unidos, por ejemplo, los dentistas son conocidos como ‘artistas dentales’. Algo de hay de arte escultórico en sus trabajos.

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