20 de julio 2012    /   BUSINESS
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Miedo y asco en Las Rozas

20 de julio 2012    /   BUSINESS     por          
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¿De verdad coloca fumar hebras de plátano? ¿Es cierto que los camellos regalan calcomanías impregnadas de LSD a la puerta del colegio? Eduardo Hidalgo desmonta estos y otros mitos sobre las drogas aplicando el más estricto método científico: comprobándolos en su propio cuerpo.

Eduardo Hidalgo me ofrece una raya de speed cuando llego al bar en el que hemos quedado para la entrevista. “Es la mejor droga para hablar”, explica. “Pero yo no vengo a hablar, sino a escuchar, Edu”, le contesto declinando la oferta. Luego me pregunto qué hubiera hecho Hunter S. Thompson en mi lugar. Sin duda, el autor de la delirante Miedo y asco en Las Vegas no hubiera perdido este precioso minuto en semejante dilema. Todo sea por el periodismo. Empieza la entrevista.

Seis horas y veinte cervezas después, Eduardo Hidalgo Downing (sí, como el guitarrista de Judas Priest) ha desgranado el contenido de su quinto y último libro Adrenocromo y otros mitos sobre drogas, ha divagado sobre la vida (en general), se ha lamentado sobre su vida (en particular) y me ha hecho reír a mandíbula batiente. El libro en cuestión es un prolijo ensayo en carne propia de una serie de mitos bastante difundidos y asentados sobre las drogas ignotos para este cronista. Así los de la ‘palomiscina’, un psicodélico fabricado a partir de excrementos de paloma, o el misterioso adrenocromo, que da título al libro, y que, supuestamente, explicaría ciertas prácticas caníbales de gentes menos civilizadas.

Nadie dijo que fuera fácil fumarse un tripi para comprobar si el LSD coloca cuando se fuma (no coloca), o cubrir los bracitos de tus propios retoños con calcomanías de Micky Mouse para observar reacciones más raras de lo normal entre los chavales. “En realidad, los niños están siempre en un estado lisérgico —relata-—, se ríen un momento y al rato están llorando, correteando como locos o pegándose”. (Y no, que se sepa no hay camello tan paciente como para regalar droga a los niños y alimentar a una futura generación de yonkis. Los caramelos con droga son tan improbables como los unicornios del Osasuna).

El libro —publicado por Amargord Ediciones, editorial libérrima y comercialmente suicida— bebe de las fuentes abiertas por el genial Hunter S. Thompson, inventor del llamado ‘periodismo gonzo’, periodismo a tumba abierta, dinamita contra los teletipos, las agencias de prensa y otros cánceres de la profesión. Eduardo describe el mito y a continuación procede a desmontarlo, aplicando el más estricto método científico. Describe, por ejemplo, cómo los medios de manipulación de masas lanzaron en los 90 un aviso sobre una nueva droga con la que supuestamente se estaban poniendo chuzos los chavales de Zambia: el jenkem, un emplaste de heces y orín humanos fermentados cuyos gases provocarían en el consumidor estados alterados de conciencia. ¡Anatema!

Dicho y hecho. Eduardo almacenó pacientemente sus deposiciones en una botella, las cubrió con una bolsa de plástico y, una semana después, inhaló profundamente el gas resultante de la fermentación. Diagnóstico: no coloca en absoluto (ni huele tan mal como uno podría esperar). En su reflexión sobre la pretensión de prohibir el jenkem (oler tu propia caca) deja joyas como esta: “La guerra contra las drogas daba, pues, un crucial paso al frente y se precipitaba definitivamente al abismo. Ya no solo se nos dictaba qué sustancias podíamos o no introducir en nuestro organismo por vía inhalada, sino que ahora también se nos imponían los términos bajo los que podíamos inhalar o no las sustancias que de él salieran”.

Capítulo aparte merece la alucinada investigación sobre el adenocromo que da título al libro y, de hecho, que ocupa buena parte del mismo. El adenocromo es un derivado de la adrenalina que, presuntamente, solo se puede extraer de las glándulas suprarrenales de una persona viva, según el poco fiable relato del abogado de Miedo y asco… Una vez más, Hunter se cruza en el camino de Downing. El viaje de adenocromo sería eufórico, terrible e indigno de volver a transitarlo, según los escasos psiconautas que se han atrevido a probarlo. Desafiando a quienes sostienen que el adenocromo es solo un mito, Eduardo Hidalgo consigue hacerse no con una, sino con varias dosis de la ambrosía caníbal. Y se las mete, claro. Diagnóstico: el adenocromo “es una soberana mierda”.

¿Y quién es este Eduardo Hidalgo Downing —se preguntará el lector— para pontificar con semejante autoridad sobre el particular? Pues aparte de lucir un impactante currículum de consumo de sustancias prohibidas que ocuparía la mitad de este artículo, EHD es psicólogo y ha trabajado durante una década en Energy Control, una ONG que, partiendo de la base de que a la gente le gusta colocarse, intenta que lo haga sin jugarse la salud. Huelga decir que Hidalgo es ferozmente antiprohibicionista y libertario en este y otros asuntos. Lo que no se encuentra en el estanco o en la bodega se puede conseguir en el mercado negro, casi siempre adulterado, la mayoría de las veces a un precio absurdamente desorbitado. Uno de los efectos colaterales (y no es el peor) de la fracasada guerra contra las drogas.

Ilustración: Juan Díaz Faes

¿De verdad coloca fumar hebras de plátano? ¿Es cierto que los camellos regalan calcomanías impregnadas de LSD a la puerta del colegio? Eduardo Hidalgo desmonta estos y otros mitos sobre las drogas aplicando el más estricto método científico: comprobándolos en su propio cuerpo.

Eduardo Hidalgo me ofrece una raya de speed cuando llego al bar en el que hemos quedado para la entrevista. “Es la mejor droga para hablar”, explica. “Pero yo no vengo a hablar, sino a escuchar, Edu”, le contesto declinando la oferta. Luego me pregunto qué hubiera hecho Hunter S. Thompson en mi lugar. Sin duda, el autor de la delirante Miedo y asco en Las Vegas no hubiera perdido este precioso minuto en semejante dilema. Todo sea por el periodismo. Empieza la entrevista.

Seis horas y veinte cervezas después, Eduardo Hidalgo Downing (sí, como el guitarrista de Judas Priest) ha desgranado el contenido de su quinto y último libro Adrenocromo y otros mitos sobre drogas, ha divagado sobre la vida (en general), se ha lamentado sobre su vida (en particular) y me ha hecho reír a mandíbula batiente. El libro en cuestión es un prolijo ensayo en carne propia de una serie de mitos bastante difundidos y asentados sobre las drogas ignotos para este cronista. Así los de la ‘palomiscina’, un psicodélico fabricado a partir de excrementos de paloma, o el misterioso adrenocromo, que da título al libro, y que, supuestamente, explicaría ciertas prácticas caníbales de gentes menos civilizadas.

Nadie dijo que fuera fácil fumarse un tripi para comprobar si el LSD coloca cuando se fuma (no coloca), o cubrir los bracitos de tus propios retoños con calcomanías de Micky Mouse para observar reacciones más raras de lo normal entre los chavales. “En realidad, los niños están siempre en un estado lisérgico —relata-—, se ríen un momento y al rato están llorando, correteando como locos o pegándose”. (Y no, que se sepa no hay camello tan paciente como para regalar droga a los niños y alimentar a una futura generación de yonkis. Los caramelos con droga son tan improbables como los unicornios del Osasuna).

El libro —publicado por Amargord Ediciones, editorial libérrima y comercialmente suicida— bebe de las fuentes abiertas por el genial Hunter S. Thompson, inventor del llamado ‘periodismo gonzo’, periodismo a tumba abierta, dinamita contra los teletipos, las agencias de prensa y otros cánceres de la profesión. Eduardo describe el mito y a continuación procede a desmontarlo, aplicando el más estricto método científico. Describe, por ejemplo, cómo los medios de manipulación de masas lanzaron en los 90 un aviso sobre una nueva droga con la que supuestamente se estaban poniendo chuzos los chavales de Zambia: el jenkem, un emplaste de heces y orín humanos fermentados cuyos gases provocarían en el consumidor estados alterados de conciencia. ¡Anatema!

Dicho y hecho. Eduardo almacenó pacientemente sus deposiciones en una botella, las cubrió con una bolsa de plástico y, una semana después, inhaló profundamente el gas resultante de la fermentación. Diagnóstico: no coloca en absoluto (ni huele tan mal como uno podría esperar). En su reflexión sobre la pretensión de prohibir el jenkem (oler tu propia caca) deja joyas como esta: “La guerra contra las drogas daba, pues, un crucial paso al frente y se precipitaba definitivamente al abismo. Ya no solo se nos dictaba qué sustancias podíamos o no introducir en nuestro organismo por vía inhalada, sino que ahora también se nos imponían los términos bajo los que podíamos inhalar o no las sustancias que de él salieran”.

Capítulo aparte merece la alucinada investigación sobre el adenocromo que da título al libro y, de hecho, que ocupa buena parte del mismo. El adenocromo es un derivado de la adrenalina que, presuntamente, solo se puede extraer de las glándulas suprarrenales de una persona viva, según el poco fiable relato del abogado de Miedo y asco… Una vez más, Hunter se cruza en el camino de Downing. El viaje de adenocromo sería eufórico, terrible e indigno de volver a transitarlo, según los escasos psiconautas que se han atrevido a probarlo. Desafiando a quienes sostienen que el adenocromo es solo un mito, Eduardo Hidalgo consigue hacerse no con una, sino con varias dosis de la ambrosía caníbal. Y se las mete, claro. Diagnóstico: el adenocromo “es una soberana mierda”.

¿Y quién es este Eduardo Hidalgo Downing —se preguntará el lector— para pontificar con semejante autoridad sobre el particular? Pues aparte de lucir un impactante currículum de consumo de sustancias prohibidas que ocuparía la mitad de este artículo, EHD es psicólogo y ha trabajado durante una década en Energy Control, una ONG que, partiendo de la base de que a la gente le gusta colocarse, intenta que lo haga sin jugarse la salud. Huelga decir que Hidalgo es ferozmente antiprohibicionista y libertario en este y otros asuntos. Lo que no se encuentra en el estanco o en la bodega se puede conseguir en el mercado negro, casi siempre adulterado, la mayoría de las veces a un precio absurdamente desorbitado. Uno de los efectos colaterales (y no es el peor) de la fracasada guerra contra las drogas.

Ilustración: Juan Díaz Faes

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