12 de mayo 2020    /   IDEAS
por
 Buba Viedma

Milenials: ¿cómo afronta esta generación su segunda crisis?

Les prometieron un gran porvenir porque eran «la generación mejor preparada de la historia», pero, cuando terminaron de estudiar, los mandaron a Londres a poner cafés. Ahora, cuando la economía iba mejor, otro crac amenaza su futuro

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Ante los milenials hay un reto colosal. Hoy Franklin Delano Roosevelt podría decirles lo mismo que pronunció a los jóvenes de 1936, en su reelección como presidente de Estados Unidos: «A muchas generaciones les viene mucho dado. A otras se les requiere mucho. A esta generación (…) le ha tocado una cita con el destino».

Los milenials afrontan una época que muchos califican como la mayor crisis planetaria desde la Segunda Guerra Mundial. Al fondo asoman muchas incertidumbres y una sola certeza: las grandes crisis marcan los grandes giros de la historia. Los optimistas dicen que este colapso es una oportunidad. Tienen pruebas del pasado: la epidemia de gripe de 1918 hizo que varios países europeos montaran servicios nacionales de salud, y la Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial llevaron al nacimiento de la sociedad del bienestar. 

Los pesimistas también tienen argumentos: después de la peste negra, en el siglo XIV, el antijudaísmo se apoderó de Europa; el desánimo de la Gran Depresión reforzó los estados totalitarios de Europa; después del 11-S, Estados Unidos se sintió en el derecho de atacar Oriente Medio a su antojo.

Los veinteañeros y treintañeros de hoy han visto dos veces desplomarse su futuro. Una y dos. La primera, en la crisis económica de 2008; la segunda, en el crac actual del coronavirus. Entonces, aquella dificultad en encontrar trabajo y un sueldo decente quedó acuñada en el lenguaje con una retahíla de palabras: mileuristas, nimileuristas, infraempleo, miniempleo, precariado, pobreza laboral, parados cualificados. Entonces, muchos se vieron obligados a buscarse la vida en otro país: licenciados en ingeniería trabajaban de camareros en Londres. 

Aún no hay medida del colapso actual. Lo que sí se sabe es que el mapa se ha replegado y hay poco mundo al que salir corriendo. El Brexit ha blindado el Reino Unido y el virus ha elevado todas las fronteras. El futuro de hoy parece más local que el de hace una década. 

Javier, de 25 años, ve este colapso con resignación: «En mi adolescencia la economía se fue a la mierda y crecimos con una recesión. Ahora hay otra crisis y habrá otra recesión. Yo creo que voy a estar toda la vida en crisis». Este cocinero de Lleida tiene poca confianza en el futuro y menos aún en la política «Somos una generación perdida. Eso se nota. Se huele. Ya no creemos en los gobiernos. Lo que queremos es disfrutar, porque, al final, es lo único que nos queda». 

milenials

A VER QUIÉN SE ATREVE A TENER HIJOS

Noemí López Trujillo es una de las voces más lúcidas de la generación milenial. Esta periodista documentó, junto a Estefanía Vasconcellos, el éxodo juvenil que se produjo por la crisis de 2008 en Volveremos (Libros del KO) y hace unos meses abordó otro asunto crucial para su generación: en El vientre vacío (Capitán Swing) habla de lo difícil que les resulta ser madres por la precariedad laboral.

«Inevitablemente pienso: ¿veis cómo no podíamos confiar en el futuro? ¿Es acaso el futuro confiable? Mi madre también era muy precaria cuando nos tuvo a mi hermana y a mí, pero sí que tenía depositada su confianza en la posibilidad de una vida mejor», dice la periodista. «Yo en lo único en lo que confío es en mis ahorros, en la certeza material de poder pagar el alquiler unos meses más si todo lo demás sale mal. Si la precariedad es la incapacidad de afrontar imprevistos que repercuten en tu estatus económico y laboral, yo asumo que un hijo es un imprevisto continuo. Si no confío en el futuro, ¿qué futuro le voy a dar?».

Después del derrape de 2008, los milenials, otra vez, se ven en las mismas: «Como parte de la generación que tuvo que incorporarse al mercado laboral en plena recesión, no tengo fuerzas para afrontar algo similar. Apenas hemos podido coger aliento. De nuevo, nada de visualizar aquello que deseas, sino simplemente dejarse llevar, esperar a que todo esto pase sin acabar muy mal parada».  

LA FRUSTRACIÓN ANTE EL FUTURO PROMETIDO

Kike vio que sus padres pudieron comprar una casa, vivir en familia, ahorrar dinero. Aunque tuvieran una profesión humilde. «Era el sueño que nos vendieron y, aunque no lo quisiéramos comprar, estaba ahí, como un fantasma, acentuando la presión social». 

Pero 2008 acabó con la línea de continuidad histórica: «Habiendo terminado la carrera o estando en ello (porque ni hablemos de los que no la hicieron), nos encontramos con la precariedad laboral o simplemente la imposibilidad de trabajar en tu sector». Este ingeniero informático, de 31 años, se considera con suerte porque recibió una beca, se fue a Alemania y le pagaban más de mil euros al mes («cosa impensable en España»). «Así que digamos que queriéndolo o no, renunciamos al sueño. O dijimos que nunca lo tuvimos y nos fijábamos en otras cosas, en ser más felices, viajar más, tener más experiencias. Parecía que con el tiempo las cosas se iban encaminando, teníamos mejores opciones, mejores condiciones laborales. El sueño volvía a parecer posible, pero esta nueva crisis nos devolvió a la realidad».

«Ahora tengo la sensación de que vamos a volver a esa época, donde cualquier excusa es válida para pagar un sueldo precario, donde lo más rentable será irse al extranjero a cobrar un sueldo de verdad (incluso dos o tres veces superior), con el que poder tener un poquito de ese sueño, de tener una vida que sea algo más que sobrevivir», relata. «Es muy frustrante vivir en un país que consideramos desarrollado, pero en el que tienes que conformarte con unas malas condiciones si te quieres quedar. Parecía que podíamos incluso soñar con emprender, pero ahora toca remar otra vez para no hundirnos».

Kike siente que su generación «se ha resignado en muchos aspectos». Es uno más de tantos milenials que dicen: «No creemos en la política, en el sistema. Porque hemos visto que manda el dinero, las influencias, que nada cambia. Hemos visto que las prioridades son otras, no nosotros. E internet nos ha traído a partes iguales, las buenas y malas noticias de manera instantánea. Los casos de corrupción, en todos los niveles, son el pan de cada día, al igual que la pasividad del sistema ante ellos. En ese sentido, somos la generación de la desconfianza». 

Y es también uno más de los que piensan que, pase lo que pase, hay que salir adelante: «Lo que sí creo es que hemos aprendido a disfrutar más del ahora. Quizás la inseguridad del futuro nos ha obligado a ello y eso también puede ser bueno. Hemos tenido la libertad de ser como somos sin escondernos, hemos vivido el auge de las comunicaciones sin barreras, hemos aprendido a reírnos de nuestras propias desgracias. Porque al final, si el futuro es incierto, intentamos disfrutar el presente».

¿QUÉ OCURRIRÁ MAÑANA?

DISTANCIA DEL OTRO

¿Aumentaremos las videollamadas y el contacto digital?

¿Evitaremos las grandes concentraciones de personas y dejaremos de dar dos besos a desconocidos?

¿Saldremos más al campo, a los parques, a los lugares al aire libre?

LO GRANDE Y LO PEQUEÑO

¿Entenderemos las pandemias como asuntos planetarios?

¿Haremos más vida en el barrio y nos moveremos por destinos más cercanos?

LA CIENCIA Y LO MAMARRACHO

¿Revalorizaremos la ciencia y el trabajo de los expertos?

¿Atenderemos a la llamada de los científicos para cuidar el planeta?

¿Darán los medios más voz a la ciencia y dejarán de hacer de altavoz de la bronca política?

¿Daremos fama a los científicos o seguiremos encumbrando a Kim Kardashian y Belén Esteban?

EL YO, MI, ME Y LO COMUNITARIO

¿Aflorará el sálvese quien pueda?

¿Caerá en picado la cultura hiperindividualista y veremos un auge de lo colaborativo y lo comunitario? 

LA CULTURA DIGITAL

¿Perdurarán los debates culturales, las presentaciones de libros y las clases de yoga, emitidos por las redes sociales y las plataformas de videollamada, durante la cuarentena?

¿Volveremos al postureo presumido y seguiremos alimentando el odio en las redes sociales?

¿Haremos de la telemedicina algo habitual?

¿Dejaremos las monedas y pagaremos más con la tarjeta y el móvil?

LA CERTIDUMBRE DE LA INCERTIDUMBRE

¿Acabará de una vez por todas la vieja cultura de educar a los hijos en la búsqueda de una seguridad (pareja estable, empleo fijo…) que no existe? 

¿Educaremos para aprender a adaptarnos, a ser flexibles, a buscarnos la vida, al cambio constante y la incertidumbre?<

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Ante los milenials hay un reto colosal. Hoy Franklin Delano Roosevelt podría decirles lo mismo que pronunció a los jóvenes de 1936, en su reelección como presidente de Estados Unidos: «A muchas generaciones les viene mucho dado. A otras se les requiere mucho. A esta generación (…) le ha tocado una cita con el destino».

Los milenials afrontan una época que muchos califican como la mayor crisis planetaria desde la Segunda Guerra Mundial. Al fondo asoman muchas incertidumbres y una sola certeza: las grandes crisis marcan los grandes giros de la historia. Los optimistas dicen que este colapso es una oportunidad. Tienen pruebas del pasado: la epidemia de gripe de 1918 hizo que varios países europeos montaran servicios nacionales de salud, y la Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial llevaron al nacimiento de la sociedad del bienestar. 

Los pesimistas también tienen argumentos: después de la peste negra, en el siglo XIV, el antijudaísmo se apoderó de Europa; el desánimo de la Gran Depresión reforzó los estados totalitarios de Europa; después del 11-S, Estados Unidos se sintió en el derecho de atacar Oriente Medio a su antojo.

Los veinteañeros y treintañeros de hoy han visto dos veces desplomarse su futuro. Una y dos. La primera, en la crisis económica de 2008; la segunda, en el crac actual del coronavirus. Entonces, aquella dificultad en encontrar trabajo y un sueldo decente quedó acuñada en el lenguaje con una retahíla de palabras: mileuristas, nimileuristas, infraempleo, miniempleo, precariado, pobreza laboral, parados cualificados. Entonces, muchos se vieron obligados a buscarse la vida en otro país: licenciados en ingeniería trabajaban de camareros en Londres. 

Aún no hay medida del colapso actual. Lo que sí se sabe es que el mapa se ha replegado y hay poco mundo al que salir corriendo. El Brexit ha blindado el Reino Unido y el virus ha elevado todas las fronteras. El futuro de hoy parece más local que el de hace una década. 

Javier, de 25 años, ve este colapso con resignación: «En mi adolescencia la economía se fue a la mierda y crecimos con una recesión. Ahora hay otra crisis y habrá otra recesión. Yo creo que voy a estar toda la vida en crisis». Este cocinero de Lleida tiene poca confianza en el futuro y menos aún en la política «Somos una generación perdida. Eso se nota. Se huele. Ya no creemos en los gobiernos. Lo que queremos es disfrutar, porque, al final, es lo único que nos queda». 

milenials

A VER QUIÉN SE ATREVE A TENER HIJOS

Noemí López Trujillo es una de las voces más lúcidas de la generación milenial. Esta periodista documentó, junto a Estefanía Vasconcellos, el éxodo juvenil que se produjo por la crisis de 2008 en Volveremos (Libros del KO) y hace unos meses abordó otro asunto crucial para su generación: en El vientre vacío (Capitán Swing) habla de lo difícil que les resulta ser madres por la precariedad laboral.

«Inevitablemente pienso: ¿veis cómo no podíamos confiar en el futuro? ¿Es acaso el futuro confiable? Mi madre también era muy precaria cuando nos tuvo a mi hermana y a mí, pero sí que tenía depositada su confianza en la posibilidad de una vida mejor», dice la periodista. «Yo en lo único en lo que confío es en mis ahorros, en la certeza material de poder pagar el alquiler unos meses más si todo lo demás sale mal. Si la precariedad es la incapacidad de afrontar imprevistos que repercuten en tu estatus económico y laboral, yo asumo que un hijo es un imprevisto continuo. Si no confío en el futuro, ¿qué futuro le voy a dar?».

Después del derrape de 2008, los milenials, otra vez, se ven en las mismas: «Como parte de la generación que tuvo que incorporarse al mercado laboral en plena recesión, no tengo fuerzas para afrontar algo similar. Apenas hemos podido coger aliento. De nuevo, nada de visualizar aquello que deseas, sino simplemente dejarse llevar, esperar a que todo esto pase sin acabar muy mal parada».  

LA FRUSTRACIÓN ANTE EL FUTURO PROMETIDO

Kike vio que sus padres pudieron comprar una casa, vivir en familia, ahorrar dinero. Aunque tuvieran una profesión humilde. «Era el sueño que nos vendieron y, aunque no lo quisiéramos comprar, estaba ahí, como un fantasma, acentuando la presión social». 

Pero 2008 acabó con la línea de continuidad histórica: «Habiendo terminado la carrera o estando en ello (porque ni hablemos de los que no la hicieron), nos encontramos con la precariedad laboral o simplemente la imposibilidad de trabajar en tu sector». Este ingeniero informático, de 31 años, se considera con suerte porque recibió una beca, se fue a Alemania y le pagaban más de mil euros al mes («cosa impensable en España»). «Así que digamos que queriéndolo o no, renunciamos al sueño. O dijimos que nunca lo tuvimos y nos fijábamos en otras cosas, en ser más felices, viajar más, tener más experiencias. Parecía que con el tiempo las cosas se iban encaminando, teníamos mejores opciones, mejores condiciones laborales. El sueño volvía a parecer posible, pero esta nueva crisis nos devolvió a la realidad».

«Ahora tengo la sensación de que vamos a volver a esa época, donde cualquier excusa es válida para pagar un sueldo precario, donde lo más rentable será irse al extranjero a cobrar un sueldo de verdad (incluso dos o tres veces superior), con el que poder tener un poquito de ese sueño, de tener una vida que sea algo más que sobrevivir», relata. «Es muy frustrante vivir en un país que consideramos desarrollado, pero en el que tienes que conformarte con unas malas condiciones si te quieres quedar. Parecía que podíamos incluso soñar con emprender, pero ahora toca remar otra vez para no hundirnos».

Kike siente que su generación «se ha resignado en muchos aspectos». Es uno más de tantos milenials que dicen: «No creemos en la política, en el sistema. Porque hemos visto que manda el dinero, las influencias, que nada cambia. Hemos visto que las prioridades son otras, no nosotros. E internet nos ha traído a partes iguales, las buenas y malas noticias de manera instantánea. Los casos de corrupción, en todos los niveles, son el pan de cada día, al igual que la pasividad del sistema ante ellos. En ese sentido, somos la generación de la desconfianza». 

Y es también uno más de los que piensan que, pase lo que pase, hay que salir adelante: «Lo que sí creo es que hemos aprendido a disfrutar más del ahora. Quizás la inseguridad del futuro nos ha obligado a ello y eso también puede ser bueno. Hemos tenido la libertad de ser como somos sin escondernos, hemos vivido el auge de las comunicaciones sin barreras, hemos aprendido a reírnos de nuestras propias desgracias. Porque al final, si el futuro es incierto, intentamos disfrutar el presente».

¿QUÉ OCURRIRÁ MAÑANA?

DISTANCIA DEL OTRO

¿Aumentaremos las videollamadas y el contacto digital?

¿Evitaremos las grandes concentraciones de personas y dejaremos de dar dos besos a desconocidos?

¿Saldremos más al campo, a los parques, a los lugares al aire libre?

LO GRANDE Y LO PEQUEÑO

¿Entenderemos las pandemias como asuntos planetarios?

¿Haremos más vida en el barrio y nos moveremos por destinos más cercanos?

LA CIENCIA Y LO MAMARRACHO

¿Revalorizaremos la ciencia y el trabajo de los expertos?

¿Atenderemos a la llamada de los científicos para cuidar el planeta?

¿Darán los medios más voz a la ciencia y dejarán de hacer de altavoz de la bronca política?

¿Daremos fama a los científicos o seguiremos encumbrando a Kim Kardashian y Belén Esteban?

EL YO, MI, ME Y LO COMUNITARIO

¿Aflorará el sálvese quien pueda?

¿Caerá en picado la cultura hiperindividualista y veremos un auge de lo colaborativo y lo comunitario? 

LA CULTURA DIGITAL

¿Perdurarán los debates culturales, las presentaciones de libros y las clases de yoga, emitidos por las redes sociales y las plataformas de videollamada, durante la cuarentena?

¿Volveremos al postureo presumido y seguiremos alimentando el odio en las redes sociales?

¿Haremos de la telemedicina algo habitual?

¿Dejaremos las monedas y pagaremos más con la tarjeta y el móvil?

LA CERTIDUMBRE DE LA INCERTIDUMBRE

¿Acabará de una vez por todas la vieja cultura de educar a los hijos en la búsqueda de una seguridad (pareja estable, empleo fijo…) que no existe? 

¿Educaremos para aprender a adaptarnos, a ser flexibles, a buscarnos la vida, al cambio constante y la incertidumbre?<

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Opiniones 3
  • Muy buen artículo, y muy cierto! Soy madre de 3 hijos de 26, 24 y 23 años.. Empecé a trabajar en el año 1991, desde entonces he sufrido las crisis del 89-91, 2001, 2006, 2008, 20011-20012 y la actual por lo que entiendo perfectamente lo que sentís los jóvenes de hoy.Duro y frustrante, pero lo que marca la diferencia es la «actitud» con la que te enfrentas a ellas! Yes you can!

  • Muy buen artículo, y muy cierto! Soy madre de 3 hijos de 26, 24 y 23 años.. Empecé a trabajar en el año 1991, desde entonces he sufrido las crisis del 89-91, 2001, 2006, 2008, 20011-20012 y la actual por lo que entiendo perfectamente lo que sentís los jóvenes de hoy.Duro y frustrante, pero lo que marca la diferencia es la «actitud» con la que te enfrentas a ellas! Yes you can!

  • Los milenials valoramos poder disfrutar el presente, desde luego, pero también hay muchos entre nosotros que miramos hacia el futuro con esperanza. Después de todo, no se conocen muchas revoluciones y cambios sistémicos que partieran de una época de (aunque sea aparente) bonanza. Es ya muy tópico decir que una crisis puede ser una oportunidad (además de que en chino los caracteres para estos conceptos no son lo mismo, pese a lo que se haya venido diciendo); sin embargo, muchos nos aferramos a este sentimiento y actuamos como si así fuera, no solo a nivel individual sino también colectivo y social.

    De los milenials depende un futuro distinto, aunque no exclusivamente de ellos. Quizá también debiéramos como sociedad abandonar esta costumbre de responsabilizar siempre a las generaciones más jóvenes. Los que nos preceden también son capaces de cambiar y ayudarnos a construir un futuro mejor. De hecho, los necesitamos.

    Gracias por el artículo y vuestra interesante reflexión.

    Marta

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