27 de junio 2014    /   CREATIVIDAD
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Juan José Millás: «Escribir es una peste»

27 de junio 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Fue una especie de abducción. El Juan José Millás que escribe novelas y columnas de prensa en la buhardilla de su casa, de pronto, apareció en otro lugar. Estaba en el Auditorio de Fundación Telefónica trabajando en su ordenador, con su libreta y su bolígrafo, y hojeando uno de los diccionarios que a menudo consulta porque sus definiciones y referencias lingüísticas esconden cientos de argumentos para sus relatos.
Millás apareció en silencio. Ese era el motivo de la abducción. Mostrar su trabajo en sigilo y hablar del mutismo. Empezó a escribir del silencio. Del ruido y el silencio. Del ruido y de Dios. Del silencio y la silencia, dos sirvientas que parecían ser el comienzo de un cuento que, al instante, borró.
Entonces el silencio salió volando del auditorio como la mosca que huyó de la nevera del escritor. Lo espantó Alejandro Díaz-Garreta, director de publicaciones de Fundación Telefónica, con una pregunta.
–¿Es importante el silencio?
Sí. Lo es. Millás trabaja en una buhardilla invadida de libros. Es una habitación abierta a la que sube por una escalera que hace de «gran oreja que recoge todos los ruidos de la casa». Ese oído absorbe todos los sonidos domésticos y, aunque parezcan insignificantes, en realidad, son los más «turbadores» e «invasivos» porque «te importan». En una cafetería, en cambio, el ruido no molesta al escritor porque no le conciernen. «Si oigo un tiro en mi casa, sé que es alguien de mi familia. En un bar sería alguien que no tiene nada que ver conmigo».
EL SILENCIO
Millás piensa que «el silencio ya no existe». Ni en la ciudad ni en el campo. «El ruido de la naturaleza también es insoportable. Los pajaritos cantando también son insoportables», ironizó. El zumbido de las abejas y las avispas, en cambio, es «maravilloso». A veces las escucha cuando trabaja en su casa de Asturias. Ahí, dice, «hay un grado de silencio muy aceptable». El sonido de la naturaleza «es el mejor», indica, pero «siempre que sea campo de verdad y no de una urbanización, porque ahí la gente está todo el día haciendo bricolaje».
Dice el valenciano que «el ruido y el silencio son como la vida y la muerte». Siempre van juntos. Y por eso «hay que pactar con ellos, como con todo en la vida».
La distancia entre un sonido placentero y uno inaguantable oscila igual que las barras de un ecualizador. «El primer día en la playa te encanta el rumor del mar. El tercero te parece insoportable». Otras veces algo que podría parecer un atentado acústico puede tener su embrujo. «A mí me gusta mucho el ruido de la nevera. Aunque, a menudo, se apaga y te quedas desconcertado».
La música también fluctúa entre el placer y el calvario. El periodista trabaja en un mutismo absoluto. Mientras intenta escribir, cualquier canción es suciedad acústica. Igual que ese bucle infinito de melodías de ascensor. «El hilo musical», dice, «es de las peores cosas que se han inventado».
Pero el ruido no acaba ahí. También existe el escópico. «Es un ruido del que no hablamos, es el ruido de la mirada», especifica. «En una ciudad estás rodeado de gente que no te mira. Tú puedes estar en el metro y masturbarte, que nadie se entera. En el campo, en cambio, siempre te ve alguien. Vas paseando solo por un prado y al día siguiente alguien te dice: ‘Ayer te vi caminando…’. En el campo siempre hay alguien que te ve».
Y hay un sonido peor aún. «Muchas veces, cuando acaban los ruidos de fuera, empiezan los de dentro».
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LA ESCRITURA
Hay una parte fundamental en el trabajo del escritor que «consiste en no hacer nada». En «mirar a las musarañas, leer el diccionario…». Dice Millás que «la gente piensa que estás escribiendo todo el rato y, claro, no puedes decepcionarla». Por eso, cuando su mujer sube a la buhardilla, deja cualquier cosa que esté haciendo y empieza a teclear.
«Los escritores pasamos muchas horas pensando y tenemos una tentación horrorosa: leer». Pero, según dice, «esto es como empezar a beber por la mañana. Tengo un gran sentimiento católico de culpa y por eso creo que leer es un placer y no un trabajo. Eso hace que en cuanto venga alguien, me ponga a escribir».
–¿Cómo haces para que te surjan las ideas?
–Te pones a no hacer nada. Y siempre estoy deseando que suene el móvil porque escribir es una peste. Es lo que más nos gusta a los escritores pero, a la vez, es infernal. Cuando te llaman, te relajas y te vienen algunas ideas. Yo presumo de ser el único escritor que coge el teléfono. Las mejores ideas se me ocurren leyendo, paseando… Pero después tienes que ponerte frente al ordenador. Puede que salga algo o que no salga nada. Pero tienes que ponerte.
El autor de La mujer loca se rodea de diccionarios para buscar historias. Más allá de las definiciones hay cientos de relatos y relaciones entre conceptos que quizá solo se desvelen ante los ojos de este escritor. «Yo juego mucho con el diccionario. Juego a ver parejas de palabras. He mirado el término ‘silencio’ y he visto que no viene el silencio uterino o el silencio monacal».
Millás tiene diccionarios de muchas disciplinas. De física, de filosofía… «Consultar diccionarios y enciclopedias es una de las cosas que hago cuando no hago nada», relata. «Internet solo tiene la Wikipedia y me parece peligrosísima. Habían publicado que yo me casé con Carmen Laforet y que en la noche de bodas le dije que era gay para irme a vivir con un escritor gay estadounidense». El valenciano se rió del absurdo y comentó que no se iba a molestar en redactar la entrada sobre Juan José Millás en esa enciclopedia. «Me da pereza escribir mi página. Es como escribir tu necrológica».
La Wikipedia, además, «está muy mal escrita». El autor de los articuentos fue «un gran lector de la enciclopedia Espasa. Me pasaba las tardes leyendo los artículos. Estaban muy bien escritos y encontraba historias fascinantes. Recuerdo uno que hablaba de unos gusanos que imitaban las cacarrutas de los pájaros para que no se los comieran».
Había otro mejor. «El artículo ‘Muerte‘ era muy morboso y por eso me gustaba. Contaba cómo saber si alguien se había muerto de verdad. Recomendaba acercar una cerilla al dedo gordo del pie y decía que si se hinchaba y estallaba, esa persona estaba viva».
Y otro mejor aún. «Un artículo contaba que un segoviano tuvo que partir de viaje con su mujer a punto de parir. Cuando llegó a una taberna, le comunicaron que su esposa había muerto. El hombre volvió a su casa para despedirse de ella y ya estaba enterrada. Él insistió en que levantaran la tumba para verla y, al abrirla, escucharon a un niño llorando. El bebé estaba naciendo ahí dentro, y el artículo terminaba literalmente así: ‘Y vivió muchos años, llegando a ser alcalde de Jerez’».
Millás dice que ha pasado toda su vida intentando competir con esas historias.

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EL MITO

Piensa Millás que la imagen popular del escritor está bañada de una cierta ficción. «Este trabajo está muy mitificado», aseguró. «Hay escritores que dicen que en una mañana han escrito dos líneas. Pues mira, si te pasa eso, mejor no te dediques a esto. En una empresa te echarían. Imaginad a una teleoperadora que diga que solo puede hacer dos llamadas en un día».

Escribir no es solo una peste. También produce pánico. «Es terrible la sensación de responsabilidad frente a un texto que vas a firmar», indica. Pero, además, las críticas no son fáciles de encajar. «Tú puedes llamar a alguien hasta ‘hijo de perra’ pero si le dices que no sabe escribir, coge una pistola y te mata. ¿Y esto por qué es así? Porque la escritura está muy mitificada. Si tú dices a alguien que no sabe hacer una operación a corazón abierto, no pasa nada. Pero si le dices que no sabe escribir, te mata».
LA ECONOMÍA NARRATIVA
Juan José Millás reclama cierta humildad en la escritura. Él aprendió la lección hace muchos años. Había empezado a trabajar para El País y, entonces, dictaba la columna por teléfono a Rosi. Ella la mecanografiaba y, al final del dictado, decía: «La voy a justificar». La operación suponía dos opciones. O eliminar algunas palabras o añadir alguna.
Pero un día ocurrió algo insólito. «Le dicté la columna y Rosi me dijo: ‘Oye, Juanjo, te sobran cuatro líneas’. Yo empecé a sudar tinta china. Por aquel entonces no tenía mucha confianza en mi trabajo. Fuimos eliminando palabras y vi que iba mejorando mucho. Ajustamos la columna al espacio del periódico y la dejamos así. Pero, al colgar, imaginé que me llamaban del periódico y me decían que quitase otra línea. Y otra. Y otra. Y otra. Y al final me di cuenta de que sobraba la columna entera», cuenta. «Es un ejercicio de humildad y te enseña mucho de economía narrativa».
El autor de La soledad era esto empezó a utilizar esa técnica en sus cursos de escritura. Tomaban un texto de algún alumno y entre todos eliminaban lo que sobraba. Pero la escritura está mitificada y eso tiene consecuencias. El corte en un texto duele tanto como en un dedo. «Tuve que dejar de hacerlo porque la cara del que había escrito el cuento se ponía verde».
LA DISCIPLINA
El autor que cree que tener una página web en la Red no es lo mismo que tener una calle en tu pueblo piensa que «el escritor está trabajando siempre, hasta cuando no escribe nada». Él alterna entre el ordenador y el papel. «Uso cuadernos porque hay cosas que necesito escribir con bolígrafo», indica. «Yo pasé del papel al ordenador directamente. Nunca me acostumbré a la máquina de escribir. Empecé directamente con un portátil porque es un medio muy caliente. No hay distancia entre el teclado y la pantalla. Además, me recuerda a mi infancia. Parece una caja de puros. Yo, de pequeño, compraba muchas cajas y construía muebles para esconder cosas. El portátil me gusta mucho por lo que tiene de caja».
EL LOCO
La mirada de Millás salta entre decenas de planos paralelos. Ve lo que hay detrás de las paredes y en la oscuridad de los bolsillos. El mundo de este escritor está lleno de cajones, túneles, reflejos y lecturas invisibles para los demás. A veces las descubre él y a veces las descubre su otro él. «Llevo toda la vida huyendo de un loco que me tiene harto. Es el que se pone al filo del metro esperando a que lo tire alguien a la vía o el que se monta en un avión y dice: ‘Qué bien si me estrellara’».
Pero no se preocupen por Millás. Ese loco está bien aprovechado. Juanjo lo ha convertido en un recurso literario.
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Fue una especie de abducción. El Juan José Millás que escribe novelas y columnas de prensa en la buhardilla de su casa, de pronto, apareció en otro lugar. Estaba en el Auditorio de Fundación Telefónica trabajando en su ordenador, con su libreta y su bolígrafo, y hojeando uno de los diccionarios que a menudo consulta porque sus definiciones y referencias lingüísticas esconden cientos de argumentos para sus relatos.
Millás apareció en silencio. Ese era el motivo de la abducción. Mostrar su trabajo en sigilo y hablar del mutismo. Empezó a escribir del silencio. Del ruido y el silencio. Del ruido y de Dios. Del silencio y la silencia, dos sirvientas que parecían ser el comienzo de un cuento que, al instante, borró.
Entonces el silencio salió volando del auditorio como la mosca que huyó de la nevera del escritor. Lo espantó Alejandro Díaz-Garreta, director de publicaciones de Fundación Telefónica, con una pregunta.
–¿Es importante el silencio?
Sí. Lo es. Millás trabaja en una buhardilla invadida de libros. Es una habitación abierta a la que sube por una escalera que hace de «gran oreja que recoge todos los ruidos de la casa». Ese oído absorbe todos los sonidos domésticos y, aunque parezcan insignificantes, en realidad, son los más «turbadores» e «invasivos» porque «te importan». En una cafetería, en cambio, el ruido no molesta al escritor porque no le conciernen. «Si oigo un tiro en mi casa, sé que es alguien de mi familia. En un bar sería alguien que no tiene nada que ver conmigo».
EL SILENCIO
Millás piensa que «el silencio ya no existe». Ni en la ciudad ni en el campo. «El ruido de la naturaleza también es insoportable. Los pajaritos cantando también son insoportables», ironizó. El zumbido de las abejas y las avispas, en cambio, es «maravilloso». A veces las escucha cuando trabaja en su casa de Asturias. Ahí, dice, «hay un grado de silencio muy aceptable». El sonido de la naturaleza «es el mejor», indica, pero «siempre que sea campo de verdad y no de una urbanización, porque ahí la gente está todo el día haciendo bricolaje».
Dice el valenciano que «el ruido y el silencio son como la vida y la muerte». Siempre van juntos. Y por eso «hay que pactar con ellos, como con todo en la vida».
La distancia entre un sonido placentero y uno inaguantable oscila igual que las barras de un ecualizador. «El primer día en la playa te encanta el rumor del mar. El tercero te parece insoportable». Otras veces algo que podría parecer un atentado acústico puede tener su embrujo. «A mí me gusta mucho el ruido de la nevera. Aunque, a menudo, se apaga y te quedas desconcertado».
La música también fluctúa entre el placer y el calvario. El periodista trabaja en un mutismo absoluto. Mientras intenta escribir, cualquier canción es suciedad acústica. Igual que ese bucle infinito de melodías de ascensor. «El hilo musical», dice, «es de las peores cosas que se han inventado».
Pero el ruido no acaba ahí. También existe el escópico. «Es un ruido del que no hablamos, es el ruido de la mirada», especifica. «En una ciudad estás rodeado de gente que no te mira. Tú puedes estar en el metro y masturbarte, que nadie se entera. En el campo, en cambio, siempre te ve alguien. Vas paseando solo por un prado y al día siguiente alguien te dice: ‘Ayer te vi caminando…’. En el campo siempre hay alguien que te ve».
Y hay un sonido peor aún. «Muchas veces, cuando acaban los ruidos de fuera, empiezan los de dentro».
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LA ESCRITURA
Hay una parte fundamental en el trabajo del escritor que «consiste en no hacer nada». En «mirar a las musarañas, leer el diccionario…». Dice Millás que «la gente piensa que estás escribiendo todo el rato y, claro, no puedes decepcionarla». Por eso, cuando su mujer sube a la buhardilla, deja cualquier cosa que esté haciendo y empieza a teclear.
«Los escritores pasamos muchas horas pensando y tenemos una tentación horrorosa: leer». Pero, según dice, «esto es como empezar a beber por la mañana. Tengo un gran sentimiento católico de culpa y por eso creo que leer es un placer y no un trabajo. Eso hace que en cuanto venga alguien, me ponga a escribir».
–¿Cómo haces para que te surjan las ideas?
–Te pones a no hacer nada. Y siempre estoy deseando que suene el móvil porque escribir es una peste. Es lo que más nos gusta a los escritores pero, a la vez, es infernal. Cuando te llaman, te relajas y te vienen algunas ideas. Yo presumo de ser el único escritor que coge el teléfono. Las mejores ideas se me ocurren leyendo, paseando… Pero después tienes que ponerte frente al ordenador. Puede que salga algo o que no salga nada. Pero tienes que ponerte.
El autor de La mujer loca se rodea de diccionarios para buscar historias. Más allá de las definiciones hay cientos de relatos y relaciones entre conceptos que quizá solo se desvelen ante los ojos de este escritor. «Yo juego mucho con el diccionario. Juego a ver parejas de palabras. He mirado el término ‘silencio’ y he visto que no viene el silencio uterino o el silencio monacal».
Millás tiene diccionarios de muchas disciplinas. De física, de filosofía… «Consultar diccionarios y enciclopedias es una de las cosas que hago cuando no hago nada», relata. «Internet solo tiene la Wikipedia y me parece peligrosísima. Habían publicado que yo me casé con Carmen Laforet y que en la noche de bodas le dije que era gay para irme a vivir con un escritor gay estadounidense». El valenciano se rió del absurdo y comentó que no se iba a molestar en redactar la entrada sobre Juan José Millás en esa enciclopedia. «Me da pereza escribir mi página. Es como escribir tu necrológica».
La Wikipedia, además, «está muy mal escrita». El autor de los articuentos fue «un gran lector de la enciclopedia Espasa. Me pasaba las tardes leyendo los artículos. Estaban muy bien escritos y encontraba historias fascinantes. Recuerdo uno que hablaba de unos gusanos que imitaban las cacarrutas de los pájaros para que no se los comieran».
Había otro mejor. «El artículo ‘Muerte‘ era muy morboso y por eso me gustaba. Contaba cómo saber si alguien se había muerto de verdad. Recomendaba acercar una cerilla al dedo gordo del pie y decía que si se hinchaba y estallaba, esa persona estaba viva».
Y otro mejor aún. «Un artículo contaba que un segoviano tuvo que partir de viaje con su mujer a punto de parir. Cuando llegó a una taberna, le comunicaron que su esposa había muerto. El hombre volvió a su casa para despedirse de ella y ya estaba enterrada. Él insistió en que levantaran la tumba para verla y, al abrirla, escucharon a un niño llorando. El bebé estaba naciendo ahí dentro, y el artículo terminaba literalmente así: ‘Y vivió muchos años, llegando a ser alcalde de Jerez’».
Millás dice que ha pasado toda su vida intentando competir con esas historias.

m25

EL MITO

Piensa Millás que la imagen popular del escritor está bañada de una cierta ficción. «Este trabajo está muy mitificado», aseguró. «Hay escritores que dicen que en una mañana han escrito dos líneas. Pues mira, si te pasa eso, mejor no te dediques a esto. En una empresa te echarían. Imaginad a una teleoperadora que diga que solo puede hacer dos llamadas en un día».

Escribir no es solo una peste. También produce pánico. «Es terrible la sensación de responsabilidad frente a un texto que vas a firmar», indica. Pero, además, las críticas no son fáciles de encajar. «Tú puedes llamar a alguien hasta ‘hijo de perra’ pero si le dices que no sabe escribir, coge una pistola y te mata. ¿Y esto por qué es así? Porque la escritura está muy mitificada. Si tú dices a alguien que no sabe hacer una operación a corazón abierto, no pasa nada. Pero si le dices que no sabe escribir, te mata».
LA ECONOMÍA NARRATIVA
Juan José Millás reclama cierta humildad en la escritura. Él aprendió la lección hace muchos años. Había empezado a trabajar para El País y, entonces, dictaba la columna por teléfono a Rosi. Ella la mecanografiaba y, al final del dictado, decía: «La voy a justificar». La operación suponía dos opciones. O eliminar algunas palabras o añadir alguna.
Pero un día ocurrió algo insólito. «Le dicté la columna y Rosi me dijo: ‘Oye, Juanjo, te sobran cuatro líneas’. Yo empecé a sudar tinta china. Por aquel entonces no tenía mucha confianza en mi trabajo. Fuimos eliminando palabras y vi que iba mejorando mucho. Ajustamos la columna al espacio del periódico y la dejamos así. Pero, al colgar, imaginé que me llamaban del periódico y me decían que quitase otra línea. Y otra. Y otra. Y otra. Y al final me di cuenta de que sobraba la columna entera», cuenta. «Es un ejercicio de humildad y te enseña mucho de economía narrativa».
El autor de La soledad era esto empezó a utilizar esa técnica en sus cursos de escritura. Tomaban un texto de algún alumno y entre todos eliminaban lo que sobraba. Pero la escritura está mitificada y eso tiene consecuencias. El corte en un texto duele tanto como en un dedo. «Tuve que dejar de hacerlo porque la cara del que había escrito el cuento se ponía verde».
LA DISCIPLINA
El autor que cree que tener una página web en la Red no es lo mismo que tener una calle en tu pueblo piensa que «el escritor está trabajando siempre, hasta cuando no escribe nada». Él alterna entre el ordenador y el papel. «Uso cuadernos porque hay cosas que necesito escribir con bolígrafo», indica. «Yo pasé del papel al ordenador directamente. Nunca me acostumbré a la máquina de escribir. Empecé directamente con un portátil porque es un medio muy caliente. No hay distancia entre el teclado y la pantalla. Además, me recuerda a mi infancia. Parece una caja de puros. Yo, de pequeño, compraba muchas cajas y construía muebles para esconder cosas. El portátil me gusta mucho por lo que tiene de caja».
EL LOCO
La mirada de Millás salta entre decenas de planos paralelos. Ve lo que hay detrás de las paredes y en la oscuridad de los bolsillos. El mundo de este escritor está lleno de cajones, túneles, reflejos y lecturas invisibles para los demás. A veces las descubre él y a veces las descubre su otro él. «Llevo toda la vida huyendo de un loco que me tiene harto. Es el que se pone al filo del metro esperando a que lo tire alguien a la vía o el que se monta en un avión y dice: ‘Qué bien si me estrellara’».
Pero no se preocupen por Millás. Ese loco está bien aprovechado. Juanjo lo ha convertido en un recurso literario.
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Opiniones 4
  • ¡Preciso! «el silencio ya no existe» eh aquí mi problema. ¡Viva la concentración! Abajo las interrupciones que requieren inmensos esfuerzos psicológicos para retomar el hilo de la que estabas haciendo, se te estaba ocurriendo, o estabas a punto de finalizar y era urgente. Muera lo pendiente que te martiriza como una lucecita sonora en el cerebro y que te acompaña a todas partes, una mosca cojonera. Verdades para escritores, locos conscientes e inconscientes, lectores, y currantes creativos o no, que la creatividad, aunque importante, está sobrevalorada. Me interrumpen. Me llaman. Adiós. 🙁

  • Cuando JUanjo era menos JOven MIró hacia dentro de sí mismo y decidió materializarse para ocupar una caseta de El Retiro. Sería un Mayo del siglo XX y ya escribía…yo llevaba años siguiéndole en su columna de El País cuando me acerqué a él y me regaló sus palabras pegadas a un libro, aún recuerdo su dirección electrónica que el lector perspicaz encontrará y que imagino cual un Telecosaurio ya extinto.
    Gracias Juanjo y Yorokobu por el artículo.
    Un Saludo.
    @RoqueValde

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