21 de septiembre 2015    /   CREATIVIDAD
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Una colección de cromos para denunciar la explotación sexual

21 de septiembre 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Los álbumes de cromos son la pesadilla de cualquier progenitor. Iniciar una colección conlleva la obligación de comprar sobres a precios desorbitados, descubrir que apenas contienen cinco o seis cromos, sufrir que la mitad salgan repetidos, cambiar los «siles» por los «noles» y, cuando se está a punto de completar el álbum, el tema se pasa de moda, retiran las existencias de los quioscos y es imposible completar los huecos. Consciente de los desvelos paternos, el artista Julio Falagán creó una colección que, además de acabar con esos quebraderos de cabeza, llamaba la atención sobre un escabroso tema: la trata de blancas y su aceptación por la sociedad.
Todo comenzó en Buenos Aires, ciudad en la que Falagán se encontraba para desarrollar un proyecto de investigación sobre la cultura popular del país con una beca del Ranchito de Matadero Madrid y Panal 361.
«Nada más aterrizar y pasear por el centro, me di de bruces con estos papelitos pegados por la calle, en carteles publicitarios, semáforos, contenedores, papeleras o marquesinas de bus. Algo que es imperceptible para el bonaerense, pero que a un turista que busca la estética de la ciudad le explota en la cara», explica.
«En un primer vistazo lo puedes confundir con arte urbano, pero cuando te acercas y lees uno, te das cuenta de que todo es mucho más oscuro. Después investigas un poco el por qué de todo esto y descubres que la trata de blancas ha estado arraigada en la ciudad desde sus comienzos, con el monopolio de diferentes mafias judías del Oeste de Rusia y Europa oriental, como por ejemplo ZwiMigdal».

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No pasó mucho tiempo antes de que Falagán fuera recopilando esos papelitos que gráficamente se encuentran entre lo rupturista y el arte bruto y cuyos textos discurren entre el ingenioso juego de palabras y la obscenidad más sonrojante.

«Lo hice sin saber muy bien para qué pero, un buen día, surgió Minas de Buenos Aires como método para poner el problema sobre la mesa, un problema del cual nadie quiere saber nada», indica.
Mina equivale en lunfardo a ‘mujer’, porque ellas son una fuente de riqueza para los cafisios o proxenetas, en el mismo argot. Una realidad que está más arraigada de lo que parece en la cultura argentina, como acabó descubriendo Falagán.
«Hay numerosos tangos que hacen referencia a este problema. Me gusta mucho el de Esclavas blancas de Horacio Pettorossi que cantaba Gardel. Además, hay toda una estructura dedicada a colocar esa publicidad e incluso otra dedicada a limpiarla, lo que de nuevo nos lleva al paralelismo con el mundo del grafiti», relata el artista.
«Para colocarlo se usa un pegamento de barra escolar muy común en Buenos Aires que se llama “boli goma”. Se marca una línea con él en la superficie y se colocan a continuación todos en fila antes de que seque. Para contrarrestarlo hay agrupaciones vecinales de mujeres que hacen batidas voluntarias para limpiar el barrio. Incluso yo hice un intento de replicar la experiencia y coloqué papelitos con un código gráfico similar, aunque lo que aparecía en ellos era la dirección de mi estudio y el teléfono de la oficina de mi residencia. No tengo constancia de que nadie llamara nunca. El arte no interesa tanto».

De un tiempo a esta parte, en las calles de ciudades como Madrid y Barcelona han comenzado a verse, aunque de forma más embrionaria y discreta, estrategias similares a las porteñas a la hora de promocionar los servicios de prostitución. Un hecho que, sumado a la intervención del FMI en la economía europea, el corralito griego y el ascenso de partidos calificados como populistas parece indicar una «latinoamericanización» del continente.

«Al volver de Buenos Aires me fijé justo en eso. Los limpiaparabrisas de los coches estaban llenos de papelitos similares. Además, la mayor parte de la gente publicitada eran mujeres latinas. Es como si hubieran exportado la técnica. También hay muchas orientales, pero los flyers son de mejor calidad, a cuatro tintas, y de nuevo se ve dónde existe más posibilidad de explotación por el tipo de publicidad. Aquí también estoy recopilando este tipo de propaganda, pero no tiene nada que ver con la presencia que tienen en Buenos Aires, ni la organización, ni nada. Algo que, por otra parte, me alegra».

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Minas de Buenos Aires está organizado por barrios, detalle que, además de ser una herramienta para conocer aquellos rincones típicos que no aparecen en la Guía Trotamundos y Trip Advisor, también permite realizar un estudio sociológico de la ciudad. Nivel adquisitivo, gustos sexuales, tabúes… y, como sucede en todas las colecciones, también hay cromos imposibles de conseguir que dicen mucho de la idiosincrasia de la ciudad y sus habitantes. Por ejemplo, el cromo de servicios sexuales ofertados por hombres para hombres.

«Puedes saber perfectamente en qué barrio o calle estás simplemente viendo este tipo de publicidad. Cada negocio se vende únicamente en los alrededores de su local y hay como una ley de respeto en la que se reparten las calles», cuenta Falagán. «Existe tanta oferta que se tienen que regular para que no haya problemas. Sin embargo, y a pesar de toda esa variedad, en todo el tiempo que estuve no vi ni un solo papelito que promocionara a hombres. Sí vi alguno que vendía lesbianismo, pero era un lesbianismo para ser disfrutado por hombres. La mujer y los gays no eran público objetivo, pero había una extraña fijación por el mundo del tenis como reclamo sexy. Con imágenes en mi cabeza de Arantxa Sánchez Vicario, no entendía muy bien esa parafilia».

El mercado del arte no fue nada receptivo con Minas de Buenos Aires. Después de presentarlo en la exposición Pasen y vean, en Panal 361, las librerías especializadas se negaron a vender el álbum porque decían que era un material incómodo. Renunciaban así a activar las que tal vez sean las facetas más interesantes de toda acción artística: el debate y la crítica de realidades sociales con las que convivimos y que resultan difíciles de abordar desde otros flancos.

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Los álbumes de cromos son la pesadilla de cualquier progenitor. Iniciar una colección conlleva la obligación de comprar sobres a precios desorbitados, descubrir que apenas contienen cinco o seis cromos, sufrir que la mitad salgan repetidos, cambiar los «siles» por los «noles» y, cuando se está a punto de completar el álbum, el tema se pasa de moda, retiran las existencias de los quioscos y es imposible completar los huecos. Consciente de los desvelos paternos, el artista Julio Falagán creó una colección que, además de acabar con esos quebraderos de cabeza, llamaba la atención sobre un escabroso tema: la trata de blancas y su aceptación por la sociedad.
Todo comenzó en Buenos Aires, ciudad en la que Falagán se encontraba para desarrollar un proyecto de investigación sobre la cultura popular del país con una beca del Ranchito de Matadero Madrid y Panal 361.
«Nada más aterrizar y pasear por el centro, me di de bruces con estos papelitos pegados por la calle, en carteles publicitarios, semáforos, contenedores, papeleras o marquesinas de bus. Algo que es imperceptible para el bonaerense, pero que a un turista que busca la estética de la ciudad le explota en la cara», explica.
«En un primer vistazo lo puedes confundir con arte urbano, pero cuando te acercas y lees uno, te das cuenta de que todo es mucho más oscuro. Después investigas un poco el por qué de todo esto y descubres que la trata de blancas ha estado arraigada en la ciudad desde sus comienzos, con el monopolio de diferentes mafias judías del Oeste de Rusia y Europa oriental, como por ejemplo ZwiMigdal».

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No pasó mucho tiempo antes de que Falagán fuera recopilando esos papelitos que gráficamente se encuentran entre lo rupturista y el arte bruto y cuyos textos discurren entre el ingenioso juego de palabras y la obscenidad más sonrojante.

«Lo hice sin saber muy bien para qué pero, un buen día, surgió Minas de Buenos Aires como método para poner el problema sobre la mesa, un problema del cual nadie quiere saber nada», indica.
Mina equivale en lunfardo a ‘mujer’, porque ellas son una fuente de riqueza para los cafisios o proxenetas, en el mismo argot. Una realidad que está más arraigada de lo que parece en la cultura argentina, como acabó descubriendo Falagán.
«Hay numerosos tangos que hacen referencia a este problema. Me gusta mucho el de Esclavas blancas de Horacio Pettorossi que cantaba Gardel. Además, hay toda una estructura dedicada a colocar esa publicidad e incluso otra dedicada a limpiarla, lo que de nuevo nos lleva al paralelismo con el mundo del grafiti», relata el artista.
«Para colocarlo se usa un pegamento de barra escolar muy común en Buenos Aires que se llama “boli goma”. Se marca una línea con él en la superficie y se colocan a continuación todos en fila antes de que seque. Para contrarrestarlo hay agrupaciones vecinales de mujeres que hacen batidas voluntarias para limpiar el barrio. Incluso yo hice un intento de replicar la experiencia y coloqué papelitos con un código gráfico similar, aunque lo que aparecía en ellos era la dirección de mi estudio y el teléfono de la oficina de mi residencia. No tengo constancia de que nadie llamara nunca. El arte no interesa tanto».

De un tiempo a esta parte, en las calles de ciudades como Madrid y Barcelona han comenzado a verse, aunque de forma más embrionaria y discreta, estrategias similares a las porteñas a la hora de promocionar los servicios de prostitución. Un hecho que, sumado a la intervención del FMI en la economía europea, el corralito griego y el ascenso de partidos calificados como populistas parece indicar una «latinoamericanización» del continente.

«Al volver de Buenos Aires me fijé justo en eso. Los limpiaparabrisas de los coches estaban llenos de papelitos similares. Además, la mayor parte de la gente publicitada eran mujeres latinas. Es como si hubieran exportado la técnica. También hay muchas orientales, pero los flyers son de mejor calidad, a cuatro tintas, y de nuevo se ve dónde existe más posibilidad de explotación por el tipo de publicidad. Aquí también estoy recopilando este tipo de propaganda, pero no tiene nada que ver con la presencia que tienen en Buenos Aires, ni la organización, ni nada. Algo que, por otra parte, me alegra».

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Minas de Buenos Aires está organizado por barrios, detalle que, además de ser una herramienta para conocer aquellos rincones típicos que no aparecen en la Guía Trotamundos y Trip Advisor, también permite realizar un estudio sociológico de la ciudad. Nivel adquisitivo, gustos sexuales, tabúes… y, como sucede en todas las colecciones, también hay cromos imposibles de conseguir que dicen mucho de la idiosincrasia de la ciudad y sus habitantes. Por ejemplo, el cromo de servicios sexuales ofertados por hombres para hombres.

«Puedes saber perfectamente en qué barrio o calle estás simplemente viendo este tipo de publicidad. Cada negocio se vende únicamente en los alrededores de su local y hay como una ley de respeto en la que se reparten las calles», cuenta Falagán. «Existe tanta oferta que se tienen que regular para que no haya problemas. Sin embargo, y a pesar de toda esa variedad, en todo el tiempo que estuve no vi ni un solo papelito que promocionara a hombres. Sí vi alguno que vendía lesbianismo, pero era un lesbianismo para ser disfrutado por hombres. La mujer y los gays no eran público objetivo, pero había una extraña fijación por el mundo del tenis como reclamo sexy. Con imágenes en mi cabeza de Arantxa Sánchez Vicario, no entendía muy bien esa parafilia».

El mercado del arte no fue nada receptivo con Minas de Buenos Aires. Después de presentarlo en la exposición Pasen y vean, en Panal 361, las librerías especializadas se negaron a vender el álbum porque decían que era un material incómodo. Renunciaban así a activar las que tal vez sean las facetas más interesantes de toda acción artística: el debate y la crítica de realidades sociales con las que convivimos y que resultan difíciles de abordar desde otros flancos.

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