8 de noviembre 2017    /   CINE/TV
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‘Mindhunter’: Netflix alcanza otro nivel con David Fincher

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Es una serie de policías, pero se parece muy poco a un policíaco. Los horrendos crímenes no se muestran, se cuentan. La mayoría de delincuentes ya están en prisión cuando el espectador los conoce. Lo más parecido a la acción sucede en la escena inicial, punto de partida para relegar al protagonista al plano teórico. No hay trepidantes persecuciones ni macabras recreaciones; todo se fía a excelentes diálogos, interpretaciones y planos. Y funciona. Funciona maravillosamente.

La nueva apuesta de Netflix no viene de la mano de cualquiera. Cuesta mucho imaginar una lista de mejores directores contemporáneos donde no aparezca David Fincher, por lo que el tanto que se anota la plataforma es evidente. Mindhunter se inspira en la realidad y retrotrae a finales de los años 70, a los albores de la psicología criminal. Aún no había métodos tipificados ni, por supuesto, terminología (avanzada la serie se acuña la expresión serial killer). Nadie sabía qué camino seguir; ni siquiera los protagonistas.

Holden Ford y Bill Tench son dos agentes de un FBI que se quedaba obsoleto. Como pareja se complementan, y no siempre el veterano es el que tiene razón. En principio, su tarea es dar charlas a lo largo del país a diferentes policías locales explicando conceptos ahora básicos como el móvil del crimen.

Pero ¿qué ocurre con los asesinatos sin motivo aparente? ¿Qué hay en la mente de los peores criminales? No es que fuera difícil responder, es que en la agencia ni siquiera se habían planteado esas preguntas. Por la entrevista con un asesino convicto surgirán nuevas dudas y el germen de una línea de investigación.

John E. Douglas y Mark Olshaker son los autores del libro de no ficción en el que se basa la serie, que recoge cómo, pese a las reticencias iniciales, el estudio del comportamiento se va haciendo un hueco en el FBI. Los protagonistas reclaman ayuda a una doctora externa, Wendy Carr, que les guiará desde el punto de vista académico. No obstante, que alguien tan importante para la trama como la psicóloga no aparezca en los episodios iniciales es un ejemplo perfecto de cómo ha sido concebida esta serie.

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Mindhunter no es una miniserie. Ni siquiera es algo como Fargo. La primera temporada cuenta con 10 episodios, pero se percibe nítidamente que hay previstas varias más. Basta ver el ritmo, la presentación de conflictos o el desarrollo de personajes. Uno hasta se introduce en el capítulo ocho, por ejemplo.

De algunas subtramas, como la del hijo de Bill, solo se dan pinceladas para, cabe imaginar, ser explotadas más adelante. Pese a la intensidad de lo narrado, parece como si esta primera entrega fuera solo la introducción al universo de la serie.

El proyecto que presentó Joe Penhall constaba de cinco temporadas. Hasta la fecha, lo más destacado que había realizado este guionista fue la adaptación para cine de La carretera, novela postapocalíptica de Cormac McCarthy. La película estuvo protagonizada por Viggo Mortensen y también aparecía Charlize Theron, a la que Penhall le contó la idea y ahora produce Mindhunter.

La actriz sudafricana también fue clave para que Fincher entrara en el proyecto. Tanto se involucró que acabó siendo un showrunner de facto y, además de dirigir cuatro capítulos (los dos primeros y los dos últimos), marcó la línea a seguir en toda la producción.

Incluso sin saber quién firma la serie se podría adivinar su autoría. Mindhunter es estéticamente muy similar a Zodiac, la primera película que Fincher rodó en digital. Los planos son fijos, no hay hueco para la cámara al hombro ni nada que se le parezca. Muchísimas escenas consisten en señores hablando largamente sentados en una silla. Convertir eso en interesante (algo que consigue con creces) requiere mucha pericia. No buscan quitarse de en medio la escena, todo lo contrario. Construyen la tensión con lo que se dice, con cómo se dice y con qué se deja de decir.

De esa manera se muestran las charlas con los asesinos, pero conforme el estudio avanza, los protagonistas encuentran ecos en crímenes reales recién cometidos. Así, aplican los patrones de comportamiento para resolver casos que los policías locales no saben ni por dónde encarar.

El choque metodológico es tal que un agente pueblerino llega a calificar a Holden como el Sherlock Holmes moderno. La comparación subraya la decisión narrativa de la serie de no emparejarse con los detectives clásicos, siempre presentados con sus dotes ya adquiridas. Aquí el investigador no sabe lo que tiene entre manos, y su habilidad se irá desarrollando a la vista del espectador, testigo también de los profundos cambios psicológicos que le provocará y cómo afectará a su vida laboral y profesional.

También se aparta Mindhunter de la mitificación del delincuente, presente, sin ir más lejos, en la obra anterior del propio Fincher. Nada de recalcar su inteligencia con agudas referencias culturales o elaboradas tácticas disuasorias.

No, aquí los asesinos son pobres desgraciados. Asustan, pero sin rastro de glamour. Gente que reacciona de la peor manera a una vida penosa y que contesta de forma diversa al ser preguntados por las atrocidades cometidas. Alguno dice lo que cree que el entrevistador espera y lo adorna con florituras y pelos y señales; otro niega su evidente participación; y otro solo acierta a escupir ira por la boca.

Los nombres de los agentes del FBI y de la psicóloga que inspiran la serie han sido modificados, pero los de los asesinos son reales. De hecho, Edmund Kemper y Monte Rissell aún cumplen sendas cadenas perpetuas. Richard Speck y Jerome Brudos murieron de causa natural en prisión, mientras que Darrell Devier fue ejecutado en 1995.

Además, otras macabras celebridades como David Berkowitz y Charles Manson, entre otros muchos, son citados en la serie y, aunque no son entrevistados, Holden llega a decir que están en su lista. Por tanto, parece material para próximas temporadas.

Lo mismo ocurre con la historia de Park City, que se desgrana en la introducción de cada capítulo como cebo para la segunda entrega. Luego llega la cabecera, en la que se intercalan rápidas imágenes de cadáveres. Son visibles y no llegan a ser mensajes subliminales pero, estando cerca Fincher, parece como si Tyler Durden hubiese perdido práctica y las dejase ahí más tiempo del necesario. Para analizarlas más tranquilamente, uno de los muchos admiradores que la serie ya aglutina las recoge en un vídeo.

Mindhunter es un trabajo impecable. Ahora que la violencia explícita inunda las pantallas televisivas, aquí se apuesta por otro modelo. Nada de sangre, la palabra como eje vertebrador de la obra. Además, el espectador ya ha visto numerosas historias de agentes que persiguen asesinos en serie, pero esta consigue ser novedosa volviendo al origen. A cuando, literalmente, empezó todo.

Cierto es que Netflix ha producido series de calidad previamente, pero quizás esta sea la que descuelle. Su factura técnica, sus guiones y su reparto así lo avalan. Unos actores, por cierto, casi desconocidos para el gran público, lo que reafirma que la calidad también se encuentra más allá de los grandes nombres. El resultado es sólido, atractivo e innovador. En la época de masificación de series, algunas son imperdibles. Mindhunter es una de ellas. Y lo mejor es que parece que acaba de empezar.

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Es una serie de policías, pero se parece muy poco a un policíaco. Los horrendos crímenes no se muestran, se cuentan. La mayoría de delincuentes ya están en prisión cuando el espectador los conoce. Lo más parecido a la acción sucede en la escena inicial, punto de partida para relegar al protagonista al plano teórico. No hay trepidantes persecuciones ni macabras recreaciones; todo se fía a excelentes diálogos, interpretaciones y planos. Y funciona. Funciona maravillosamente.

La nueva apuesta de Netflix no viene de la mano de cualquiera. Cuesta mucho imaginar una lista de mejores directores contemporáneos donde no aparezca David Fincher, por lo que el tanto que se anota la plataforma es evidente. Mindhunter se inspira en la realidad y retrotrae a finales de los años 70, a los albores de la psicología criminal. Aún no había métodos tipificados ni, por supuesto, terminología (avanzada la serie se acuña la expresión serial killer). Nadie sabía qué camino seguir; ni siquiera los protagonistas.

Holden Ford y Bill Tench son dos agentes de un FBI que se quedaba obsoleto. Como pareja se complementan, y no siempre el veterano es el que tiene razón. En principio, su tarea es dar charlas a lo largo del país a diferentes policías locales explicando conceptos ahora básicos como el móvil del crimen.

Pero ¿qué ocurre con los asesinatos sin motivo aparente? ¿Qué hay en la mente de los peores criminales? No es que fuera difícil responder, es que en la agencia ni siquiera se habían planteado esas preguntas. Por la entrevista con un asesino convicto surgirán nuevas dudas y el germen de una línea de investigación.

John E. Douglas y Mark Olshaker son los autores del libro de no ficción en el que se basa la serie, que recoge cómo, pese a las reticencias iniciales, el estudio del comportamiento se va haciendo un hueco en el FBI. Los protagonistas reclaman ayuda a una doctora externa, Wendy Carr, que les guiará desde el punto de vista académico. No obstante, que alguien tan importante para la trama como la psicóloga no aparezca en los episodios iniciales es un ejemplo perfecto de cómo ha sido concebida esta serie.

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Mindhunter no es una miniserie. Ni siquiera es algo como Fargo. La primera temporada cuenta con 10 episodios, pero se percibe nítidamente que hay previstas varias más. Basta ver el ritmo, la presentación de conflictos o el desarrollo de personajes. Uno hasta se introduce en el capítulo ocho, por ejemplo.

De algunas subtramas, como la del hijo de Bill, solo se dan pinceladas para, cabe imaginar, ser explotadas más adelante. Pese a la intensidad de lo narrado, parece como si esta primera entrega fuera solo la introducción al universo de la serie.

El proyecto que presentó Joe Penhall constaba de cinco temporadas. Hasta la fecha, lo más destacado que había realizado este guionista fue la adaptación para cine de La carretera, novela postapocalíptica de Cormac McCarthy. La película estuvo protagonizada por Viggo Mortensen y también aparecía Charlize Theron, a la que Penhall le contó la idea y ahora produce Mindhunter.

La actriz sudafricana también fue clave para que Fincher entrara en el proyecto. Tanto se involucró que acabó siendo un showrunner de facto y, además de dirigir cuatro capítulos (los dos primeros y los dos últimos), marcó la línea a seguir en toda la producción.

Incluso sin saber quién firma la serie se podría adivinar su autoría. Mindhunter es estéticamente muy similar a Zodiac, la primera película que Fincher rodó en digital. Los planos son fijos, no hay hueco para la cámara al hombro ni nada que se le parezca. Muchísimas escenas consisten en señores hablando largamente sentados en una silla. Convertir eso en interesante (algo que consigue con creces) requiere mucha pericia. No buscan quitarse de en medio la escena, todo lo contrario. Construyen la tensión con lo que se dice, con cómo se dice y con qué se deja de decir.

De esa manera se muestran las charlas con los asesinos, pero conforme el estudio avanza, los protagonistas encuentran ecos en crímenes reales recién cometidos. Así, aplican los patrones de comportamiento para resolver casos que los policías locales no saben ni por dónde encarar.

El choque metodológico es tal que un agente pueblerino llega a calificar a Holden como el Sherlock Holmes moderno. La comparación subraya la decisión narrativa de la serie de no emparejarse con los detectives clásicos, siempre presentados con sus dotes ya adquiridas. Aquí el investigador no sabe lo que tiene entre manos, y su habilidad se irá desarrollando a la vista del espectador, testigo también de los profundos cambios psicológicos que le provocará y cómo afectará a su vida laboral y profesional.

También se aparta Mindhunter de la mitificación del delincuente, presente, sin ir más lejos, en la obra anterior del propio Fincher. Nada de recalcar su inteligencia con agudas referencias culturales o elaboradas tácticas disuasorias.

No, aquí los asesinos son pobres desgraciados. Asustan, pero sin rastro de glamour. Gente que reacciona de la peor manera a una vida penosa y que contesta de forma diversa al ser preguntados por las atrocidades cometidas. Alguno dice lo que cree que el entrevistador espera y lo adorna con florituras y pelos y señales; otro niega su evidente participación; y otro solo acierta a escupir ira por la boca.

Los nombres de los agentes del FBI y de la psicóloga que inspiran la serie han sido modificados, pero los de los asesinos son reales. De hecho, Edmund Kemper y Monte Rissell aún cumplen sendas cadenas perpetuas. Richard Speck y Jerome Brudos murieron de causa natural en prisión, mientras que Darrell Devier fue ejecutado en 1995.

Además, otras macabras celebridades como David Berkowitz y Charles Manson, entre otros muchos, son citados en la serie y, aunque no son entrevistados, Holden llega a decir que están en su lista. Por tanto, parece material para próximas temporadas.

Lo mismo ocurre con la historia de Park City, que se desgrana en la introducción de cada capítulo como cebo para la segunda entrega. Luego llega la cabecera, en la que se intercalan rápidas imágenes de cadáveres. Son visibles y no llegan a ser mensajes subliminales pero, estando cerca Fincher, parece como si Tyler Durden hubiese perdido práctica y las dejase ahí más tiempo del necesario. Para analizarlas más tranquilamente, uno de los muchos admiradores que la serie ya aglutina las recoge en un vídeo.

Mindhunter es un trabajo impecable. Ahora que la violencia explícita inunda las pantallas televisivas, aquí se apuesta por otro modelo. Nada de sangre, la palabra como eje vertebrador de la obra. Además, el espectador ya ha visto numerosas historias de agentes que persiguen asesinos en serie, pero esta consigue ser novedosa volviendo al origen. A cuando, literalmente, empezó todo.

Cierto es que Netflix ha producido series de calidad previamente, pero quizás esta sea la que descuelle. Su factura técnica, sus guiones y su reparto así lo avalan. Unos actores, por cierto, casi desconocidos para el gran público, lo que reafirma que la calidad también se encuentra más allá de los grandes nombres. El resultado es sólido, atractivo e innovador. En la época de masificación de series, algunas son imperdibles. Mindhunter es una de ellas. Y lo mejor es que parece que acaba de empezar.

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Opiniones 2
  • Está genial!!! Tanto la serie como tu artículo. Todo lo q pienso lo has puesto tú de manera muy inteligente. De nuevo, enhorabuena!! Adiós. Hasta pronto.

  • Pues yo voy por el capitulo 4 y la dejo aquí, ya me he aburrido bastante. No se han gastado un duro en escenas exteriores, el 90% de lo que he visto hasta ahora son dialogos en habitaciones cerradas entre 2-3 personas. Para ver esto y no ver ninguna escena de acción, mejor leer un libro.

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