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30 de mayo 2018    /   DIGITAL
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¿Por qué cuesta tanto dejar de mirar el correo electrónico? Y por qué es malo

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En el caso de que existiera una suerte de diseñador inteligente, se nos antojaría muy preocupado en codificar en nuestro ADN la imperiosa necesidad de perseguir objetivos. Por esa razón, nuestros ancestros sobrevivieron en una época donde la comida y la energía eran escasas y lograron abandonar las cuevas. Porque los objetivos ocupaban gran parte de sus vidas.

Otrora eran objetivos relacionados con la supervivencia. En la actualidad, estos objetivos pueden no tener razón aparente, salvo la necesidad de satisfacer un comecome inconcreto.

Eso sucede porque hay abundancia de comida y energía, lo que nos proporciona tiempo libre, tiempo de ocio, para lograr objetivos como coronar el Everest. Propósitos que no están relacionados con nuestra supervivencia inmediata. El Libro Guinness de los récords es un catálogo muy imaginativo de todas esas hazañas generalmente inútiles.

Como sucede cuando calmamos el hambre, al satisfacer un propósito, por muy inane que sea, no tardaremos en sentir de nuevo los borborigmos o la necesidad de satisfacer otro. Sísifo style. De hecho, solemos disfrutar más el proceso de completar un desafío que culminarlo.

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Perfeccionismo

Decía Tyler Durden en Fight Club que la perfección es simple masturbación. Tenía algo de razón. A decir verdad, la persecución de objetivos, uno tras otro como forma de perfección, es un concepto muy reciente en nuestra cultura. Por ejemplo, en el año 1900, solo aparecía la palabra perfeccionismo en el 0,1 % de los libros publicados en inglés. En la actualidad, aparece en el 5 %, tal y como revela una simple búsqueda en Ngram Viewer de Google.

No se trata solo del uso de la palabra perfeccionismo o de la persecución de objetivos (goal pursuit), sino del mismo concepto que tratan de transmitir estas expresiones: por esa razón, todos los adjetivos de estos términos también han aumentado su uso desde el siglo XIX; misión, plan, meta, objetivo, esfuerzo. Sencillamente, hace un tiempo, la gente estaba más preocupada por sobrevivir que por alcanzar algún tipo de perfección.

Gracias a algunas apps instaladas en nuestro smartphone, además, podemos invertir pequeños segmentos de tiempo libre durante el día en toda clase de objetivos que resultan tan tentadores como una máquina tragaperras. Desde las apps de videojuegos hasta las distintas variantes de gamificación que incluyen las apps para entrenar, perder peso o aprender un idioma, la tecnología nos permite proponernos más retos que nunca, más diversos que nunca y de forma más invasiva que nunca.

Algunos de estos retos (como aprender un idioma) pueden ser beneficiosos, por ejemplo, para nuestra carrera profesional; otros, la mayoría, son tan inanes e improductivos como alinear cuatro figuras con forma de diamante en un juego aleatorio. El problema es que, a mayor cantidad de objetivos que cumplir, también mayor es la insatisfacción, como escribía el experto en comportamiento humano Oliver Buckerman en The Guardian:

Cuando ves la vida como una sucesión de metas que alcanzar, te encuentras en un estado de fracaso cuasi permanente. Pasas la mayor parte del tiempo alejado de lo que has definido como la encarnación del logro o del éxito. Y, en el caso de que lo alcances, sentirás que habrás perdido aquello que te proporcionaba un sentido de propósito, así que lo que harás será establecer un nuevo objetivo y empezar de nuevo.

Por si fuera poco, los diversos dispositivos tecnológicos que nos rodean tienen el poder de recordarnos continuamente nuestro propósito, hasta dónde hemos llegado, los pasos que hemos andado, los puntos que hemos acumulado, quiénes de nuestros contactos están por delante o por detrás de nosotros. Recibimos correos y notificaciones. Vibraciones. Sonidos pulsátiles tan apremiantes como el llanto de un bebé o el claxon en un embotellamiento.

Esta dinámica pesadillesca también está aparejada a la simple recepción de correos electrónicos.

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Chutes de ceros y unos

Recibir la notificación de un correo electrónico, con vibración o pitido asociado, es una sensación que se ha vinculado neuroquímicamente a nuestro anhelo ancestral por perseguir objetivos, completar propósitos, enfrentarnos a desafíos.

Por eso, la mayoría de nosotros abrimos el correo que acabamos de recibir con un automatismo similar al que nos conduce a rascarnos cuando nos pica o a corregir la posición del flequillo cuando notamos que no está donde debería estar. Por si fuera poco, de media, bastan apenas seis segundos para leer un correo o, al menos, conocer su asunto y remitente.

Seis segundos es muy poco tiempo. El quid de la cuestión es que cada vez recibimos más correos. Teniendo en cuenta que, al interrumpir nuestro trabajo para comprobar el correo, nos desconcentramos, nuestra caída de productividad es abismal, tal y como señala Adam Alter, profesor de Psicología en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, en su libro Irresistible:

Esta distracción es colosal: aproximadamente, tardamos hasta veinticinco minutos en volver a sumergirnos en una tarea que ha sido interrumpida. Si abres veinticinco correos al día, y estos están distribuidos de forma uniforme durante todo el día, no habrá ni un solo momento en el que alcances tu grado máximo de productividad.

Un gran porcentaje de personas, debido a la naturaleza de su trabajo, puede consultar decenas de veces el correo en una hora. Es casi un acto compulsivo en aras de mantener vacía la bandeja de entrada. Es un objetivo que nace de nuestro instinto ancestral, nuestro afán completista. Y apenas tenemos control sobre ello, como el soniquete hipnótico de una máquina tragaperras.

El estudio del año 2012 titulado Reducing the effect of email interruptions on employees y publicado en International Journal of Information Management quiso comprobar qué pasaba con los oficinistas que no podían acceder al correo electrónico. Durante cinco días, una serie de voluntarios tuvo restringido el acceso. Los efectos no tardaron en aparecer. Enseguida se volvieron más eficientes en sus tareas y se concentraron más tiempo en una única labor sin distraerse. Hasta aquí la visión taylorista del asunto, pero hubo más: el ritmo cardíaco descendió, ya no estaban tan alerta ni tan tensos. Este modo más relajado de trabajar, pues, afectaba positivamente a su salud. Y todo por no mirar el correo.

Dicho lo cual, espero que no hayas comprobado tu correo durante la lectura de este artículo. No, ahora tampoco lo hagas. Y espera un poco más. Nada es tan importante, y podrías entrar en un nudo gordiano neuroquímico.

En el caso de que existiera una suerte de diseñador inteligente, se nos antojaría muy preocupado en codificar en nuestro ADN la imperiosa necesidad de perseguir objetivos. Por esa razón, nuestros ancestros sobrevivieron en una época donde la comida y la energía eran escasas y lograron abandonar las cuevas. Porque los objetivos ocupaban gran parte de sus vidas.

Otrora eran objetivos relacionados con la supervivencia. En la actualidad, estos objetivos pueden no tener razón aparente, salvo la necesidad de satisfacer un comecome inconcreto.

Eso sucede porque hay abundancia de comida y energía, lo que nos proporciona tiempo libre, tiempo de ocio, para lograr objetivos como coronar el Everest. Propósitos que no están relacionados con nuestra supervivencia inmediata. El Libro Guinness de los récords es un catálogo muy imaginativo de todas esas hazañas generalmente inútiles.

Como sucede cuando calmamos el hambre, al satisfacer un propósito, por muy inane que sea, no tardaremos en sentir de nuevo los borborigmos o la necesidad de satisfacer otro. Sísifo style. De hecho, solemos disfrutar más el proceso de completar un desafío que culminarlo.

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Perfeccionismo

Decía Tyler Durden en Fight Club que la perfección es simple masturbación. Tenía algo de razón. A decir verdad, la persecución de objetivos, uno tras otro como forma de perfección, es un concepto muy reciente en nuestra cultura. Por ejemplo, en el año 1900, solo aparecía la palabra perfeccionismo en el 0,1 % de los libros publicados en inglés. En la actualidad, aparece en el 5 %, tal y como revela una simple búsqueda en Ngram Viewer de Google.

No se trata solo del uso de la palabra perfeccionismo o de la persecución de objetivos (goal pursuit), sino del mismo concepto que tratan de transmitir estas expresiones: por esa razón, todos los adjetivos de estos términos también han aumentado su uso desde el siglo XIX; misión, plan, meta, objetivo, esfuerzo. Sencillamente, hace un tiempo, la gente estaba más preocupada por sobrevivir que por alcanzar algún tipo de perfección.

Gracias a algunas apps instaladas en nuestro smartphone, además, podemos invertir pequeños segmentos de tiempo libre durante el día en toda clase de objetivos que resultan tan tentadores como una máquina tragaperras. Desde las apps de videojuegos hasta las distintas variantes de gamificación que incluyen las apps para entrenar, perder peso o aprender un idioma, la tecnología nos permite proponernos más retos que nunca, más diversos que nunca y de forma más invasiva que nunca.

Algunos de estos retos (como aprender un idioma) pueden ser beneficiosos, por ejemplo, para nuestra carrera profesional; otros, la mayoría, son tan inanes e improductivos como alinear cuatro figuras con forma de diamante en un juego aleatorio. El problema es que, a mayor cantidad de objetivos que cumplir, también mayor es la insatisfacción, como escribía el experto en comportamiento humano Oliver Buckerman en The Guardian:

Cuando ves la vida como una sucesión de metas que alcanzar, te encuentras en un estado de fracaso cuasi permanente. Pasas la mayor parte del tiempo alejado de lo que has definido como la encarnación del logro o del éxito. Y, en el caso de que lo alcances, sentirás que habrás perdido aquello que te proporcionaba un sentido de propósito, así que lo que harás será establecer un nuevo objetivo y empezar de nuevo.

Por si fuera poco, los diversos dispositivos tecnológicos que nos rodean tienen el poder de recordarnos continuamente nuestro propósito, hasta dónde hemos llegado, los pasos que hemos andado, los puntos que hemos acumulado, quiénes de nuestros contactos están por delante o por detrás de nosotros. Recibimos correos y notificaciones. Vibraciones. Sonidos pulsátiles tan apremiantes como el llanto de un bebé o el claxon en un embotellamiento.

Esta dinámica pesadillesca también está aparejada a la simple recepción de correos electrónicos.

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Chutes de ceros y unos

Recibir la notificación de un correo electrónico, con vibración o pitido asociado, es una sensación que se ha vinculado neuroquímicamente a nuestro anhelo ancestral por perseguir objetivos, completar propósitos, enfrentarnos a desafíos.

Por eso, la mayoría de nosotros abrimos el correo que acabamos de recibir con un automatismo similar al que nos conduce a rascarnos cuando nos pica o a corregir la posición del flequillo cuando notamos que no está donde debería estar. Por si fuera poco, de media, bastan apenas seis segundos para leer un correo o, al menos, conocer su asunto y remitente.

Seis segundos es muy poco tiempo. El quid de la cuestión es que cada vez recibimos más correos. Teniendo en cuenta que, al interrumpir nuestro trabajo para comprobar el correo, nos desconcentramos, nuestra caída de productividad es abismal, tal y como señala Adam Alter, profesor de Psicología en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, en su libro Irresistible:

Esta distracción es colosal: aproximadamente, tardamos hasta veinticinco minutos en volver a sumergirnos en una tarea que ha sido interrumpida. Si abres veinticinco correos al día, y estos están distribuidos de forma uniforme durante todo el día, no habrá ni un solo momento en el que alcances tu grado máximo de productividad.

Un gran porcentaje de personas, debido a la naturaleza de su trabajo, puede consultar decenas de veces el correo en una hora. Es casi un acto compulsivo en aras de mantener vacía la bandeja de entrada. Es un objetivo que nace de nuestro instinto ancestral, nuestro afán completista. Y apenas tenemos control sobre ello, como el soniquete hipnótico de una máquina tragaperras.

El estudio del año 2012 titulado Reducing the effect of email interruptions on employees y publicado en International Journal of Information Management quiso comprobar qué pasaba con los oficinistas que no podían acceder al correo electrónico. Durante cinco días, una serie de voluntarios tuvo restringido el acceso. Los efectos no tardaron en aparecer. Enseguida se volvieron más eficientes en sus tareas y se concentraron más tiempo en una única labor sin distraerse. Hasta aquí la visión taylorista del asunto, pero hubo más: el ritmo cardíaco descendió, ya no estaban tan alerta ni tan tensos. Este modo más relajado de trabajar, pues, afectaba positivamente a su salud. Y todo por no mirar el correo.

Dicho lo cual, espero que no hayas comprobado tu correo durante la lectura de este artículo. No, ahora tampoco lo hagas. Y espera un poco más. Nada es tan importante, y podrías entrar en un nudo gordiano neuroquímico.

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