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6 de noviembre 2012    /   BRANDED CONTENT
 

Lo que los videojuegos se dejaron por el camino (y Mixta Fighter recupera)

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Veintiún años, nada más y nada menos. Es el tiempo que hace que se lanzó el Street Fighter II. Y aunque ahora nos parezca que ese lanzamiento pertenece a la prehistoria, ese «dos» quiere decir que la japonesa Capcom ya había lanzado antes, en el ocaso de los años 80, más juegos de lucha (no solo el Street Fighter, sino también el Final Fight, el Strider y otros).

(Advertorial)

El tiempo que ha pasado desde entonces nos hace sentir viejos, sí; pero la industria de los videojuegos lo ha sabido aprovechar bien. Ha ido incorporando paulatinamente novedades que los adictos esperaban con ansia hasta llegar a las versiones actuales, consideradas por muchos verdaderas obras de arte. Por añadir, han añadido incluso palabras a los títulos: ahora tenemos, por ejemplo, el «Super Street Fighter IV 3D Edition». Tenemos consolas futuristas en casa a los que solo les falta hablar (no, espera: también hablan). Creo que ni siquiera las llamamos ya consolas.

Pero inevitablemente se perdieron algunas cosas por el camino: el placer de quedar con tus amigos en «los recreativos» a ninguna hora en concreto, de separar las monedas que ibas a usar en las máquinas de las que ibas a gastar en chuches o bolsas de pipas, el temido y siempre demasiado prematuro «Gameover. Insert Coin»…

Mixta acaba de lanzar un advergaming: Mixta Fighter. Léase, «un videojuego que gira alrededor de la marca y que podrá disfrutarse desde las redes sociales». En él, continúa con su humor característico. Lleva las máquinas arcade al absurdo al igual que ya había parodiado antes los castings multitudinarios, las historias de amor o muchos otros temas que le pasaron por delante. Pero esta vez, además de hacer reír, algo que ya de por sí es loable en los tiempos que corren, han recuperado algunos de esos detalles que se habían perdido en la vertiginosa evolución de los videojuegos.

Según cuentan los entendidos, una de las cosas que resultó más innovadora en el Street Fighter II, además de los «combos» que permitían sumar gestos para conseguir golpes especiales, fue que permitía la elección de personajes. De cualquier personaje. Desde ese momento, la diversión dejó de estar reservada a los protagonistas. Porque todos hemos preferido en ocasiones al compañero del guapo, a Luigi en lugar de a Mario, a la amiga morena de Barbie. Mixta Fighter permite que sea un increíble cerdo volador quien te represente. O un sandwich, o un gato chino de la suerte. Sabe que hemos cambiado, que nos gusta la guasa: que nos mola más ser Willix que ser el rubio y musculoso Guile.

Otra cosa en la que el Street Fighter fue pionero fue en hacer su producto líquido. Su temática dio pie a películas, series o cómics. No queríamos sentir que todo acababa cuando se terminaban las monedas de veinticinco pesetas. Queríamos conocer lo que pasaba antes del «insert coin» y después del «gameover». En ese sentido, Mixta ha ido formando un prefacio de lujo gracias a sus desternillantes virales y el resto de acciones digitales. Ahora falta lo demás. Que Mixta Fighter traiga tela, que se transporte a eventos físicos, que sus solemnes guerreros llenen nuestros fondos de pantalla y nuestras redes sociales. Entonces, se habrá conseguido hacer honor a una característica más de las máquinas arcade, quizá la más importante: su lado social, el pique con los amigos, el placer de comentarlo después. «¡Hice «booom», y él hizo «ratatatata»!». Ahora, tendremos eso más cerca que nunca. A un click, a un golpe de muro. Como si todos los amigos se hubieran reunido en los recreativos al mismo tiempo.

Y, más allá de todo esto, la idea de que una marca decida regalar un juego al usuario en lugar de hacer una acción publicitaria unilateral es simpática de por sí. Como el profesor que dice que hoy no hay lección porque tenemos una fiesta en el patio, o el jefe que envía a todos a casa a mediodía porque es Nochebuena. Es un descanso para nuestra fatigada mente de potenciales clientes: sí, nos están vendiendo algo, como todos. Pero antes, nos dejan un rato para bajar al patio. Yo, personalmente, pienso utilizar ese rato para escaparme a los recreativos.

Veintiún años, nada más y nada menos. Es el tiempo que hace que se lanzó el Street Fighter II. Y aunque ahora nos parezca que ese lanzamiento pertenece a la prehistoria, ese «dos» quiere decir que la japonesa Capcom ya había lanzado antes, en el ocaso de los años 80, más juegos de lucha (no solo el Street Fighter, sino también el Final Fight, el Strider y otros).

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El tiempo que ha pasado desde entonces nos hace sentir viejos, sí; pero la industria de los videojuegos lo ha sabido aprovechar bien. Ha ido incorporando paulatinamente novedades que los adictos esperaban con ansia hasta llegar a las versiones actuales, consideradas por muchos verdaderas obras de arte. Por añadir, han añadido incluso palabras a los títulos: ahora tenemos, por ejemplo, el «Super Street Fighter IV 3D Edition». Tenemos consolas futuristas en casa a los que solo les falta hablar (no, espera: también hablan). Creo que ni siquiera las llamamos ya consolas.

Pero inevitablemente se perdieron algunas cosas por el camino: el placer de quedar con tus amigos en «los recreativos» a ninguna hora en concreto, de separar las monedas que ibas a usar en las máquinas de las que ibas a gastar en chuches o bolsas de pipas, el temido y siempre demasiado prematuro «Gameover. Insert Coin»…

Mixta acaba de lanzar un advergaming: Mixta Fighter. Léase, «un videojuego que gira alrededor de la marca y que podrá disfrutarse desde las redes sociales». En él, continúa con su humor característico. Lleva las máquinas arcade al absurdo al igual que ya había parodiado antes los castings multitudinarios, las historias de amor o muchos otros temas que le pasaron por delante. Pero esta vez, además de hacer reír, algo que ya de por sí es loable en los tiempos que corren, han recuperado algunos de esos detalles que se habían perdido en la vertiginosa evolución de los videojuegos.

Según cuentan los entendidos, una de las cosas que resultó más innovadora en el Street Fighter II, además de los «combos» que permitían sumar gestos para conseguir golpes especiales, fue que permitía la elección de personajes. De cualquier personaje. Desde ese momento, la diversión dejó de estar reservada a los protagonistas. Porque todos hemos preferido en ocasiones al compañero del guapo, a Luigi en lugar de a Mario, a la amiga morena de Barbie. Mixta Fighter permite que sea un increíble cerdo volador quien te represente. O un sandwich, o un gato chino de la suerte. Sabe que hemos cambiado, que nos gusta la guasa: que nos mola más ser Willix que ser el rubio y musculoso Guile.

Otra cosa en la que el Street Fighter fue pionero fue en hacer su producto líquido. Su temática dio pie a películas, series o cómics. No queríamos sentir que todo acababa cuando se terminaban las monedas de veinticinco pesetas. Queríamos conocer lo que pasaba antes del «insert coin» y después del «gameover». En ese sentido, Mixta ha ido formando un prefacio de lujo gracias a sus desternillantes virales y el resto de acciones digitales. Ahora falta lo demás. Que Mixta Fighter traiga tela, que se transporte a eventos físicos, que sus solemnes guerreros llenen nuestros fondos de pantalla y nuestras redes sociales. Entonces, se habrá conseguido hacer honor a una característica más de las máquinas arcade, quizá la más importante: su lado social, el pique con los amigos, el placer de comentarlo después. «¡Hice «booom», y él hizo «ratatatata»!». Ahora, tendremos eso más cerca que nunca. A un click, a un golpe de muro. Como si todos los amigos se hubieran reunido en los recreativos al mismo tiempo.

Y, más allá de todo esto, la idea de que una marca decida regalar un juego al usuario en lugar de hacer una acción publicitaria unilateral es simpática de por sí. Como el profesor que dice que hoy no hay lección porque tenemos una fiesta en el patio, o el jefe que envía a todos a casa a mediodía porque es Nochebuena. Es un descanso para nuestra fatigada mente de potenciales clientes: sí, nos están vendiendo algo, como todos. Pero antes, nos dejan un rato para bajar al patio. Yo, personalmente, pienso utilizar ese rato para escaparme a los recreativos.

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