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21 de octubre 2019    /   BUSINESS
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Cómo es la nueva androginia

21 de octubre 2019    /   BUSINESS     por          
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A principios de 2015, los maniquíes de la centenaria cadena británica de almacenes Selfridges & Co se tomaron un par de meses de vacaciones cuando la franquicia inauguró el espacio experimental Agender dentro de sus establecimientos. Un área, concebida por la artista Faye Toogood, donde las barreras entre géneros se licuaban al evitar a propósito etiquetar la ropa en relación a las gónadas o la sexualidad del usuario. En el interior de los locales, la cartelería expuesta tachaba con orgullo los pronombres «Él» y «Ella». Y mientras tanto, en el exterior del edificio, las ropas se pavoneaban por los escaparates, orgullosas de no requerir de perchas en forma de títeres para ser admiradas.

A un océano de distancia, en el Brooklyn neoyorquino, Marie McGwier y Nina Mashurova estamparon sobre una remesa de camisetas deportivas el lema «Gender is over (if you want it)», una apropiación mutante del eslogan «War is over (if you want it)» que Yoko Ono y John Lennon emplazaron a finales de los sesenta en las vallas publicitarias de Londres, Nueva York, Roma y Tokio.

En su época, la jugada de la artista y el Beatle había sido un manifiesto en contra del conflicto bélico en Vietnam. Pero la reinterpretación contemporánea de McGwier y Mashurova era una declaración de guerra contra las modas que durante años las mantuvieron prisioneras por poseer género no binario. Aquellas dos personas llevaban toda una vida peleándose con el armario al no sentirse cómodas buceando entre los roperos de los géneros habituales.

HISTORIAS DEL NUEVO GÉNERO

 

Emborronar la frontera entre la moda femenina y la masculina es un movimiento mucho menos moderno de lo que parece. Hace más de un decalustro, los diseñadores parisinos se lanzaron a confeccionar vestimentas unisex para las pasarelas, pero tropezaron de manera solemne: al apuntar hacia lo sexy en lugar de hacia lo indefinido, las diferencias entre géneros se agravaron en lugar de minimizarse. 

Más adelante, y bien entrados los setenta, lo único que tenía claro la mente humana sobre la neutralidad de género es que estaría ligada de un modo u otro al futuro de nuestra especie: el diseñador Rudi Gernreich inventó el tanga unisex en 1974, pero también se encargó de idear todo el vestuario de la serie de ciencia ficción futurista Espacio:1999. Aunque con ninguna de aquellas dos empresas acertó por completo, su diseño original del tanga oprimía demasiado la matrícula por culpa de unos tirantes innecesarios, y las estrecheces de sus uniformes espaciales para la televisión no perfilaron las siluetas ambiguas que se presuponían a una sociedad cuya moda se había imaginado neutra. 

Sería el mundo del cine el que comenzaría a revolucionar el vestuario de la vida cotidiana. Diane Keaton se convirtió en Annie Hall (1977) y cuando apareció en pantalla vistiendo pantalones caqui, un bolso de rafia, un chaleco por el que se escabullía una corbata y un sombrero de ala ancha, dejó boquiabierta a una audiencia que no tardaría mucho en fusilarle aquella indumentaria donde se ignoraba con alegría el yugo del género. 

Moda andrógina

Eran estilismos enraizados en el mundo real, porque el personaje no solo compartía nombre con la actriz (el verdadero apellido de la Keaton es Hall, y su apodo, Annie), sino también todo el armario: la intérprete recibió carta blanca a la hora de elegir su vestuario para el rol, y optó por imitar los outfits que había contemplado a las chicas más molonas que se paseaban por el SoHo de Manhattan. Con la excepción del sombrero, porque ese, en realidad, se lo había robado a una compañera en el set de rodaje de El padrino: Parte II.

Entretanto, sobre las tablas de los escenarios, la música convirtió la moda andrógina en una tendencia pop. Mick Jagger, David Bowie y Jimi Hendrix estrecharon sus pantalones, maquillaron su rostro y taconearon mientras Grace Jones y Annie Lennox rellenaban chaquetas de caballero. Los géneros se fundieron como parte del show, pero no para contener la sexualidad sino para ensalzarla entre provocaciones. La moda andrógina era el territorio de las superestrellas del espectáculo, y en las calles habitaba entre las subculturas más extrañas y dudosas, pero lejos del radar adolescente.

LAS NUEVAS DIVAS

Cuando Miley Cyrus quiso reinventarse para sacudirse del lomo la imagen de Hannah Montana que había adoptado en el regazo de Disney, lo hizo utilizando como herramientas el aspecto y la actitud. Desgraciadamente, se pasó de frenada y derrapó con la hipersexualización al presentarse en una gala de la MTV vestida con un bañador a base de pellejo de oso de peluche, frotándose lo íntimo con un dedo gigante de gomaespuma y simulando un coito junto a un Robin Thicke embutido en un cosplay de Bitelchús. 

Era una receta cocinada por su manager, Larry Rudolph, especializado en fraguar divas y divos para el consumo adolescente. Pero aquel menú había dejado de funcionar, porque la sexualización forzada estaba caducada y solo era capaz de invocar en el público joven una sensación tremenda de vergüenza ajena. Los adolescentes vivían otra realidad menos plástica y necesitaban un nuevo concepto de moda pop más acorde con su universo. Años más tarde, Miley colgaría en su Instagram una foto vistiendo la camiseta «Gender is over (if you want it)», de McGwier y Mashurova.

Billie Eilish apareció de la nada, arrasando en internet tras autopublicar con trece primaveras una canción (Ocean eyes) escrita por su hermano, Finneas. Y cuatro años más tarde, las ventas de su primer LP dinamitaron récords establecidos por estrellas como Demi Lovato o Britney Spears. Lo interesante de la corona de Eilish es lo inusual y meritorio de su imagen, situada en las antípodas del concepto de diva que históricamente ha ensalzado la industria. 

Ella es una artista que firmó un disco oscuro, inspirado en la parálisis del sueño y con una portada más cercana a El exorcista que a cualquier producto de consumo popular. Alguien que al presentarse sobre los escenario llama la atención con lo inverosímil de sus estilismos: Eilish viste sudaderas y pantalones deportivos anchos, pintarrajea sus sneakers, voltea sus camisas, disfruta del feísmo y apuesta por un vestuario completamente unisex porque considera que el concepto de género es algo absurdo y desfasado. También declara sin rubor que cobija su silueta bajo ropa holgadísima para evitar que la gente juzgue su cuerpo. Para ella la moda es útil como un mecanismo de defensa y no como vehículo de opulencia. 

Miley Cyrus se retorcía en bañador, Christina Aguilera cantaba sobre ensuciarse en bragas y Britney Spears se disfrazó de colegiala sexy. Eilish entró en escena rompiendo la pared del escenario de una patada, tropezando consigo misma, escupiendo el aparato dental y brincando cobijada por la capucha de su sudadera. Luciendo outfits imposibles que navegaban entre la imaginería gótica y el pantalón corto del club de tenis. Los nuevos adolescentes se vieron reflejados en ella y admiraron sus osadías de guardarropa, imitando sus estilismos con devoción similar a aquella con la que el público setentero fotocopió el ropero de Annie Hall

Moda andrógina

RESURRECCIÓN DE LA NUEVA ANDROGINIA

McGwier y Mashurova utilizan colores monocromos en las prendas sobre las que estampan su «Gender is over» por considerarlos mucho más combativos y agresivos que aquella bandera arcoíris de la que se han apropiado bancos y grandes empresas en las campañas publicitarias. También rubrican sus eslóganes sobre prendas deportivas masculinas porque saben que la subversión siempre comienza paseando por terreno enemigo.

En las pasarelas, Versace, Gucci o Saint Laurent presentan una nueva androginia ceñida a corsés, envuelta en blusas transparentes, atornillada con botones enjoyados y rematada con complementos de terciopelo. En las calles, la moda para las almas no binarias se fabrica sus propias camisetas reciclando lemas hippies hasta convertirlos en gritos de guerra, le quita el polvo al ropero punk para engalanar sexualidades que trotan a contracorriente, y reutiliza el arsenal de botas góticas, ferretería heavy, sandalias guiris o chaquetas de punto grunge como si fuese una línea de defensa. 

Los adolescentes actuales no están interesados en la fanfarria estilística de la estrella pop sino que han resucitado la androginia reinventándola para convertirla en un parapeto donde vivir cómodos. Para las nuevas generaciones el ajuar no binario han trepado al trono y el género ha muerto en el mundo de la moda. La inspiración ya no bebe de las pasarelas ni de las portadas de discos sino de las activistas y las cantantes que se sienten auténticas saltando enfundadas en chándales unisex. El desfile por postureo está acabado, la moda consciente ahora necesita refugiarse en pantalones gigantes, abrazar lo andrógino, romper paredes a patadas, tropezar consigo misma y robar sombreros.

A principios de 2015, los maniquíes de la centenaria cadena británica de almacenes Selfridges & Co se tomaron un par de meses de vacaciones cuando la franquicia inauguró el espacio experimental Agender dentro de sus establecimientos. Un área, concebida por la artista Faye Toogood, donde las barreras entre géneros se licuaban al evitar a propósito etiquetar la ropa en relación a las gónadas o la sexualidad del usuario. En el interior de los locales, la cartelería expuesta tachaba con orgullo los pronombres «Él» y «Ella». Y mientras tanto, en el exterior del edificio, las ropas se pavoneaban por los escaparates, orgullosas de no requerir de perchas en forma de títeres para ser admiradas.

A un océano de distancia, en el Brooklyn neoyorquino, Marie McGwier y Nina Mashurova estamparon sobre una remesa de camisetas deportivas el lema «Gender is over (if you want it)», una apropiación mutante del eslogan «War is over (if you want it)» que Yoko Ono y John Lennon emplazaron a finales de los sesenta en las vallas publicitarias de Londres, Nueva York, Roma y Tokio.

En su época, la jugada de la artista y el Beatle había sido un manifiesto en contra del conflicto bélico en Vietnam. Pero la reinterpretación contemporánea de McGwier y Mashurova era una declaración de guerra contra las modas que durante años las mantuvieron prisioneras por poseer género no binario. Aquellas dos personas llevaban toda una vida peleándose con el armario al no sentirse cómodas buceando entre los roperos de los géneros habituales.

HISTORIAS DEL NUEVO GÉNERO

 

Emborronar la frontera entre la moda femenina y la masculina es un movimiento mucho menos moderno de lo que parece. Hace más de un decalustro, los diseñadores parisinos se lanzaron a confeccionar vestimentas unisex para las pasarelas, pero tropezaron de manera solemne: al apuntar hacia lo sexy en lugar de hacia lo indefinido, las diferencias entre géneros se agravaron en lugar de minimizarse. 

Más adelante, y bien entrados los setenta, lo único que tenía claro la mente humana sobre la neutralidad de género es que estaría ligada de un modo u otro al futuro de nuestra especie: el diseñador Rudi Gernreich inventó el tanga unisex en 1974, pero también se encargó de idear todo el vestuario de la serie de ciencia ficción futurista Espacio:1999. Aunque con ninguna de aquellas dos empresas acertó por completo, su diseño original del tanga oprimía demasiado la matrícula por culpa de unos tirantes innecesarios, y las estrecheces de sus uniformes espaciales para la televisión no perfilaron las siluetas ambiguas que se presuponían a una sociedad cuya moda se había imaginado neutra. 

Sería el mundo del cine el que comenzaría a revolucionar el vestuario de la vida cotidiana. Diane Keaton se convirtió en Annie Hall (1977) y cuando apareció en pantalla vistiendo pantalones caqui, un bolso de rafia, un chaleco por el que se escabullía una corbata y un sombrero de ala ancha, dejó boquiabierta a una audiencia que no tardaría mucho en fusilarle aquella indumentaria donde se ignoraba con alegría el yugo del género. 

Moda andrógina

Eran estilismos enraizados en el mundo real, porque el personaje no solo compartía nombre con la actriz (el verdadero apellido de la Keaton es Hall, y su apodo, Annie), sino también todo el armario: la intérprete recibió carta blanca a la hora de elegir su vestuario para el rol, y optó por imitar los outfits que había contemplado a las chicas más molonas que se paseaban por el SoHo de Manhattan. Con la excepción del sombrero, porque ese, en realidad, se lo había robado a una compañera en el set de rodaje de El padrino: Parte II.

Entretanto, sobre las tablas de los escenarios, la música convirtió la moda andrógina en una tendencia pop. Mick Jagger, David Bowie y Jimi Hendrix estrecharon sus pantalones, maquillaron su rostro y taconearon mientras Grace Jones y Annie Lennox rellenaban chaquetas de caballero. Los géneros se fundieron como parte del show, pero no para contener la sexualidad sino para ensalzarla entre provocaciones. La moda andrógina era el territorio de las superestrellas del espectáculo, y en las calles habitaba entre las subculturas más extrañas y dudosas, pero lejos del radar adolescente.

LAS NUEVAS DIVAS

Cuando Miley Cyrus quiso reinventarse para sacudirse del lomo la imagen de Hannah Montana que había adoptado en el regazo de Disney, lo hizo utilizando como herramientas el aspecto y la actitud. Desgraciadamente, se pasó de frenada y derrapó con la hipersexualización al presentarse en una gala de la MTV vestida con un bañador a base de pellejo de oso de peluche, frotándose lo íntimo con un dedo gigante de gomaespuma y simulando un coito junto a un Robin Thicke embutido en un cosplay de Bitelchús. 

Era una receta cocinada por su manager, Larry Rudolph, especializado en fraguar divas y divos para el consumo adolescente. Pero aquel menú había dejado de funcionar, porque la sexualización forzada estaba caducada y solo era capaz de invocar en el público joven una sensación tremenda de vergüenza ajena. Los adolescentes vivían otra realidad menos plástica y necesitaban un nuevo concepto de moda pop más acorde con su universo. Años más tarde, Miley colgaría en su Instagram una foto vistiendo la camiseta «Gender is over (if you want it)», de McGwier y Mashurova.

Billie Eilish apareció de la nada, arrasando en internet tras autopublicar con trece primaveras una canción (Ocean eyes) escrita por su hermano, Finneas. Y cuatro años más tarde, las ventas de su primer LP dinamitaron récords establecidos por estrellas como Demi Lovato o Britney Spears. Lo interesante de la corona de Eilish es lo inusual y meritorio de su imagen, situada en las antípodas del concepto de diva que históricamente ha ensalzado la industria. 

Ella es una artista que firmó un disco oscuro, inspirado en la parálisis del sueño y con una portada más cercana a El exorcista que a cualquier producto de consumo popular. Alguien que al presentarse sobre los escenario llama la atención con lo inverosímil de sus estilismos: Eilish viste sudaderas y pantalones deportivos anchos, pintarrajea sus sneakers, voltea sus camisas, disfruta del feísmo y apuesta por un vestuario completamente unisex porque considera que el concepto de género es algo absurdo y desfasado. También declara sin rubor que cobija su silueta bajo ropa holgadísima para evitar que la gente juzgue su cuerpo. Para ella la moda es útil como un mecanismo de defensa y no como vehículo de opulencia. 

Miley Cyrus se retorcía en bañador, Christina Aguilera cantaba sobre ensuciarse en bragas y Britney Spears se disfrazó de colegiala sexy. Eilish entró en escena rompiendo la pared del escenario de una patada, tropezando consigo misma, escupiendo el aparato dental y brincando cobijada por la capucha de su sudadera. Luciendo outfits imposibles que navegaban entre la imaginería gótica y el pantalón corto del club de tenis. Los nuevos adolescentes se vieron reflejados en ella y admiraron sus osadías de guardarropa, imitando sus estilismos con devoción similar a aquella con la que el público setentero fotocopió el ropero de Annie Hall

Moda andrógina

RESURRECCIÓN DE LA NUEVA ANDROGINIA

McGwier y Mashurova utilizan colores monocromos en las prendas sobre las que estampan su «Gender is over» por considerarlos mucho más combativos y agresivos que aquella bandera arcoíris de la que se han apropiado bancos y grandes empresas en las campañas publicitarias. También rubrican sus eslóganes sobre prendas deportivas masculinas porque saben que la subversión siempre comienza paseando por terreno enemigo.

En las pasarelas, Versace, Gucci o Saint Laurent presentan una nueva androginia ceñida a corsés, envuelta en blusas transparentes, atornillada con botones enjoyados y rematada con complementos de terciopelo. En las calles, la moda para las almas no binarias se fabrica sus propias camisetas reciclando lemas hippies hasta convertirlos en gritos de guerra, le quita el polvo al ropero punk para engalanar sexualidades que trotan a contracorriente, y reutiliza el arsenal de botas góticas, ferretería heavy, sandalias guiris o chaquetas de punto grunge como si fuese una línea de defensa. 

Los adolescentes actuales no están interesados en la fanfarria estilística de la estrella pop sino que han resucitado la androginia reinventándola para convertirla en un parapeto donde vivir cómodos. Para las nuevas generaciones el ajuar no binario han trepado al trono y el género ha muerto en el mundo de la moda. La inspiración ya no bebe de las pasarelas ni de las portadas de discos sino de las activistas y las cantantes que se sienten auténticas saltando enfundadas en chándales unisex. El desfile por postureo está acabado, la moda consciente ahora necesita refugiarse en pantalones gigantes, abrazar lo andrógino, romper paredes a patadas, tropezar consigo misma y robar sombreros.

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