Publicado: 26 de octubre 2023 08:44  /   CREATIVIDAD
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‘Sex-positivity’ y moda: entre la estética BDSM y el estilo fetichista

Publicado: 26 de octubre 2023 08:44  /   CREATIVIDAD     por          
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moda fetichista

Corsés de cuero negro, trajes de látex, collares con tachuelas. A través de las cuerdas del placer, se exploran panoramas estéticos y el fetichismo se transforma de mera provocación en antídoto contra los prejuicios sobre la sexualidad femenina.

La relación entre moda y fetichismo tiene raíces lejanas. Algunos dicen que los corsés y las faldas del siglo XVIII, que constreñían y modelaban el cuerpo, fueron los inicios de la moda fetichista. Otros creen que fue el Skeleton Dress, el vestido esqueleto de Elsa Schiaparelli —reinterpretación surrealista de la anatomía femenina fetichizada realizada en colaboración con Salvador Dalí— lo que dio comienzo al género fetichista de la moda en 1938. Y los hay que relacionan el auge del fenómeno con la comunidad gay y la cultura motera posterior a la Segunda Guerra Mundial.

 Valerie Steele, historiadora de la moda y directora del museo del Fashion Institute of Technology de la Universidad estatal de Nueva York, explica en su libro Fetish: Fashion, Sex and Power (1996) cómo la moda fetichista empezó a infiltrarse en la corriente dominante en los años 60 y 70, gracias a superheroínas televisivas vestidas de látex como Wonder Woman y estrellas del rock como Alice Cooper y los Sex Pistols.

La subcultura punk y Vivienne Westwood, con su legendaria tienda Sex en Londres —donde era posible encontrar creaciones inspiradas en moteros, fetichistas y prostitutas, el manifiesto de una nueva era de la moda–, desempeñaron un papel fundamental en la fusión de la moda con la música, el arte y el sexo, en un periodo histórico en el que las mujeres, pisoteadas por una sociedad profundamente patriarcal, querían invertir la dinámica del poder (al menos con la ropa).

[pullquote]«El resurgimiento de la moda fetichista es, en parte, una reacción al aislamiento». Andrew Groves[/pullquote]

 En los noventa, el bondage sadomasoquista conquistó la alta costura y se convirtió en sinónimo de glamour con Dolce&Gabbana (una explosiva Cindy Crawford abrió el desfile de primavera/verano de 1992 con corpiño y liguero); Versace (inolvidable su colección Miss S&M, siglas de sadomasoquismo, en la que desfilaron modelos cargadas de correas, hebillas y parafernalia fetichista); Jean Paul Gaultier, maestro de la corsetería experimental y autor de creaciones como el mítico y audaz sujetador cónico exquisitamente kitsch que lució Madonna durante el Blond Ambition Tour, y Mugler, visionario de la moda, el primero en utilizar el látex y el PVC en la pasarela.

 A partir de ese momento la estética BDSM (acrónimo de bondage y disciplina, dominación y sumisión, sadismo y masoquismo) no ha dejado de reaparecer cíclicamente en las pasarelas de las semanas de la moda más prestigiosas, contribuyendo a imponer la imagen de una dominatrix chic, una mujer nueva, segura de sí misma, poderosa y libre, que se adapta al contexto.

Más recientemente, las alfombras rojas de la Gala del Met y la ceremonia de los VMA han marcado su prepotente regreso, empezando por la aparición de Kim Kardashian envuelta de pies a cabeza en una camiseta negra de algodón de la casa Balenciaga y siguiendo con el modelo, actor y diseñador Evan Mock, que desfiló por la alfombra roja de la Gala del Met 2021 con una máscara de látex de Thom Browne.

 Según Andrew Groves, catedrático de Diseño de moda de la Universidad de Westminster, esta renovada afición a la moda fetichista es una respuesta a la reciente pandemia, un intento de recuperar la posesión del propio cuerpo, obligado por los dictados del confinamiento a permanecer cubierto. La pandemia ha intensificado enormemente el interés de la moda por el fetichismo y la estética BDSM, a raíz de su significado más amplio de recuperar el control de la propia vida e identidad.

 ¿Significa esto que quien lo lleva se adhiere a sus prácticas y es consciente de lo que representa? No está muy claro. Lo que sí es cierto es que, volviendo a la teoría de Freud, estas prendas permiten tanto la transformación como la emancipación.

El fetichismo tiene que ver con el control. En un momento en el que intentamos ser más abiertos y transparentes sobre el sexo, estas prendas pueden ser una forma de empezar a recuperar el control sobre nosotros mismos, de hacernos pensar y de inducirnos a una mayor apertura mental. Que no es poco.

Corsés de cuero negro, trajes de látex, collares con tachuelas. A través de las cuerdas del placer, se exploran panoramas estéticos y el fetichismo se transforma de mera provocación en antídoto contra los prejuicios sobre la sexualidad femenina.

La relación entre moda y fetichismo tiene raíces lejanas. Algunos dicen que los corsés y las faldas del siglo XVIII, que constreñían y modelaban el cuerpo, fueron los inicios de la moda fetichista. Otros creen que fue el Skeleton Dress, el vestido esqueleto de Elsa Schiaparelli —reinterpretación surrealista de la anatomía femenina fetichizada realizada en colaboración con Salvador Dalí— lo que dio comienzo al género fetichista de la moda en 1938. Y los hay que relacionan el auge del fenómeno con la comunidad gay y la cultura motera posterior a la Segunda Guerra Mundial.

 Valerie Steele, historiadora de la moda y directora del museo del Fashion Institute of Technology de la Universidad estatal de Nueva York, explica en su libro Fetish: Fashion, Sex and Power (1996) cómo la moda fetichista empezó a infiltrarse en la corriente dominante en los años 60 y 70, gracias a superheroínas televisivas vestidas de látex como Wonder Woman y estrellas del rock como Alice Cooper y los Sex Pistols.

La subcultura punk y Vivienne Westwood, con su legendaria tienda Sex en Londres —donde era posible encontrar creaciones inspiradas en moteros, fetichistas y prostitutas, el manifiesto de una nueva era de la moda–, desempeñaron un papel fundamental en la fusión de la moda con la música, el arte y el sexo, en un periodo histórico en el que las mujeres, pisoteadas por una sociedad profundamente patriarcal, querían invertir la dinámica del poder (al menos con la ropa).

[pullquote]«El resurgimiento de la moda fetichista es, en parte, una reacción al aislamiento». Andrew Groves[/pullquote]

 En los noventa, el bondage sadomasoquista conquistó la alta costura y se convirtió en sinónimo de glamour con Dolce&Gabbana (una explosiva Cindy Crawford abrió el desfile de primavera/verano de 1992 con corpiño y liguero); Versace (inolvidable su colección Miss S&M, siglas de sadomasoquismo, en la que desfilaron modelos cargadas de correas, hebillas y parafernalia fetichista); Jean Paul Gaultier, maestro de la corsetería experimental y autor de creaciones como el mítico y audaz sujetador cónico exquisitamente kitsch que lució Madonna durante el Blond Ambition Tour, y Mugler, visionario de la moda, el primero en utilizar el látex y el PVC en la pasarela.

 A partir de ese momento la estética BDSM (acrónimo de bondage y disciplina, dominación y sumisión, sadismo y masoquismo) no ha dejado de reaparecer cíclicamente en las pasarelas de las semanas de la moda más prestigiosas, contribuyendo a imponer la imagen de una dominatrix chic, una mujer nueva, segura de sí misma, poderosa y libre, que se adapta al contexto.

Más recientemente, las alfombras rojas de la Gala del Met y la ceremonia de los VMA han marcado su prepotente regreso, empezando por la aparición de Kim Kardashian envuelta de pies a cabeza en una camiseta negra de algodón de la casa Balenciaga y siguiendo con el modelo, actor y diseñador Evan Mock, que desfiló por la alfombra roja de la Gala del Met 2021 con una máscara de látex de Thom Browne.

 Según Andrew Groves, catedrático de Diseño de moda de la Universidad de Westminster, esta renovada afición a la moda fetichista es una respuesta a la reciente pandemia, un intento de recuperar la posesión del propio cuerpo, obligado por los dictados del confinamiento a permanecer cubierto. La pandemia ha intensificado enormemente el interés de la moda por el fetichismo y la estética BDSM, a raíz de su significado más amplio de recuperar el control de la propia vida e identidad.

 ¿Significa esto que quien lo lleva se adhiere a sus prácticas y es consciente de lo que representa? No está muy claro. Lo que sí es cierto es que, volviendo a la teoría de Freud, estas prendas permiten tanto la transformación como la emancipación.

El fetichismo tiene que ver con el control. En un momento en el que intentamos ser más abiertos y transparentes sobre el sexo, estas prendas pueden ser una forma de empezar a recuperar el control sobre nosotros mismos, de hacernos pensar y de inducirnos a una mayor apertura mental. Que no es poco.

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