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5 de marzo 2018    /   BRANDED CONTENT
imagen  Banco de la República. Bogotá

¿Por qué en Colombia se retrataban monjas muertas?

5 de marzo 2018    /   BRANDED CONTENT            imagen  Banco de la República. Bogotá
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Sus rostros descansan en horizontal, con tonos mortecinos en absoluto disimulados, tocados por sendas coronas de flores. Un espectador despistado podría pensar, desde lejos, que ha habido un error al colgar los cuadros, que lo correcto es girarlos noventa grados.

¿Qué hay detrás de esas inquietantes imágenes? ¿Quién encargaba esos cuadros, por qué no se retrataba a las religiosas con vida para recordar cómo habían sido?

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Sigrith Castañeda, una de las curadoras del equipo de investigación y curaduría de la colección del Banco de la República de Colombia, de donde proceden las imágenes, arroja algo de luz sobre estos interrogantes. Según ella, estas obras plasman «uno de los momentos más solemnes que se vivían y siguen viviéndose en la actualidad en los conventos femeninos: la muerte, considerada como el encuentro definitivo con Jesús». Ese es el motivo de celebración que justifica que sus cuerpos se adornen «con corona, palma florida y los hábitos característicos de cada una de sus órdenes».

«Con los grandes índices de mortandad y el peso de la doctrina católica durante los siglos virreinales en América, la muerte estuvo presente y era tan cercana a todos que la sociedad aprendió a convivir con ella», ilustra Castañeda. Estas pinturas las solicitaban los propios conventos como una forma de «perpetuar en la memoria las vidas de estas mujeres virtuosas». 

Con los grandes índices de mortandad y el peso de la doctrina católica durante los siglos virreinales en América, la muerte estuvo presente y era tan cercana a todos que la sociedad aprendió a convivir con ella

Imagine pues el lector a ese pintor llamado para capturar el gesto de estas personas justo en el momento en el que abandonaban este mundo. A ese artista que invadía la intimidad de la orden religiosa con el objetivo de que su obra sirviera de inspiración a las novicias. «En Colombia, la práctica de retratar a monjas coronadas parece ser exclusiva del momento de su muerte». No hay, pues, retratos de monjas coronadas en vida. Ninguna religiosa pudo contemplarse con ese florido tocado. «Los retratos son particularmente realistas. Lejos de pretender idealizar al personaje, se procuraba perpetuar su recuerdo más terrenal. En estos retratos se advierte un claro interés de los pintores por resaltar los rasgos físicos particulares de las fallecidas pues incorporan incluso detalles como el bozo, las verrugas y las arrugas», describe minuciosamente Sigrith Castañeda.

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La media docena de retratos de monjas difuntas que se encuentran en la exposición Campo a través. Arte colombiano en la Colección del Banco de la República (hasta el 22 de abril en la Sala Alcalá 31, C/Alcalá 31, Madrid) conviviendo con otras obras de muchas épocas y estilos diferentes son solo una pequeña muestra de casi medio centenar que atesora el Banco de la República y que componen la colección más importante de monjas coronadas de toda Hispanoamérica. 

Los que visitan la exposición en Madrid esperan encontrar, sobre todo, arte contemporáneo. Pero muchos de ellos quedan atrapados en la visión de estos retratos post mortem, que les interceptan en la primera sala.

La comisaria de la exposición, Estrella de Diego, lo considera una gran aportación de Colombia a la tradición virreinal, además de «un documento extraordinario, en América igual que en Europa, para el mejor conocimiento de la vida conventual femenina, a menudo espacios sociales privilegiados, el único lugar donde las mujeres cultas podían desarrollar algo semejante a una vida intelectual y de reflexión».  

Lejos de pretender idealizar al personaje, se procuraba perpetuar su recuerdo más terrenal

Esta iconografía de monjas muertas, «de gran realismo a la hora de representar el gesto cadavérico», está sobre todo presente en la tradición colombiana. La mayor parte de los cuadros han sido realizados en el siglo XVIII o a principios del XIX. Las casi cincuenta que atesora el Banco de la República proceden de los conventos virreinales de las concepcionistas, clarisas, dominicas y carmelitas descalzas.

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Crear arte a partir de la muerte

Las formas de penitencia y martirio están muy presentes en el arte Barroco, donde con frecuencia aparecen santos martirizados. También en otras culturas y épocas. «Desde la antigüedad, el retrato post mortem ha sido una de las variables del género del retrato y ha tenido una importancia significativa en la historia del arte. La muerte es un momento al cual las diferentes sociedades han dotado de gran importancia y se ha hecho merecedora de múltiples formas simbólicas de representación», dice la encargada de la colección, que recuerda en este punto las mascarillas funerarias de los romanos o la fotografía de difuntos realizada en la Inglaterra victoriana.

Puede sorprender que la colección de monjas coronadas se exponga en el Banco de la República en la misma sala que la obra de Marina Abramović. Esto responde a uno de los principios de la exhibición: «mezclar pinturas de corte histórico con manifestaciones de arte contemporáneo. Consideramos que la historia de las imágenes es anacrónica y atemporal y queríamos poner en diálogo varias obras».  

La muerte es un momento al cual las diferentes sociedades han dotado de gran importancia y se ha hecho merecedora de múltiples formas simbólicas de representación

Así, como contrapunto a las monjas coronadas muertas, eligieron la obra La Cocina I, Homenaje a Santa Teresa, una fotografía de gran formato que muestra a Marina Abramović volando sobre una cocina representando las experiencias místicas de Santa Teresa de Ávila, principal modelo de la vida conventual femenina. «Toda monja virreinal con seguridad leyó, medito e intentó imitar la vida de Santa Teresa. La obra de Abramovich nos indica que el arte retoma temáticas y según la época los reconfigura desde sus propios parámetros culturales».

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Estos retratos de monjas fallecidas no son los únicos que hablan de dolor y muerte en la mencionada exposición de arte colombiano en Madrid. En su bloque Anatomía y Botánica encontramos más alusiones a la forma cruda y sin adornos de hablar de los temas que más dolor infunden al ser humano. Desde el cuerpo mortal representado en las monjas o la Cabeza de San Juan de Débora Arango hasta el cuerpo del deseo latente en las fotos del XIX o en las anatomías homosexuales de Luis Caballero. También en este bloque aparecen sin velo las metáforas de la violencia y anatomías tullidas de artistas como Alejandro Obregón o Doris Salcedo.

«El  dolor y la muerte han sido temáticas que siempre han interesado a los artistas de todas las épocas y latitudes, sin embargo no podemos excluir que Colombia es un país que ha soportado muchos tipos de violencia durante un largo periodo y esto ha hecho que nuestros artistas retomen una y otra vez estas temáticas», reflexiona Sigrith Castañeda. «Cada época y artista tiene una forma particular de abstraer lo que interesa». La experta destaca aquellas artes creativas que, al abundar sobre estos temas, han «construido un nuevo relato» cuyo efecto llega a ser terapéutico, ayudando a procesar el duelo o el trauma.

La exposición en la Sala Alcalá 31 se completa con los ejes Guía de viajes y Ciudades invisibles. Las tres agrupaciones temáticas pretenden constreñir lo inabarcable: las dispares manifestaciones artísticas del país colombiano, que si algo tienen en común es la perspectiva de la lucha, del continuo salir de un lugar hacia otro mejor. Como comenta la comisaria Estrella de Diego en un inspirador artículo sobre la muestra, «las obras proponen una imagen viva y poderosa de ese arte colombiano que habla también de la capacidad del país para superar las dificultades; para seguir adelante pese a todo; para levantarse desde los derrumbes, recorriendo la ruta sin rendirse, aunque como ocurre con el Magdalena o el Paso del Quindío no sea siempre la ruta más fácil ni más previsible».

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Sus rostros descansan en horizontal, con tonos mortecinos en absoluto disimulados, tocados por sendas coronas de flores. Un espectador despistado podría pensar, desde lejos, que ha habido un error al colgar los cuadros, que lo correcto es girarlos noventa grados.

¿Qué hay detrás de esas inquietantes imágenes? ¿Quién encargaba esos cuadros, por qué no se retrataba a las religiosas con vida para recordar cómo habían sido?

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Sigrith Castañeda, una de las curadoras del equipo de investigación y curaduría de la colección del Banco de la República de Colombia, de donde proceden las imágenes, arroja algo de luz sobre estos interrogantes. Según ella, estas obras plasman «uno de los momentos más solemnes que se vivían y siguen viviéndose en la actualidad en los conventos femeninos: la muerte, considerada como el encuentro definitivo con Jesús». Ese es el motivo de celebración que justifica que sus cuerpos se adornen «con corona, palma florida y los hábitos característicos de cada una de sus órdenes».

«Con los grandes índices de mortandad y el peso de la doctrina católica durante los siglos virreinales en América, la muerte estuvo presente y era tan cercana a todos que la sociedad aprendió a convivir con ella», ilustra Castañeda. Estas pinturas las solicitaban los propios conventos como una forma de «perpetuar en la memoria las vidas de estas mujeres virtuosas». 

Con los grandes índices de mortandad y el peso de la doctrina católica durante los siglos virreinales en América, la muerte estuvo presente y era tan cercana a todos que la sociedad aprendió a convivir con ella

Imagine pues el lector a ese pintor llamado para capturar el gesto de estas personas justo en el momento en el que abandonaban este mundo. A ese artista que invadía la intimidad de la orden religiosa con el objetivo de que su obra sirviera de inspiración a las novicias. «En Colombia, la práctica de retratar a monjas coronadas parece ser exclusiva del momento de su muerte». No hay, pues, retratos de monjas coronadas en vida. Ninguna religiosa pudo contemplarse con ese florido tocado. «Los retratos son particularmente realistas. Lejos de pretender idealizar al personaje, se procuraba perpetuar su recuerdo más terrenal. En estos retratos se advierte un claro interés de los pintores por resaltar los rasgos físicos particulares de las fallecidas pues incorporan incluso detalles como el bozo, las verrugas y las arrugas», describe minuciosamente Sigrith Castañeda.

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La media docena de retratos de monjas difuntas que se encuentran en la exposición Campo a través. Arte colombiano en la Colección del Banco de la República (hasta el 22 de abril en la Sala Alcalá 31, C/Alcalá 31, Madrid) conviviendo con otras obras de muchas épocas y estilos diferentes son solo una pequeña muestra de casi medio centenar que atesora el Banco de la República y que componen la colección más importante de monjas coronadas de toda Hispanoamérica. 

Los que visitan la exposición en Madrid esperan encontrar, sobre todo, arte contemporáneo. Pero muchos de ellos quedan atrapados en la visión de estos retratos post mortem, que les interceptan en la primera sala.

La comisaria de la exposición, Estrella de Diego, lo considera una gran aportación de Colombia a la tradición virreinal, además de «un documento extraordinario, en América igual que en Europa, para el mejor conocimiento de la vida conventual femenina, a menudo espacios sociales privilegiados, el único lugar donde las mujeres cultas podían desarrollar algo semejante a una vida intelectual y de reflexión».  

Lejos de pretender idealizar al personaje, se procuraba perpetuar su recuerdo más terrenal

Esta iconografía de monjas muertas, «de gran realismo a la hora de representar el gesto cadavérico», está sobre todo presente en la tradición colombiana. La mayor parte de los cuadros han sido realizados en el siglo XVIII o a principios del XIX. Las casi cincuenta que atesora el Banco de la República proceden de los conventos virreinales de las concepcionistas, clarisas, dominicas y carmelitas descalzas.

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Crear arte a partir de la muerte

Las formas de penitencia y martirio están muy presentes en el arte Barroco, donde con frecuencia aparecen santos martirizados. También en otras culturas y épocas. «Desde la antigüedad, el retrato post mortem ha sido una de las variables del género del retrato y ha tenido una importancia significativa en la historia del arte. La muerte es un momento al cual las diferentes sociedades han dotado de gran importancia y se ha hecho merecedora de múltiples formas simbólicas de representación», dice la encargada de la colección, que recuerda en este punto las mascarillas funerarias de los romanos o la fotografía de difuntos realizada en la Inglaterra victoriana.

Puede sorprender que la colección de monjas coronadas se exponga en el Banco de la República en la misma sala que la obra de Marina Abramović. Esto responde a uno de los principios de la exhibición: «mezclar pinturas de corte histórico con manifestaciones de arte contemporáneo. Consideramos que la historia de las imágenes es anacrónica y atemporal y queríamos poner en diálogo varias obras».  

La muerte es un momento al cual las diferentes sociedades han dotado de gran importancia y se ha hecho merecedora de múltiples formas simbólicas de representación

Así, como contrapunto a las monjas coronadas muertas, eligieron la obra La Cocina I, Homenaje a Santa Teresa, una fotografía de gran formato que muestra a Marina Abramović volando sobre una cocina representando las experiencias místicas de Santa Teresa de Ávila, principal modelo de la vida conventual femenina. «Toda monja virreinal con seguridad leyó, medito e intentó imitar la vida de Santa Teresa. La obra de Abramovich nos indica que el arte retoma temáticas y según la época los reconfigura desde sus propios parámetros culturales».

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Estos retratos de monjas fallecidas no son los únicos que hablan de dolor y muerte en la mencionada exposición de arte colombiano en Madrid. En su bloque Anatomía y Botánica encontramos más alusiones a la forma cruda y sin adornos de hablar de los temas que más dolor infunden al ser humano. Desde el cuerpo mortal representado en las monjas o la Cabeza de San Juan de Débora Arango hasta el cuerpo del deseo latente en las fotos del XIX o en las anatomías homosexuales de Luis Caballero. También en este bloque aparecen sin velo las metáforas de la violencia y anatomías tullidas de artistas como Alejandro Obregón o Doris Salcedo.

«El  dolor y la muerte han sido temáticas que siempre han interesado a los artistas de todas las épocas y latitudes, sin embargo no podemos excluir que Colombia es un país que ha soportado muchos tipos de violencia durante un largo periodo y esto ha hecho que nuestros artistas retomen una y otra vez estas temáticas», reflexiona Sigrith Castañeda. «Cada época y artista tiene una forma particular de abstraer lo que interesa». La experta destaca aquellas artes creativas que, al abundar sobre estos temas, han «construido un nuevo relato» cuyo efecto llega a ser terapéutico, ayudando a procesar el duelo o el trauma.

La exposición en la Sala Alcalá 31 se completa con los ejes Guía de viajes y Ciudades invisibles. Las tres agrupaciones temáticas pretenden constreñir lo inabarcable: las dispares manifestaciones artísticas del país colombiano, que si algo tienen en común es la perspectiva de la lucha, del continuo salir de un lugar hacia otro mejor. Como comenta la comisaria Estrella de Diego en un inspirador artículo sobre la muestra, «las obras proponen una imagen viva y poderosa de ese arte colombiano que habla también de la capacidad del país para superar las dificultades; para seguir adelante pese a todo; para levantarse desde los derrumbes, recorriendo la ruta sin rendirse, aunque como ocurre con el Magdalena o el Paso del Quindío no sea siempre la ruta más fácil ni más previsible».

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Opiniones 3
  • No olviden mencionar los autores de dichas obras. Uno de los pintores de las monjas fué, mi tio-abuelo, (en su época) Victorino Garcia del Campo hijo del pintor de la Expedicion Botanica Pablo Antonio Garcia del Campo. En Lima, el pintor de Santa Rosa de Lima, (cuando murió) fue el pintor Amenodoro que vivió y trabajó en Bogotá. Gracias mil por el artículo.

  • En los siglos en que se hicieron los retratos de las monjas muertas, la vanidad era el pecado mayor de las mujeres. Sus vestimentas eran una verdadera armadura que escondía sus cuerpos y sus protuberancias, y un retrato invitaba a solazarse con su belleza física. Cuando morían, es decir, después de abandonar el mundo y sus vanidades, y alcanzaban la existencia espiritual, se permitía el retrato pues estaban a salvo de la vanidad. Eran representadas de la manera más fiel posible, engalanadas con los mejores símbolos de belleza y pureza (flores), y con los rictus de un cadáver que impedían desear estar en ese estado.

  • ¡Qué aportaciones tan interesantes, Emilio y Leonor! Muchas gracias por la información. Es bella la idea de aprovechar el momento de su muerte para engalanarlas porque quedaba claro que ya no podían desear ese estado.

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