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SON Estrella Galicia

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10 de diciembre 2018    /   BRANDED CONTENT
Fotos  Óscar Romero

Esta es la cara de un músico antes y después de un concierto

10 de diciembre 2018    /   BRANDED CONTENT            Fotos  Óscar Romero
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Un concierto es un proceso de transformación que afecta de manera diferente a cada grupo. Es más que música. Es una experiencia. En esa metamorfosis, en esos conciertos huracanados, los músicos se dejan sobre las tablas las reservas físicas, unos cuantos gajos de equipaje emocional y casi la totalidad de los nervios con los que ascienden por las escaleras de cada escenario. Y en el caso de Marcel Bagès, guitarra de María Arnal, la transformación incluyó una cabeza rapada para celebrar el fin de gira del deslumbrante 45 cerebros y un corazón.

Los artistas que forman parte del cartel de Monkey Week SON Estrella Galicia se toman aún más a pecho esa llamada a filas porque el festival es una especie de semana fantástica. Sería raro que haciendo unos showcases sobresalientes, los grupos no saliesen de la cita sevillana con unas cuantas contrataciones en la carpeta.

Hablando en plata, el Monkey Week es un festival del que salen los grupos que serán el espejo en el que mirarse en muy poco tiempo. Esa acertada selección ha hecho que el festival sea el ecosistema perfecto para programadores de festivales, promotores, periodistas y otros bichos de los que hormiguean por la industria de la música.

Pedimos a algunas de las bandas más sugerentes de Monkey Week SON Estrella Galicia que nos dejaran colarnos en su intimidad para ver cómo preparan sus conciertos, cómo se encuentran justo antes de subir al escenario y lo que se dejan sobre la tarima antes de bajar y liberar el resto de la poca adrenalina que les queda.

Mujeres

Pol Rodellar es bajista de Mujeres, explica que le gusta «la forma en que los anglosajones llaman al directo: vivo. Nuestro directo es como vivir una vida entera, como si mudáramos una piel. Siento que cada vez es una oportunidad y debe ser aprovechada como el regalo que es».

Por eso, el trío barcelonés de garage no tendría sentido sin la intensidad, el sudor, la honestidad y los pepinazos que han ido destilando durante los 10 años que llevan girando. Y sin los vídeos grabados con el móvil, las portadas y carteles DIY y una filosofía underground que bendita sea.

Su último disco, Un sentimiento importante, es la explicación razonable a lo más puro que genera una banda que está en la música por los motivos correctos. Es una exaltación de la amistad y los lazos que unen las trayectorias de Yago, Pol y Tito.

Sin embargo, para Mujeres hay algo por encima de la hermandad. «Hacer algo y sentir que eso llega a la gente y la transforma es mágico y resulta difícil de explicar. En la música, es especialmente salvaje puesto que es algo muy abstracto, un simple sonido. La comunión en la banda existe, pero lo importante es el traslado al otro lado».

«La música genera ese espacio en el que la barrera se derrumba. Por lo menos, así la entendemos nosotros. Cuanto más cerca está la gente, mejor lo percibimos. Y la verdad es que últimamente parece estar cada vez más cerca y nos movemos todos a la vez, sudamos a la vez y gritamos y cantamos a la vez. Ese mazazo parece que se extiende como una plaga. Solo podemos decir gracias una y otra vez», cuenta Rodellar.

La exigencia titánica de un público que va a Mujeres como el que va a la trinchera requiere de una adecuada preparación previa a la descarga. Pol Rodellar explica que son personas profundamente aburridas. Es difícil de creer. Pero tras tomarse una cerveza, se meten en faena. «No hacemos ninguna cosa rara, ni abrazos ni flexiones ni nada; aunque ahora que lo pienso, muchas veces cagamos antes de subir a rockear. No hay nada peor que subirse a un escenario y estar cagándote. Eso te rompe el concierto».

Porque una de las máximas para tener éxito en la vida, amigos, es mantener un adecuado mantenimiento del tracto intestinal. Intestino limpio antes, glándulas sudoríparas saturadas después.

Perro

El lema de Raffaella Carrà de «para hacer bien el amor hay que venir al sur» tiene un corolario. Algo así como que «para hacer rock con amor hay que ir al sudeste». Murcia, que lleva años en plena efervescencia indie, es la patria de Perro y el ejemplo de lo que decimos.

Habituales de los Espacios SON, Perro llegaban al Monkey con esa actitud de consagración del roce. «Nos gusta estar juntos todo el rato los días de concierto. Es importante haber estado diciendo tonterías todo el día antes de tocar». Quien conozca las letras y el imaginario de los murcianos, sabe bien que la afirmación es cierta. «Luego solemos abrazarnos, decirnos cuatro cosas bien dichas a la cara y ¡a tocar!».

Foto de Javier Rosa, fotógrafo de Monkey Week.

Los conciertos de Perro contienen un extra de músculo proporcionado por sus dos baterías. Desde dentro, sigue siendo el mismo proceso físico y mental que era cuando, en lugar de para 2.000 personas, tocaban para 20.

«Todo sigue igual: nervios, energía, no querer tocar a las 3 de la madrugada… Esas cosas. Bueno, ahora está Martínez (Adrián, de Movidas Ardilla) entre los telones mirándonos y apuntando en una lista cada uno de los errores para luego descontarlo de los miles y miles de euros que ganamos», explica la banda.

Al final, y a pesar de los viajes sobre la multitud, los cambios de instrumento y la descarga de sarcasmo, Perro salió del Escenario SON Estrella Galicia del Teatro Alameda con el tipo intacto y un aspecto presentable como para ir a una boda.

«Se queda un poco de energía, nos desfogamos bien, pero seguimos siendo jóvenes, ¿no? Intentamos ser iguales fuera y dentro del escenario, pero siempre se viene uno un poco arriba. En el escenario, Aaron no está siempre pegado al móvil, Fran no lleva gafas, Adrián se deja la mano en carne viva y a Guillermo no le da nada vergüenza». Algo así como la common people de la bendita Murcia.

Derby Motoreta’s Burrito Kachimba

El festival Monkey Week SON Estrella Galicia no fue nunca un festival al uso. Ya en su origen, hace justo 10 años, la idea pasaba por invadir una ciudad como el Puerto de Santa María y llenarla de rock con pocas concesiones a la comercialidad pura. El Monkey era otra cosa: un ejercicio de prospección cultural aplicada y llevada a la práctica.

El ejemplo perfecto es el hallazgo de los Motoreta’s. Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, ese es el nombre completo del grupo, no son aún estrellas del rock pero lo van a ser muy pronto. O mejor dicho: Derby Motoreta’s Burrito Kachimba han sido siempre estrellas del rock y en los próximos meses se van a convertir en una arrolladora sensación de alcance nacional.

Visten, tocan y se comportan como estrellas del rock y su propuesta, un sonido al que ellos llaman «kinkidelia», viene a ser algo así como si Jim Morrison no hubiera tenido una mala noche en París en 1971, hubiera conocido a Triana o a Smash y hubiera echado raíces en la sevillana Alameda de Hércules. O algo así, pero con más pulmón.

Dicen que tienen rituales sencillos, que pasan, entre otras cosas, por cuidar el vestuario para expeler rockerío por los cuatro costados. «De momento, son simples. Pero iremos metiendo otras cosas como patas de cabra, dibujos de pentáculos y cosas así», cuenta el guitarra riendo.

Hay elementos que ayudan a que sea el público el que entre en trance, como una hemorragia de energía imparable y, qué diablos, el pie de micro acoplado en el manillar de una Motoretta (que no era de Derby sino de GAC y, además, pesaba como un demonio).

Como explica Tera Bada, uno de los guitarristas de la banda, Monkey Week es una bendición «porque acabas conociendo a todo el mundo. Terminas haciéndote amigo de los músicos de todas las bandas y, además, tienes muchas cosas en común con todos ellos; también con promotores, y ni siquiera es que hagas contactos, haces amistades».

Dice el guitarrista que son los ojos los que cuentan el pulso de un festival. «Estuve hace poco tocando en Colombia y en aquel festival iba todo el mundo a lo suyo. Nadie cruzaba la mirada». Un verdadero problema para el expansivo carácter sevillano.

Tera Bada dice que la actuación es una catarsis total y, en el caso de los Motoreta’s, es casi un ritual chamánico. Por eso estallan los rostros de felicidad incontenida. «Pasamos por la Alameda todos los días y el hecho de estar sobre las tablas con todo lleno de gente flipando con nosotros es acojonante».

El efecto Monkey Week brota por sí solo. Bandas y solistas afrontan sus actuaciones en un estado de tensión, predisposición y concentración máximos. La cosa va de actuar y epatar; de tirar la puerta abajo de una patada para dejar claro que tu banda pasa de la cantera al primer equipo. Los Motoreta’s están para la Champions League de la psicodelia.

Los Jaguares de la Bahía

Los Jaguares de la Bahía destilan la tranquilidad del que se las sabe todas. Llevan, como quien dice, toda la vida en esto. Los miembros del grupo –Paco Loco, Pablo Errea, Jesús Cabral y Patricio Espejo– tienen un currículo de exgrupos y grupos paralelos tan extenso que tendrías que pillarte vacaciones para poder leerlo entero.

Por eso «no tenemos rituales. Salimos y tocamos», dice Paco Loco. Bueno, y reparten tranquilidad, risas y sabiduría antes de cada bolo. No hay impostura. No hay pose. No se toman demasiado en serio ni se pasan de intensitos.

A partir de ahí, la edad –que tampoco es tanta– es solo un número. Paco Loco hace lo posible por honrar a su otorgado apellido y los 45 minutos de set pasan como un suspiro. O como un tornado, porque Los Jaguares no dejan ni una caloría en la reserva.

Dice Paco Loco que, cuando están sobre el escenario, se olvidan de las canciones. A eso ayuda que son obsesivos con los ensayos y que se quedan grabadas a fuego. Es entonces cuando pueden concentrarse en salir a divertirse y a que el público comparta la experiencia. «Somos un grupo cuyos miembros no tienen 20 años y eso lo hacemos porque realmente nos gusta».

Sobre las tablas se nota, además, que la de Monkey Week SON Estrella Galicia no es una fecha al uso. La banda es, al igual que el origen del festival, del Puerto de Santa María y han visto cómo el Monkey se desarrollaba casi desde la nada. «Es un festival en el que todo el mundo es igual. No hay zona VIP ni backstage y el público tiene lo mismo que los artistas. Es un festival muy del pueblo». Y como es del pueblo, el festival pa quien lo trabaja.

Pony Bravo

La evolución de Pony Bravo ha sido lenta pero constante desde 2006, el año en el que editaron su primer disco Si bajo de espalda, no me da miedo. Son deudores del sonido de su ciudad e hijos del legado cultural sevillano. Por eso, las sensaciones antes del concierto de en el escenario SON Estrella Galicia del Teatro Alameda eran algo más rígidas de lo habitual.

Pony Bravo jugaba en casa y eso siempre es bueno. Y malo. Porque obliga a protocolos y rituales previos diferentes a los de otros conciertos. Las familias zanganeando, los colegas del barrio entre el público y la constante sensación de que Sevilla es el único escenario en el que duele el doble fallar.

No fue así. Primero, porque es un asunto casi inédito el de ver a Pony Bravo fallar. Y segundo, porque el público que abarrotó el Teatro Alameda estuvo entregado desde el comienzo. Venían con el calentamiento hecho tras conciertos como el de Jonny Kaplan en El Ambigú de SON Estrella Galicia, un pequeño y cercano escenario a la entrada del Alameda que permite sentir el rock a centímetros.

Lo que ocurrió fue que la inclasificable banda sevillana se comportó como lo que era: cabeza de cartel. Y cuando todo pasó, la tensión dejó paso a la liberación del gesto, a la pausa en las pulsaciones. A las luces apagadas en el escenario y las cervezas entre risas y colegas en el camerino de la planta alta del Teatro Alameda.

No importa que no hayas leído un libro en tu vida. Las caras de los cinco bravos explican la historia por sí mismas. La satisfacción era palpable. Y creednos, no sabemos sus caras de memoria porque Pony Bravo son habituales en la Salas SON Estrella Galicia.

Vulk

El Monkey es una ensalada de conciertos múltiples –muchas bandas ofrecen más de un bolo–, intensos –el set habitual es de 45 minutos– y complicados –los montajes y pruebas de sonido se acortan al máximo y no es extraño tener que lidiar con unas condiciones no adecuadas al 100%–.

A Vulk le pasó todo eso. Más de un concierto, suspensión por lluvia, reprogramación de su segunda cita, intensidad, rapidez y condiciones que no siempre eran las mejores. Daba igual. La propuesta de Vulk es un desafío y hasta un acto político. La banda de Bilbao maneja poses y estética sin artificios. Dejan atrás la cacharrería e inmediatez del punk para elaborar estructuras y melodías que huyen de la indolencia intelectual.

Son exigentes con el oyente y asumen que no es idiota, algo que habla mucho y bien de la inteligencia de la banda. A cambio, ofrecen un regimen de trabajo casi estajanovista, una entrega a su propia causa total y un desafío físico que amenaza peligro y que contrasta con el afable carácter que muestran fuera de los focos.

Si la vida fuera justa, Vulk sería un fenómeno de masas. Como su pospunk no cede un atisbo a lo comercial, su alcance no será el de los grandes recintos –ojalá nos equivoquemos–.

A cambio, al espectador le queda la satisfacción de que la banda le da todo lo que tiene, de que además no se lo ha puesto fácil y, qué diablos, de que la realización llega a través del esfuerzo. Vulk son capaces de amenazar con la estética de un escuadrón de paramilitares chechenos. En otras ocasiones, hacen un repaso a todo el catálogo visual ochentero que la tele nos dejó fijado en la mente. Tanto en un caso como en el otro, lo que va por dentro es una integridad inquebrantable.


Todas las fotos son de Óscar Romero, salvo la acreditada como de Javier Rosa.

Un concierto es un proceso de transformación que afecta de manera diferente a cada grupo. Es más que música. Es una experiencia. En esa metamorfosis, en esos conciertos huracanados, los músicos se dejan sobre las tablas las reservas físicas, unos cuantos gajos de equipaje emocional y casi la totalidad de los nervios con los que ascienden por las escaleras de cada escenario. Y en el caso de Marcel Bagès, guitarra de María Arnal, la transformación incluyó una cabeza rapada para celebrar el fin de gira del deslumbrante 45 cerebros y un corazón.

Los artistas que forman parte del cartel de Monkey Week SON Estrella Galicia se toman aún más a pecho esa llamada a filas porque el festival es una especie de semana fantástica. Sería raro que haciendo unos showcases sobresalientes, los grupos no saliesen de la cita sevillana con unas cuantas contrataciones en la carpeta.

Hablando en plata, el Monkey Week es un festival del que salen los grupos que serán el espejo en el que mirarse en muy poco tiempo. Esa acertada selección ha hecho que el festival sea el ecosistema perfecto para programadores de festivales, promotores, periodistas y otros bichos de los que hormiguean por la industria de la música.

Pedimos a algunas de las bandas más sugerentes de Monkey Week SON Estrella Galicia que nos dejaran colarnos en su intimidad para ver cómo preparan sus conciertos, cómo se encuentran justo antes de subir al escenario y lo que se dejan sobre la tarima antes de bajar y liberar el resto de la poca adrenalina que les queda.

Mujeres

Pol Rodellar es bajista de Mujeres, explica que le gusta «la forma en que los anglosajones llaman al directo: vivo. Nuestro directo es como vivir una vida entera, como si mudáramos una piel. Siento que cada vez es una oportunidad y debe ser aprovechada como el regalo que es».

Por eso, el trío barcelonés de garage no tendría sentido sin la intensidad, el sudor, la honestidad y los pepinazos que han ido destilando durante los 10 años que llevan girando. Y sin los vídeos grabados con el móvil, las portadas y carteles DIY y una filosofía underground que bendita sea.

Su último disco, Un sentimiento importante, es la explicación razonable a lo más puro que genera una banda que está en la música por los motivos correctos. Es una exaltación de la amistad y los lazos que unen las trayectorias de Yago, Pol y Tito.

Sin embargo, para Mujeres hay algo por encima de la hermandad. «Hacer algo y sentir que eso llega a la gente y la transforma es mágico y resulta difícil de explicar. En la música, es especialmente salvaje puesto que es algo muy abstracto, un simple sonido. La comunión en la banda existe, pero lo importante es el traslado al otro lado».

«La música genera ese espacio en el que la barrera se derrumba. Por lo menos, así la entendemos nosotros. Cuanto más cerca está la gente, mejor lo percibimos. Y la verdad es que últimamente parece estar cada vez más cerca y nos movemos todos a la vez, sudamos a la vez y gritamos y cantamos a la vez. Ese mazazo parece que se extiende como una plaga. Solo podemos decir gracias una y otra vez», cuenta Rodellar.

La exigencia titánica de un público que va a Mujeres como el que va a la trinchera requiere de una adecuada preparación previa a la descarga. Pol Rodellar explica que son personas profundamente aburridas. Es difícil de creer. Pero tras tomarse una cerveza, se meten en faena. «No hacemos ninguna cosa rara, ni abrazos ni flexiones ni nada; aunque ahora que lo pienso, muchas veces cagamos antes de subir a rockear. No hay nada peor que subirse a un escenario y estar cagándote. Eso te rompe el concierto».

Porque una de las máximas para tener éxito en la vida, amigos, es mantener un adecuado mantenimiento del tracto intestinal. Intestino limpio antes, glándulas sudoríparas saturadas después.

Perro

El lema de Raffaella Carrà de «para hacer bien el amor hay que venir al sur» tiene un corolario. Algo así como que «para hacer rock con amor hay que ir al sudeste». Murcia, que lleva años en plena efervescencia indie, es la patria de Perro y el ejemplo de lo que decimos.

Habituales de los Espacios SON, Perro llegaban al Monkey con esa actitud de consagración del roce. «Nos gusta estar juntos todo el rato los días de concierto. Es importante haber estado diciendo tonterías todo el día antes de tocar». Quien conozca las letras y el imaginario de los murcianos, sabe bien que la afirmación es cierta. «Luego solemos abrazarnos, decirnos cuatro cosas bien dichas a la cara y ¡a tocar!».

Foto de Javier Rosa, fotógrafo de Monkey Week.

Los conciertos de Perro contienen un extra de músculo proporcionado por sus dos baterías. Desde dentro, sigue siendo el mismo proceso físico y mental que era cuando, en lugar de para 2.000 personas, tocaban para 20.

«Todo sigue igual: nervios, energía, no querer tocar a las 3 de la madrugada… Esas cosas. Bueno, ahora está Martínez (Adrián, de Movidas Ardilla) entre los telones mirándonos y apuntando en una lista cada uno de los errores para luego descontarlo de los miles y miles de euros que ganamos», explica la banda.

Al final, y a pesar de los viajes sobre la multitud, los cambios de instrumento y la descarga de sarcasmo, Perro salió del Escenario SON Estrella Galicia del Teatro Alameda con el tipo intacto y un aspecto presentable como para ir a una boda.

«Se queda un poco de energía, nos desfogamos bien, pero seguimos siendo jóvenes, ¿no? Intentamos ser iguales fuera y dentro del escenario, pero siempre se viene uno un poco arriba. En el escenario, Aaron no está siempre pegado al móvil, Fran no lleva gafas, Adrián se deja la mano en carne viva y a Guillermo no le da nada vergüenza». Algo así como la common people de la bendita Murcia.

Derby Motoreta’s Burrito Kachimba

El festival Monkey Week SON Estrella Galicia no fue nunca un festival al uso. Ya en su origen, hace justo 10 años, la idea pasaba por invadir una ciudad como el Puerto de Santa María y llenarla de rock con pocas concesiones a la comercialidad pura. El Monkey era otra cosa: un ejercicio de prospección cultural aplicada y llevada a la práctica.

El ejemplo perfecto es el hallazgo de los Motoreta’s. Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, ese es el nombre completo del grupo, no son aún estrellas del rock pero lo van a ser muy pronto. O mejor dicho: Derby Motoreta’s Burrito Kachimba han sido siempre estrellas del rock y en los próximos meses se van a convertir en una arrolladora sensación de alcance nacional.

Visten, tocan y se comportan como estrellas del rock y su propuesta, un sonido al que ellos llaman «kinkidelia», viene a ser algo así como si Jim Morrison no hubiera tenido una mala noche en París en 1971, hubiera conocido a Triana o a Smash y hubiera echado raíces en la sevillana Alameda de Hércules. O algo así, pero con más pulmón.

Dicen que tienen rituales sencillos, que pasan, entre otras cosas, por cuidar el vestuario para expeler rockerío por los cuatro costados. «De momento, son simples. Pero iremos metiendo otras cosas como patas de cabra, dibujos de pentáculos y cosas así», cuenta el guitarra riendo.

Hay elementos que ayudan a que sea el público el que entre en trance, como una hemorragia de energía imparable y, qué diablos, el pie de micro acoplado en el manillar de una Motoretta (que no era de Derby sino de GAC y, además, pesaba como un demonio).

Como explica Tera Bada, uno de los guitarristas de la banda, Monkey Week es una bendición «porque acabas conociendo a todo el mundo. Terminas haciéndote amigo de los músicos de todas las bandas y, además, tienes muchas cosas en común con todos ellos; también con promotores, y ni siquiera es que hagas contactos, haces amistades».

Dice el guitarrista que son los ojos los que cuentan el pulso de un festival. «Estuve hace poco tocando en Colombia y en aquel festival iba todo el mundo a lo suyo. Nadie cruzaba la mirada». Un verdadero problema para el expansivo carácter sevillano.

Tera Bada dice que la actuación es una catarsis total y, en el caso de los Motoreta’s, es casi un ritual chamánico. Por eso estallan los rostros de felicidad incontenida. «Pasamos por la Alameda todos los días y el hecho de estar sobre las tablas con todo lleno de gente flipando con nosotros es acojonante».

El efecto Monkey Week brota por sí solo. Bandas y solistas afrontan sus actuaciones en un estado de tensión, predisposición y concentración máximos. La cosa va de actuar y epatar; de tirar la puerta abajo de una patada para dejar claro que tu banda pasa de la cantera al primer equipo. Los Motoreta’s están para la Champions League de la psicodelia.

Los Jaguares de la Bahía

Los Jaguares de la Bahía destilan la tranquilidad del que se las sabe todas. Llevan, como quien dice, toda la vida en esto. Los miembros del grupo –Paco Loco, Pablo Errea, Jesús Cabral y Patricio Espejo– tienen un currículo de exgrupos y grupos paralelos tan extenso que tendrías que pillarte vacaciones para poder leerlo entero.

Por eso «no tenemos rituales. Salimos y tocamos», dice Paco Loco. Bueno, y reparten tranquilidad, risas y sabiduría antes de cada bolo. No hay impostura. No hay pose. No se toman demasiado en serio ni se pasan de intensitos.

A partir de ahí, la edad –que tampoco es tanta– es solo un número. Paco Loco hace lo posible por honrar a su otorgado apellido y los 45 minutos de set pasan como un suspiro. O como un tornado, porque Los Jaguares no dejan ni una caloría en la reserva.

Dice Paco Loco que, cuando están sobre el escenario, se olvidan de las canciones. A eso ayuda que son obsesivos con los ensayos y que se quedan grabadas a fuego. Es entonces cuando pueden concentrarse en salir a divertirse y a que el público comparta la experiencia. «Somos un grupo cuyos miembros no tienen 20 años y eso lo hacemos porque realmente nos gusta».

Sobre las tablas se nota, además, que la de Monkey Week SON Estrella Galicia no es una fecha al uso. La banda es, al igual que el origen del festival, del Puerto de Santa María y han visto cómo el Monkey se desarrollaba casi desde la nada. «Es un festival en el que todo el mundo es igual. No hay zona VIP ni backstage y el público tiene lo mismo que los artistas. Es un festival muy del pueblo». Y como es del pueblo, el festival pa quien lo trabaja.

Pony Bravo

La evolución de Pony Bravo ha sido lenta pero constante desde 2006, el año en el que editaron su primer disco Si bajo de espalda, no me da miedo. Son deudores del sonido de su ciudad e hijos del legado cultural sevillano. Por eso, las sensaciones antes del concierto de en el escenario SON Estrella Galicia del Teatro Alameda eran algo más rígidas de lo habitual.

Pony Bravo jugaba en casa y eso siempre es bueno. Y malo. Porque obliga a protocolos y rituales previos diferentes a los de otros conciertos. Las familias zanganeando, los colegas del barrio entre el público y la constante sensación de que Sevilla es el único escenario en el que duele el doble fallar.

No fue así. Primero, porque es un asunto casi inédito el de ver a Pony Bravo fallar. Y segundo, porque el público que abarrotó el Teatro Alameda estuvo entregado desde el comienzo. Venían con el calentamiento hecho tras conciertos como el de Jonny Kaplan en El Ambigú de SON Estrella Galicia, un pequeño y cercano escenario a la entrada del Alameda que permite sentir el rock a centímetros.

Lo que ocurrió fue que la inclasificable banda sevillana se comportó como lo que era: cabeza de cartel. Y cuando todo pasó, la tensión dejó paso a la liberación del gesto, a la pausa en las pulsaciones. A las luces apagadas en el escenario y las cervezas entre risas y colegas en el camerino de la planta alta del Teatro Alameda.

No importa que no hayas leído un libro en tu vida. Las caras de los cinco bravos explican la historia por sí mismas. La satisfacción era palpable. Y creednos, no sabemos sus caras de memoria porque Pony Bravo son habituales en la Salas SON Estrella Galicia.

Vulk

El Monkey es una ensalada de conciertos múltiples –muchas bandas ofrecen más de un bolo–, intensos –el set habitual es de 45 minutos– y complicados –los montajes y pruebas de sonido se acortan al máximo y no es extraño tener que lidiar con unas condiciones no adecuadas al 100%–.

A Vulk le pasó todo eso. Más de un concierto, suspensión por lluvia, reprogramación de su segunda cita, intensidad, rapidez y condiciones que no siempre eran las mejores. Daba igual. La propuesta de Vulk es un desafío y hasta un acto político. La banda de Bilbao maneja poses y estética sin artificios. Dejan atrás la cacharrería e inmediatez del punk para elaborar estructuras y melodías que huyen de la indolencia intelectual.

Son exigentes con el oyente y asumen que no es idiota, algo que habla mucho y bien de la inteligencia de la banda. A cambio, ofrecen un regimen de trabajo casi estajanovista, una entrega a su propia causa total y un desafío físico que amenaza peligro y que contrasta con el afable carácter que muestran fuera de los focos.

Si la vida fuera justa, Vulk sería un fenómeno de masas. Como su pospunk no cede un atisbo a lo comercial, su alcance no será el de los grandes recintos –ojalá nos equivoquemos–.

A cambio, al espectador le queda la satisfacción de que la banda le da todo lo que tiene, de que además no se lo ha puesto fácil y, qué diablos, de que la realización llega a través del esfuerzo. Vulk son capaces de amenazar con la estética de un escuadrón de paramilitares chechenos. En otras ocasiones, hacen un repaso a todo el catálogo visual ochentero que la tele nos dejó fijado en la mente. Tanto en un caso como en el otro, lo que va por dentro es una integridad inquebrantable.


Todas las fotos son de Óscar Romero, salvo la acreditada como de Javier Rosa.

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Opiniones 2
    • Mea culpa, Nuria. Lo cierto es que solicitamos permiso para hacer fotos a más de una decena de bandas y fueron estas seis las que dijeron «sí». Dicho lo cual: ojalá haya muuuuchas más bandas de mujeres en los carteles.

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