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9 de diciembre 2015    /   IDEAS
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Cómo Napoleón ha ayudado a crear el primer monociclo de bambú

9 de diciembre 2015    /   IDEAS     por          
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Si algo le gustaba a Napoleón eso era conquistar. Y para ello necesitaba que sus soldados estuvieran bien alimentados y en óptimas condiciones. Toda una hazaña a finales del siglo XVIII cuando mantener la comida fresca durante el tiempo que duraban las largas contiendas era algo bastante complicado.

Por eso Napoleón, que además de estratega era uno de esos tipos de «quiero una solución y la quiero ya, aunque haya que inventarla», lanzó un reto: 12.000 francos para quien creara un sistema de conservación de alimentos.

Gracias a este desafío vio la luz una solución en la que un confitero del norte de Francia había estado trabajando. Su nombre era Nicolás Appert, y ha pasado a la historia como el inventor de la conservación hermética de alimentos, aunque, curiosamente, nunca supo explicar por qué su proceso funcionaba. Tuvimos que esperar un poco más de 50 años a que llegara Pasteur para explicárnoslo.

Monsieur Appert presentó su solución al desafío de Bonaparte y se hizo con el premio. Gracias a esto, y a Napoleón quizá también, construyó una fábrica de envasado que supondría el comienzo de una industria, la de las conservas, que actualmente mueve millones en todo el mundo.

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Esta historia sirvió de inspiración a Jaime Arredondo para llevar a cabo su sueño de fabricar un monociclo de bambú y sentar las bases de una producción con materiales más sostenibles y duraderos.

«Llevo una década montando en monociclo, haciendo descenso por montaña, trial y trucos varios, y hace seis años descubrí las primeras bicicletas de montaña hechas de bambú. Tienen cuadros extremadamente robustos, ligeros, ecológicos y, además, bonitos», explica.

Desde entonces, este economista y emprendedor español afincado en Niza, intentó por diferentes vías construir su propio ejemplar y comercializarlo. Pero no fue fácil en absoluto.

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Tras varios contactos con diferentes constructores de bicicletas hechas con bambú, nadie estaba dispuesto a invertir en un sector con un público tan minoritario. «Como el mercado de monociclos es más bien pequeño, a nadie le interesó lo suficiente para hacerlo realidad».

Tampoco fue capaz de seducir a los grandes fabricantes de monociclos para que investigaran esta nueva vía de producción: «el desafío era tan complicado que muchos fabricantes de monociclo lo dejaron por imposible».

Y fue entonces, en el momento en que las negativas iban pudriendo su idea como los víveres en la época pre-Appert, cuando Napoleón conquistó su mente.

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«Me acordé de la historia de Napoleón y de sus conservas. Si Napoleón era capaz de sacar a la luz inventores desconocidos y lanzar nuevas industrias, igual yo podría hacer lo mismo para resolver mi problema del monociclo del bambú».

El reto era aterrizar esa estrategia del desafío a 2015.

Para ello crearon OSlantis, una plataforma de crowfunding «a la inversa», que además de dar soluciones a distintos problemas está basada en la filosofía de código abierto.

«En OSlantis, a diferencia de las plataformas de financiación colectiva habituales, en lugar de prevender un proyecto a una comunidad, es la comunidad quien lanza un desafío con el objetivo de dar solución a un problema».

De este modo se recauda un bote en financiación participativa y se lanza una campaña para hacer emerger ideas y soluciones. Una vez que una solución funciona  –y es compartida en código abierto para que cualquiera pueda estudiarla, modificarla o venderla– los creadores se llevan el bote.

Manos a la obra y la plataforma que democratiza los desafíos napoleónicos estaba lista.

«Una vez que teníamos la plataforma desarrollada, era la ocasión perfecta para buscar a alguien que pudiese hacernos los diseños de un monociclo de bambú en código libre. Organizamos la campaña de crowdfunding para reunir a la comunidad de monociclistas y 6 meses después hemos encontrado dos diseños ganadores», cuenta entusiasmado.

Los inventores que han ganado el desafío han sido David Scott, «un artesano de un pueblo remoto de Inglaterra» con un diseño para montaña, y David Moscoe, un canadiense diseñador de piezas de monociclo que ha producido una versión para hacer trial.   

Gracias a estos diseños, ahora cualquiera puede construirse su propio monociclo de bambú. Sin embargo, la idea que subyace es mucho más interesante. Al tratarse de prototipos compartidos bajo licencia de código abierto, una persona puede modificarlos, mejorarlos o usarlos como punto de partida para otro tipo de creación que, por ejemplo, aporte nuevas soluciones de movilidad.

Más allá de haber visto su sueño cumplido, esta experiencia ha servido para demostrar la efectividad de una plataforma como OSlantis, capaz de dar soluciones a problemas concretos.

«La experiencia me ha animado a ver que se pueden conseguir resolver problemas ambiciosos sin ser especialmente experto. Y tenemos la responsabilidad de resolver cuestiones más importantes y que sirvan a más gente. Uno de nuestros grandes objetivos es poder luchar contra la obsolescencia programada gracias a que los proyectos son de código abierto».

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Porque, como recuerda Jaime, «las ideas no son como las manzanas y el que identifica un problema, por muy complejo que sea, es igual de importante que el que sabe resolverlo».

Entre los proyectos que próximamente buscarán inventor se encuentran, por ejemplo, desde la creación de una medias irrompibles hasta encontrar una manera eficaz de comunicar sobre el SIDA en los suburbios más desfavorecidos de Sudáfrica o cómo hacer el acceso a la energía eléctrica más sencillo en las zonas más remotas del continente africano.

 

 

 

 

Si algo le gustaba a Napoleón eso era conquistar. Y para ello necesitaba que sus soldados estuvieran bien alimentados y en óptimas condiciones. Toda una hazaña a finales del siglo XVIII cuando mantener la comida fresca durante el tiempo que duraban las largas contiendas era algo bastante complicado.

Por eso Napoleón, que además de estratega era uno de esos tipos de «quiero una solución y la quiero ya, aunque haya que inventarla», lanzó un reto: 12.000 francos para quien creara un sistema de conservación de alimentos.

Gracias a este desafío vio la luz una solución en la que un confitero del norte de Francia había estado trabajando. Su nombre era Nicolás Appert, y ha pasado a la historia como el inventor de la conservación hermética de alimentos, aunque, curiosamente, nunca supo explicar por qué su proceso funcionaba. Tuvimos que esperar un poco más de 50 años a que llegara Pasteur para explicárnoslo.

Monsieur Appert presentó su solución al desafío de Bonaparte y se hizo con el premio. Gracias a esto, y a Napoleón quizá también, construyó una fábrica de envasado que supondría el comienzo de una industria, la de las conservas, que actualmente mueve millones en todo el mundo.

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Esta historia sirvió de inspiración a Jaime Arredondo para llevar a cabo su sueño de fabricar un monociclo de bambú y sentar las bases de una producción con materiales más sostenibles y duraderos.

«Llevo una década montando en monociclo, haciendo descenso por montaña, trial y trucos varios, y hace seis años descubrí las primeras bicicletas de montaña hechas de bambú. Tienen cuadros extremadamente robustos, ligeros, ecológicos y, además, bonitos», explica.

Desde entonces, este economista y emprendedor español afincado en Niza, intentó por diferentes vías construir su propio ejemplar y comercializarlo. Pero no fue fácil en absoluto.

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Tras varios contactos con diferentes constructores de bicicletas hechas con bambú, nadie estaba dispuesto a invertir en un sector con un público tan minoritario. «Como el mercado de monociclos es más bien pequeño, a nadie le interesó lo suficiente para hacerlo realidad».

Tampoco fue capaz de seducir a los grandes fabricantes de monociclos para que investigaran esta nueva vía de producción: «el desafío era tan complicado que muchos fabricantes de monociclo lo dejaron por imposible».

Y fue entonces, en el momento en que las negativas iban pudriendo su idea como los víveres en la época pre-Appert, cuando Napoleón conquistó su mente.

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«Me acordé de la historia de Napoleón y de sus conservas. Si Napoleón era capaz de sacar a la luz inventores desconocidos y lanzar nuevas industrias, igual yo podría hacer lo mismo para resolver mi problema del monociclo del bambú».

El reto era aterrizar esa estrategia del desafío a 2015.

Para ello crearon OSlantis, una plataforma de crowfunding «a la inversa», que además de dar soluciones a distintos problemas está basada en la filosofía de código abierto.

«En OSlantis, a diferencia de las plataformas de financiación colectiva habituales, en lugar de prevender un proyecto a una comunidad, es la comunidad quien lanza un desafío con el objetivo de dar solución a un problema».

De este modo se recauda un bote en financiación participativa y se lanza una campaña para hacer emerger ideas y soluciones. Una vez que una solución funciona  –y es compartida en código abierto para que cualquiera pueda estudiarla, modificarla o venderla– los creadores se llevan el bote.

Manos a la obra y la plataforma que democratiza los desafíos napoleónicos estaba lista.

«Una vez que teníamos la plataforma desarrollada, era la ocasión perfecta para buscar a alguien que pudiese hacernos los diseños de un monociclo de bambú en código libre. Organizamos la campaña de crowdfunding para reunir a la comunidad de monociclistas y 6 meses después hemos encontrado dos diseños ganadores», cuenta entusiasmado.

Los inventores que han ganado el desafío han sido David Scott, «un artesano de un pueblo remoto de Inglaterra» con un diseño para montaña, y David Moscoe, un canadiense diseñador de piezas de monociclo que ha producido una versión para hacer trial.   

Gracias a estos diseños, ahora cualquiera puede construirse su propio monociclo de bambú. Sin embargo, la idea que subyace es mucho más interesante. Al tratarse de prototipos compartidos bajo licencia de código abierto, una persona puede modificarlos, mejorarlos o usarlos como punto de partida para otro tipo de creación que, por ejemplo, aporte nuevas soluciones de movilidad.

Más allá de haber visto su sueño cumplido, esta experiencia ha servido para demostrar la efectividad de una plataforma como OSlantis, capaz de dar soluciones a problemas concretos.

«La experiencia me ha animado a ver que se pueden conseguir resolver problemas ambiciosos sin ser especialmente experto. Y tenemos la responsabilidad de resolver cuestiones más importantes y que sirvan a más gente. Uno de nuestros grandes objetivos es poder luchar contra la obsolescencia programada gracias a que los proyectos son de código abierto».

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Porque, como recuerda Jaime, «las ideas no son como las manzanas y el que identifica un problema, por muy complejo que sea, es igual de importante que el que sabe resolverlo».

Entre los proyectos que próximamente buscarán inventor se encuentran, por ejemplo, desde la creación de una medias irrompibles hasta encontrar una manera eficaz de comunicar sobre el SIDA en los suburbios más desfavorecidos de Sudáfrica o cómo hacer el acceso a la energía eléctrica más sencillo en las zonas más remotas del continente africano.

 

 

 

 

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