29 de septiembre 2022    /   CREATIVIDAD
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Tienes toda mi atención: monotasking, la revolución de hacer una sola cosa a la vez

Hacer malabares con la atención no se nos da tan bien como creemos y eso le pasa factura a nuestro cerebro. El monotasking propone que hagamos las cosas de una en una para ser más felices.

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Una advertencia antes de empezar: este artículo no vas a leértelo del tirón. No te sientas mal, que casi nadie podría. Ni siquiera se ha escrito sin que la autora mirase el email y el Whatsapp cada pocos minutos. Aun así, deberías intentarlo, porque en realidad las personas no estamos hechas para el multitasking (o multitarea); una costumbre extendida, pero poco productiva y muy estresante, ya que hacer mil cosas al mismo tiempo significa no prestarle atención a ninguna.

 Hay una práctica revolucionaria contra ese frenético juego de malabares que nos pone de los nervios. Se llama monotasking (o monotarea) y consiste en hacer una sola cosa sin interrupciones ni distracciones hasta haberla terminado o, al menos, hasta haberla realizado durante un rato significativo. Esto va más allá: es la base de una filosofía que utiliza la atención plena para rebelarse y replantearse la vida, el trabajo y todo lo demás.

UN CEREBRO PREHISTÓRICO PARA LA ERA DIGITAL 

Nos distraemos con todo, y cuanto más nos distraemos, más sentimos la necesidad de distraernos. Aunque el cuerpo nos lo pida, desconcentrarse constantemente no es natural.

Los seres humanos somos capaces de atender varios asuntos en paralelo (cocinar y escuchar un pódcast, conducir y charlar con el copiloto, comer y ver la tele), pero solo podemos concentrarnos en una de ellas. Está en nuestro ADN: desde el principio fue necesario que el Homo sapiens dividiera su atención para sobrevivir. Pero cumplir con más de una tarea compleja en el mismo instante, como redactar un email y hablar por teléfono, es mucho pedirle a la cabeza. Siempre saldrá mal alguna de las dos. 

Duele asumirlo, pero el smartphone ha evolucionado más y más rápido que el cerebro. Pese a la evidencia, estamos empeñados en tratar a nuestra mente como a un ordenador. De hecho, la palabra multitasking proviene del entorno tecnológico: un informe publicado en 1965 acuñó el término para describir la capacidad del ordenador IBM System/360 para operar varios programas a la vez. Pero, ojo, que ni siquiera los procesadores más avanzados de hoy en día gestionan múltiples programas simultáneamente, sino que pasan de una operación a otra, y de esa a la siguiente, a velocidades increíbles.

Las personas tampoco funcionamos así. Lo dice Earl Miller, profesor de neurociencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Llamamos multitasking a cambiar de una tarea a otra compulsivamente, pero no se nos da tan bien como ponemos en el currículum. Según un estudio realizado por la Universidad de Utah en 2010, solo el 2,5% de la población es supertasker, o sea, que puede hacer dos cosas sin fallar en ninguna.

El común de los mortales, sin embargo, tarda 23 minutos y 15 segundos en volver a centrarse tras una interrupción, de acuerdo con las investigaciones de Gloria Mark, profesora en el departamento de Informática en la Universidad de California. Encima, saltar entre actividades como quien abre una nueva pestaña en el navegador conlleva un coste mental que se traduce en estrés, frustración, presión y la imposibilidad de pensar en profundidad. No es para tomárselo a broma si consideramos que innovar solo es posible cuando se reflexiona sobre una idea sin sucumbir a la distracción.

VÍSTEME DESPACIO, QUE TENGO PRISA 

Es fácil confundir la productividad con tener la agenda hasta arriba. También es frecuente, y más triste todavía, pensar que somos más importantes cuanto más saturados estamos (o parecemos). James Clear, autor de Hábitos atómicos (Planeta, 2020) afirma en su blog que «como sociedad, hemos caído en la trampa de estar ocupados y trabajar demasiado. En muchos sentidos, hemos creído que toda esta actividad dotaba nuestras vidas de sentido».

Los seres humanos somos capaces de atender varios asuntos en paralelo (cocinar y escuchar un pódcast, conducir y charlar con el copiloto, comer y ver la tele), pero solo podemos concentrarnos en una de ellas

No está el panorama, con sus notificaciones infinitas y sus estímulos sucediéndose a un ritmo demencial, como para ir con calma. Y, sin embargo, bajar las revoluciones parece ser la única forma de completar un objetivo sin perder la cordura por el camino. Por ese motivo Thatcher Wine escribió el libro El método de las 12 monotareas (Libros Cúpula, 2022) como una guía para mirar las listas de asuntos pendientes con otros ojos.

«Durante años, el multitasking se ha considerado una habilidad de la que presumir, pero la mayoría solo aparentamos que podemos hacerlo; realmente no estamos logrando más», explica Wine. «El resultado del multitasking constante es que acabemos quemándonos. Gracias a la ciencia, ahora sabemos que alcanzamos el óptimo rendimiento cerebral con el monotasking y dedicando nuestra concentración a una sola cosa a la vez».

DESPACITO Y CON BUENA LETRA 

Para practicar el monotasking solo hay que hacer lo de siempre, pero esta vez prestando atención. Con una concentración y un compromiso renovados, antes de arremangarse toca deshacerse de lo que más nos distrae. Pon el móvil en modo avión o sácalo de la habitación y olvídate del email, las redes sociales y demás distracciones. Reserva en tu calendario huecos generosos para el «trabajo profundo», un horario dedicado en exclusiva a trabajar en un proyecto sin distraerte. Busca un sitio cómodo y comienza a currar.

monotasking

Si la fuerza de voluntad no te acompaña, póntelo fácil. Puedes usar, por ejemplo, la técnica Pomodoro (combinar intervalos de 25 minutos de trabajo y cinco de descanso), o usar herramientas un poco más sádicas, como la app que borra todo tu progreso si dejas de teclear más de cinco segundos. Menos dramático es pasar un tiempo observándote para encontrar los momentos del día en los que más te concentras, preparar una lista de tareas (o de distracciones de las que huir) o hacer un poco de brain dumping (apuntar en un papel todo lo que se te pasa por la cabeza, precisamente para sacarlo de ahí dentro).

Haz sitio en tu agenda para el «tiempo negativo», o sea, espacio para las actividades que más te gustan, el descanso y no hacer absolutamente nada. O puedes destinar momentos concretos a lidiar con distracciones, como los mensajes de WhatsAapp. El objetivo de todo esto es dedicar tu plena atención a lo que sea que estés haciendo para disfrutar mientras lo haces.

La soledad es una opción. Anna y Marisa, creadoras de la web Space Monotasking, organizan sesiones online de trabajo en grupo e incluso suben vídeos de ellas mismas trabajando en silencio con los que hacen compañía a quienes la buscan. En su página recomiendan, además, conseguir un temporizador, cascos con cancelación de sonido y blocs de notas para favorecer la concentración.

Hay música específica para esto, y es enormemente popular en YouTube: desde una radio que emite lo-fi hip-hop 24 horas hasta una lista de reproducción «para estudiar como un filósofo medieval que tiene la verdad revelada por la gracia divina». El ruido blanco, un poco más simple, también vale.

QUIEN BIEN TE QUIERE TE HARÁ PARAR 

Por paradójico que parezca, el monotasking es más productivo que el multitasking, porque es más eficiente hacer las cosas despacio y bien que rápido y mal. Se cometen menos errores, la calidad del resultado es mejor y hasta se tarda menos en terminar un proyecto.

La sensación de abordar cada objetivo uno por uno es mucho menos estresante que enfrentarse a una pila de quehaceres para completar a toda velocidad. Centrarnos durante un período prolongado en un solo tema sirve, además, para alargar nuestra mermada capacidad de atención y, en general, para controlarla.

No todo en la vida es trabajar: el monotasking también se puede aplicar al tiempo con los seres queridos (y así fortalecer las relaciones con ellos), a los hobbies y a los momentos en los que no hacemos nada. Por eso está tan relacionado con otras prácticas para gestionar la atención como el mindfulness, el yoga, la meditación y la filosofía slow life. Al igual que estos movimientos, Wine defiende que el monotasking nos hace más felices porque permite vivir en el presente, sin pensar en el pasado y en el futuro.

Ante una distracción, no te cabrees: reconócela, déjala ir y vuelve a lo que estabas haciendo. Wine recomienda entrenar nuestros «músculos del monotasking» a través de doce actividades sencillas como caminar, leer, dormir y comer. «En realidad, se trata de conseguir el equilibrio, porque cierta cantidad de multitasking es inevitable debido al mundo saturado de tecnología y medios en el que vivimos», dice Wine.

«Aplicar estos pequeños cambios en tus hábitos diarios tendrá mucho más éxito que pasarse al monotasking por completo de la noche a la mañana. Los beneficios aumentarán con el tiempo y notarás que te distraes con mucha menos facilidad». Así que no te preocupes si no has leído el artículo de principio a fin y sin parar para a hacer otra cosa. La práctica hace al maestro.

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Una advertencia antes de empezar: este artículo no vas a leértelo del tirón. No te sientas mal, que casi nadie podría. Ni siquiera se ha escrito sin que la autora mirase el email y el Whatsapp cada pocos minutos. Aun así, deberías intentarlo, porque en realidad las personas no estamos hechas para el multitasking (o multitarea); una costumbre extendida, pero poco productiva y muy estresante, ya que hacer mil cosas al mismo tiempo significa no prestarle atención a ninguna.

 Hay una práctica revolucionaria contra ese frenético juego de malabares que nos pone de los nervios. Se llama monotasking (o monotarea) y consiste en hacer una sola cosa sin interrupciones ni distracciones hasta haberla terminado o, al menos, hasta haberla realizado durante un rato significativo. Esto va más allá: es la base de una filosofía que utiliza la atención plena para rebelarse y replantearse la vida, el trabajo y todo lo demás.

UN CEREBRO PREHISTÓRICO PARA LA ERA DIGITAL 

Nos distraemos con todo, y cuanto más nos distraemos, más sentimos la necesidad de distraernos. Aunque el cuerpo nos lo pida, desconcentrarse constantemente no es natural.

Los seres humanos somos capaces de atender varios asuntos en paralelo (cocinar y escuchar un pódcast, conducir y charlar con el copiloto, comer y ver la tele), pero solo podemos concentrarnos en una de ellas. Está en nuestro ADN: desde el principio fue necesario que el Homo sapiens dividiera su atención para sobrevivir. Pero cumplir con más de una tarea compleja en el mismo instante, como redactar un email y hablar por teléfono, es mucho pedirle a la cabeza. Siempre saldrá mal alguna de las dos. 

Duele asumirlo, pero el smartphone ha evolucionado más y más rápido que el cerebro. Pese a la evidencia, estamos empeñados en tratar a nuestra mente como a un ordenador. De hecho, la palabra multitasking proviene del entorno tecnológico: un informe publicado en 1965 acuñó el término para describir la capacidad del ordenador IBM System/360 para operar varios programas a la vez. Pero, ojo, que ni siquiera los procesadores más avanzados de hoy en día gestionan múltiples programas simultáneamente, sino que pasan de una operación a otra, y de esa a la siguiente, a velocidades increíbles.

Las personas tampoco funcionamos así. Lo dice Earl Miller, profesor de neurociencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Llamamos multitasking a cambiar de una tarea a otra compulsivamente, pero no se nos da tan bien como ponemos en el currículum. Según un estudio realizado por la Universidad de Utah en 2010, solo el 2,5% de la población es supertasker, o sea, que puede hacer dos cosas sin fallar en ninguna.

El común de los mortales, sin embargo, tarda 23 minutos y 15 segundos en volver a centrarse tras una interrupción, de acuerdo con las investigaciones de Gloria Mark, profesora en el departamento de Informática en la Universidad de California. Encima, saltar entre actividades como quien abre una nueva pestaña en el navegador conlleva un coste mental que se traduce en estrés, frustración, presión y la imposibilidad de pensar en profundidad. No es para tomárselo a broma si consideramos que innovar solo es posible cuando se reflexiona sobre una idea sin sucumbir a la distracción.

VÍSTEME DESPACIO, QUE TENGO PRISA 

Es fácil confundir la productividad con tener la agenda hasta arriba. También es frecuente, y más triste todavía, pensar que somos más importantes cuanto más saturados estamos (o parecemos). James Clear, autor de Hábitos atómicos (Planeta, 2020) afirma en su blog que «como sociedad, hemos caído en la trampa de estar ocupados y trabajar demasiado. En muchos sentidos, hemos creído que toda esta actividad dotaba nuestras vidas de sentido».

Los seres humanos somos capaces de atender varios asuntos en paralelo (cocinar y escuchar un pódcast, conducir y charlar con el copiloto, comer y ver la tele), pero solo podemos concentrarnos en una de ellas

No está el panorama, con sus notificaciones infinitas y sus estímulos sucediéndose a un ritmo demencial, como para ir con calma. Y, sin embargo, bajar las revoluciones parece ser la única forma de completar un objetivo sin perder la cordura por el camino. Por ese motivo Thatcher Wine escribió el libro El método de las 12 monotareas (Libros Cúpula, 2022) como una guía para mirar las listas de asuntos pendientes con otros ojos.

«Durante años, el multitasking se ha considerado una habilidad de la que presumir, pero la mayoría solo aparentamos que podemos hacerlo; realmente no estamos logrando más», explica Wine. «El resultado del multitasking constante es que acabemos quemándonos. Gracias a la ciencia, ahora sabemos que alcanzamos el óptimo rendimiento cerebral con el monotasking y dedicando nuestra concentración a una sola cosa a la vez».

DESPACITO Y CON BUENA LETRA 

Para practicar el monotasking solo hay que hacer lo de siempre, pero esta vez prestando atención. Con una concentración y un compromiso renovados, antes de arremangarse toca deshacerse de lo que más nos distrae. Pon el móvil en modo avión o sácalo de la habitación y olvídate del email, las redes sociales y demás distracciones. Reserva en tu calendario huecos generosos para el «trabajo profundo», un horario dedicado en exclusiva a trabajar en un proyecto sin distraerte. Busca un sitio cómodo y comienza a currar.

monotasking

Si la fuerza de voluntad no te acompaña, póntelo fácil. Puedes usar, por ejemplo, la técnica Pomodoro (combinar intervalos de 25 minutos de trabajo y cinco de descanso), o usar herramientas un poco más sádicas, como la app que borra todo tu progreso si dejas de teclear más de cinco segundos. Menos dramático es pasar un tiempo observándote para encontrar los momentos del día en los que más te concentras, preparar una lista de tareas (o de distracciones de las que huir) o hacer un poco de brain dumping (apuntar en un papel todo lo que se te pasa por la cabeza, precisamente para sacarlo de ahí dentro).

Haz sitio en tu agenda para el «tiempo negativo», o sea, espacio para las actividades que más te gustan, el descanso y no hacer absolutamente nada. O puedes destinar momentos concretos a lidiar con distracciones, como los mensajes de WhatsAapp. El objetivo de todo esto es dedicar tu plena atención a lo que sea que estés haciendo para disfrutar mientras lo haces.

La soledad es una opción. Anna y Marisa, creadoras de la web Space Monotasking, organizan sesiones online de trabajo en grupo e incluso suben vídeos de ellas mismas trabajando en silencio con los que hacen compañía a quienes la buscan. En su página recomiendan, además, conseguir un temporizador, cascos con cancelación de sonido y blocs de notas para favorecer la concentración.

Hay música específica para esto, y es enormemente popular en YouTube: desde una radio que emite lo-fi hip-hop 24 horas hasta una lista de reproducción «para estudiar como un filósofo medieval que tiene la verdad revelada por la gracia divina». El ruido blanco, un poco más simple, también vale.

QUIEN BIEN TE QUIERE TE HARÁ PARAR 

Por paradójico que parezca, el monotasking es más productivo que el multitasking, porque es más eficiente hacer las cosas despacio y bien que rápido y mal. Se cometen menos errores, la calidad del resultado es mejor y hasta se tarda menos en terminar un proyecto.

La sensación de abordar cada objetivo uno por uno es mucho menos estresante que enfrentarse a una pila de quehaceres para completar a toda velocidad. Centrarnos durante un período prolongado en un solo tema sirve, además, para alargar nuestra mermada capacidad de atención y, en general, para controlarla.

No todo en la vida es trabajar: el monotasking también se puede aplicar al tiempo con los seres queridos (y así fortalecer las relaciones con ellos), a los hobbies y a los momentos en los que no hacemos nada. Por eso está tan relacionado con otras prácticas para gestionar la atención como el mindfulness, el yoga, la meditación y la filosofía slow life. Al igual que estos movimientos, Wine defiende que el monotasking nos hace más felices porque permite vivir en el presente, sin pensar en el pasado y en el futuro.

Ante una distracción, no te cabrees: reconócela, déjala ir y vuelve a lo que estabas haciendo. Wine recomienda entrenar nuestros «músculos del monotasking» a través de doce actividades sencillas como caminar, leer, dormir y comer. «En realidad, se trata de conseguir el equilibrio, porque cierta cantidad de multitasking es inevitable debido al mundo saturado de tecnología y medios en el que vivimos», dice Wine.

«Aplicar estos pequeños cambios en tus hábitos diarios tendrá mucho más éxito que pasarse al monotasking por completo de la noche a la mañana. Los beneficios aumentarán con el tiempo y notarás que te distraes con mucha menos facilidad». Así que no te preocupes si no has leído el artículo de principio a fin y sin parar para a hacer otra cosa. La práctica hace al maestro.

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