19 de noviembre 2015    /   CREATIVIDAD
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Monstruos: del imaginario fantástico medieval a los X-Men

19 de noviembre 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Entre las sombras. Saliendo de las esquinas, de los recovecos, para atormentar a la humanidad. Los monstruos llevan viviendo en las diferentes culturas desde que se tiene registro. Los griegos tenían hidras, minotauros, cíclopes. Los escandinavos gigantes de hielo, serpientes gigantes, ogros. En la tradición árabe el ifrit, las mujeres serpientes. En hispanoamérica se teme al chupacabras o la llorona.
Con una morfología imposible, son un motivo de representación en gran parte de la Historia del Arte. En Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men, Marta Piñol, una profesora de esta disciplina en la Universidad de Barcelona, ha coordinado un retrato en 10 ensayos sobre el monstruo y su liberación como elemento cultural.
«En todos los monstruos tiene un papel fundamental su propia configuración visual, aquello que los caracteriza como tales es su propia anatomía, su construcción visual», explica en un correo electrónico. «Por ello era interesante plantear un libro que desde varios acercamientos se aproximara a la configuración visual de esos seres en diversos momentos históricos, pues pone en evidencia la idea de aquello que se considera o se ha considerado un monstruo».
Los seres monstruosos han jugado diversos papeles a lo largo de la historia. En la Edad Media, por ejemplo, el papel transversal de la religión en la cultura tanto visual como social llevó a que las alusiones a estos seres fueran demoníacas e infernales, remitiendo al mal con caprichosas e inverosímiles anatomías como se pueden encontrar en obras de la escuela flamenca. El Bosco o Van Eyck pueden ser dos buenos ejemplos. Piñol aclara que a veces, pocas, también funcionaban como goce visual y fantasía de sus creadores, pero que su función principal era moral o de representación de lo desconocido, como en los mapas y cartas marinas de tierras ignotas donde los seres fantásticos acechaban en los bordes del mundo.

Hieronymus_Bosch_-_The_Garden_of_Earthly_Delights_-_Hell
Detalle de ‘El Jardín de las delicias’, El Bosco.

«Ya en la época moderna, a partir del siglo XVI, el monstruo empezará a ocupar libros con cierta voluntad científica», cuenta. Esto retrotrae a la Antigüedad Clásica, cuando los autores que querían conocer el mundo se aproximaban a este con una intención cercana a las ciencias naturales. Pero, en su caso, no podían separarse de su visión mitológica de la realidad. «En la Historia Natural de Plinio el Viejo no desaparece la fantasía de sus páginas, trasluciendo su fascinación por todo tipo de seres que abarcan desde basiliscos o esfinges hasta el ave fénix», ejemplifica Piñol.
Un ejemplo divertido es el de Marco Polo. El mercader que viajó desde su natal Italia hasta China y vuelta en el siglo XIII se quedó muy decepcionado por los unicornios. «No son menores que los elefantes, tienen la piel como la de un búfalo, con un gran cuerno de color negro en medio de la frente», escribe, «su cabeza es similar a la del jabalí silvestre y siempre la lleva baja, inclinada hacia tierra; […] en nada se parecen a los de las leyendas que en nuestras tierras cuentan, cuando pretenden que se dejan atrapar por una virgen si los cogen del pecho».
1136px-Dürer's_Rhinoceros,_1515
‘Rinoceronte’, de Albrecht Dürer.

«Los monstruos pasan a convertirse en un ser a reivindicar en el Romanticismo, como encarnación de aquello irracional, subjetivo y fantasioso, cuajando muy bien luego en movimientos como el Simbolismo y el Decadentismo», sigue Piñol, a quien no cuesta imaginar con un grabado de William Blake o alguno de la serie Los Caprichos, de Goya, detrás. Las Vanguardias de principios del siglo XX, con su afán de romper cánones de belleza y reglas de armonía, además del gusto por lo onírico y lo que esconde la mente, fueron otro momento propicio, en el que además quedaron liberados de su unidemsionalidad y convergieron, de repente, los anteriores acercamientos.
Mucho_hay_que_chupar
Detalle de ‘Mucho hay que chupar’, de Francisco de Goya.

Así, el monstruo se convertía en una fascinación por lo irracional u onírico. En un elogio de lo abyecto. En la subversión de la belleza, la armonía, la proporción. En una sátira. Poco a poco irían entrando en el resto de la cultura popular. Freaks de Tod Browing, rodada en 1932 con enanos, deformes, mutilados y demás atracciones de feria, los convierte en los buenos del cuento que se enfrentan a los bellos villanos. Luego llegarían los comics y, en 1963, Jack Kirby y Stan Lee crearon a los X-Men, un grupo de engendros, perseguidos por turbas como un Frankenstein cualquiera, pero que luchaban por salvar a una humanidad que los odiaba y los temía. El monstruo como héroe, sin las cadenas ya de sus constricciones históricas, tenía por fin la libertad total en el mundo de la creatividad.

Entre las sombras. Saliendo de las esquinas, de los recovecos, para atormentar a la humanidad. Los monstruos llevan viviendo en las diferentes culturas desde que se tiene registro. Los griegos tenían hidras, minotauros, cíclopes. Los escandinavos gigantes de hielo, serpientes gigantes, ogros. En la tradición árabe el ifrit, las mujeres serpientes. En hispanoamérica se teme al chupacabras o la llorona.
Con una morfología imposible, son un motivo de representación en gran parte de la Historia del Arte. En Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men, Marta Piñol, una profesora de esta disciplina en la Universidad de Barcelona, ha coordinado un retrato en 10 ensayos sobre el monstruo y su liberación como elemento cultural.
«En todos los monstruos tiene un papel fundamental su propia configuración visual, aquello que los caracteriza como tales es su propia anatomía, su construcción visual», explica en un correo electrónico. «Por ello era interesante plantear un libro que desde varios acercamientos se aproximara a la configuración visual de esos seres en diversos momentos históricos, pues pone en evidencia la idea de aquello que se considera o se ha considerado un monstruo».
Los seres monstruosos han jugado diversos papeles a lo largo de la historia. En la Edad Media, por ejemplo, el papel transversal de la religión en la cultura tanto visual como social llevó a que las alusiones a estos seres fueran demoníacas e infernales, remitiendo al mal con caprichosas e inverosímiles anatomías como se pueden encontrar en obras de la escuela flamenca. El Bosco o Van Eyck pueden ser dos buenos ejemplos. Piñol aclara que a veces, pocas, también funcionaban como goce visual y fantasía de sus creadores, pero que su función principal era moral o de representación de lo desconocido, como en los mapas y cartas marinas de tierras ignotas donde los seres fantásticos acechaban en los bordes del mundo.

Hieronymus_Bosch_-_The_Garden_of_Earthly_Delights_-_Hell
Detalle de ‘El Jardín de las delicias’, El Bosco.

«Ya en la época moderna, a partir del siglo XVI, el monstruo empezará a ocupar libros con cierta voluntad científica», cuenta. Esto retrotrae a la Antigüedad Clásica, cuando los autores que querían conocer el mundo se aproximaban a este con una intención cercana a las ciencias naturales. Pero, en su caso, no podían separarse de su visión mitológica de la realidad. «En la Historia Natural de Plinio el Viejo no desaparece la fantasía de sus páginas, trasluciendo su fascinación por todo tipo de seres que abarcan desde basiliscos o esfinges hasta el ave fénix», ejemplifica Piñol.
Un ejemplo divertido es el de Marco Polo. El mercader que viajó desde su natal Italia hasta China y vuelta en el siglo XIII se quedó muy decepcionado por los unicornios. «No son menores que los elefantes, tienen la piel como la de un búfalo, con un gran cuerno de color negro en medio de la frente», escribe, «su cabeza es similar a la del jabalí silvestre y siempre la lleva baja, inclinada hacia tierra; […] en nada se parecen a los de las leyendas que en nuestras tierras cuentan, cuando pretenden que se dejan atrapar por una virgen si los cogen del pecho».
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‘Rinoceronte’, de Albrecht Dürer.

«Los monstruos pasan a convertirse en un ser a reivindicar en el Romanticismo, como encarnación de aquello irracional, subjetivo y fantasioso, cuajando muy bien luego en movimientos como el Simbolismo y el Decadentismo», sigue Piñol, a quien no cuesta imaginar con un grabado de William Blake o alguno de la serie Los Caprichos, de Goya, detrás. Las Vanguardias de principios del siglo XX, con su afán de romper cánones de belleza y reglas de armonía, además del gusto por lo onírico y lo que esconde la mente, fueron otro momento propicio, en el que además quedaron liberados de su unidemsionalidad y convergieron, de repente, los anteriores acercamientos.
Mucho_hay_que_chupar
Detalle de ‘Mucho hay que chupar’, de Francisco de Goya.

Así, el monstruo se convertía en una fascinación por lo irracional u onírico. En un elogio de lo abyecto. En la subversión de la belleza, la armonía, la proporción. En una sátira. Poco a poco irían entrando en el resto de la cultura popular. Freaks de Tod Browing, rodada en 1932 con enanos, deformes, mutilados y demás atracciones de feria, los convierte en los buenos del cuento que se enfrentan a los bellos villanos. Luego llegarían los comics y, en 1963, Jack Kirby y Stan Lee crearon a los X-Men, un grupo de engendros, perseguidos por turbas como un Frankenstein cualquiera, pero que luchaban por salvar a una humanidad que los odiaba y los temía. El monstruo como héroe, sin las cadenas ya de sus constricciones históricas, tenía por fin la libertad total en el mundo de la creatividad.

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