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20 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD
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Moondog, el vikingo de la Sexta Avenida, cumple cien años

20 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Durante los años 50 y 60, una de las curiosidades más fotografiadas de Nueva York, junto con el Empire State Building o Central Station, era Moondog.

Las guías turísticas de la época lo incluían como una atracción más de esa ciudad, a la que este enigmático personaje llegó en 1943 para ampliar sus estudios musicales y en cuyas calles acabaría viviendo por decisión propia.

Nadie que pasase por la Sexta Avenida, entre las calles 52 y 55, podía dejar de reparar en él. A sus dos metros de estatura, largos cabellos, barba cana, se sumaba una vestimenta confeccionada en cuero, que incluía un casco con cuernos y una lanza, y que estaba inspirada en las mitologías nórdicas.

Efectivamente, su presencia era un hecho memorable. Lo suficiente como para llevarse a casa una fotografía que poder enseñar a la familia y amigos.

«La primera vez que llegué a Nueva York me dijeron que parecía un hombre con la cara de Cristo», recordaba Moondog al explicar su devoción por los vikingos. «Después de unos cuantos años aguantando eso, me dije que ya era suficiente, que no quería esa conexión. Tenía que buscar una imagen que fuera no-cristiana».

A ese vínculo con el paganismo del norte de Europa se sumaba otro que conecta a Moondog con los héroes griegos. Ciego desde su juventud, cuando perdió la vista en una explosión de dinamita en la granja de sus padres, sus ojos velados le daban un aspecto semejante al de un Homero o un Fineo, rey tracio que sacrificó su vista para poder profetizar el futuro.

Con Homero, Moondog compartía el don de la poesía. Con Fineo, el de la clarividencia, al menos en lo que se refería a la música, disciplina a la que dedicó su vida y en la que desarrolló arriesgadas composiciones que siguen sorprendiendo por su originalidad tres décadas después de su muerte.

Nacido un 26 de mayo de 1916, el joven Louis Thomas Hardin se crió en el campo hasta que la ceguera le obligó a abandonar a su familia y trasladarse a diferentes ciudades en las que asistiría a escuelas especializadas en la enseñanza para invidentes.

Fue por entonces cuando comenzó a familiarizarse con la música, disciplina de la que solo aprendería ciertos rudimentos, pero para la que demostraría un talento inusual como compositor y multi-instrumentista que asombraría a figuras consagradas, tanto de la música por entonces considerada erudita, como de la popular.

Apostado en su lugar habitual de la Sexta Avenida, Moondog se encontraba con frecuencia con estrellas del jazz como Charlie Parker o Benny Goodman cuando se dirigían a los clubes en los que actuaban. Por su parte, directores de orquesta de la talla de Leonard Berstein, Igor Stravinsky o Arturo Toscanini, admirarían sus creaciones musicales hasta el punto de testificar en su favor en un proceso judicial.

Recién llegado a Nueva York, Louis Thomas Harding decidió cambiar de vida. Para ello decidió también cambiar de nombre. A partir de entonces, todos lo conocerían como Moondog, en honor de un perro llamado Lindy que tuvo en su infancia y que acostumbraba a ladrar a la luna.

Aunque llevaba varios años utilizando ese seudónimo y había registrado ya algunos discos con él, el locutor radiofónico Alan Freed se apropió del apodo para bautizar su programa Moondog Show cuya sintonía era Moondog Symphony Nº 1.

No debió ser sencillo que un juez norteamericano de los años 50 se convenciese de que Moondog no era un loco. En una sala de vistas, entre togas, trajes y sombreros, su atuendo vikingo jugaba en clara desventaja. Tampoco resultaba sencillo explicar que sus composiciones, en las que se mezclaban percusiones de los indios norteamericanos, aullidos, ladridos o ruidos de la calle, eran música de calidad.

En la contraportada de uno de los discos de Moondog, Robert S. Atlshuler escribió: «Moondog posee una admirable virtud; percibe la música en cualquier lugar de la vida. La colección de viñetas recopiladas en este álbum están pensadas para integrar completamente música y sonido. De esta forma, Lullaby contiene el llanto de un niño (…), Street scene, inspirada en Nueva York, incluye solos de percusión procedentes de los indios americanos, el susurro de un filósofo del lejano oriente y el estridente silbato de un policía que dirige el tráfico».

Pero, evidentemente, una cosa es lo que diga de un músico un texto publicitario destinado a atrapar al comprador de discos y otra la percepción que de ese músico tenga un tribunal.

Habida cuenta de que un perito tampoco hubiera sido de gran ayuda, Moondog tuvo que recurrir a Berstein, Toscanini y Stravinsky quienes declaraon que no sólo no era un loco, sino que sus composiciones, que podían encuadrarse dentro de la tradición clásica, eran piezas de extraordinaria calidad. Ante semejante defensa, el juez falló a su favor.

A pesar de su inclasificable estilo musical, Moondog logró registrar sus composiciones con cierta facilidad. Según él mismo recordaba, «hacia el otoño del 49 había hecho unos cuantos tambores cuadrados y me puse a tocarlos en la calle. En segundos se congregó una multitud y tuve que moverme porque estaba taponando la calle. Entonces me dirigí hacia el norte de la ciudad, hacia las calles 50 y me quedé por ahí, cerca de los clubes de jazz de la Sexta Avenida».

El nuevo lugar elegido estaba cerca de una tienda de discos perteneciente a Gabriel Oller, dueño del sello SMC (Spanish Music Centre), quien, en lugar de echar a Moondog, lo invitó a grabar.

Tras unas primeras placas de 78 revoluciones para SMC, Moondog ficho por la compañía especializada en jazz Prestige y, aunque su música continuaba siendo minoritaria, pudo grabar de forma continuada, sufragándose él mismo en ocasiones el estudio con el dinero que obtenía de las monedas que le daban los turistas, ajenos todavía a la faceta musical del personaje.

Para alejarlo de esa imagen de fenómeno de feria, The story of Moondog, uno de sus discos para Prestige, esbozaba en su portada un perfil de su autor. Para ello, la madre de Andy Warhol, siguiendo las directrices del diseñador Reid Miles, escribió a mano el siguiente texto: «Moondog es un poeta que versifica con sonidos, un escritor vencido por el amor a la curiosidad y que se divierte con todas las cosas que llegan a sus oídos, todo lo cual lo traslada a una sinfonía de sí mismo. Puede ser el ruido de la calle, la charla casual en una habitación o, lo mejor de todo, será esa música de la calle la que se filtra a través de la imaginación y la memoria. Esas experiencias, aburridas donde las haya, para él están muy vivas».

Esos tímidos intentos por valorar al autor y su obra no consiguieron que el gran público se interesase por la personalidad artística de Moondog. Daba igual que lo dijera la madre de Andy Warhol, el propio Andy, el diseñador Reid Miles, poetas de la generación beat como Allen Ginsberg, fotógrafos como Weegee, músicos como Phillip Glass o artistas pop como Julie Andrews o Janis Joplin & The Big Brother Company, quienes llegaron a grabar sus canciones o participar en sus discos. Para la inmensa mayoría de los norteamericanos, Moondog seguía siendo el estrafalario personaje vestido de vikingo que vivía en la Sexta Avenida. Un buen día, ese vikingo decidió abandonar Nueva York y poner rumbo a Europa.

Aprovechando una gira de conciertos por Alemania, Moondog decidió afincarse allí. Argumentaba que era en el continente Europeo donde tenía sus raíces espirituales y, como sucediera en Nueva York, las calles de ciudades como Hamburgo o Hanover fueron su casa, hasta que se cruzó en su vida Ilona Goebel.

Una tarde de invierno, una estudiante de arqueología decidió recoger a ese hombre vestido de vikingo que hacía autoestop en una carretera de Alemania. Su nombre era Ilona Goebel (de casada, Sommer) y, no sólo lo llevó en su automóvil, sino que lo invitó a pasar las Navidades en su casa. Su familia, lejos de alarmarse, quedaría asombrada por el talento musical del extraño invitado.

A partir de entonces, Goebel y su familia ayudarían a Moondog a conseguir conciertos, a fundar su propia editorial musical y a gestionar grabaciones en diferentes sellos europeos.

En Alemania, Moondog encontraría en los Goebel una nueva familia. Con ellos convivirá 25 años en un ambiente hogareño, sin las incomodidades de pernoctar en la calle y como cualquier ciudadano de clase media europea. Con el tiempo, incluso llegaría a suavizaría la rigidez vikinga de su vestimenta cambiando el casco por un gorro de lana.

Moondog nunca regresaría a Estados Unidos de forma permanente. Viajó a su país sólo en contadas ocasiones para realizar algunos conciertos, como el celebrado en 1980 en la Brooklyn Academy of Music y en el que compartía cartel con John Zorn, admirador de su obra como también lo era Elvis Costello, quien le programó en una actuación en el London’s Queen Elisabeth Hall en 1995.

En 1999, un ataque al corazón puso fin a la vida de Moondog. Tenía 83 años. Al morir dejó algunos discos e infinidad de composiciones inéditas. Las grabaciones en realidad fueron una parte muy pequeña de su producción.

Su obra catalogada abarca cientos de madrigales, casi un centenar de sinfonías, partituras para orquestas de viento y cuerda y multitud de piezas para órgano y piano. Todas de una extremada perfección pues, como él mismo reconocía, «nadie es tan estricto como yo. Me tomo mi tiempo para analizar mi música. Una cosa es componer una pieza, pero lleva mucho más tiempo analizar lo que has escrito que escribirla. (…) Debes componer de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Si no lo haces, pagas las consecuencias por haberlo hecho mal».

Durante los años 50 y 60, una de las curiosidades más fotografiadas de Nueva York, junto con el Empire State Building o Central Station, era Moondog.

Las guías turísticas de la época lo incluían como una atracción más de esa ciudad, a la que este enigmático personaje llegó en 1943 para ampliar sus estudios musicales y en cuyas calles acabaría viviendo por decisión propia.

Nadie que pasase por la Sexta Avenida, entre las calles 52 y 55, podía dejar de reparar en él. A sus dos metros de estatura, largos cabellos, barba cana, se sumaba una vestimenta confeccionada en cuero, que incluía un casco con cuernos y una lanza, y que estaba inspirada en las mitologías nórdicas.

Efectivamente, su presencia era un hecho memorable. Lo suficiente como para llevarse a casa una fotografía que poder enseñar a la familia y amigos.

«La primera vez que llegué a Nueva York me dijeron que parecía un hombre con la cara de Cristo», recordaba Moondog al explicar su devoción por los vikingos. «Después de unos cuantos años aguantando eso, me dije que ya era suficiente, que no quería esa conexión. Tenía que buscar una imagen que fuera no-cristiana».

A ese vínculo con el paganismo del norte de Europa se sumaba otro que conecta a Moondog con los héroes griegos. Ciego desde su juventud, cuando perdió la vista en una explosión de dinamita en la granja de sus padres, sus ojos velados le daban un aspecto semejante al de un Homero o un Fineo, rey tracio que sacrificó su vista para poder profetizar el futuro.

Con Homero, Moondog compartía el don de la poesía. Con Fineo, el de la clarividencia, al menos en lo que se refería a la música, disciplina a la que dedicó su vida y en la que desarrolló arriesgadas composiciones que siguen sorprendiendo por su originalidad tres décadas después de su muerte.

Nacido un 26 de mayo de 1916, el joven Louis Thomas Hardin se crió en el campo hasta que la ceguera le obligó a abandonar a su familia y trasladarse a diferentes ciudades en las que asistiría a escuelas especializadas en la enseñanza para invidentes.

Fue por entonces cuando comenzó a familiarizarse con la música, disciplina de la que solo aprendería ciertos rudimentos, pero para la que demostraría un talento inusual como compositor y multi-instrumentista que asombraría a figuras consagradas, tanto de la música por entonces considerada erudita, como de la popular.

Apostado en su lugar habitual de la Sexta Avenida, Moondog se encontraba con frecuencia con estrellas del jazz como Charlie Parker o Benny Goodman cuando se dirigían a los clubes en los que actuaban. Por su parte, directores de orquesta de la talla de Leonard Berstein, Igor Stravinsky o Arturo Toscanini, admirarían sus creaciones musicales hasta el punto de testificar en su favor en un proceso judicial.

Recién llegado a Nueva York, Louis Thomas Harding decidió cambiar de vida. Para ello decidió también cambiar de nombre. A partir de entonces, todos lo conocerían como Moondog, en honor de un perro llamado Lindy que tuvo en su infancia y que acostumbraba a ladrar a la luna.

Aunque llevaba varios años utilizando ese seudónimo y había registrado ya algunos discos con él, el locutor radiofónico Alan Freed se apropió del apodo para bautizar su programa Moondog Show cuya sintonía era Moondog Symphony Nº 1.

No debió ser sencillo que un juez norteamericano de los años 50 se convenciese de que Moondog no era un loco. En una sala de vistas, entre togas, trajes y sombreros, su atuendo vikingo jugaba en clara desventaja. Tampoco resultaba sencillo explicar que sus composiciones, en las que se mezclaban percusiones de los indios norteamericanos, aullidos, ladridos o ruidos de la calle, eran música de calidad.

En la contraportada de uno de los discos de Moondog, Robert S. Atlshuler escribió: «Moondog posee una admirable virtud; percibe la música en cualquier lugar de la vida. La colección de viñetas recopiladas en este álbum están pensadas para integrar completamente música y sonido. De esta forma, Lullaby contiene el llanto de un niño (…), Street scene, inspirada en Nueva York, incluye solos de percusión procedentes de los indios americanos, el susurro de un filósofo del lejano oriente y el estridente silbato de un policía que dirige el tráfico».

Pero, evidentemente, una cosa es lo que diga de un músico un texto publicitario destinado a atrapar al comprador de discos y otra la percepción que de ese músico tenga un tribunal.

Habida cuenta de que un perito tampoco hubiera sido de gran ayuda, Moondog tuvo que recurrir a Berstein, Toscanini y Stravinsky quienes declaraon que no sólo no era un loco, sino que sus composiciones, que podían encuadrarse dentro de la tradición clásica, eran piezas de extraordinaria calidad. Ante semejante defensa, el juez falló a su favor.

A pesar de su inclasificable estilo musical, Moondog logró registrar sus composiciones con cierta facilidad. Según él mismo recordaba, «hacia el otoño del 49 había hecho unos cuantos tambores cuadrados y me puse a tocarlos en la calle. En segundos se congregó una multitud y tuve que moverme porque estaba taponando la calle. Entonces me dirigí hacia el norte de la ciudad, hacia las calles 50 y me quedé por ahí, cerca de los clubes de jazz de la Sexta Avenida».

El nuevo lugar elegido estaba cerca de una tienda de discos perteneciente a Gabriel Oller, dueño del sello SMC (Spanish Music Centre), quien, en lugar de echar a Moondog, lo invitó a grabar.

Tras unas primeras placas de 78 revoluciones para SMC, Moondog ficho por la compañía especializada en jazz Prestige y, aunque su música continuaba siendo minoritaria, pudo grabar de forma continuada, sufragándose él mismo en ocasiones el estudio con el dinero que obtenía de las monedas que le daban los turistas, ajenos todavía a la faceta musical del personaje.

Para alejarlo de esa imagen de fenómeno de feria, The story of Moondog, uno de sus discos para Prestige, esbozaba en su portada un perfil de su autor. Para ello, la madre de Andy Warhol, siguiendo las directrices del diseñador Reid Miles, escribió a mano el siguiente texto: «Moondog es un poeta que versifica con sonidos, un escritor vencido por el amor a la curiosidad y que se divierte con todas las cosas que llegan a sus oídos, todo lo cual lo traslada a una sinfonía de sí mismo. Puede ser el ruido de la calle, la charla casual en una habitación o, lo mejor de todo, será esa música de la calle la que se filtra a través de la imaginación y la memoria. Esas experiencias, aburridas donde las haya, para él están muy vivas».

Esos tímidos intentos por valorar al autor y su obra no consiguieron que el gran público se interesase por la personalidad artística de Moondog. Daba igual que lo dijera la madre de Andy Warhol, el propio Andy, el diseñador Reid Miles, poetas de la generación beat como Allen Ginsberg, fotógrafos como Weegee, músicos como Phillip Glass o artistas pop como Julie Andrews o Janis Joplin & The Big Brother Company, quienes llegaron a grabar sus canciones o participar en sus discos. Para la inmensa mayoría de los norteamericanos, Moondog seguía siendo el estrafalario personaje vestido de vikingo que vivía en la Sexta Avenida. Un buen día, ese vikingo decidió abandonar Nueva York y poner rumbo a Europa.

Aprovechando una gira de conciertos por Alemania, Moondog decidió afincarse allí. Argumentaba que era en el continente Europeo donde tenía sus raíces espirituales y, como sucediera en Nueva York, las calles de ciudades como Hamburgo o Hanover fueron su casa, hasta que se cruzó en su vida Ilona Goebel.

Una tarde de invierno, una estudiante de arqueología decidió recoger a ese hombre vestido de vikingo que hacía autoestop en una carretera de Alemania. Su nombre era Ilona Goebel (de casada, Sommer) y, no sólo lo llevó en su automóvil, sino que lo invitó a pasar las Navidades en su casa. Su familia, lejos de alarmarse, quedaría asombrada por el talento musical del extraño invitado.

A partir de entonces, Goebel y su familia ayudarían a Moondog a conseguir conciertos, a fundar su propia editorial musical y a gestionar grabaciones en diferentes sellos europeos.

En Alemania, Moondog encontraría en los Goebel una nueva familia. Con ellos convivirá 25 años en un ambiente hogareño, sin las incomodidades de pernoctar en la calle y como cualquier ciudadano de clase media europea. Con el tiempo, incluso llegaría a suavizaría la rigidez vikinga de su vestimenta cambiando el casco por un gorro de lana.

Moondog nunca regresaría a Estados Unidos de forma permanente. Viajó a su país sólo en contadas ocasiones para realizar algunos conciertos, como el celebrado en 1980 en la Brooklyn Academy of Music y en el que compartía cartel con John Zorn, admirador de su obra como también lo era Elvis Costello, quien le programó en una actuación en el London’s Queen Elisabeth Hall en 1995.

En 1999, un ataque al corazón puso fin a la vida de Moondog. Tenía 83 años. Al morir dejó algunos discos e infinidad de composiciones inéditas. Las grabaciones en realidad fueron una parte muy pequeña de su producción.

Su obra catalogada abarca cientos de madrigales, casi un centenar de sinfonías, partituras para orquestas de viento y cuerda y multitud de piezas para órgano y piano. Todas de una extremada perfección pues, como él mismo reconocía, «nadie es tan estricto como yo. Me tomo mi tiempo para analizar mi música. Una cosa es componer una pieza, pero lleva mucho más tiempo analizar lo que has escrito que escribirla. (…) Debes componer de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Si no lo haces, pagas las consecuencias por haberlo hecho mal».

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Opiniones 4
  • ¿Cómo dice tres décadas después de su muerte si murió en 1999? ¿Acaso estamos en el 2029 y no me he enterado? Por todo lo demás muy buen artículo, muy interesante.

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