19 de octubre 2015    /   CIENCIA
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Morimos como las moscas, la levadura y los coches

19 de octubre 2015    /   CIENCIA     por          
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Envejecemos. Todos somos conscientes de que tenemos un cuerpo que se va oxidando a medida que celebramos cumpleaños y de que cuanto más viejos somos, más probabilidad hay de morirse. Triste y oscuro sentido común, pero también tenemos noticias para congratularnos: cada vez nos estropeamos más lentamente. Dicho de otro modo, nos hacemos mayores más tarde. O en otras palabras, le retrasamos la senescencia. O si se prefiere más poético, se puede expresar como un (mal) haiku: recientemente / a la paciente parca / ganamos tiempo.
Seguro que alguien se estará preguntando a qué velocidad nos morimos dependiendo de la edad, o si está ya versado en demografía, qué trayectoria sigue la mortalidad humana y qué tasas de mortalidad hay a cada edad. No es cuestión banal. La lógica dice que cuanto más viejo se es, más probable es que te mueras: a mayor edad, mayor tasa de mortalidad, que diría un demógrafo. Totalmente cierto y demostrado. Y buenas noticias: dada nuestra inherente ley del mínimo esfuerzo y de la procrastinación, cada vez esperamos más para morirnos. Un dato: de la generación que hoy tiene 80 años queda viva casi un 70% de sus miembros.

Todos somos conscientes de que tenemos un cuerpo que se va oxidando a medida que celebramos cumpleaños y de que cuanto más viejos somos, más probabilidad hay de morirse


Pensemos ahora qué le va a ocurrir a ese increíble porcentaje de personas que no han sucumbido a los encantos de las Moiras. Si habéis captado la idea de comportamiento de mortalidad con la edad, habréis supuesto que la mortalidad va a aumentar hasta que se extinga el último tipo de esa generación. Si es así, enhorabuena… a medias, porque estáis casi en lo correcto. Efectivamente, la mortalidad humana va aumentando con la edad pero solo hasta alrededor de los 105 años, edad en la que si bien sigue incrementándose, desacelera su tétrico ritmo. Es más, a partir de los 110 años la muerte se toma un descanso y cambia su trayectoria, comenzando a decrecer. Es decir, es más fácil llegar a los 111 años desde los 110, que llegar a los 104 desde los 103, por ejemplo.
Es inquietante que ocurra eso. Y además no se sabe explicar por qué. Los biodemógrafos se lo han preguntado, pero dado que el seguimiento de generaciones humanas completas lleva mucho tiempo y ningún científico ha sobrevivido a ello, han analizado qué ocurre con otros seres vivos en condiciones controladas de laboratorio. En la década de los sesenta del siglo XX experimentaron con monos y perros, pero igualmente la espera se hacía demasiado larga, por lo que buscaron seres vivos que tuvieran una vida más corta: moscas de la fruta, avispas, gusanos y levadura de cerveza fueron las especies agraciadas. Para asegurar los resultados, el experimento incluía, así a ojo de buen cubero, a 287 millones de humanos, 2.706.967 moscas, 27.542 avispas, 650.000 gusanos y 10.000.000.000 (diez mil millones) de hongos de levadura. Toda una aventura seguir la vida, muerte y milagros de cada una de estas criaturas, sobre todo si uno se encariña con ellas.

Es más fácil llegar a los 111 años desde los 110, que llegar a los 104 desde los 103


¿Cómo se mueren estos simpáticos millones de bichejos? La sorpresa es que lo hacen de un modo muy parecido a los humanos: la mortalidad aumenta con la edad y al final de su ciclo vital se desacelera o disminuye. No queda muy claro por qué ocurre esto, pero lo vamos a intentar explicar mediante una simple analogía. La parte final de la vida, cuando ya somos viejos, se puede equiparar al tiempo que tenemos un cachivache después de que se acabe la garantía: vivimos con el miedo de que se escacharre, pero a veces dura mucho o incluso puede que funcione mejor. Maticemos en este punto. El mecanismo de los seres vivos es algo más intrincado que, por ejemplo, la mecánica de un Chevrolet o un Toyota. Ya que estamos, veamos la obsolescencia de los automóviles. Contened el estupor: la mortalidad de los coches sigue la misma trayectoria que la de sus conductores y de las insectos que se pegan en el parabrisas. A medida que cumplen años, más probable será que los tengamos que llevar al desguace, pero llega un punto en el que el motor del Camaro aguanta toda la ruta 66.
Moscas, gusanos, levadura y coches. Seres complejos y muy diferentes con los que, al menos, los humanos compartimos la manera de morir.

Envejecemos. Todos somos conscientes de que tenemos un cuerpo que se va oxidando a medida que celebramos cumpleaños y de que cuanto más viejos somos, más probabilidad hay de morirse. Triste y oscuro sentido común, pero también tenemos noticias para congratularnos: cada vez nos estropeamos más lentamente. Dicho de otro modo, nos hacemos mayores más tarde. O en otras palabras, le retrasamos la senescencia. O si se prefiere más poético, se puede expresar como un (mal) haiku: recientemente / a la paciente parca / ganamos tiempo.
Seguro que alguien se estará preguntando a qué velocidad nos morimos dependiendo de la edad, o si está ya versado en demografía, qué trayectoria sigue la mortalidad humana y qué tasas de mortalidad hay a cada edad. No es cuestión banal. La lógica dice que cuanto más viejo se es, más probable es que te mueras: a mayor edad, mayor tasa de mortalidad, que diría un demógrafo. Totalmente cierto y demostrado. Y buenas noticias: dada nuestra inherente ley del mínimo esfuerzo y de la procrastinación, cada vez esperamos más para morirnos. Un dato: de la generación que hoy tiene 80 años queda viva casi un 70% de sus miembros.

Todos somos conscientes de que tenemos un cuerpo que se va oxidando a medida que celebramos cumpleaños y de que cuanto más viejos somos, más probabilidad hay de morirse


Pensemos ahora qué le va a ocurrir a ese increíble porcentaje de personas que no han sucumbido a los encantos de las Moiras. Si habéis captado la idea de comportamiento de mortalidad con la edad, habréis supuesto que la mortalidad va a aumentar hasta que se extinga el último tipo de esa generación. Si es así, enhorabuena… a medias, porque estáis casi en lo correcto. Efectivamente, la mortalidad humana va aumentando con la edad pero solo hasta alrededor de los 105 años, edad en la que si bien sigue incrementándose, desacelera su tétrico ritmo. Es más, a partir de los 110 años la muerte se toma un descanso y cambia su trayectoria, comenzando a decrecer. Es decir, es más fácil llegar a los 111 años desde los 110, que llegar a los 104 desde los 103, por ejemplo.
Es inquietante que ocurra eso. Y además no se sabe explicar por qué. Los biodemógrafos se lo han preguntado, pero dado que el seguimiento de generaciones humanas completas lleva mucho tiempo y ningún científico ha sobrevivido a ello, han analizado qué ocurre con otros seres vivos en condiciones controladas de laboratorio. En la década de los sesenta del siglo XX experimentaron con monos y perros, pero igualmente la espera se hacía demasiado larga, por lo que buscaron seres vivos que tuvieran una vida más corta: moscas de la fruta, avispas, gusanos y levadura de cerveza fueron las especies agraciadas. Para asegurar los resultados, el experimento incluía, así a ojo de buen cubero, a 287 millones de humanos, 2.706.967 moscas, 27.542 avispas, 650.000 gusanos y 10.000.000.000 (diez mil millones) de hongos de levadura. Toda una aventura seguir la vida, muerte y milagros de cada una de estas criaturas, sobre todo si uno se encariña con ellas.

Es más fácil llegar a los 111 años desde los 110, que llegar a los 104 desde los 103


¿Cómo se mueren estos simpáticos millones de bichejos? La sorpresa es que lo hacen de un modo muy parecido a los humanos: la mortalidad aumenta con la edad y al final de su ciclo vital se desacelera o disminuye. No queda muy claro por qué ocurre esto, pero lo vamos a intentar explicar mediante una simple analogía. La parte final de la vida, cuando ya somos viejos, se puede equiparar al tiempo que tenemos un cachivache después de que se acabe la garantía: vivimos con el miedo de que se escacharre, pero a veces dura mucho o incluso puede que funcione mejor. Maticemos en este punto. El mecanismo de los seres vivos es algo más intrincado que, por ejemplo, la mecánica de un Chevrolet o un Toyota. Ya que estamos, veamos la obsolescencia de los automóviles. Contened el estupor: la mortalidad de los coches sigue la misma trayectoria que la de sus conductores y de las insectos que se pegan en el parabrisas. A medida que cumplen años, más probable será que los tengamos que llevar al desguace, pero llega un punto en el que el motor del Camaro aguanta toda la ruta 66.
Moscas, gusanos, levadura y coches. Seres complejos y muy diferentes con los que, al menos, los humanos compartimos la manera de morir.

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